50 años de Easy Rider y de Cowboy de medianoche, en La Torre de Babel, de Aragón Radio

Nueva entrega de mi sección en el programa La Torre de Babel, de Aragón Radio, la radio pública de Aragón, en este caso dedicada al 50º aniversario de dos títulos inaugurales del Nuevo Hollywood que reflejaban los cambios sociales de los años 60 subvirtiendo el mito del western: Easy Rider, de Dennis Hopper, y Cowboy de medianoche, de John Schlesinger.

(desde el minuto 11)

Diálogos de celuloide – Buscando mi destino (Easy rider, Dennis Hopper, 1969)

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GEORGE: Este era un país maravilloso. No entiendo por qué ha dejado de serlo.

BILLY: Todos se han convertido en unos cobardes, eso es lo que ha pasado. Ni siquiera podemos entrar en un hotel de segunda categoría. Ni en un motel. Creen que les vamos a cortar el cuello. ¡Tienen miedo, tío!

GEORGE: No tienen miedo de ti. Tienen miedo de lo que tú representas para ellos.

BILLY: ¡Oye tío! Para ellos no somos más que unos tipos que deberían cortarse el pelo.

GEORGE: No. Para ellos representas la libertad.

BILLY: ¿Y qué demonios tiene de malo la libertad? Es lo que quiere todo el mundo.

GEORGE: Exacto. Es lo que quiere todo el mundo. Pero una cosa es hablar de ella, y otra muy distinta es vivirla. Es muy difícil ser libre cuando te compran y te venden en el mercado.

Easy rider (Dennis Hopper, 1969). Guión de Dennis Hopper, Peter Fonda y (atribución controvertida) Terry Southern.

 

Bienvenidos al Nuevo Hollywood: Mi vida es mi vida (Five easy pieces, 1970)

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Hay cuatro excelentes razones para acercarse a esta maravillosa película dirigida por Bob Rafelson: a) es el primer papel protagonista de Jack Nicholson; b) constituye una de las fundamentales cartas de presentación del llamado Nuevo Hollywood (está producida por Bert Schneider y su compañía, Raybert, una de las más importantes en el descubrimiento y la financiación de nuevos talentos en aquellos años), aquel movimiento “revolucionario” que presidió el cine americano entre 1967 y 1980 y que a punto estuvo de dejarnos en herencia un cine maduro, inteligente, comprometido, responsable, ambicioso en lo argumental, lo intelectual y lo sentimental, y grandioso y magistral en cuanto a lo estético, es decir, justamente lo contrario del Hollywood generalista de hoy; c) la interpretación de Karen Black, una camarera frívola y despreocupada que ve pasar los últimos días de su juventud y empieza a darse cuenta de que su vida está vacía, que está tremendamente sola; y d) la secuencia en la que Jack Nicholson se “pelea” con una camarera de un bar de carretera para conseguir que le sirva una simple tostada como acompañamiento a la tortilla que le apetece tomar. Por si fuera poco, puede añadirse la espléndida fotografía de Laszlo Kovacs y la inteligencia en el uso de la música, o mejor dicho, de la no-música, puesto que su aparición en la banda sonora se reduce a clásicos de Bach, Chopin y Mozart, siempre de forma fragmentada o interrumpida.

Nicholson, encauzado definitivamente hacia la interpretación tras el éxito de su aparición en Buscando mi destino (Easy rider, Dennis Hopper, 1969) y sus primeros coqueteos con las películas de terror de Roger Corman y los westerns de serie B de finales de los sesenta, así como con la escritura de guiones y la producción de títulos menores, abre su filmografía como primer actor con un personaje que ya avanza las características fundamentales de sus más celebradas interpretaciones, el antihéroe carismático que alterna cierto histrionismo absurdo, a menudo con inclinaciones violentas, si no direcamente dementes, y al mismo tiempo una rara y extrema sensibilidad que le conduce a la melancolía y la depresión: Robert Dupea trabaja como operario en una refinería de petróleo. Sus coordenadas vitales transitan entre su trabajo y las noches en casa junto a Rayette (maravillosa Karen Black), su novia camarera, una chica triste y con pájaros en la cabeza que lo ama con locura pero a la que él considera como otro objeto decorativo de su vida. Quizás una noche en la bolera y algunas copas junto a Elton (Billy ‘Green’ Bush), su compañero de trabajo y amigo (junto al que no deja pasar ninguna oportunidad de echar una cana al aire con chicas que conoce en los bares o directamente con prostitutas), son sus únicos momentos de respiro. Rayette es muy buena chica, pero a Robert le irrita que sea tan profundamente convencional, previsible y pavisosa. Sin rumbo, vive caprichosamente al momento, dando tumbos, al día y sin pensar en más allá. Al menos hasta que un día se harta de Rayette, de su trabajo, de Elton, de su vida circunscrita a rutinas, y decide echar la vista atrás. Así sabemos que Robert fue un niño prodigio del piano, y que hace tres años que no pasa por la casa familiar ni sabe nada de su padre o sus hermanos. Sin embargo, después de ir a ver a su hermana y enterarse de que su padre está muy enfermo, decide viajar al norte, casi hasta la frontera de Canadá, para reencontrarse con él y “ver cómo van las cosas”.

Ese ensimismamiento de Robert en su propio pasado y en su conflictiva relación con el presente es donde se concentra la narración de Rafelson, un tanto caprichosa, tortuosa, vacilante y anárquica, igual que el personaje, un puzle a través del que Rafelson, coautor del argumento del filme, refleja entre otras cosas esa desorientación tan propia del ciudadano medio americano de la era Vietnam. Continuar leyendo “Bienvenidos al Nuevo Hollywood: Mi vida es mi vida (Five easy pieces, 1970)”