Un thriller patoso: Un abismo entre los dos

El cuchillo en la herida, título original de esta producción francesa llamada en España, buscando acercarse más al drama que al thriller, Un abismo entre los dos (Anatole Litvak, 1962), despierta el interés de su visionado por sus premisas, aunque prácticamente decepciona al final en todas ellas. Primero, por su director, Anatole Litvak, no precisamente un primer espada de la cinematografía mundial, ni tampoco de la británica ni de la francesa, países en los que desarrolló la mayor parte de su filmografía junto a los Estados Unidos, pero que tiene un puñado de interesantes películas en su haber como El sorprendente Dr. Clitterhouse (1938), Nido de víboras (1948), Anastasia (1956) o La noche de los generales (1966) y que contó con el beneplácito de los estudios y de las mayores estrellas del momento, ya que a lo largo de su carrera trabajó con intérpretes como Claudette Colbert, Charles Boyer, Basil Rathbone, Errol Flynn, Bette Davis, John Garfield, Ann Sheridan, Tyrone Power, Joan Fontaine, Thomas Mitchell, Henry Fonda, Vincent Price, Barbara Stanwyck, Burt Lancaster, Kirk Douglas, Vivian Leigh, Ingrid Bergman, Yul Brynner, Deborah Kerr, Omar Sharif o Peter O’Toole, entre muchísimos otros. Segundo, por su improbable pareja protagonista, Anthony Perkins, con el que Litvak había trabajado un año antes en No me digas adiós (1961), y la diva Sophia Loren. Tercero, por la colaboración en el guión de Peter Viertel, reputado guionista y novelista (autor, por ejemplo, de Cazador blanco, corazón negro, entre otras obras, llevada al cine en 1990 por Clint Eastwood -mal, según el propio Viertel-). Cuarto, por la música del griego Mikis Theodorakis, que acompaña a unas hermosas y por momentos desasosegantes imágenes de París en blanco y negro fotografiadas por Henri Alekan. Pero la suma de estos talentos da como resultado una fallida película solo parcialmente disfrutable, con giros de guión de cierto mérito que despiertan un notable interés, pero con errores de tratamiento y falta de garra y profundidad que pervierten (o perViertel, no he podido resistirme al chiste malo) el resultado final.

Robert y Lisa, un joven matrimonio formado por un norteamericano y una italiana que se conocieron en el Nápoles de la posguerra antes de trasladarse a París, se encuentra en un profundo bache sentimental que les está separando (obvio, vista la nula química entre ambos protagonistas…). Ambos tienen distintas maneras de encarar la vida, intereses diferentes, formas opuestas de divertirse, anhelos inconfesables incompatibles. Vamos, lo corriente. Sin embargo, aunque él da muestras de cierto desequilibrio emocional (hasta el punto de que en sus ataques de celos llega a cruzarle la cara de una bofetada a su esposa) y ella es posible que haya sucumbido a alguna infidelidad en sus salidas nocturnas, no se resignan al fracaso total. Más bien él, que en busca de un futuro mejor, más tranquilo y más estable económica y emocionalmente para ambos, se traslada a Casablanca para optar a un puesto de trabajo que puede ser la solución a sus problemas: un nuevo país, otro ambiente, otras costumbres… Una forma de empezar de nuevo, de borrar el pasado. Sin embargo, el avión en el que viaja Robert se estrella sin dejar supervivientes. Lisa afronta el funeral con cierta tristeza, pero igualmente con una sensación de liberación. De súbito pierde también a su amigo -y quizá algo más- Alan (Jean Pierre-Aumont), que tiene que volver a Estados Unidos, aunque su sustituto, David Barnes (Gig Young) empieza a colmarla de atenciones, por no decir que le pone sitio de inmediato. Pero el futuro parece aclararse cuando a Lisa le informan que la póliza de seguros que Robert firmó en el aeropuerto justo antes de embarcar va a reportarle una sustanciosa indemnización. No es más que otra esperanza truncada, porque una noche se escuchan unos golpes en la puerta de casa. Cuando Lisa abre, se encuentra con Robert vivito y coleando, aunque magullado y herido. De inmediato surge un plan alternativo: la compañía de seguros, la línea aérea y las autoridades dan a todos los pasajeros por fallecidos; por tanto, nada más fácil que cobrar el seguro, repartir el dinero entre los dos y que cada uno siga con su vida, ya que el amor de sus primeros tiempos de matrimonio parece ya irrecuperable… O al menos eso parecen o quieren creer…

A partir de ese instante, la película abandona el perfil del drama sentimental de corte intimista que narra el desencuentro de dos personajes para convertirse en un thriller a lo Alfred Hitchcock, aunque con un guión lleno de huecos. Continuar leyendo “Un thriller patoso: Un abismo entre los dos”

Ensayo sobre la modernidad: Playtime, de Jacques Tati

Si pensáramos en una síntesis de las comedias de Charles Chaplin y Buster Keaton por un lado, y de Metropolis de Fritz Lang, por otro, el resultado bien pudiera ser Playtime, posiblemente la mejor comedia de Jacques Tati, aunque en su día la poca repercusión entre el público, unida a una inversión desmesurada, tuvieran al cómico francés sin dirigir una década mientras echaba cuentas y pagaba lo que debía. Manteniendo en esencia la estética y el proceder de su recordado monsieur Hulot, Tati vuelve a hacer de puente entre el cine mudo y el sonoro, entre la comedia de gag visual y una estética modernista bastante avanzada para 1967. En este caso, además de ofrecer un auténtico recital de situaciones cómicas basadas en la tecnología, la película se construye como una ofrenda sensorial al espectador, y se llena de incentivos y reclamos visuales y sonoros.

Además, la cinta de Tati no carece de moraleja: un grupo de viajeras norteamericanas llega a París como parte de un circuito que las ha llevado, entre otros lugares, a Roma o Hamburgo. Pero las respetables damas se quedan perplejas al comprobar que la ciudad de París, desde su aeropuerto, es exactamente idéntica a las que han visitado antes, tanto en el trazado de las calles como en la ubicación de los impersonales edificios de cristal, acero y hormigón que las rodean, y sin que puedan echarse a la cara ninguna de las postales típicas de la ciudad que esperaban encontrar. El frío escenario, construido de manera artesanal como un monumento (bien pudiera ser de carácter megalómano) a la comicidad de Tati, casi exclusivamente concebido en líneas rectas y en materiales de colores pobres, tristes, asépticos, sirve para vehículo metafórico de la idea de fondo: la inexistencia de diferencias entre las naciones y la artificialidad de fronteras y distinciones interesadas construidas dogmáticamente durante años. En esa tesitura, el ser humano resulta igualmente frío, y se muestra dubitativo, impersonal, áspero en sus relaciones con sus congéneres, mientras que -en divertidos números para los que Tati utiliza todo el catálogo de chismes tecnológicos propios del momento como burla al progreso de las máquinas- televisores, coches, cajas registradoras o aspiradoras son instrumentos hostiles que nos complican la vida, que juegan en contra.

Las escenas de humor son numerosas y van desde la simple sonrisa a la carcajada, si bien también las hay que provocan indiferencia por su reiteración (el sentido del humor francés no es lo más exportable de ese país), destacando sobre todo la larga escena que transcurre en el restaurante, más de media hora larga repleta de detalles difíciles de captar en su totalidad con un solo visionado. La mayor virtud de la película reside principalmente, no en la comicidad, sino en la capacidad de Tati para crear un ecosistema nuevo, una urbe impersonal, gris, de atmósfera casi de quirófano, con importantes logros visuales (la cinta está rodada en 70 mm., y no en 35 mm.) y un dominio total del espacio, del encuadre y de la puesta en escena. Continuar leyendo “Ensayo sobre la modernidad: Playtime, de Jacques Tati”