Música para una banda sonora vital – Alta fidelidad

En esta simpática comedia romántica filmada por Stephen Frears en 2000 y basada en la novela de Nick Hornby, John Cusack da vida a Rob, propietario de una tienda de discos de Chicago que, además de relatarnos en clave de lista de éxitos sus más sonados fracasos amorosos, se mete a productor de un grupo de fanáticos del monopatín que intentan chorizarle elepés -con muy buen gusto, por cierto- en su tienda de vinilos de coleccionista.

Casi al final de la película, en la gala de presentación del disco en la que va a actuar como telonero el grupo de uno de sus empleados, el histriónico Barry (Jack Black), tan radical que llega a echar de la tienda a cualquiera que se atreve a preguntar por cualquier bodrio comercial de radiofórmula, Rob, recién reconciliado con su chica, se teme lo peor: las excentricidades de Barry y los continuos cambios de nombre del grupo, a cual más absurdo y ridículo, le dan tan mala espina que cuando suena la primera canción, una versión de Let’s get in on de Marvin Gaye, se queda boquiabierto hasta que no puede evitar sumarse a las entusiastas palmas y bailes de la concurrencia. Una película ligera y agradable, mucho más que el triste final de este genio del soul.

Y de propina, otro tema de los muchos que aparecen en la película (incluido su autor, en una aparición que emula la de Bogart en el clásico de Woody Allen Sueños de un seductor): The river, de Bruce Springsteen.

Puro cine negro en los ochenta: Fuego en el cuerpo

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El húmedo calor del golfo de Florida hace que la ropa se adhiera al cuerpo como una segunda piel, una agobiante capa que limita los movimientos, que convierte cada intento de desplazarse, adelantar una pierna o levantar un brazo en un lánguido y mojado esfuerzo por superar la perezosa quietud a la que obliga la crueldad de los rayos del sol y la ausencia de brisa, pero que permite que los más bajos instintos se cuelen a través de las fibras y los pliegues del algodón mientras que empapa de sudor los pensamientos, las intenciones y, sobre todo, los deseos. Cuando los cuerpos se liberan de esa cárcel, cuando por fin con las últimas horas del día la brisa de los Cayos y los suaves vientos del Caribe logran abrirse paso entre las palmeras a través de las ventanas, los deseos vuelven a ser libres para imponer sus dictados. Y entonces, todo es posible. Así, Ned Racine (William Hurt, en su tercera película), un abogado de dudosa fama, se siente irremisiblemente atraído por los encantos y el sensual magnetismo de Matty (Kathleen Turner, en su debut ante la pantalla, apenas unos pocos años antes de que su incipiente carrera se viera cada vez más devaluada hasta el punto de limitarse a “engordar como una cerda”, en palabras de Javier Gurruchaga en un programa televisivo en que coincidieron…), la esposa de un rico hombre de negocios (Richard Crenna) que ha labrado su enorme fortuna en asuntos algo turbios. Ned, cuyos días transcurren entre el trabajo, en el que no goza precisamente de buena reputación, aventuras ocasionales con camareras, enfermeras y azafatas, y la amistad de un fiscal del distrito (Ted Danson, el camarero de la serie Cheers) y un policía (J.A. Preston), se obsesiona hasta tal punto con esa mujer que discurre un plan para acabar con la vida del marido y que ambos amantes puedan así disfrutar de la cuantiosa herencia. Con ayuda de un ex-convicto al que consiguió sacar de la cárcel (Mickey Rourke), Ned elabora un meticuloso ardid para conseguir que las sospechas del evidente asesinato recaigan en los socios del marido, y no en su “desconsolada” viuda. Pero no cuenta con la ambición y la falta de escrúpulos de Matty…

Lawrence Kasdan, director que ha bebido de diferentes fuentes clásicas para construir la decena de títulos que constituyen su filmografía (con películas dignas pero que, por alguna razón, no terminan de ser redondas, casi siempre faltas de garra o entregadas a una comercialidad o a un sentimentalismo excesivo), consigue aquí, en su primer largometraje, su mejor película recuperando las mejores esencias del clásico cine negro de los treinta y cuarenta y añadiéndole un barniz de erotismo que, por razones de censura, este género casi nunca pudo mostrar explícitamente, gracias a lo cual, la verdad sea dicha, los guiones del mejor cine negro siempre se enriquecieron con la gran carga de ironías, sugerencias e intenciones veladas que se escondían en la mayor parte de diálogos y situaciones aparentemente banales y que forman parte consustancial del género. Tenemos todos los elementos: un crimen, una mujer fatal (estupenda como nunca Turner, muy desenvuelta en un dificilísimo papel para un debut) que esconde más cartas de las que muestra, una víctima propiciatoria para sus manejos, un sabueso que no se deja engañar, y una serie de trucos, giros y sorpresas que terminan llevando la historia hacia donde no parecía. Continuar leyendo “Puro cine negro en los ochenta: Fuego en el cuerpo”