Cine en fotos – Wong Kar-Wai

Los personajes en los filmes de Wong Kar-Wai son dolientes: viven en la frustración, están necesitados de afecto y, al mismo tiempo, son incapaces de suturar la herida que les aqueja porque ellos mismos se autoinmolan al no situarse en el instante adecuado ni en la actitud adecuada. El azar es consecuencia de sus actos, de su incapacidad para decidir avanzar hacia el encuentro de la felicidad; de ahí la nostalgia por algo que no se ha perdido porque jamás se ha tenido ni podrá tenerse; de ahí, también, la magnificación del pasado como el lugar de la “posibilidad”, del recuerdo enfermizo que no es sino la herida abierta.

Francisco Javier Gómez Tarín. Wong Kar-Wai. Grietas en el espacio-tiempo. Ed. Akal. Madrid, 2008.

Música: Wang Ji Ta, de Shirley Kwan.

Humanismo hecho cine: La boda de Tuya

Pocas sensaciones, artísticas por supuesto, pueden resultar tan gratificantes como el hecho de acercarse a una película de la que uno no sabe nada más que algunos datos circunstanciales (Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2007) y un puñado de lejanas y superficiales referencias, y dejarse sorprender, atrapar, subyugar e invadir por una historia sencillamente prodigiosa, narrada con naturalidad extrema, poderosa en su íntima sinceridad y en su apabullante honestidad, y además tan hermosa en la forma, tan magnífica y tan sensible en el retrato de personas, realidades y parajes tan agrestes como cautivadores. Esta joya del cine chino dirigida por Wang Quan’an supone un gran triunfo del gran poder del cine para generar emoción cuando hace de la contención y de la sencillez sus virtudes, cuando busca la complicidad humana y sentimental del espectador para crear esa comunión entre obra de arte y público que tan a menudo se busca por caminos erróneos y que deviene, inevitablemente, en trascendencia, en recuerdos gratos e imborrables, en asunción de la película como parte de la propia experiencia, del propio currículum emocional.

A través de la maravillosa fotografía de Lutz Reitemeier, nos trasladamos a la Mongolia más profunda, a un territorio hostil, un incómodo océano de páramos desolados, de naturaleza en bruto, en el que transcurre la vida de algunas comunidades nómadas que todavía conservan buena parte de sus culturas y ritos ancestrales en un mundo que con cuentagotas les va proporcionando su cuota de modernidad. En este salvaje entorno, Tuya, interpretada por Yu Nan, mujer de belleza extraña y serena bajo la que se adivina un torrente de fuerza vital contenido a duras penas por su lugar en el mundo, el de la mujer rodeada de hombres y comprimida por una cultura machista, fenomenalmente personificada en una actriz soberbia en su papel, lucha contra los rigores naturales de su geografía y contra las convenciones que limitan sus facultades como individuo autónomo, a la vez que, a través del pastoreo de sus ovejas, intenta sacar adelante a sus hijos y a su marido tullido, impedido para trabajar. A pesar de que el Gobierno intenta incorporar a estos nómadas a la sociedad moderna a través de incentivos económicos, Tuya se resiste a abandonar su forma de vida y el espacio que comparte con su familia. Sin embargo, tanto trabajo a cuestas terminan repercutiendo sobre su salud y enferma. El problema es grave: sin ella, los niños y Bater, su marido, están perdidos. Sólo cuenta con la ayuda de un vecino cuya mujer le ha abandonado y cuyo sueño máximo es poder comprarse un camión. En estas circunstancias, sólo hay una salida para Tuya: aún joven, hermosa y fuerte para trabajar, debe divorciarse de Bater y casarse con otro hombre que pueda mantenerla a ella y a los niños. Deseada hace tiempo por muchos de los hombres de los alrededores, e incluso habiendo llegado el rumor a la ciudad, a antiguos compañeros de estudios que la quisieron y a los que no correspondió, son muchos los pretendientes que se acercan a la estepa para pedirla en matrimonio. Pero Tuya no acepta a ninguno. Ni uno solo de sus pretendientes acepta la única condición que ella pone para entregarse: que su nuevo marido se haga cargo de los niños, pero también de Bater. Continuar leyendo “Humanismo hecho cine: La boda de Tuya”

Encuentro de oriente y occidente: El vuelo del globo rojo

el-globo-rojo

La mayor virtud de esta película del reputado director chino Hou Hsiao-Hsien, cineasta de talla mundial del que en cambio sólo se han estrenado seis películas en España, es precisamente el complejo discurso que subyace tras las bellas y aparentemente banales -y también en ocasiones aburridas- imágenes con las que ilustra la historia, por llamarla de alguna forma, de Song Fang (interpretada por ella misma), una joven de Taiwan que viaja a París para estudiar cine y que se emplea en casa de Suzanne (Juliette Binoche), una actriz que trabaja poniendo voz a un espectáculo de marionetas, para cuidar a su hijo Simon y obtener así un sueldo con el que costear su estancia y sus estudios. Y este discurso a varias bandas que introduce subrepticiamente bajo el acopio de escenas cotidianas con que nos obsequia, y a veces nos bombardea, no es otro que la especial relación de atracción y alejamiento que caracteriza las relaciones entre las culturas oriental y occidental, una cuestión fundamental para gran parte de los cineastas orientales dado que, al mismo tiempo que poseen una identidad propia, diferenciada y reconocible, tanto en la forma de narrar como en el tratamiento visual, sus historias se nutren en ambos aspectos tanto de referencias culturales propias como de las innegables influencias del cine clásico occidental en su forma de concebir el séptimo arte, con continuos guiños y reminiscencias de un estilo que les es a priori ajeno, pero que asimilan como propio para convertirlo en punto de partida.

En esta ocasión, el encuentro es, además de físico entre representantes de ambas procedencias, artístico, emocional e incluso conceptual, con ramificaciones que se unen, mezclan y contienen. Para empezar, una de las referencias cinematográficas de Song Fang en sus estudios es la gran película infantil de Albert Lamorisse El globo rojo (1956), que cuenta la historia de un niño que se encuentra un globo rojo (o es éste quien le encuentra a él) y que le sigue a todas partes desde el aire, si bien las crecientes envidias entre sus amigos y compañeros de colegio ante la especial relación que ha establecido con tan mágico artilugio acaban con la rotura del globo, que simboliza el paso a la madurez del muchacho. La película de Lamorisse constituye el leitmotiv simbólico del contenido último de la película de Hsiao-Hsien, al ser utilizado también por él como vehículo en su recorrido por los cielos de París: el globo aparece ya en la primera escena de la película, y va asomándose en distintos momentos de la historia, hasta incluso dentro de un cuadro que Simon contempla en el Museo d’Orsay en una visita colegial, siendo además también el detonante estético del cortometraje que rueda Song con su cámara digital. De esta manera, el globo rojo hace de doble catalizador: en la ficción, en la película que filma Song, y en la realidad, en el propio trabajo de Hsiao-Hsien. Continuar leyendo “Encuentro de oriente y occidente: El vuelo del globo rojo”