Historias de la radio – Ciudad de vida y muerte

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Un bélico curioso: La batalla del Mar del Japón

Dentro del género bélico, que no es especial santo de nuestra devoción a excepción del puñado de clásicos que van más allá de la propaganda política e ideológica y de las apologías de muerte y destrucción, La batalla del Mar del Japón, dirigida por Seiji Maruyama en 1969, constituye una rareza digna de ser vista, al menos por su carácter extraordinario y por su curioso estilo entre cine historicista, drama de espionaje, hagiografía militar y unas secuencias de acción más próximas a Godzilla de lo que hubieran deseado sus promotores. Asimismo, resulta interesante, en un género copado prácticamente por la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Vietnam, el objeto de su aproximación, la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, un conflicto decisivo para el devenir internacional del siglo XX cuyas consecuencias, en una doble vertiente, facilitaron por un lado la crisis integral del régimen zarista en Rusia y el advenimiento de la revolución comunista, así como la escalada militarista del país asiático hasta su colapso tras Hiroshima y Nagasaki en 1945. Con el fenómeno del imperialismo y el colonialismo de la segunda mitad del siglo XIX con Europa lanzada a la conquista del mundo, Rusia, tras alcanzar el Pacífico, pretendió extender su área de influencia hasta Corea y la costa de China, produciéndose un choque con las renovadas ansias imperiales japonesas, que tras varios siglos de aislamiento interior y guerras civiles, volvían a la carrera conquistadora con un ejército modernizado al estilo de cualquier potencia europea apenas cincuenta años después de que el Comodoro estadounidense Matthew Perry forzara los puertos japoneses y obligara al país, por entonces todavía enclaustrado en la era feudal de los shogunes y samurais y viviendo prácticamente en una economía de subsistencia, a abrirse al exterior.

Cinco décadas después, Japón se convirtió en el primer país asiático en derrotar militarmente a una potencia colonial europea en una guerra abierta. A este conflicto se dedican los 128 minutos de la película, que, lejos de detenerse únicamente en la famosa batalla del Estrecho de Tsushima, engloba el conjunto de la guerra, manipulando de manera un tanto propagandística aquellos episodios que pudieran provocar la vergüenza japonesa (por ejemplo, el ataque a Port Arthur sin declaración de guerra previa, exactamente en la misma línea de lo sucedido con Pearl Harbor en 1941) pero, en general, conservando un respeto y un sentimiento de honorabilidad por el adversario que ya quisieran la gran mayoría de las producciones bélicas o historicistas anglosajonas. La película, por tanto, repasa por capítulos las distintas fases de la guerra, reservando para el clímax final la batalla naval decisiva entre la flota japonesa, que había vencido a la rusa con base en Port Arthur y Vladivostok, y la flota del Báltico, que cruzó medio mundo (incluso parte de ella circunnavegó África ante la negativa de los británicos, aliados de Japón y dominadores de Suez, de permitirles utilizar el Canal), y si por una parte recoge con tratamiento casi divulgativo los distintos aspectos castrenses y bélicos del asunto, la narración de los acontecimientos violentos está salpicada de insertos en los que se explican las maniobras diplomáticas y de inteligencia de los agentes japoneses en Europa por hacerse con los servicios de los espías bolcheviques y de los enemigos del zar que en aquellas fechas ya conspiraban en su exilio suizo, alemán o sueco. Igualmente, la película dedica particular atención, especialmente al final, a glorificar la figura del Almirante Togo, interpretado por el tantas veces protagonista de míticos filmes de Akira Kurosawa, Toshiro Mifune, y lo resalta casi más como caballero y honroso vencedor, que despierta la admiración de los derrotados, que como heroico estratega valedor de una victoria a vida o muerte.

La película, que sufre de cierta lentitud en sus primeros minutos, adquiere ritmo, velocidad e interés a medida que se van sucediendo los distintos encuentros militares Continuar leyendo “Un bélico curioso: La batalla del Mar del Japón”

Cine en fotos – Wong Kar-Wai

Los personajes en los filmes de Wong Kar-Wai son dolientes: viven en la frustración, están necesitados de afecto y, al mismo tiempo, son incapaces de suturar la herida que les aqueja porque ellos mismos se autoinmolan al no situarse en el instante adecuado ni en la actitud adecuada. El azar es consecuencia de sus actos, de su incapacidad para decidir avanzar hacia el encuentro de la felicidad; de ahí la nostalgia por algo que no se ha perdido porque jamás se ha tenido ni podrá tenerse; de ahí, también, la magnificación del pasado como el lugar de la “posibilidad”, del recuerdo enfermizo que no es sino la herida abierta.

Francisco Javier Gómez Tarín. Wong Kar-Wai. Grietas en el espacio-tiempo. Ed. Akal. Madrid, 2008.

Música: Wang Ji Ta, de Shirley Kwan.

Miedo a convivir: Los limoneros

En el conflicto palestino-israelí hay diversos ingredientes que durante décadas lo han enquistado hasta convertirlo en un problema insoluble. En primer lugar, la imposición en 1948 de los dogmas y creencias de los practicantes de una religión al resto del mundo, auspiciando así el robo de una tierra a sus legítimos propietarios por parte de los inmigrantes judíos, explotación publicitaria de su condición de víctimas del Holocausto mediante, con la complicidad de los gobernantes británicos del territorio que otorgaron el poder y la fuerza a los recién llegados sobre sus anteriores habitantes, invadidos, desplazados y colonizados por quienes sólo guardaban con aquellas tierras una relación abstracta, mística, recreada en la imaginación como consecuencia de una fe religiosa particular que en sus Sagradas Escrituras apela a la guerra y la violencia (la cual ejercieron contra, precisamente los británicos; no se olvide que el sionismo utilizó el terrorismo como arma para conseguir sus fines) como forma de convertir en realidad los designios de su dios. Además de ello, los errores palestinos y árabes, empeñados en recuperar por la fuerza lo que se les quitó por la fuerza, y el papel de Estados Unidos, que, alineado con un Estado cuya concepción, más allá de las formas, es profundamente antidemocrática, considera Israel como prolongación de su propios intereses. Pero mientras la partida se juega en los grandes tableros de la política internacional en torno a la embustera ficción de los dos Estados, uno árabe y otro judío, como solución imposible que jamás llegará a darse y sobre la que corren ríos de tinta, falsas diplomacias e interminables calendarios que nunca llegarán a nada, en lugar de la única posibilidad viable, la de un único Estado para todos, aconfesional, democrático, en el que ser judío, cristiano o musulmán sea tan irrelevante como ser rubio, moreno o calvo, brindis al sol cuya utópica concepción choca con el interés de Estados Unidos (necesitado de un gendarme dotado de armas nucleares para aquella zona), el fanatismo judío (que en última instancia sigue considerándose pueblo elegido por Dios y por tanto, de raza, etnia, cultura y naturaleza superiores a sus vecinos palestinos, un pueblo que como mínimo lleva viviendo en esa tierra tanto tiempo como ellos, aunque antes se denominaran filisteos), y el contagio palestino en torno a una absurdez de la misma índole añadida a su conciencia de haber sido expoliado, violado, incluso de estar amenazado de exterminio, quienes viven allí en el día a día, a uno u otro lado del muro de la vergüenza levantado por Israel con la connivencia yanqui, han de torear la situación como mejor pueden y, deliberadamente o sin querer, generan comportamientos, actuaciones y actitudes que, si bien por un lado tienden puentes de comprensión y entendimiento, por otro no hacen sino alimentar rencores, recelos, venganzas y un aliciente que amenaza con volver un conflicto irresoluble en eterno y al que no suele darse demasiada importancia: el miedo.

Los limoneros, dirigida en 2008 por el israelí Eran Riklis, parte de esta premisa: el miedo a lo que se desconoce, el recelo hacia lo que se cree distinto y que puede derivar en odio gracias a la constante inoculación del desprecio por aquello que no se considera propio. Y para ello utiliza como metáfora algo tan sencillo, tan cotidiano, tan concreto y natural como un campo de limoneros. Salma (la magnífica Hiam Abbass, fantástica coprotagonista de The visitor), es una viuda palestina que vive en la frontera entre Israel y Cisjordania gracias al dinero que le envía su hijo, camarero en un bar de Washington, y a su plantación de limoneros, propiedad familiar que le legó su difunto esposo y que lleva allí más de cincuenta años. La mala suerte quiere que el nuevo ministro de Defensa israelí sea su vecino de finca, lo que, además de llevar allí un importante contingente de seguridad con las oportunas incomodidades (alambradas, torres de vigilancia, focos, cámaras de vídeo), provoca, a raíz de un informe del servicio secreto, que su campo sea catalogado como una amenaza para la seguridad del ministro y su familia al ser considerado apto para el posible ocultamiento de terroristas o armas con las que atentar hacia la casa. Como consecuencia, el alto mando del ejército israelí emite una orden por la cual, a pesar de que en más de cincuenta años el terreno nunca ha sido utilizado como base terrorista ni se han cometido atentados desde él, los limoneros han de ser talados. Salma, lejos de rendirse, inicia una lucha legal por sus derechos que la enfrenta el gobierno y al ejército israelíes: éstos pretenden salvaguardar la tranquilidad del ministro; ella defiende su único medio de vida ante instancias judiciales israelíes que, lógicamente, toman en mayor consideración las razones alegadas por sus compatriotas.

La película está llena de ricos matices que la dotan de profundidad y complejidad (incluso demasiada) a pesar de la aparente sencillez y el aire de fábula que le dan un ritmo pausado y agradable al relato. Continuar leyendo “Miedo a convivir: Los limoneros”

La tienda de los horrores – El sabor de la sandía

Si hay una película que demuestre el tan acostumbrado divorcio entre crítica y público, es esta producción taiwanesa de 2005, para quien escribe, uno de los despropósitos más extravagantes y ridículos jamás filmados, pese a lo cual obtuvo, entre otros, los siguientes premios: Oso de Plata en Berlín a la mejor contribución artística y Premio Fipresci, Premio Especial del Jurado, Premio de la Crítica y Premio al mejor actor en el Festival de Sitges. Casi nada, y sin embargo, nos reafirmamos en el calificativo anterior a la vista del catálogo de absurdeces, vaga y pretendidamente provocativas, y de momentos repugnantes, gratuitos y/o estúpidos, que contienen sus ciento doce minutos de metraje.

Valga como ejemplo la escena que sigue a la larga introducción de varios minutos en la que sólo vemos un largo pasillo filmado como si de una cámara de vigilancia colgada en una esquina se tratara y en la que aguardamos pacientemente a que dos mujeres se crucen y desaparezcan cada una por un extremo del pasillo… Pues bien, a continuación, véase el cartel, un chico y una chica orientales practican el sexo con una sandía de por medio. El joven, en plan taladro, va a travesando la carne de la sandía en cuestión hasta que, primero, llega a la carne de la muchacha y, más tarde, la embadurna del agua y de las pepitas que contiene tan sabrosa y refrescante fruta. Escenas así, de sexo casi explícito, en la que planos de penes y vaginas se combinan con momentos de coitos y prácticas sexuales varias, van mezclándose en la narración junto a inesperados, coloristas y divertidamente absurdos números musicales estilo años 50 que aparecen sin venir a cuento y que, supuestamente, evocan momentos de la trama, y con las evoluciones de la pareja protagonista, un actor porno y una joven solitaria que se hacen mutua compañía en un Taiwán sometido a una inclemente ola de calor. Ella intenta paliar los calores robando agua de las fuentes y los aseos públicos; él sube a las azoteas de los edificios para bañarse en los depósitos de agua de las últimas lluvias. Mientras el gobierno hace publicidad de los métodos que debe seguir la población para mitigar el calor (entre los cuales está la ingestión del zumo de sandía, óptimo para librarse de la sed y a la vez ahorrar agua), los dos jóvenes se curan de su soledad, entre coreografías marcianas y folleteo insustancial y bastante antierótico por desagradable. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – El sabor de la sandía”

Humanismo hecho cine: La boda de Tuya

Pocas sensaciones, artísticas por supuesto, pueden resultar tan gratificantes como el hecho de acercarse a una película de la que uno no sabe nada más que algunos datos circunstanciales (Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2007) y un puñado de lejanas y superficiales referencias, y dejarse sorprender, atrapar, subyugar e invadir por una historia sencillamente prodigiosa, narrada con naturalidad extrema, poderosa en su íntima sinceridad y en su apabullante honestidad, y además tan hermosa en la forma, tan magnífica y tan sensible en el retrato de personas, realidades y parajes tan agrestes como cautivadores. Esta joya del cine chino dirigida por Wang Quan’an supone un gran triunfo del gran poder del cine para generar emoción cuando hace de la contención y de la sencillez sus virtudes, cuando busca la complicidad humana y sentimental del espectador para crear esa comunión entre obra de arte y público que tan a menudo se busca por caminos erróneos y que deviene, inevitablemente, en trascendencia, en recuerdos gratos e imborrables, en asunción de la película como parte de la propia experiencia, del propio currículum emocional.

A través de la maravillosa fotografía de Lutz Reitemeier, nos trasladamos a la Mongolia más profunda, a un territorio hostil, un incómodo océano de páramos desolados, de naturaleza en bruto, en el que transcurre la vida de algunas comunidades nómadas que todavía conservan buena parte de sus culturas y ritos ancestrales en un mundo que con cuentagotas les va proporcionando su cuota de modernidad. En este salvaje entorno, Tuya, interpretada por Yu Nan, mujer de belleza extraña y serena bajo la que se adivina un torrente de fuerza vital contenido a duras penas por su lugar en el mundo, el de la mujer rodeada de hombres y comprimida por una cultura machista, fenomenalmente personificada en una actriz soberbia en su papel, lucha contra los rigores naturales de su geografía y contra las convenciones que limitan sus facultades como individuo autónomo, a la vez que, a través del pastoreo de sus ovejas, intenta sacar adelante a sus hijos y a su marido tullido, impedido para trabajar. A pesar de que el Gobierno intenta incorporar a estos nómadas a la sociedad moderna a través de incentivos económicos, Tuya se resiste a abandonar su forma de vida y el espacio que comparte con su familia. Sin embargo, tanto trabajo a cuestas terminan repercutiendo sobre su salud y enferma. El problema es grave: sin ella, los niños y Bater, su marido, están perdidos. Sólo cuenta con la ayuda de un vecino cuya mujer le ha abandonado y cuyo sueño máximo es poder comprarse un camión. En estas circunstancias, sólo hay una salida para Tuya: aún joven, hermosa y fuerte para trabajar, debe divorciarse de Bater y casarse con otro hombre que pueda mantenerla a ella y a los niños. Deseada hace tiempo por muchos de los hombres de los alrededores, e incluso habiendo llegado el rumor a la ciudad, a antiguos compañeros de estudios que la quisieron y a los que no correspondió, son muchos los pretendientes que se acercan a la estepa para pedirla en matrimonio. Pero Tuya no acepta a ninguno. Ni uno solo de sus pretendientes acepta la única condición que ella pone para entregarse: que su nuevo marido se haga cargo de los niños, pero también de Bater. Continuar leyendo “Humanismo hecho cine: La boda de Tuya”

El embriagador influjo de la sencillez: El olor de la papaya verde

papaya

La anárquica melodía de la brisa, el callado estruendo de los silencios, la belleza en la inocente mirada de unos ojos rasgados, la extraña musicalidad de un gesto, el suave perfume de un oasis de calma, los versos libres de la alegría, de la decepción y de la amargura, el sutil aroma del amor y del dolor, la hermosura de una promesa de felicidad que descansa en el cristalino rumor del agua, la delicada esperanza que tiñe las hojas o el azul de un cielo surcado de filamentos plateados camino del horror, una contenida apoteosis de palpables sensaciones resumida en el acto cotidiano, mecánico y casi armónico, poético, de unos cortes de cuchilla rápidos, metódicos, medidos, precisos, con los que desprender la corteza de una papaya, su carne fresca y blanca dispuesta para ser cercenada en rodajas o rallada en largas tiras con las que acompañar el arroz y las verduras preparados en cuclillas al débil fuego de la cocina en un rincón de un patio expuesto a los dictados de un sol despiadado o a las impenetrables cortinas de agua de la época de lluvias…

Saigón, Vietnam, 1951. Mui es una joven, apenas una niña, recién llegada a la ciudad para servir en casa de una rica familia venida a menos. Llega una noche de verano tras haber caminado todo el día desde el pueblo en el que ha dejado atrás a su madre y hermana sin saber cuándo podrá volver a verlas. Pero, con todo, ha tenido suerte: también ha dejado atrás el hambre y los arbitrarios avatares de una guerra que desde cinco años atrás ha sustituido como enemigo al ocupante japonés por el anterior colonizador francés, no mucho antes de que su lugar sea cedido a los norteamericanos. Pero es pronto para la violencia. De momento, en esa casa estará a salvo, las imágenes de guerra serán solo un recuerdo, un lejano murmullo sólo escuchado cuando se disfraza de lejanos motores de avión; trabajará mucho y muy duro, pero disfrutará de comida y techo, e incluso podrá acumular un pequeño capital para sufragar sus esporádicas visitas a lo que vaya quedando de su familia, preparar su dote o ahorrar en espera de años más difíciles. Mientras tanto, aprende de su veterana compañera los diversos oficios que ha de desempeñar, el modo, manera y tiempo en que les gusta a los señores el cumplimiento de las tareas, y se familiariza con el carácter y la historia de cada uno de los miembros de la familia, una historia que pronto percibe que no va pareja al grado de comodidad material que disfrutan en su acogedor hogar: Mui es de la misma edad que tendría la hija de los señores si hubiera sobrevivido a la cruel enfermedad que acabó con su vida y, de paso, con la felicidad de la familia. La abuela vive enclaustrada en la planta superior de la casa, consagrada a sus oraciones por el alma de su marido y su nieta muertos, quemando incienso y realizando ofrendas a las fotografías de sus parientes colocadas en un pequeño altar repleto de flores, divinidades y pequeños objetos personales, sin visitas, sin nadie que se interese por ella aparte de un anciano, antiguo pretendiente, que suele asomar la cabeza por encima de la valla que rodea la propiedad para preguntarle a Mui cómo se encuentra la vieja. El padre está sumido en una depresión que sólo logra aliviarse con música; siempre ha sido de carácter libertino, y fue durante una de sus ausencias de unos días dispuesto a gastar todos los ahorros de la familia en vicios cuando la niña enfermó y murió. Consumido por la culpa, pasa sus días tocando su música o dormitando en su estera, sin apenas hablar con su esposa e hijos y sin ver a nadie. La madre es la que (como siempre) sostiene la casa: es su pequeño negocio, una mercería, el que consigue los ingresos suficientes para mantener la casa y a la familia unida; es ella la que está pendiente de los tres hijos varones del matrimonio, el mayor, ya casi un hombre, que pasa sus días fuera de la casa con sus amigos, en especial con un joven músico que es invitado ocasionalmente a la casa, y los dos pequeños, el mayor de los cuales echa de menos el cariño de su padre y se entretiene torturando insectos, mientras que el pequeño, un insufrible niñato cuya travesura es más bien mala leche, toma a Mui como blanco para sus pesadas bromas (arroja al suelo la ropa limpia que ella acaba de tender, esconde pequeños reptiles dentro de los jarrones que ella debe librar de polvo, vacía cubos de agua sucia sobre los suelos recién fregados o se orina en la tierra del patio recién aplanada). Continuar leyendo “El embriagador influjo de la sencillez: El olor de la papaya verde”