Música para una banda sonora vital: La noche americana (La nuit américaine, François Truffaut, 1973)

Si el cine fuera una nación (lo cual no es para nada descabellado; al menos lo es más que algunas…) su capital sería Hollywood; su Dios, Billy Wilder; su rey destronado, Orson Welles; su sistema político, el marxismo (de los Hermanos Marx); y su himno, la hermosa partitura compuesta por Georges Delerue para esta maravillosa obra de François Truffaut.

Hotel, desquiciante hotel: El embrollón (L’emmerdeur, Edouard Molinaro, 1973)

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El gran Lino Ventura y el cantante Jacques Brel, que además compone parte de la música del filme, protagonizan esta estimable, por ratos desternillante, comedia de Edouard Molinaro, uno de los cineastas franceses relevantes menos seguidos en España. Basada en un guión del también director Francis Veber (que hizo su propio remake en 2008), este título es célebre sobre todo por tratarse del material original que Billy Wilder utilizó para la que iba a ser su última película, Aquí un amigo (Buddy, Buddy, 1981).

La premisa, por tanto, es muy conocida: Ralph Milan (Ventura), asesino por encargo de intachable reputación, se desplaza a Montpellier para acabar con la vida de un testigo crucial en un juicio por corrupción; mientras espera en su habitación de hotel, justo frente al Palacio de Justicia, a que su víctima sea trasladada para testificar, su vecino de habitación, Pignon (Brel), representante de camisas que acaba de ser abandonado por su esposa, decide poner fin a sus días. Sus estrafalarios y escandalosos intentos de suicidio no dejan de llamar la atención tanto del personal del hotel como de la abundante policía que custodia los alrededores. Milan, al ver puestos en riesgo sus meticulosos planes, decide hacerse cargo del pobre Pignon para neutralizarlo o, llegado el caso, eliminarlo. Esa decisión introduce al asesino en una impredecible catarata de acontecimientos, a cual más absurdo, que llevan al límite la posibilidad de cumplir con éxito su misión, con el consiguiente peligro para su vida. El desesperado Pignon, su esposa (Caroline Cellier) y el nuevo amor de esta, el psiquiatra Fuchs (Jean-Pierre Darras), van a ser demasiado duros de roer para el carácter tranquilo y la profesionalidad de Milan, que se ve arrastrado por una irresistible, por momentos surrealista surrealista, fuerza mayor. Quien conozca bien la película de Billy Wilder observará, no obstante, variaciones en el desarrollo y, especialmente, en la conclusión. Wilder y su colaborador Izzy Diamond dieron una vuelta de tuerca más a la historia de Veber, la hicieron más redonda (también más improbable, más increíble) al retorcer el final y dirigirlo hacia el intercambio de papeles entre los protagonistas, aparte de que alteraron la posición de algunos gags en el equibrio final del guión y suprimieron otros. Con todo, al igual que ellos, Veber y Molinaro hacen descansar la construcción de la película en dos parámetros, las interpretaciones y el antagonismo de los protagonistas, y el diseño de las situaciones.

Así, un fenomenal Ventura compone un personaje hierático, frío, muy profesional, no altera por nada su rostro pétreo ni realiza ninguna acción apresurada o instintiva; incluso cuando improvisa ante los desaforados intentos de Pignon por quitarse la vida, lo hace con calma y controlando la situación, estudiando variables, estrategias, soluciones, intentando encajarlas sin que desvirtúen sus planes. Ventura sigue en la creación de su personaje el molde de tantos clásicos franceses e italianos del género criminal en los que participó. En cambio, Brel compone un personaje absolutamente ido, acabado, apático y llorón, extremadamente torpe, repleto de impericias, aliado con las casualidades más desastrosas. Brel conforma magistralmente el retrato del patetismo más descarnado. Su desesperación va acompañada de un efecto ventilador, apabulla todo lo que le rodea. El contraste del histrionismo casi infantil de uno con la sobriedad extrema del otro multiplica el efecto humorístico de las situaciones (ahí está, por ejemplo, el doble gag del ahorcamiento en la tubería del baño y, en respuesta, el golpe de la persiana en la habitación de Milan, presentado y preparado con la suficiente antelación y efectividad por Veber y Molinaro para que el estallido de la carcajada resulte inevitable) al tiempo que dota el trasfondo criminal de un suspense creciente que va ocupando subrepticiamente la película. Sigue leyendo

Mis escenas favoritas: Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, François Truffaut, 1959)

Fragmento de esta maravilla de François Truffaut, su debut en el largometraje en 1959. Toda una declaración de amor al cine inevitablemente compartida, y correspondida, por quienes se asoman a esta deliciosa película.

 

Diálogos de celuloide – El desprecio (Le mépris, Jean-Luc Godard, 1963)

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“Cada mañana, para ganarme el pan, voy al mercado donde venden mentiras y, lleno de esperanza, hago cola junto a los vendedores”.

¿Qué es eso?

Hollywood. De una balada del pobre B. B.

¿Bertolt Brecht?

Sí.

Le mépris (1963). Jean-Luc Godard, sobre la novela de Alberto Moravia.

Resurrección y muerte de Norma Desmond: Fedora (Billy Wilder, 1978)

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Si podemos considerar a Wendell Ambruster Jr., el personaje de Jack Lemmon en Avanti! (Billy Wilder, 1972) -como José Luis Garci, nos negamos a llamarla ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?– la evolución envejecida y amargada de su previo C. C. Baxter de El apartamento (The apartment, Billy Wilder, 1960), tanto o más cabe proyectar en el director y productor independiente Barry ‘Dutch’ Detweiler que William Holden interpreta en Fedora las vicisitudes de su “antepasado”, el guionista Joe Gillis que él mismo encarnaba en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950). No se trata solamente de una similitud de rasgos físicos o de una proximidad de líneas argumentales y narrativas; como en el caso de las mencionadas tragicomedias, llamémoslas para entendernos románticas, entre las desgraciadas aventuras de Norma Desmond y Fedora, así como entre los personajes que las rodean y que de algún modo han condicionado sus vidas, existe un hilo conductor (además de algún guiño explícito, como la alusión de Dutch a la cama en forma de góndola que también aparecía en la mansión de Norma Desmond) que permite considerarlas parientes directas, un territorio común, una extensión cinematográfica natural. En el caso de Fedora, a ello contribuye igualmente un guión construido y estructurado a partir de unos parámetros asentados con éxito en su modelo previo.

Partimos, como en su antecedente, de un suceso trágico: la célebre y enigmática Fedora, una retirada actriz de la etapa clásica del cine que había retornado a la pantalla ante una gran expectación, se suicida arrojándose al paso de un tren en una estación próxima a París. En la concurrida capilla ardiente, donde se nos presenta a los personajes principales del drama, y a través del arruinado director y productor independiente Detweiler, se abre, al modo de La condesa descalza (The barefoot comtessa, Joseph L. Mankiewicz, 1954), el flashback que echa a rodar la historia, y que constituye el prometedor y mejor pasaje de la película. Dutch (William Holden) viaja a la isla griega de Corfú para intentar que Fedora (Marthe Keller) acepte trabajar en una de sus películas; de hecho, la participación de Fedora es prácticamente la única posibilidad que Dutch ve de encontrar financiación, y de ello depende su supervivencia en el cine. Dutch cuenta con las dificultades de llegar hasta la actriz, una mujer conocida por su hermetismo, su comportamiento caprichoso, huidizo e impredecible, su secretismo y su sometimiento a las personas que la rodean, una misteriosa condesa polaca (Hildegard Knef), una asistente personal demasiado estricta (Frances Sternhagen), el oscuro y ambiguo doctor Vando (José Ferrer)  y el chófer-guardaespaldas de la condesa, el fortachón Kritos (Gottfried John). No obstante, su insistencia y la búsqueda de imaginativos métodos para acercarse a Fedora dan sus frutos, y así se introduce en su angustioso, decadente y tormentoso universo personal.

Fedora vive en el pasado. Físicamente, porque parece atesorar el misterio de la eterna juventud. Mentalmente, porque algo no funciona bien en su personalidad, hay algo que la ata fatal, delirantemente a su antigua gloria como intérprete. Dutch descubre un personaje atormentado, encarcelado en la vida que sus acompañantes han diseñado para ella, casi prisionera en aquella villa de un islote medio perdido, rodeada de muros, verjas y perros guardianes, escoltada las veinticuatro horas, una vida de pastillas, tratamientos y correas. Dutch también vislumbra su inestabilidad: es un ser de extraño comportamiento, inestable, desquiciado, tremendamente desgastado por dentro en contraposición a la juventud que mantiene por fuera, y a la que no parece ser ajena la polémica reputación del doctor Vando como genetista. Dutch pasa a proponerse no sólo salvarse a sí mismo como director y productor, sino también a Fedora como actriz y como ser humano, recuperarla para el cine, pero también para la vida. Un empeño en el que las formidables fuerzas que se oponen a él, y los terribles problemas de Fedora, amenazan con hacerle perderlo todo. Cerrado el flashback, y en una capilla ardiente ya vacía de público, los distintos personajes se dan cita para dibujar el desarrollo y la conclusión del drama, más inquietante que sorprendente, tremendamente triste y desesperado.

Un Billy Wilder que ha fracasado en sus últimas películas americanas regresa a Europa para, con capital franco-alemán, intérpretes de perfil bajo (incluido Holden, ya en retirada) y producida por su coguionista I. A. L. Diamond, volver sobre sus propios pasos como cineasta y ofrecer una nueva crónica sobre el poder destructivo que Hollywood puede tener en las criaturas que él mismo fabrica. Sigue leyendo

Canto a la enseñanza – Hoy empieza todo (Ça commence aujourd’hui, Bertrand Tavernier, 1999)

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Hermosísima película, bellísima, de una contención prodigiosa, de una impresionante mirada, profunda, limpia, también cruda, sobre la importancia crucial de la enseñanza como mayor oportunidad, tal vez única, en un entorno de calles sin salida, zancadillas y barricadas socioeconómicas. Una reivindicación necesaria, imprescindible, del papel del educador, de su función formativa, cultural, social, como uno de los pilares básicos de la vida en democracia y libertad, como acicate primordial del crecimiento personal. Y una llamada de atención sobre las trabas de la burocratización, los presupuestos recortados, las trampas políticas, los recovecos administrativos, los pretextos alegales con que los poderes interesados en la desigualdad minan todo desarrollo, toda iniciativa, toda vocación para la construcción de un horizonte más abierto, plural y lleno de posibilidades para todos. La puesta en escena de Tavernier, sencilla (que no simple), naturalista, próxima en muchos aspectos al documental, transmite al espectador una sensación de proximidad, de autenticidad, de verdad narrativa, contraria a toda idea de proceso fílmico manufacturado, a los postulados dramáticos de la tragicomedia lacrimógena de diseño. La película respira poesía cotidiana, el lirismo de las pequeñas cosas, pero también la fuerza del alegato, del discurso crítico. La contundencia de la determinación, la sensibilidad del combatiente por una causa justa, irrenunciable.

En una comarca minera del norte de Francia, sacudida por la reconversión industrial, con altísimas cifras de paro, escasez de subsidios, tijeretazos gubernativos en gasto social y educativo, Daniel Lefevre (Philippe Torreton) es maestro y director de una escuela infantil situada en un barrio marginal de una pequeña ciudad afectada por el cierre de las minas. Su día a día transita entre la debida atención a sus alumnos, sus funciones de supervisión y gestión de los recursos de la escuela y el continuo diálogo con padres e instituciones educativas y sociales, siempre complicado, siempre dificultoso, inevitablemente frustrante. La delicada coyuntura económica y social de la región tiene consecuencias terribles: niños mal alimentados, otros que presentan huellas de maltrato, padres carentes de recursos que no pueden satisfacer las cuotas de la escuela pendientes de abono… El mayor drama lo presenta la familia Henri: la madre, alcohólica, desatiende a sus hijos. Una tarde, incluso llega a abandonarlos en la escuela, al cuidado de Daniel, dándose a la fuga. Daniel, junto a otros compañeros, viven su oficio como una vocación integral, no vacilan en invertir tiempo, esfuerzos, a veces incluso dinero de su propio bolsillo, en ayudar en lo que pueden a las familias menos favorecidas. No tanto por un sentimiento de deber cívico, por valores de solidaridad asociados a determinadas ideas políticas, por piedad o por compasión; es el bienestar de los niños, el sentido de su trabajo, de su razón de ser profesional, lo que pretenden salvaguardar y proteger. La esperanza (el padre de la familia Henri encuentra trabajo como conductor de camión) convive cotidianamente con la frustración (el combate desesperado contra la administración en busca del mantenimiento de los recursos que permitan prestar un servicio digno), la lucha (la ayuda de una trabajadora social que, como Daniel, hace de su empleo el sentido de su vida), con la resignación y el fracaso (el triste destino de la familia Henri). La película presenta un mosaico de situaciones, pedacitos de vida, trozos de realidad, un prisma de territorios humanos sometidos a la presión de un mundo injusto y desigual, tomando como vehículo la vida de un profesor y director de escuela que ve cómo sus problemas laborales saltan la frontera de la vida privada (he aquí, probablemente, el aspecto más débil de la película, el tópico más o menos folletinesco del contraste entre su relación con los alumnos y los padres y la que mantiene con su pareja y el hijo de esta, o su propia condición de hijo afrontando la hospitalización de su padre).

Bertrand Tavernier construye su relato con sensibilidad pero sin sentimentalismo, sin escatimar en dureza ni hacer ascos a pequeñas chispas de humor, la tragicomedia de la vida, con un explícito espíritu crítico que funciona en múltiples direcciones (de la ceguera interesada de las administraciones a la frustración de los gestores bienintencionados y honestos que se ven atados por las decisiones políticas y las reducciones presupuestarias; de los padres que luchan y no se resignan a los que se rinden a la desesperación o hacen caso omiso de su responsabilidad permitiendo que sus hijos crezcan embrutecidos, violentados frente al entorno hostil que los coarta y corrompe), Sigue leyendo

Costa-Gavras (II): Z (1969)

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Z, en griego significa “está vivo”.

Así concluye esta apasionante cinta de denuncia del greco-francés Constantin Costa-Gavras, paradigma del cine político, excepcional película cuyas virtudes exceden lo cinematográfico para erigirse en testimonio de una época, de un espíritu convulso y contradictorio fruto de una perversión de la democracia que en buena parte continúa hoy, y que es preciso identificar, desenmascarar, erradicar para la garantía de los derechos y las libertades de los ciudadanos y su igualdad ante la ley. El momento del estreno, 1969, y las circunstancias del rodaje (la producción tuvo que trasladarse a Argelia para salvaguardar su autonomía económica, indispensable para conservar su independencia creativa), hacen que Z se convierta en una película compendio de un tiempo, de un estado de ánimo y de un clima de amenaza y peligro derivados tanto del mayo del 68 como de la emancipación argelina de 1962, que además de puramente coyunturales y focalizados en el ejemplo griego se proyectan en el futuro para denunciar el débil equilibrio entre legitimidad, poder y uso de la fuerza sobre el que se asientan las democracias occidentales, y reivindicar los instrumentos con que estas cuentan para protegerse de las desviaciones del sistema: una justicia independiente y el ejercicio libre del derecho de información veraz. Con un guion de Jorge Semprún basado en hechos reales (en la conclusión del metraje aparecen fotografías de algunos de los auténticos responsables de lo que se condena realmente en el filme, el asesinato en Tesalónica del médico, exatleta y político griego Gregorios Lambrakis, ocurrido seis años antes del estreno de la película, y según la versión previa del escritor Vassili Vassilikos), Costa-Gavras levanta una absorbente crónica político-criminal premiada en su día con los Óscar a la mejor película de habla no inglesa y al mejor montaje y el Globo de Oro a mejor película extranjera, además de otros premios en Cannes o en festivales de todo el mundo.

La película se estructura en dos bloques narrativos. En el primero de ellos, se nos presenta un país del arco mediterráneo gobernado por una democracia conservadora tutelada por el ejército y la policía (la película se abre con una conferencia impartida a los militares y policías acerca de cómo hacer efectivo el control sobre las ideologías no convenientes, poniendo como ejemplo las formas de luchar contra la plaga del mildiu que afecta a la vid) con el apoyo de diversas organizaciones de ultraderecha vinculadas al poder. En este clima, las ideas izquierdistas son, como mínimo, sospechosas, y por lo general motivan la hostilidad de un gobierno que dificulta todo lo posible la defensa de sus planteamientos políticos. En este marco, un dirigente político de la oposición, un pacifista contrario a la proliferación de armamento nuclear conocido como El Doctor (Yves Montand), también denominado Z, acude a una ciudad costera para asistir a un mitin. Las autoridades impiden su celebración mediante el chantaje y la coacción a todos aquellos que disponen de locales aptos para el evento, pero este se celebra igualmente ante la hostilidad de la ultraderecha y la inoperante presencia de la policía. A la salida del acto, el político es atacado desde un vehículo en marcha, y asesinado. Sin embargo, la policía y las estructuras de poder venden la hipótesis del accidente, que se mantiene hasta que se hace cargo del caso un joven juez de instrucción (Jean-Louis Trintignant, premiado en Cannes por su papel).

En este punto comienza el segundo bloque, una trepidante investigación judicial que debe afrontar las maniobras de hostigamiento y despiste dirigidas desde los despachos del gobierno y las autoridades policiales para dificultar su trabajo, al mismo tiempo que obtiene indicios y nuevas pistas y logra cruciales testimonios que le permitan destapar la verdad sobre la conspiración política que se esconde tras el incidente. Gavras construye un relato ágil y dinámico, 122 minutos de ritmo imparable, en los que las situaciones son más importantes que los personajes, apenas símbolos del papel que sus caracteres ocupan en la sociedad que la cinta refleja y en la interpretación que hace de la misma. Sigue leyendo