Música para una banda sonora vital: Hatari (Hatari!, Howard Hawks, 1962)

Mítico tema de Henry Mancini, este Baby Elephant Walk, para esta maravillosa película del maestro Hawks. Obra de personajes, con predominio de sus relaciones por encima de la propia acción, magníficamente rodada, que contiene todos los temas e intereses habituales del universo hawksiano: amistad, camaradería, optimismo, esperanza, aventura… Y humor. Siempre humor.

Música para una banda sonora vital: King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933)

Maravillosa pieza de Max Steiner para la partitura de este clásico del cine de aventuras, no igualado por ninguna de sus posteriores versiones.

Música para una banda sonora vital – The comancheros (Michael Curtiz, 1961)

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La partitura compuesta por Elmer Bernstein para Los comancheros (Michael Curtiz, 1961) destila, como tantas de sus composiciones, y como tantas de las músicas escritas para el western, optimismo, alegría, euforia vitalista, perfectamente ajustada al cine de planos generales, espacios abiertos, grandes paisajes y fotografía panorámica (de William H. Clothier).

John Wayne, con su escritor de cabecera James Edward Grant cuadrando el guión para su forma de pronunciar los diálogos, comparte protagonismo con Stuart Whitman y Lee Marvin en este western amable, lleno de humor y pleno de acción, la última película de un Michael Curtiz que, enfermo y agotado, no quiso renunciar a su profesión en sus últimos días (falleció muy poco después de finalizar el rodaje; fue su ayudante quien concluyó las últimas tomas y supervisó el montaje final).

De la película en conjunto ya hablamos aquí. Nos quedamos con el tema principal de la espléndida partitura de Elmer Bernstein.

Diálogos de celuloide – El americano tranquilo (The quiet American, Joseph L. Mankiewicz, 1958)

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Ya me sé el disco. Siam cae. Malaya cae. Indonesia cae. ¿Qué significa “caer”? Si yo creyera en Dios y en la otra vida, apostaría mi arpa futura contra su corona dorada a que en quinientos años quizá no existan Nueva York o Londres, pero en estos campos cultivarán arroz, llevarán los productos al mercado en largas pértigas, tocados con sus sombreros puntiagudos. Los muchachos montarán en búfalo. Me gustan los búfalos, que no gustan de nuestro olor, el olor de los europeos. Desde el punto de vista del búfalo, usted también es europeo.

The quiet American. Joseph L. Mankiewicz (1958).

Cabalgar juntos pero no revueltos: Los comancheros (1961)

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Asomarse a una buena pantalla al inicio de Los comancheros (Michael Curtiz, 1961) es una promesa de disfrute asegurado durante 105 minutos. Asistimos a un duelo de honor en el que el jugador de Nueva Orleans, Paul Regret (Stuart Whitman, injustamente olvidado actor que terminó en vulgares películas de catástrofes  y mediocres seriales televisivos), termina con la vida del hijo de un juez, con el que ha tenido alguna pendencia originada en la mutua rivalidad. Esto, aunque haya cumplido las estrictas formas que imponen las caballerosas normas de la justicia violenta del Oeste, le pone al otro lado de la ley por imperativo familiar, y no es otro que el capitán de los Rangers de Texas Jake Cutter (John Wayne), el encargado de arrestarlo y llevarlo ante los tribunales. Pero en su tránsito surge una complicación: los indios comanches, reconocidos incluso por los propios indios de Norteamérica como los más salvajes, anárquicos, sanguinarios y despiadados, andan revueltos, y justamente una banda de comancheros (con este apelativo se conocía a la gente del sur de Estados Unidos y del norte de México que comerciaba con los comanches, a los que solían vender normalmente armas y alcohol a cambio de tierras, mujeres, caballos o cautivos blancos por los que pedir rescate, o de bienes saqueados en los ranchos y puestos militares) está en territorio indio haciendo negocios, se supone que con un buen cargamento de rifles que podrían suponer una gran ventaja para los belicosos comanches. Cutter ha de enfrentarse a la situación mientras arrastra consigo a Regret, con el que establece una curiosa relación de caracteres contrapuestos: el guardián de la ley es el típico vaquero rudo, tosco, bruto y poco inteligente; Regret, sin embargo, a pesar de ser un jugador, se dota a sí mismo de los aires aristocráticos europeos, o más bien franceses, tanto en sus ropas como en su compostura. Eso le vale el continuo y zumbón apelativo de “mesié”, que Cutter le dedica constantemente. Obviamente, ambos personajes se complementan, se comprenden, se entienden y, finalmente, se hacen amigos, con lo que la misión y el desenlace de su particular relación legal adquieren otros derroteros. Al dúo se suma un tercer personaje, el estrafalario Tully Crow (enorme, grandioso Lee Marvin), una especie de remedo chusco y cachondón del pistolero Liberty Valance que interpretó para John Ford.

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En la película predomina la acción en grandes dosis, pero no descuida otros elementos comunes del género, como es la construcción del guión en torno a un pequeño grupo de personajes antagonistas, especialmente su pareja central, con choque cultural, de caracteres, de habilidades, competencias e intereses entre los que poco a poco va surgiendo la oportuna y más que conveniente sinergia e incluso alimenta también el romance en la figura de Pilar (nombre coincidente con el de una de las tres esposas hispanas de Wayne, por cierto, interpretada con solvencia en este caso por Ina Balin), la también tópica presencia junto a los malos que los traiciona por amor a un recién llegado que le ofrece lo que en su vida no tiene. Los combates con los comanches poseen pulso y espectacularidad, y la secuencia en la que asistimos a la reunión de los comancheros con sus clientes en el poblado indio alcanza notables cotas de tensión y suspense, especialmente a raíz de su desenlace (excelente la secuencia del carro abierto y el comanchero arengando a los indios hasta que…). El tono ligero, la narración sin pretensiones, la búsqueda de un mero entretenimiento, no descuida la confección de un guión preciso, algo tópico y previsible, bastante tendencioso en el retrato de los indios (aunque ya hemos advertido de que la opinión de otras tribus sobre los comanches no distaba demasiado de la que tenían los blancos), pero más que disfrutable en sus gags y en buena parte de sus diálogos (la escena de la detención, por ejemplo, o el diálogo entre Regret y Tully Crow mientras juegan al póquer). Continuar leyendo “Cabalgar juntos pero no revueltos: Los comancheros (1961)”

El peligro de los triángulos: El americano impasible

En 1958, el gran director, guionista, productor y dramaturgo Joseph Leo Mankiewicz adaptó la novela de Graham Greene, El americano tranquilo (The quiet american), en la película del mismo nombre. La cinta, protagonizada por Michael Redgrave, Audie Murphy y Bruce Cabot, quedó algo lastrada por su larga duración (120 minutos) y el amor del cineasta por los modos y maneras teatrales, tanto en la profusión del texto, siempre excesivo, siempre agudo, siempre repleto de referencias y estilos literarios, y también por el estatismo en la presentación de personajes y el desarrollo de situaciones. El ritmo y el abuso de verborrea así como la falta de acción menguaron su efectividad como thriller y sepultaron su romanticismo bajo los brillantes pero contraproducentes ejercicios de declamación, los circunloquios, las luchas dialécticas y la escasa presencia y la reducción del protagonismo del centro de gravedad amoroso, la muchacha vietnamita cuya posesión desencadena el drama. Con todo, como ocurre siempre en cualquier película de Mankiewicz, resultaba un producto estimable por sus interpretaciones, la riqueza de su texto y la magnífica atmósfera exótica, a un tiempo agobiante, sombría y lírica.

En 2002, el australiano Philip Noyce, afincado en Estados Unidos y especializado en productos de acción y suspense más o menos vacíos -desde la estimable Calma total, rodada en su país de origen, hasta bodrios como Sliver (Acosada), El Santo, El coleccionista de huesos o Salt, estas dos últimas protagonizadas por ese penco de actriz llamado Angelina Jolie, pasando por las películas del personaje Jack Ryan de Tom Clancy, Juego de patriotas y Peligro inminente-, logró dos cosas con su remake de la obra de Mankiewicz: la primera, anotarse la que es quizá su mejor película; la segunda, algo tan infrecuente como mejorar el modelo y acercarse más a la fuente literaria en la que se basa.

En el Saigón de 1952, un periodista británico, Thomas Fowler (un gran Michael Caine, nominado al Oscar por su trabajo), vive plácidamente junto a su amante Phuong (Do Thi Hai Yen), una joven vietnamita que hasta irse a vivir con Fowler trabajaba como bailarina-taxi (las chicas que bailan con los clientes de los locales nocturnos). La vida del periodista no puede ser más cómoda, disfrutando del clima, los paisajes, los olores y las esencias de Vietnam, pero tiene fecha de caducidad: el periódico para el que trabaja, ante la llamativa falta de crónicas y de noticias importantes por parte de su corresponsal, y necesitado de reestructurar su personal, le ordena volver a Londres. El mayor inconveniente que supone ese retorno para Fowler es abandonar a Phuong, a la que ama profundamente: el periodista tiene una esposa en Inglaterra que, como buena católica se ha opuesto constantemente al divorcio, y no puede llevarse a la muchacha con él como amante. El dilema de Thomas coincide con la aparición de Alden Pyle (Brendan Fraser, mucho más eficiente de lo que suele ser habitual en él), un americano que colabora en una misión médica humanitaria que trata de paliar los desastres provocados por la guerra que desde hace unos meses enfrenta a los independentistas vietnamitas, liderados por los comunistas, frente a los colonizadores franceses. El panorama del país se complica con la irrupción de un general que, apartado de los franceses y opuesto a los comunistas, combate a ambos con un ejército propio cuyos fines y medios de financiación y suministros investigará Fowler con el fin de remitir un buen reportaje a su periódico que le permita permanecer en Vietnam durante más tiempo y así no separarse de Phuong.

La narración de Noyce es más relevante por lo que sugiere que por lo que muestra. Beneficiada de las magníficas localizaciones paisajísticas de su rodaje de exteriores en Vietnam (en lugares tan míticos en la historia de ese país y en el conocimiento que Occidente tiene de ella como Da Nang) y de los exóticos entornos urbanos (en el propio Vietnam, en la australiana Sydney, y también recreados en los estudios Fox-Australia) extraordinariamente fotografiados por el operador habitual de Wong Kar-Wai en sus mejores trabajos, el australiano Christopher Doyle (asistido por los autóctonos Dat Quang y Huu Tuan Nguyen), la historia se sustenta sobre el número tres: el triángulo amoroso formado por Fowler, Phuong y Pyle es la personificación del conflicto que sacude al país entre comunistas, franceses y la llamada tercera vía, ese general que va por libre… o no tanto. Continuar leyendo “El peligro de los triángulos: El americano impasible”

Obra maestra del cine fantástico: King Kong

Fue la belleza lo que mató a la bestia

Pocas películas en la historia del cine son capaces de aunar fantasía, emoción, terror, aventura y carga simbólica, ideológica y ética como el clásico de 1933 codirigido por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, King Kong, una maravilla que en su día destacó por su avanzada utilización de los efectos especiales y que, casi ochenta años más tarde de su filmación, sigue suponiendo un hito en el cine fantástico y de aventuras protagonizado por criaturas fabulosas muy pocas veces igualado (y nunca superado, no hay más que ver las versiones de John Guillermin y Dino de Laurentiis de 1976 y la de Peter Jackson de 2005), ni siquiera por productos de mayor presupuesto, repartos y equipos técnicos más reconocidos (incluido el empleo del ordenador para la creación de efectismos) o, a los ojos del espectador de hoy, más “modernos”. Al mismo tiempo actualización del mito de la Bella y la Bestia, pasada por cierto aire romántico a lo Frankenstein, y plasmación del conflicto entre desarollo y naturaleza, entre civilización y vida salvaje, entre ecosistema natural y escenario urbano, King Kong sigue siendo a día de hoy una historia vibrante, de ritmo trepidante, de imágenes inolvidables, poderosa, hechizante, irresistible, un cheque en blanco a la aventura tal como se vivía en los sueños de la niñez, y a la vez la prueba fehaciente de que la serie B, que en su día era una cuestión de presupuesto, no tiene que ver necesariamente con la inteligencia, la pericia o la capacidad técnica de quienes se dedicaban a ella, ni con la calidad final de su trabajo.

Todo el mundo conoce el argumento: un director de cine lleva a su equipo a una ignorada isla del Índico cercana a Sumatra para rodar una misteriosa película de la que no ofrece más detalles que su presunta magnificencia. Para convencer a los estudios y conseguir la financiación, se ha visto obligado a incluir en la expedición a Ann (Fay Wray, que se ganó la inmortalidad gracias a su personaje), una chica desgraciada y sola, aspirante a actriz, que ha conocido en un café de Nueva York. Arribados a la isla, llamada de La Calavera, descubren la existencia de una antigua tribu anclada en un remoto pasado prehistórico que secuestra a Ann para ofrecerla como sacrificio a una bestia a la que se refieren como Kong, y que no es otra cosa que un gigantesco gorila, una rémora de un pasado anterior a la aparición del ser humano, perteneciente a un mundo dominado por los dinosaurios que habitaron la Tierra antes de su desaparición fulgurante a causa del impacto de un meteorito. A diferencia de otros casos, Kong se siente atraído por la chica, rubia y de piel clara, nada que ver con las nativas de la isla que ha devorado hasta entonces: por ella se enfrenta hasta la muerte con otras bestias tremebundas, igualmente restos de la prehistoria, que pueblan la isla, pero, utilizándola como cebo, el equipo de la película captura a Kong con la finalidad de trasladarlo a Nueva York y hacer negocio con su presentación pública en Broadway, en lo que siempre fue desde el principio la intención del director de la película.

Espectacular, grandiosa, fascinante, imperecedera, parte de su trascendencia viene derivada de la conversión del personaje principal, el monstruoso simio del principio, en una criatura humanizada, capaz de desarrollar y demostrar sentimientos, y de la apuesta por un final triste que permita triunfar a la barbarie impuesta por lo que conocemos como civilización por encima de los instintos naturales y el amor, la piedad o la compasión. Continuar leyendo “Obra maestra del cine fantástico: King Kong”