Diálogos de celuloide: El tercer hombre (The Third Man, Carol Reed, 1949)

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HARRY: Deja de portarte como un policía.
HOLLY: ¿Qué esperas que sea, parte de…?
HARRY: ¿Parte? Puedes serlo si no interfieres. Nunca busqué dejarte fuera.
HOLLY: Sí, recuerdo aquella redada en el garito, y cómo te escabulliste.
HARRY: ¡Seguro!
HOLLY: Sí, seguro para ti, no para mí.
HARRY: No debías haber contado nada a la policía. No remuevas más este asunto.
HOLLY: ¿Has visto a alguna de tus víctimas?
HARRY: ¿Sabes? No me resulta agradable hablar de esto. ¿Víctimas? No seas melodramático. Dime: ¿sentirías compasión por uno de esos puntitos negros si se detuviera? Si te ofreciera 20.000 dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardase mi dinero? ¿O calcularías cuántos puntitos podrías permitirte gastar? Y libre de impuestos, viejo, libre de impuestos.

(guión de Graham Greene a partir de su propia novela)

Sabueso del espíritu: El detective (Father Brown, Robert Hamer, 1954)

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Una película de intriga criminal en la que desde el principio se conoce la identidad del culpable y cuyo misterio radica en si la redención del delincuente será posible antes de que el largo brazo de la ley se pose sobre su hombro. Ese es el nudo dramático central de esta comedia detectivesca producida por Columbia en la línea de la mítica Ealing británica, es decir entre el costumbrismo y el humor irreverente, y protagonizada por uno de sus rostros más conocidos, Alec Guinness. El actor se mete en la piel del Padre Brown, el sacerdote-detective creado para la literatura por G. K. Chesterton, en una historia de robos y cuitas espirituales narrada en tono amable y con un fino y socarrón sentido del humor. A su lado, como oponente y oveja que reconducir al redil, el célebre ladrón Flambeau (Peter Finch), legendario y escurridizo autor de rocambolescos robos de valiosísimas obras de arte que, misteriosamente, nunca terminan en los circuitos de venta de piezas robadas, sino que parecen volatilizarse, desaparecer. Y es que Flambeau no es un ladrón con ánimo de lucro, sino un alma sensible y romántica que no puede vivir si no es rodeada de belleza.

Y el primer oficio del Padre Brown, aunque se trate de un detective aficionado absorbido por su afición las veinticuatro horas, es ser pastor de almas. Por eso no busca el mero castigo penal, sino la recuperación del pecador para los campos del Señor. Por tanto, se ocupa únicamente de delitos “blandos”, es decir, de pequeños robos, leves transgresiones de la ley, o de delincuencia de guante blanco, todo muy civilizado y comedido, sin espacio para la violencia extrema, la sangre a borbotones, el asesinato, los ángeles caídos de forma irrecuperable. A veces él mismo se convierte en herramienta para esa remisión de condena, como ocurre en el episodio que abre la película: sorprendido en una oficina, con la caja fuerte abierta y un maletín repleto de fajos de billetes, la policía lo detiene y lo lleva al calabozo, lo que da pie a una serie de divertidas confusiones de diálogos chispeantes, en la que más importante que el humor verbal es el lenguaje visual. Cuando el Padre Brown es despojado de sus objetos personales antes de ser encerrado, incluidos los propios de su oficio, su cara de tristeza, su mirada lastimera, se dirigen a ¡¡¡una chocolatina!!! Y es que, además del crimen de perfil bajo, su otra gran atracción son los dulces, y en particular el chocolate. Después de este prólogo, la película entra en materia: sin duda el famoso Flambeau, maestro del disfraz, a quien nadie conoce, cuyo rostro nadie ha visto, querrá apoderarse de la cruz medieval de madera tallada, una reliquia de San Agustín, que, cedida por el obispado, el propio Padre Brown va a llevar a Roma para su exposición en el Vaticano. Durante el viaje en tren, en barco y de nuevo en tren, las sospechas del Padre Brown se dirigen contra un dicharachero y campechano comerciante (Bernard Lee) del que pronto deduce que no es quien dice ser, y busca la constante compañía de otro sacerdote en tránsito a Roma para mantenerse a salvo. Sin embargo, despojado de su valioso objeto en una estupenda secuencia situada en las catacumbas de París, y ya de regreso en Inglaterra, el Padre Brown diseña una trampa para lograr la captura de Flambeau y la recuperación de su crucifijo: Continuar leyendo “Sabueso del espíritu: El detective (Father Brown, Robert Hamer, 1954)”

Bond también tiene guión: Desde Rusia con amor (From Russia with love, Terence Young, 1963)

From Russia with Love

Junto a James Bond contra Goldfinger (Goldfinger, Guy Hamilton, 1964), Desde Rusia con amor (From Russia with love, Terence Young, 1963) supone lo mejor de la serie del agente 007, al menos en cuanto a estructura y acabado de guión. Escrita por Richard Malbaum, la película constituye un perfecto mecanismo de entretenimiento centrado en el cine de espías que, a diferencia de los títulos contemporáneos de la saga, no necesita rebuscar en los traumas psicológicos del protagonista, inventar complejas tramas de política interna de los servicios secretos, exhibir tecnología impúdica ni gratuitamente ni pactar con marcas comerciales para publicitar sus productos para construir una historia eficaz y solvente, alejada de espectacularidades accesorias, en la que los conflictos que siembra el guión entre los personajes y las organizaciones enfrentadas y el carisma y el peso de los intérpretes (en especial, por supuesto, de Sean Connery como Bond) sostienen suficientemente todo el esqueleto de la película.

Una vez más, la organización ESPECTRA es el enemigo a batir. En esta ocasión, con el fin de hacerse con una de las máquinas que encriptan los mensajes internos soviéticos, los criminales diseñan un doble juego de engaños en que rusos y británicos son las víctimas: Tatiana Romanova, una empleada del consulado soviético en Estambul (Daniela Bianchi, belleza rubia de cortísimo recorrido) ha de fingir que pretende desertar llevándose consigo una de esas máquinas, pero bajo la condición de que su enlace para la entrega ha de ser Bond (de quien ESPECTRA quiere vengarse por haber acabado, en el título anterior e inaugural de la saga, con el Dr. No). Para ello cuentan con la inestimable labor de Rosa Klebb (Lotte Lenya), oficial de inteligencia soviética que se ha pasado a ESPECTRA y que puede hacerle creer a Tatiana que las órdenes vienen del Kremlin. De este modo, pensando servir a la Unión Soviética en la captura o eliminación del famoso agente británico, Tatiana sacará la máquina del consulado y en su encuentro con Bond ESPECTRA podrá hacerse con ella y eliminarlos a ambos; por su parte, los británicos, como la CIA americana, llevan años intentando hacerse con uno de esos artefactos, por lo que, aun con la convicción de que puede tratarse de una trampa, Bond es enviado a Estambul para encontrarse con su enlace, Kerim Bey (Pedro Armendáriz), y estudiar la forma de sacar adelante el plan. Testigo de todo es un oscuro individuo, Grant (Robert Shaw), un convicto de asesinato, un homicida paranoico reclutado por ESPECTRA cuya misión es velar por que no les suceda nada ni a Tatiana ni a Bond en tanto urden la fuga de la chica con el aparato, así como deshacerse de ellos después. Mientras tanto, Grant se dedica a aumentar el clima de tensión entre soviéticos y británicos en Estambul cometiendo unos cuantos asesinatos de los que se inculpan los unos a los otros.

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La presentación y disposición de la historia es admirable, así como el hecho de centrar la acción en tres personajes, dos que no saben realmente a quién están sirviendo en el cumplimiento de sus misiones, y un tercero que maneja todos los hilos de la vida y de la muerte sin que ambos, ni tampoco las organizaciones a las que representan, tengan la menor idea de lo que está ocurriendo. Al puro cine de espías se suma así una importante dosis de suspense, de intriga, que, en contra de lo que será común en el desarrollo posterior de la serie de películas de 007, desplaza casi por completo al cine de aventuras y de acción. En ello es fundamental también el escenario: aparte del prólogo y el epílogo venecianos, y del habitual inicio londinense, la película se aleja del típico carrusel de localizaciones exóticas de las cintas de Bond para concentarse en la ciudad de Estambul y en la huida de los protagonistas en un tren que cruza los Balcanes. Continuar leyendo “Bond también tiene guión: Desde Rusia con amor (From Russia with love, Terence Young, 1963)”