Cine de verano: El estudiante de Praga (Der Student von Prag, Stellan Rye y Paul Wegener, 1913)

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Música para una banda sonora vital: Donnie Darko (Richard Kelly, 2001)

Donnie Darko (2001) es el único título estimable de la filmografía de Richard Kelly. Estrenada en muy pocas salas, y con un bajísimo rendimiento en taquilla, sin duda su incipiente carrera se vio truncada sin remedio. Fueron el alquiler doméstico y el boca-oreja los que han terminado por convertir su película en un moderno clásico de culto. Excepcional en muchos sentidos, tan imaginativa y fresca como osada y surrealista, con un finísimo sentido del humor, cuenta además con un magnífico catálogo de estupendas canciones que suenan a lo largo del metraje, entre ellas esta Under the Milky Way, de The Church.

Autodestrucción masiva: El quimérico inquilino (Le locataire / The tenant, Roman Polanski, 1976)

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Tras su estudio/homenaje sobre Los Ángeles en Chinatown (1974), Roman Polanski regresa a Europa para adaptar a la pantalla la primera novela de Roland Topor, una historia que se ajusta como un guante al gusto del cineasta franco-polaco por las atmósferas densas y enrarecidas, por los ambientes crecientemente crispados y amenazantes. Para Polanski supone además un plus de atrevimiento y de riesgo, ya que, sabida su hitchcockiana afición por mostrarse ocasionalmente delante de la cámara, en esta ocasión se reserva el dificilísimo desafío de encarnar al sencillo y humilde Trelkovsky, un hombre corriente que no sospecha que el simple (y a la vez complicado) hecho de alquilar un apartamento en París es el primer paso de un accidentado camino hacia su autodestrucción.

Con producción francesa pero filmada en inglés (excepto aquellas secuencias de grupo con actores franceses), con un reparto que combina viejas glorias de Hollywood (Melvyn Douglas, Jo Van Fleet, Shelley Winters) y secundarios locales (Isabel Adjani, Claude Dauphin, Bernard Fresson, Claude Piéplu), Polanski asume con solvencia (también interpretativa) el complicado reto de trasladar a la pantalla el insano y retorcido universo literario de Roland Topor, escritor proveniente del surrealismo y posteriormente miembro fundador del Grupo Pánico junto a Fernando Arrabal y Alejandro Jodorowsky. Con guión de su colaborador habitual, Gérard Brach, Polanski nos sumerge en la historia de Trelkovsky, un oscuro y modesto oficinista que alquila un apartamento en un tenebroso y enigmático edificio parisino que ha quedado libre después de que su anterior inquilina intentara suicidarse arrojándose por la ventana. La paulatina obsesión del joven Trelkovsky por este suceso, la extraña relación con su comunidad de vecinos, invariablemente pintorescos, excéntricos, enrevesados y misteriosos, lo inhóspito del edificio, la atracción que siente por Stella (Adjani), amiga de su antecesora en el apartamento a la que ha conocido durante una visita al hospital, y una serie de incomprensibles episodios y alucinados fenómenos que empieza a vivir en primera persona, desembocan en un estado febril que termina alcanzando la forma de una idea paranoica: sus vecinos conspiran para llevarle a un desesperado estado de demencia y conseguir que él también se lance por la ventana.

Recibida en su día con división de opiniones (en algún caso extremo incluso a pedradas y escupitajos), despreciada e incomprendida, elevada hoy a la siempre discutible y controvertida categoría de film de culto, la película logra traducir a desasosegantes y hechizantes imágenes el nacimiento y desarrollo de una paranoia autodestructiva, no desencadenada conforme a las canónicas reglas de la relación causa-efecto en la línea del thriller psicológico clásico, sino como acumulación de factores internos (del personaje) y externos (crisis de valores, de modo de vida, soledad, preocupación por el futuro, deshumanización de la sociedad…) que conducen a Trelkovsky a la disolución de su propia identidad y a la asunción de una realidad espectral, alucinatoria, encarnada en su imagen mental de la anterior inquilina fallecida, y que le arrastra delirantemente a seguir (por partida doble) sus pasos. Continuar leyendo “Autodestrucción masiva: El quimérico inquilino (Le locataire / The tenant, Roman Polanski, 1976)”

Música para una banda sonora vital – Regreso al futuro (Back to the future, Robert Zemeckis, 1985)

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Esta película de Robert Zemeckis, el ‘pequeño Spielberg’, inicio de una saga que, como suele ser habitual, decaía con cada nueva entrega, aglutina lo mejor y lo peor del cine palomitero de los ochenta, que no por casualidad es, en términos generales, la década menos afortunada de la historia del cine.

Entre aquellos aspectos del filme que cobraron más trascendencia destaca la banda sonora de Alan Silvestri, y acompañándola, el tema The power of love, de Huey Lewis and the News, grupo de estilo indefinido que se llevaba grandes palos de la crítica, y no por nada.

La tienda de los horrores – Cosmos mortal (Alien predator, Deran Sarafian, 1985)

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Este infame subproducto de ciencia ficción, ya de por sí insólito a nivel de financiación (está coproducida entre España y Puerto Rico), constituye una auténtica cochambre dentro del género fantástico, una absoluta aberración cuya absurda concepción solo viene superada, y empeorada, por unas interpretaciones bochornosas y un infecto acabado general. Pese a ello, su director, Deran Sarafian, consiguió saltar a Hollywood -suyo es ese otro impresentable bodrio titulado Velocidad terminal (Terminal velocity, 1994), con Charlie Sheen, Nastassja Kinski y James Gandolfini- y hoy es un prolífico director de capítulos de series de televisión.

En el caso de Cosmos mortal, cuyo título comercial en inglés es Alien predator o Alien predators, por más que la propia película contenga un subtítulo en inglés listo para su uso, The falling, asistimos a una risible amalgama de temas fantásticos y terroríficos anteriormente filmados. En concreto, se trata de un batiburrillo de La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the body snatchers, Don Siegel, 1956), La cosa (The thing, John Carpenter, 1982) y sus versiones anteriores, Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979) y, en menor medida, El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1971), aunque la mezcla sin sentido, talento ni medios produce una cataplasma difícil de tragar, y más teniendo en cuenta que el entorno donde transcurre es la madrileña ciudad de Chinchón (convertida en Duarte en la película).

Resulta que una sonda espacial fue a estrellarse en Duarte a su regreso de una misión secreta, y unos microbios extraterrestres que trajo consigo anidan en el interior de los seres vivos terrícolas, a los que exprimen y convierten en una especie de autómatas hasta que, ya maduritos, salen disparados de sus cuerpos y se aprestan a colonizar a otros seres, y así todo el rato. Tres excursionistas americanos de viaje por Europa (viajan en una autocaravana Iveco, ojo al detalle) se topan con la tostada, y se ven prisioneros en Duarte (donde había un centro de investigación de la NASA, como si nada), cuya población está poseída por el extraño mal (o eso parece, porque vecinos aparecen dos, y mientras una parece que ha metido la lengua en un ventilador, el otro aparece enmascarado, no se sabe si por exigencias del guion o de la vergüenza de salir en semejante mierda). Con ayuda de un científico americano (Luis Prendes, nada menos) se disponen a combatir a los bichos que, no obstante, son muy inteligentes. No solo intentan cortar la única salida del pueblo (un puente que bloquean y amenazan con explosionar), a pesar de que eso cuadra poco con sus intentos por colonizar el mundo, sino que están motorizados: un camión Pegaso y un SEAT de cuatro puertas no dejan de hostigar a los muchachitos, que corretean por ahí para huir (especialmente lamentable es la secuencia en la que el SEAT arroja contra una tapia a un Land Rover…).

La película, de tan mala que es, hace hasta gracia. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Cosmos mortal (Alien predator, Deran Sarafian, 1985)”

Caramba con el niño…: El otro (The other, Robert Mulligan, 1972)

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Verdaderamente curioso el caso de Tom Tryon. Tras una fugaz pero fructífera, al menos a nivel popular, filmografía como actor, en la que además de múltiples productos destinados al programa doble protagonizó una serie televisiva de Disney, formó parte del reparto coral de la superproducción bélica El día más largo (The longest day, Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki, 1962), protagonizó El cardenal (The cardinal, 1963) para Otto Preminger, y fue uno de los nombres previstos para Something’s got to give, la película que Marilyn Monroe dejó inacabada con su (presunto) suicidio, Tom Tryon adquirió una nueva fama, mucho más consolidada, y probablemente merecida, como autor de novelas de ciencia ficción, terror y misterio. Su debut literario, El otro (1971), alcanzó enorme repercusión, y al año siguiente fue llevada al cine por Robert Mulligan, uno de los más reconocidos cineastas de la llamada generación de la televisión, con guion del propio Tryon.

Desde el primer instante, cuando las letras blancas del título de la película aparecen sobre el fondo negro acompañadas de una melodía infantil silbada con tono inquietante y unos breves y sombríos acordes, obra de Jerry Goldsmith, al espectador le queda claro que en los 93 minutos siguientes va a transitar por el terreno de la ambigüedad. Con las escenas iniciales, la historia parece trasladarnos a épocas y atmósferas bien reconocibles en Mulligan por proyectos anteriores: una apacible y hermosa porción de la vida rural americana de los años treinta del siglo XX, una familia de inmigrantes de origen ruso que viven una vida tranquila y plácida en un entorno agrícola rodeado de granjas y bosques próximo a una pequeña ciudad. Algunos detalles, sin embargo, invitan a pensar que no todo es tan bucólico. Los gemelos Niles y Holland (Chris y Martin Udvarnoky) juegan en los alrededores, pero su relación no es en realidad tan amigable como parece a simple vista. Holland tiene un carácter fuerte, dominante, es más activo y osado; Niles, en cambio, va al rebufo de su hermano, es más obediente y sumiso. Se trata de un insano desequilibrio que puede ser producto de la temprana pérdida del padre, muerto en un accidente ocurrido en el granero, y del distinto nivel de reacción de uno y otro frente a la desgracia. Sus entretenimientos más enfermizos tienen que ver algo con ello, puesto que una de sus habituales pendencias, además de ir a robar tarros de confitura a la vecina, gira en torno a la posesión de un anillo que perteneció a su padre, y que Niles guarda en una caja de metal, de la que no se separa, junto a un misterioso objeto envuelto en un pañuelo azul… Su madre también paga la pronta desaparición de su marido: siendo todavía joven y guapa, vive prácticamente encerrada en su depresión, sin salir de casa, invirtiendo sus largas horas de prisión en la lectura de libros. Por el contrario, el resto de la familia (tíos, cuñado y abuela) vive feliz, aguardando el nacimiento del bebé que espera la hermana de Niles y Holland…

En El otro, Mulligan construye una de las más acertadas aproximaciones cinematográficas al universo de los terrores infantiles. O, dicho más propiamente, al terror provocado por niños, la infancia vista como un universo repleto de miedos. Continuar leyendo “Caramba con el niño…: El otro (The other, Robert Mulligan, 1972)”

Ese otro cine español: Fotos (Elio Quiroga, 1996)

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¿Marcianada absoluta? ¿Cagarro máximo? ¿Genialidad exótica? ¿Inspiración lisérgica? ¿Bodrio monumental? ¿Personalísima pieza de culto? El visionado de la inclasificable (pero de verdad) Fotos (1996), debut en la dirección de largometrajes del canario Elio Quiroga tras una amplia experiencia como guionista, remite directamente a fuentes tales como las atmósferas psicológicamente enrarecidas de Polanski, los mundos suburbanos de Fassbinder, el surrealismo en versión Buñuel, el melodrama clásico americano de los 50 y las astracanadas ochenteras de Almodóvar, para confeccionar un híbrido a base de referencias ajenas, una heterogénea sopa “frankensteiniana” detestable y estimable por igual, que cautiva extrañamente, seduce y repele, deja perplejo y despierta la incredulidad, que transita de lo abominable a lo aparentemente original y sublime a golpe de fotograma.

De entrada, resulta difícil pensar en una película que, con ciertas pretensiones temáticas y artísticas, esté tan pésimamente interpretada. Ya desde el prólogo, que explicaría (de manera muy sui generis) el trauma que posee a Azucena (la modelo y actriz sobrevenida Mercedes Ortega), una joven obsesionada con la Virgen, a lo Carrie, a la que le repugna todo lo que tenga que ver con el sexo. De hecho, la cinta toma el hilo narrativo principal cuando su novio la deja porque no le da “marcha”. A partir de ahí, el argumento entra en un carrusel de subidas y bajadas, a cual más absurda, retorcida y rocambolesca, para conformar un cóctel irresistible. Lo que no queda claro es si es irresistible verlo o huir de él: Azucena es el objeto de deseo de César (Miguel Alonso), un pintor homosexual que la sigue y graba todo lo que hace, lo cual despierta los celos de su novio, Jacinto (Miky Molina), que automáticamente odia a Azucena. Cuando César convence a Azucena para que pose para él, intenta violarla, y ella huye hasta un misterioso club nocturno en que el travestido Narciso (Gustavo Salmerón), que completa así el trío de flores protagonistas, se despelota delante de la concurrencia. Azucena, perdidamente enamorada de Narciso desde que lo ve hacer strip-tease vestido de mujer, ve de golpe vencida su aversión al sexo, y se lo monta con su nuevo amor, con el que empieza una relación formal que le lleva a conocer a sus padres (Amparo Muñoz y Simón Andreu), que para rematar el cuadro, viven en una mansión apartada entregados a toda clase de prácticas sadomasoquistas, en las que, además de Narciso, pretenden incluir a Azucena, que solo busca liberarse de la cárcel que supone para ella su cuerpo.

Dicho así, suena raro, como un relato de Almodóvar después de fumarse la hierba que cabe en un campo de fútbol. Pero visto, es aún más extraño: imágenes que cabalgan continuamente entre la chapuza y el preciosismo visual, cursilería mezclada con un humor sutil y socarrón, actores lamentables que pronuncian unos diálogos risibles entre lo ñoño y lo directamente estúpido, pero también una continua creación de atmósferas sugerentes de carácter erótico, terrorífico, misterioso o poético, y, como resultado indirecto, la elaboración de un relato que no hace sino hablar de la evolución de  oruga a crisálida, de la construcción de una identidad en medio de un mar de confusión y de estímulos contradictorios, de la búsqueda del amor romántico y verdadero, con una conclusión, eso sí, que es toda una concesión a la brutalidad gratuita, el triunfo de la demencia sobre el sueño. Continuar leyendo “Ese otro cine español: Fotos (Elio Quiroga, 1996)”