Mis escenas favoritas: Excalibur (John Boorman, 1981)

Momento cumbre de esta célebre fantasía medieval de John Boorman -que tanto debe, al menos en su puesta en escena, al Lancelot du Lac de Robert Bresson (1974)- sobre el Ciclo Artúrico, y que recoge el pasaje en que el famoso monarca de Camelot es nombrado caballero, precisamente, por sus enemigos.

La tienda de los horrores – Corrupción en Miami

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Jodeeeeer, qué truño. La esperadísima, en su día, adaptación al cine del televisivo éxito de Michael Mann Corrupción en Miami (Miami vice), más si cabía, con el propio director a los mandos, en lo que iba a ser la actualización de aquella serie en la que Don Johnson y Philip Michael Thomas iban en plan julai guaperas desfaziendo entuertos entre el crimen organizado uniformado con camisas de flores de la zona de Florida, terminó sufriendo el mismo destino que la puesta al día de otras series míticas de décadas anteriores, Misión imposible, por ejemplo. Es decir, que salvo el título y apenas algunos guiños a los fieles de la serie, poco que ver.

Porque lo que en la serie eran días soleados, chiringuitos playeros, deportivos a toda mecha y lanchas rompiendo las olas, aquí es nocturnidad, alevosía, confusión, acción gratuita, superficialidad, rutina y falta de originalidad. Un vulgar thriller de buenos y malos, de guapos y feos, que bien podría transcurrir en Mar del Plata, en Alaska o en Chachapoya, sin apenas ningún otro aliciente que ver a Gong Li y a Luis Tosar (del que durante todo el metraje un servidor esperaba que se subiera en una barca junto a Javier Bardem para mirar al sol…) en un producto de Hollywood sin magia, sin garra, rodado con mecanicismo y sin pasión alguna. La huella de Mann se nota (especialmente esos interludios de imágenes nocturnas con hilo musical), pero nada que ver con su mejor pulso.
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Cine en serie – El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante

CINE PARA CHUPARSE LOS DEDOS (VIII)

El desorbitado Peter Greenaway ideó en 1989 esta inclasificable película que en tono de drama y comedia negra gira alrededor de la gastronomía, el amor y el erotismo, elementos que interaccionan, se confunden, se disuelven unos en otros hasta solaparse. Como puede verse en la foto superior, Greenaway vuelve a situar sus imprevisibles cuentos morales en escenarios de una excesiva atmósfera operística, grandes puestas en escena por las que deambulan los personajes, creando cuadros cromatísticos de texturas cercanas a Rembrandt, pintor favorito del autor (sobre el que ha divagado ya múltiples veces en el cine, como en la reciente La ronda de noche), componiendo grandes contrastes de grandes luces con oscuridades totales, colores fuertes y enormes luminarias, con los personajes como elemento central, a veces superpuestos, conectados, agrupados como si constituyeran a su vez un ente complejo compuesto de partes autónomas, superpuestos, confundidos, con los magnos decorados por los que transitan.

Con un uso simbólico de los colores que puede calificarse como sencillamente genial y que evidencia el gusto de Greenaway por la pintura, nos cuenta la historia de Richard (excepcional Michael Gambon en su creación de un repulsivo y odioso ser humano), crítico gastronómico de juicios contundentes e irrevocables, de criterio severo, de actitud autoritaria, displicente, desdeñosa, que además de desempeñar su oficio de crítico con formas más propias de un grupo de mafiosos (extorsión, intimidación, amenazas, violencia, cierres provocados) es además dueño de un exquisito y exclusivo restaurante francés (de nombre, sin embargo, Le Hollandais, nuevo guiño de Greenaway a Rembrandt). Allí Richard disfruta mortificando al personal de la casa, a sus compinches que ejercen de matones si es menester (entre ellos un vomitón Tim Roth), pero sobre todo a su esposa, Georgina (Helen Mirren), cuyas intimidades (reales o deliberadamente distorsionadas para humillarla) no cesa de compartir con sus esbirros si mueven a la hilaridad o fomentan la adhesión de sus camaradas al líder. Ella, sin embargo, busca huir de él junto a otro comensal, un hombre tímido y solitario que se sienta en una esquina del restaurante, con el que intercambia miradas apenas disimuladas, y con el que en sus habituales coincidencias en cenas inicia una tórrida historia de amor y sexo entre fogones, platos a medio hacer, ingredientes en bruto, salsas, pucheros, vapor y aromas apetitosos.
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