Cine en serie – El señor de los anillos (Las dos torres)

MAGIA, ESPADA Y FANTASÍA (VI)

La segunda parte de la monumental adaptación a la pantalla de la obra de J.R.R. Tolkien por Peter Jackson y su equipo da comienzo en el punto en que la Comunidad del Anillo se disuelve: Frodo y Sam siguen su camino hacia Mordor, Merry y Pipin han caído prisioneros de los orcos de Sauron, y Aragorn, Legolas y Gimli, dejando a los pequeños portadores del anillo que encuentren su propio destino, van tras los cautivos para liberarlos, mientras Sauron y su aliado Saruman siguen acumulando fuerzas con las que aplastar a las razas libres de la Tierra Media, desunidas y parapetadas tras sus débiles defensas…

Tras el impactante efecto sorpresa de la primera entrega, Las dos torres ofrece más de lo mismo (pero peor) en la forma, aunque empieza la decadencia en cuanto al fondo. Como dijimos en su momento en esta misma sección, a medida que la trilogía avanza, sus grandes virtudes se van poco a poco diluyendo y los pequeños inconvenientes del primer capítulo, minimizados ante la grandiosidad del conjunto, van creciendo hasta poco a poco adueñarse de este puente hacia la conclusión. El problema, precisamente, es la entrega incondicional a la espectacularidad de las formas y el paulatino descuido de unas, ya de por sí, demasiado elementales, lineales, esquemáticas cuestiones de fondo (personajes, psicología, motivaciones, reacciones ante los hechos…) siguiendo, obviamente, las pautas marcadas por Tolkien pero haciendo que la película, exactamente igual que su antecesora y su continuación, dependa en exclusiva de los conocimientos previos del espectador sobre la obra literaria a fin de que pueda entender la lógica de acontecimientos y personajes, sin que se trate de un producto cinematográfico autónomo. Continuar leyendo “Cine en serie – El señor de los anillos (Las dos torres)”

Cine en serie – Conan el bárbaro

Conan

MAGIA, ESPADA Y FANTASÍA (V)

Siempre nos quejamos de la colonización que sufre el cine por causa de las tantas, tan superfluas e innecesarias adaptaciones a partir de tebeos que padecemos en los últimos tiempos. No obstante, no es una moda ni mucho menos reciente, al contrario, de lo más antigua, aunque no a este nivel de explotación extrema, absurda, repetitiva y, por lo general, intrascendente. Periódicamente, pese a todo, nos sorprente entre tanto bodrio con películas notables inspiradas en esa fuente y que nos ofrecen como producto interesantes trabajos que exceden su propio origen y su ámbito natural de público: el friki de los tebeos (dicho sea con todo el respeto; aquí pensamos que es de lo más saludable ser friki de algo… dentro de un orden). Uno de los mayores exponentes de esta excepción es la adaptación que del famoso tebeo de Robert E. Howard dirigió en 1982 el cineasta, al que se atribuyen ideas filofascistas, John Milius (lo que hace más sorprendente que escribiera el guión a medias con Oliver Stone, sospechoso de todo menos de ser filofascista), protagonizada por un Arnold Schwarzenegger al que la tontería del taparrabos y la musculación le cambió la vida.

Con un extremo cuidado en cuanto al diseño de producción, la película nos transporta a esa Edad Oscura intemporal (que algunos sitúan entre la caída del Imperio Romano y la llegada del feudalismo medieval) de caos y desorden en la que son tribus o pequeñas ciudades las únicas estructuras de poder que se sostienen gracias a una agricultura de subsistencia y un comercio embrionario. Conan, un guerrero cimmerio (interpretado de niño por Jorge Sanz y ya de machorro por el austriaco Arnold Schwarzenegger, cuya foto de cabecera no tiene desperdicio; no se sabe si la inclusión de cuernos en su indumentaria fue un homenaje “hispánico” de Milius, Stone y compañía), último de una estirpe, se enfrenta junto a sus compañeros, una joven guerrera y un arquero de rasgos orientales, a los malvados que arrasaron su pueblo y acabaron con su familia, tres guerreros que encabezan un extraño culto con centenares o miles de fieles que acuden como peregrinos a una ceremonia ritual en la que las serpientes ocupan el lugar central. Alimentado durante años de esclavitud por su sed de venganza, ha ido esculpiendo un cuerpo para la guerra a través de innumerables y fatigosos esfuerzos y combates, hasta el día en que la casualidad le pone en la pista de sus víctimas.
Continuar leyendo “Cine en serie – Conan el bárbaro”

Mis escenas favoritas – Ben-Hur

Periódicamente un servidor tiene que discutir, más o menos acaloradamente, con lectores y comentaristas de éste y otros blogs cuando uno se queja amargamente de la dependencia del cine-espectáculo actual de los aparatitos con teclas, botoncitos, pantallitas y numeritos. En esos casos, uno generalmente recibe amables calificativos que van desde el tan manido “gafapasta” hasta sarcasmos e ironías bastante ridículos en cuanto a la supuesta avanzada edad de mi menda o a la antigüedad de los gustos de uno aplicables a otras esferas de la vida más personales, hechos que, según estos humanoides, dificultarían la adaptación de un servidor a la vida moderna, eso por no hablar de las proclamaciones públicas como ignorantes de quienes no sabemos apreciar las virtudes del cine colonizado por el videojuego.

Quien escribe no es enemigo, ni mucho menos, del empleo de efectos especiales ni del uso de las nuevas tecnologías aplicadas al cine (sí de cruzar, eso sí, los límites insalvables de la dependencia de la tecnología contra los que ya nos advirtió, por ejemplo, Luis Buñuel, hábito de nuestro tiempo cuyo único fin suele ser recaudatorio y no artístico); lo contrario sería una estupidez: es propio del cine la investigación y la experimentación técnica y creativa como vehículo de retroalimentación. Lo que no entienden los partidarios del cine “de muñequitos” (término en absoluto despectivo con el que aquí nos referimos a esos circos de pirotecnia que copan por aplastamiento las multisalas) es que a veces hay modos mejores y más efectivos (y también más baratos) de hacer las cosas que el recurso al ordenador, y que muchas veces éste es una coartada para la falta de talento y de capacidad de los promotores de un filme. Los efectos digitales pueden apabullarnos la vista, cortocirtuitar nuestros cerebros, colman nuestras retinas, llenan nuestros ojos, pero rara vez, por no decir nunca, pasan de ahí, casi nunca llegan al alma o tocan el corazón: nada más espectacular e impactante que Matrix. Y también nada más frío, mecánico, distante y vacío.

Y lo que no entienden, y no entenderán jamás porque hablamos casi de una secta, los hooligans del actual cine “de muñequitos”, sea de superhéroes, adaptaciones de los tebeos o demás productos casi siempre prescindibles, es que una computadora, cueste los dólares que cueste, y un ingeniero, ídem de ídem, jamás podrán igualar el grado de perfección técnica y de emoción y calidez narrativas que ofrecen escenas como ésta, creada por ese genio de los efectos especiales y maestro del oficio de especialista que fue Yakima Canutt (el indio que cae a los pies de los caballos en La Diligencia de John Ford, 1939) para la nueva adaptación que del best-seller de Lewis Wallace, Ben-Hur, filmó William Wyler en 1959, protagonizada por Charlton Heston (la primera versión es de 1925 y no es menor en cuanto a espectacularidad y perfección técnica). La película ganó, entre muchos otros, el Oscar de la Academia a los mejores efectos especiales y hoy, cincuenta años después, no tenemos ninguna duda de que si optara al premio volvería a ganarlo de calle. Porque el cine de verdad posee un valor y, sobre todo, un estilo y una fuerza, en suma, un poder, que las vulgares imitaciones mecánicas del cine, hoy por hoy no van a igualar. Aunque claro, para estos esclavos de modernidad, 1959 es la prehistoria, y no digamos ya el cine en blanco y negro (pobres, no saben lo que se pierden), y como tal, hay que despreciarlo. Modernos que son, oye, aunque no se den cuenta de que no se es moderno sólo por parecerlo. Y también son, tristemente, un poco inconscientes.

Y en cuanto al cine “de muñequitos”, mientras no sea capaz de crear un prodigio técnico como el que sigue a continuación, seguirá siendo de segunda categoría.

La tienda de los horrores – El reino de los cielos

cielos

Un tema atractivo: Las Cruzadas. Un director de renombre: Ridley Scott. Un reparto de altura (por el caché más que nada): Orlando Bloom (por cierto, la foto no pertenece a ninguna evacuación intestinal, aunque se encuentre en cuclillas y con careto de trance), Liam Neeson, Jeremy Irons, Edward Norton, Michael Sheen (Tony Blair, para entendernos), Brendan Gleason, Eva Green, Ulrich Thomsen, David Thewlis… Un presupuesto enorme al estilo Hollywood: ciento treinta millones de dólares. Un guión creado por cuotas para garantizar la atracción de todos los públicos: tanto por ciento de épica, tanto de romance, tanto de violencia, tanto de mensajes políticos subrepticios, tantos personajes buenos, tantos malos… Grandes expectativas: abundantes y majestuosas localizaciones, vestuario y escenarios meticulosamente recreados, ordenador potente con el que maquillar errores, redondear atmósferas o crear ejércitos en medio de la nada. Resultado: un cagarro mayúsculo, inigualable, de récord.

Segunda ocasión en que Scott aparece en esta sección tras Gladiator, pero no es para menos. Cielos, sí. Esa es la expresión recurrente que, invocada como una desesperada plegaria ante el hecho de haber perdido ciento cuarenta y cuatro irrecuperables minutos de existencia con el visionado de este engendro, acude irremisiblemente a la garganta, no se sabe si por el deseo de que la divinidad nos guarde de otros bodrios semejantes o por la incredulidad de haber asistido a uno de los fiascos más clamorosos del cine reciente, de 2005 en concreto, cuando parecía tenerlo todo a favor.

Pero el tiro de gracia, lo que resulta ya de juzgado de guardia, es la unánime acogida favorable a este petardo por parte de la crítica, no ya la americana, acostumbrada a dejarse impresionar por grandilocuentes ramplonerías, sino por la europea, en la que el criterio, sometido a otras preferencias, empieza a no sobrar. Ante ciertos comentarios entusiastas sobre la película, cabe preguntarse si toda la crítica “especializada” se ha vendido ya a los intereses comerciales o corporativos de los medios para los que trabajan o si, simplemente, les ha dado un tabardillo. La historia, que tantas posibilidades hubiera permitido a poco que Scott se hubiera acercado a un fenómeno histórico de tanto calado y tanta riqueza cultural, espiritual y política como Las Cruzadas con algo de sinceridad, seriedad, curiosidad y rigor, es la devaluación en clave contemporánea pasada por la batidora de los tópicos más nauseabundos, los mensajes más superficiales y políticamente correctos y cierta mentalidad de culebrón barato, de uno de los episodios más emblemáticos de la Edad Media y del que más conclusiones pueden extraerse en orden a entender las relaciones entre el Próximo Oriente y Occidente. Sin embargo, la película se queda en mera y pretenciosa ambición formal y renuncia totalmente a explorar cualquier aspecto intelectual, cultural o que invite a la reflexión más allá de los cuatro manidos eslóganes tipo “We are the world, we are the children” que diferentes personajes cacarean en plan Kofi Annan de tercera división a lo largo del metraje. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – El reino de los cielos”

Música para una banda sonora vital – Excalibur

Esta épica película de 1981 en la que John Boorman logró plasmar como nadie el misterio, la magia y la mitología de la leyenda artúrica, con una escenografía muy particular pero alejada de los leotardos y los arcos y flechas de cartón de los años 50, contiene en uno de sus momentos álgidos nada menos que el fragmento más conocido de la monumental obra Carmina Burana del alemán Carl Orff. En particular, se trata de la escena de la batalla final, donde Arturo se recupera de su embrujo y acude con lo que queda de sus Caballeros de la Tabla Redonda a su último combate con Sir Mordred, mientras que los campos, sumidos en las tinieblas, la oscuridad y el hechizo sombrío del mal, recuperan la primavera. Una película mágica, mítica, en la que podemos descubrir, en papeles de mayor o menor relevancia, a actores y actrices como Helen Mirren, Liam Neeson o Gabriel Byrne.

Ofrecemos dos vídeos. El primero contiene la célebre pieza como ilustración musical de la recreación que en los llanos de Hastings tuvo lugar en 2006 para conmemorar el 940 aniversario de la conquista de Inglaterra por los normandos del rey Guillermo. El segundo muestra el fragmento de la película de Boorman con la pieza de Carl Orff. Épica y magia en estado puro.

El último valle: la guerra lo pudre todo

valley1

Europa a mediados del siglo XVII se encuentra en la más terrible y duradera guerra de su historia hasta entonces. El continente arde de punta a punta en una lucha a muerte que, con la religión como pretexto (siempre lo es) es en realidad un convulso y violento proceso de adecuación a la modernidad, de adaptación a los nuevos tiempos, de demolición del feudalismo y del antiguo poder absoluto y de la apertura de un nuevo orden en el que, a través de las primeras influencias filosóficas sobre las teorías del pacto (Hobbes, Locke y compañía) y las primeras formulaciones doctrinales sobre la moderna separación de poderes y la sustitución del concepto de súbdito por el de ciudadano que eclosionará siglo y medio más tarde, busca reestructurar un edificio político, social, económico y religioso para la satisfacción de las necesidades que el antiguo modelo medieval ya no satisface. La Guerra de los Treinta Años, conflicto discontinuo que ocupó la primera mitad del siglo, es el marco en el que se desarrolla esta cinta anglonorteamericana de 1970 dirigida por James Clavell y protagonizada por Michael Caine y Omar Sharif.

Vogel (Sharif) es un maestro de escuela que huye de las batallas y los saqueos que asolan el centro de Europa y, sobre todo, Alemania. Su pueblo ha sido borrado del mapa, sus habitantes han muerto, la hambruna y la peste campan por doquier, y allí donde mira no hay más que cadáveres, sangre, campos arrasados, edificios incendiados o grupos de soldados que, erigidos en Jinetes del Apocalipsis, acaban entre risas y burlas con cualquier muestra de vida que encuentran en su camino, mientras que en todas partes el aire está viciado por el humo y la plaga. Vogel deriva hacia una muerte segura, y cuando por accidente cae por un terraplén y al levantarse descubre un plácido y soleado valle donde la hierba es alta y verde, las vacas pastan tranquilas y el silencio del viento sólo es roto por el murmullo de aguas transparentes y el tañido de unas campanas que insuflan vida, cree que está delirando y que la peste ha hecho mella en él. Pero se equivoca: es un valle perdido y solitario que ha pasado desapercibido y por el que los desastres de la guerra han pasado de largo.

Pero no por mucho tiempo, porque un buen día llegan un centenar de mercenarios al servicio de un príncipe alemán, un grupo de bárbaros exaltados comandados por un refinado y culto capitán (Michael Caine), que se lanzan como aves de rapiña a esquilmar un territorio que permanece vivo y virgen. Continuar leyendo “El último valle: la guerra lo pudre todo”

Mis escenas favoritas – Doctor Zhivago

La grandiosa novela de Boris Pasternak fue llevada al cine en 1965 de forma magistral por el cineasta David Lean, financiada por el productor italiano Carlo Ponti con la colaboración de la infraestructura industrial montada en España por Samuel Bronston (la película está rodada, entre otras localizaciones, en Soria y alrededores). En su reparto cuenta con Omar Sharif, Rod Steiger, Geraldine Chaplin, Alec Guinness y una hermosísima Julie Christie, entre otros.

Junto a la escena de la carga de caballería, la represión por parte de las fuerzas zaristas de una manifestación pacífica organizada por el incipiente movimiento obrero ruso durante la crisis de la guerra rusojaponesa de 1905, una de mis favoritas en cuanto al retrato de la represión por parte del poder ejercida contra quienes reclaman justas demandas de igualdad, la primera escena de la cinta, el entierro de la madre de Yuri, resulta verdaderamente sobrecogedora. No sólo por tratarse de un funeral, sino porque en apenas unas pinceladas apunta dos de los hilos narrativos de la película y del momento histórico que retrata: la soledad del personaje central, por un lado, y la insignificancia del ser humano en relación con la inmensidad del enorme espacio ruso, detalle que resulta imprescindible para la comprensión de la idiosincrasia y de los avatares políticos de aquel país. Las grandes obras suelen tener comienzos formidables. Y este lo es.