Mis escenas favoritas: Días de vino y rosas (Days of wine and roses, Blake Edwards, 1962)

Sobrecogedor, trágico momento de este colosal drama sobre el alcoholismo protagonizado por Jack Lemmon y Lee Remick (premiados ambos en San Sebastián). Todo el patetismo de la adicción, el infernal frenesí de la caída en lo más profundo.

Dos perlas de John Huston (II): Los que no perdonan

En un rancho texano, Ben Zachary (Burt Lancaster) dirige a los peones en la ardua tarea de desbravar los potros recién adquiridos en su larga estancia fuera de casa. Uno de ellos (de los peones, se entiende), un joven mestizo que responde al exótico nombre de Johnny Portugal (John Saxon), se ofrece voluntario para intentar dominar al caballo más peleón, que no cesa de echar por tierra a todo bravucón que pretende demostrar su hombría y competencia ante las damas, en particular ante la joven Rachel Zachary (Audrey Hepburn). El mestizo no es un bruto que quiere controlar su montura a base de ataduras de soga, tirones de riendas y picado de espuelas, sino que habla, susurra y acaricia a su montura antes de lanzarse sobre sus lomos. El muchacho lucha denodadamente con el animal mientras, en la banda sonora compuesta por Dimitri Tiomkim, ¿qué suena, mecida por los violines?: ¡¡¡¡ una jota aragonesa !!!!

Valga esta pequeña anécdota para introducir The unforgiven (traducida un poco a la buena de dios como Los que no perdonan, 1960), un magistral western con tintes raciales dirigido por John Huston, otro de los grandes todo-terreno del periodo clásico. Una catarata de hermosas e inquietantes imágenes en Technicolor sirven para relatar la historia de la familia Zachary, compuesta por la matriarca (nada menos que Lillian Gish), el hermano mayor y cabeza de familia, Ben (Lancaster), el temperamental Cash (Audie Murphy), siempre lamentándose por el padre ausente, el joven e impulsivo Andy (Doug McClure), deseoso de viajar a Denver para saborear de una vez por todas su “primera cerveza”, y la dulce Rachel (Hepburn), adoptada en 1850 por el matrimonio Zachary tras haber perdido a sus padres biológicos en un ataque de los indios. Su prosperidad, lograda a base de duro trabajo, llama la atención de sus vecinos, antiguos amigos del matrimonio Zachary y camaradas en su constante lucha por ganarse el futuro arrancándoselo a la tierra, los Rawlins, encabezados por el patriarca (Charles Bickford; no perdérselo bailando con su muleta) y cuyos hijos parecen destinados a emparentar con los Zachary para constituir una sola -y rica- familia feliz. Así, la hija mayor de los Rawlins casi persigue a Cash, mientras que el joven Charlie bebe los vientos por Rachel.

Este idilio, surcado de imágenes de paz (esa vaca pastando alegremente en el tejado de la casa de los Zachary, Audrey saliendo de casa con un cubo dispuesta a obtener agua -un principio fulgurante, lírico, hermoso-) y de bonanza (las vacas, los prados, las montañas, la armonía de lo cotidiano) viene a teñirse de gris cuando Rachel, en una cabalgada en la que Huston se recrea profusamente (el porte de Audrey Hepburn a caballo, su menuda figura con la larga cabellera negra al viento, una imagen no sólo poética sino también una clave plástica de lo que se avecina…) descubre al viejo Abe (Joseph Wiseman), una mezcla de anciano veterano de la caballería y predicador demente que insiste en comprometerla con frases ambiguas, insinuaciones de secretos sobre su pasado mientras la observa con una expresión que puede definirse como socarrona, desdeñosa, divertida y también como mueca de desprecio. Abe es un personaje nuevo para Rachel, pero no para su madre (magnífico el cambio de expresión de Lillian Gish cuando escucha de boca de su hija adoptiva su episodio con ese desconocido; tremenda su determinación cuando, al vislumbrarlo rondando la casa, se hace con la escopeta para obligarle a alejarse) ni para los lugareños. La aparición de Abe, su continuo lamento por su abandono, mezclado con sus apelaciones al Todopoderoso y sus cada vez más directas y claras acusaciones de que Rachel no es blanca, sino una kiowa robada por los Zachary a los indios, terminan por reventar la bucólica existencia de los Zachary y los Rawlins, especialmente cuando los indios, a los que llegan las noticias de lo que el viejo Abe va contando por ahí, se presentan para llevarse con ellos a un miembro perdido de su tribu. Continuar leyendo “Dos perlas de John Huston (II): Los que no perdonan”

Cine en serie – El destino también juega

POKER DE FOTOGRAMAS (VI)

¿Dónde va por en medio del desierto del oeste americano un carro fúnebre a toda velocidad? ¿Llega tarde a un entierro? No. ¿Huye de algo o de alguien? ¿De los indios, quizá? Tampoco. Llega tarde nada menos que a una partida de póker. El hombre que conduce (Charles Brickford) es el rico propietario de las pompas fúnebres más solicitadas de Texas, y está recogiendo uno a uno a los jugadores que van a participar en la partida más dura del territorio. Saca de un juzgado casi a rastras a Havershaw (Kevin McCarthy), abogado que no vacila en dejar en el aire la sentencia a muerte de un juicio con tal de no llegar tarde a la partida, y de su casa al millonario Drummond (genial, inconmensurable, Jason Robards), que se marcha de la boda de su propia hija (de la que él dirá más tarde, “es más fea que un limón”) para no llegar tarde al evento que está esperando durante todo el año.

A big hand for a little Lady, de 1966, western que no es un western dirigido por Fielder Cook, pertenece a ese grupo de películas, casi ya un género en sí mismo, que pueden catalogarse como películas con sorpresa, seis años antes que La huella, siete antes de que se rodara El golpe, y décadas antes que otras del mismo tipo como Sospechosos habituales o la argentina Nueve reinas. De camino a una pequeña granja de San Antón, Texas, Meredith (Henry Fonda), Mary (Joanne Woodward), y su hijo de 10 años, se quedan a descansar en un hotel de una ciudad llamada Laredo tras sufrir una avería en la carreta en la que transportan todos sus enseres. A la vez, los hombres más ricos del territorio, empedernidos jugadores de póker, incluyendo al multimillonario Henry Drummond, se reúnen en un reservado del mismo hotel para la más importante partida de póker del Oeste. Meredith, aficionado al juego, pasatiempo que tuvo que abandonar a raíz de la insistencia de su mujer tras haber adquirido en el pasado deudas impagables que pusieron en riesgo su vida y su matrimonio, motivo éste de su huida hacia un rincón perdido de Texas donde no haya salones ni casinos, acaba por azar y con la secreta ambición de aumentar el escaso capital con el que han partido en su aventura en una mesa sin que su mujer lo sepa, jugándose la poca fortuna familiar que poseen y todo su futuro al destino de las cartas. Nervioso, ansioso, malhumorado y cada vez más angustiado, pierde continuamente mientras espera el milagro de un buen juego que le haga multiplicar su dinero y poder abandonar la mesa antes de que su mujer regrese y descubra que ha faltado a su palabra. Sus secretas plegarias son escuchadas, y por fin, cuando apenas le quedan unas pocas fichas sobre la mesa, recibe una mano ganadora. Sin embargo, con el poco dinero que le queda y enfrentado a las mayores fortunas del Estado, no puede cubrir el importe de las apuestas y corre el riesgo de perder todo lo que posee aunque atesora en sus cartas la mejor mano de póker de su vida. La presión es enorme, los nervios, insoportables, y el ataque cardiaco, inevitable. Meredith se desploma mientras estrecha sus valiosas cartas contra el pecho. Su mujer, puritana, moralista antijuego y antialcohol, no tendrá más remedio que, una vez descubierta la traición de su esposo, intentar terminar la partida a pesar de que jamás ha visto una baraja en toda su vida y ni siquiera conoce las reglas del póker. Continuar leyendo “Cine en serie – El destino también juega”

Mis escenas favoritas – Duelo al sol

Inmortal escena de un imprescindible western romántico de la factoría Selznick y concebido exclusivamente para el lucimiento de su musa y compañera de entonces, la bellísima, racial y salvaje Jennifer Jones (de hecho, tanto se lució que cambió de pareja y Selznick se fue al garete en todos los sentidos, cayendo en un profundo pozo personal y profesional). La acompaña Gregory Peck en este clásico de los finales románticos rodado en 1946 que años más tarde sería parodiado en La guerra de los Rose por Michael Douglas y Kathleen Turner.

Lamentamos la baja calidad del vídeo, pero la escena merece demasiado la pena como para dejarla pasar.