Dieta (política) mediterránea: Suburra (Stefano Sollima, 2015)

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El thriller vinculado a las implicaciones de la corrupción política es casi un subgénero de la cinematografía italiana. La propia conformación del mapa político del país (en particular, la hegemonía de décadas de Democracia Cristiana y sus pactos con el Partido Comunista), el convulso funcionamiento de su plano institucional y de los mecanismos internos de los partidos (desde la Segunda Guerra Mundial el país sale a más de un Gobierno por año de promedio), la existencia del Estado Vaticano, eje de poder económico, político e incluso espiritual de primer orden con ilimitada capacidad de influencia dentro y fuera de Italia, en el centro de su capital, Roma, y la omnipresencia de las mafias (Camorra, Cosa Nostra, ‘Ndrangueta) y el crimen organizado proveniente de países del Este, alimentan un enfoque de su cine especialmente profuso en los años setenta y primeros ochenta, y que ocasionalmente sigue ofreciendo títulos a medida que el panorama va complicándose con la irrupción de sucesivos interlocutores políticos (Berlusconi, el Movimiento Cinco Estrellas, la ultraderecha…) y la constante aparición de nuevos factores de inestabilidad (crisis económica, inmigración, relaciones con la UE…). Suburra bebe tanto de las fuentes de aquel cine político italiano (de autores como Rosi, Petri, Bellochio, Pontecorvo, Zurlini, Damiani, Ferrara…) como de sus reelaboraciones más vinculadas a la actualidad del momento -en particular, de Il Divo (Paolo Sorrentino, 2008) y Gomorra (Matteo Garrone, 2008)-.

Partiendo de un caso tipo -las relaciones que, en torno a un gran proyecto inmobiliario en el puerto de Ostia, se establecen entre políticos, mafiosos, delincuencia local e incluso miembros de las altas esferas de la Santa Sede-, la película aspira a hacer un caleidoscopio de las distintas perspectivas y situaciones que genera un movimiento especulativo de estas características, alentado desde los intereses particulares de quienes emplean los partidos políticos y las instituciones como vehículos de negocio y con la ayuda y la participación activa del crimen organizado, que termina afectando de una u otra manera al elemento de base de cualquier sociedad, el ciudadano honrado que cumple con sus obligaciones y paga sus impuestos. En este contexto, la muerte de una prostituta en la orgía que un parlamentario celebra con su amante en un hotel de Roma, naturalmente a espaldas de su mujer, levanta una auténtica tormenta perfecta de extorsión, manipulación, violencia y crímenes encadenados en el que confluyen la necesaria ocultación del cadáver, el desarrollo de un proyecto de ley urbanístico cuya aprobación es ansiada por los cazadores de comisiones, las mafias del sur y los despachos vaticanos, y las luchas de poder entre clanes criminales. Venganzas sangrientas, sexo a raudales, negocios sucios, amenazas, política barriobajera, excursiones a los bajos fondos, chantajes, mucho plomo e incluso el secuestro de un niño son los ingredientes de un guiso cada vez más indigesto y peligroso para todos.

Sin las florituras formales y los alambiques visuales de Sorrentino, apostando por una mixtura de sobriedad y desbarre, la película parte de una estructura inicial de rompecabezas cuyas piezas, poco a poco (en ocasiones, demasiado), van encajándose, para constituir una intrincada combinación de relaciones y deseos incompatibles dirigida a un inevitable estallido violento. Irregular en cuanto a ritmo, algo morosa en su comienzo, tan vertiginosa como estática en distintas fases de su desarrollo, la narración, estructurada por capítulos titulados con la fecha y el número de días que faltan para el episodio de conclusión, que denomina como “Apocalipsis”, Continuar leyendo “Dieta (política) mediterránea: Suburra (Stefano Sollima, 2015)”

Mis escenas favoritas: Dos superpolicías (I due superpiedi quasi piatti, Enzo Barboni, 1977).

Para descargar tensiones, pocas cosas mejores que asistir a una ensalada de mamporros de este par de golfos, Bud Spencer y Terence Hill, y proyectarla en la actualidad española y mundial imaginando a quién desearía darle uno un bofetón con la mano abierta.

Mis escenas favoritas: La chica con la maleta (La ragazza con la valigia, Valerio Zurlini, 1961)

Un poco de Claudia Cardinale y Giuseppe Verdi en esta breve sinergia entre cine y ópera, parte de este estupendo melodrama con toques cómicos dirigido por Valerio Zurlini en 1961. El personaje de Claudia, naturalmente, se llama Aida, y es una joven y pobre muchacha que se gana la vida bailando en los tugurios de Milán y que, seducida por un señorito de Parma, encuentra refugio junto al hermano adolescente de este en su casa familiar.

Un fresco del cine italiano: Mi familia italiana (Latin lover, Christina Comencini, 2015)

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El atractivo principal de esta irregular comedia coral de Christina Comencini (hija de Luigi Comencini, como indica el apellido) consiste en la recuperación en imágenes de una época, el cine italiano de los 40 a los 70, y de un personaje, el galán latino por antonomasia, en un tiempo en que el cine de su país vuelve a gozar de espacio y reconocimiento en el mercado internacional tras varios lustros de éxitos esporádicos y travesía por el desierto. Lo hace a través de la figura de un actor ficticio, Saverio Crispo (Francesco Scianna), al que va a homenajearse en su localidad natal con motivo del décimo aniversario de su fallecimiento. El homenaje reúne a su amplia y extensa familia, repartida por cinco países, y que responde tanto a la rica y diversa carrera internacional de Crispo como a su accidentada vida amorosa y sexual. De este modo, mujeres (y algún hombre) provenientes de Francia, España, Suecia y Estados Unidos se dan cita, junto con la familia italiana propiamente dicha, en la misma casa, al mismo tiempo, mientras duren los actos de tributo al gran Saverio Crispo. Como es natural, la interacción entre antiguas esposas y entre estas y las hijas, además de algún marido, los nietos y un invitado inesperado y no demasiado bienvenido, serán causa de múltiples encuentros y desencuentros, las más de las veces agridulces, propensos por igual al humor y al dramatismo y la melancolía.

Vaya por delante un primer problema: la amplísima trayectoria profesional que la película pretende adjudicarle al tal Crispo se topa con una barrera infranqueable, que no es otra que, por más que la directora se empeña en hacernos ver que Crispo trabajó en los teatros y salas de variedades de los años cuarenta, en el cine comprometido de los cincuenta, en las comedias y la nouvelle vague de los sesenta y en los sesudos dramas escandinavos de los setenta, además de sus posteriores coqueteos con Hollywood (todo ello muy bien recreado en tomas reconstruidas de las falsas películas de Crispo, que remiten a títulos auténticos y reconocibles), el amigo Crispo siempre tiene la misma edad, no hay apenas diferencias perceptibles entre sus fotos e imágenes de las primeras épocas y de la última, más allá de la débil caracterización de unas gafas, de una barba o de las prendas de vestir correspondientes a cada moda coyuntural. Tampoco la ligazón entre las esposas e hijas de Crispo (cuyos nombres, invariablemente, empiezan por la letra S) termina de funcionar con fluidez: al parecer, Crispo reunía a sus hijas (todas de distintas madres, de distintos países) cada verano en la casona familiar, pero el guion no deja claras las circunstancias en que tenían lugar esas reuniones ni el tono y la forma en que se relacionaban. Las relaciones entre las esposas no quedan del todo bien perfiladas, no se explican cuáles han sido sus vínculos en común aparte de la coincidencia marital, es decir, de dónde proviene la cordialidad y el buen trato que se dispensan. Las más creíbles son las relaciones de las hijas con las respectivas madres, o de las hijas entre sí cuando ya son mayores. Incluso de las hijas, sobre todo de una de ellas, Solveig (Pihla Viitala) con Alfonso (Jordi Mollá), el marido de Segunda (Candela Peña), la hija española de Saverio, en un personaje que roza (o algo más) lo almodovariano. El misterio que rodea a la figura de Saverio tampoco es tal, ya que se intuye previsible desde prácticamente el principio, y más con la aparición de Pedro (Lluís Homar), el doble de las escenas de riesgo de Saverio en sus spaghetti westerns, con el que mantuvo una amistad “especial” en el tiempo que coincidieron en España.

Más allá de las situaciones previsibles, de los diálogos con falta de contundencia y del retrato de Alfonso como un nuevo latin lover, esta vez español, a la caza de la sueca de turno (recuperando el landismo en un tono más sofisticado y cool, aunque igualmente patético), el interés de la película es doble. Primero, como se ha dicho, porque sirve de tributo a un cine italiano que ha desaparecido (no cuesta mucho reconocer escenas de grandes películas italianas en el montaje de presuntas películas de la carrera de Saverio, o en sus declaraciones en entrevistas o reportajes, en los que se reconoce a grandes del cine transalpino como Mastroianni o Gassman, entre otros) pero también, al menos para el público español, Continuar leyendo “Un fresco del cine italiano: Mi familia italiana (Latin lover, Christina Comencini, 2015)”

Mis escenas favoritas: Habitación para cuatro (Amici miei, Mario Monicelli, 1975)

El cine sobre grupos de amigos constituye por sí mismo prácticamente un subgénero, ya sea en el drama o en la comedia. El cine italiano, en particular, manifiesta cierta predilección por las historias sobre hombres ya más que maduros que buscan en la pandilla, en la cuadrilla de amigos de toda la vida, un oasis en el que prolongar la adolescencia y escapar de las penurias e insatisfacciones de la vida adulta. En el caso de esta corrosiva obra del maestro Monicelli, el instrumento de la eterna juventud son las bromas pesadas, de las que las víctimas son siempre otros, a veces incluso desconocidos.

Esto también nos lo ha quitado el AVE…

Mis escena favoritas: Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, Luchino Visconti, 1960)

Sublime momento en los altos de la catedral de Milán, tanto por el contenido dramático como por la forma en que se relaciona con el empleo del espacio, para esta maravillosa película de Luchino Visconti. Espléndido reparto (Alain Delon, Renato Salvatori, Annie Girardot, Katina Paxinou o Claudia Cardinale, entre muchos otros), música de Nino Rota y fotografía de Giuseppe Rotunno en una colosal obra maestra que, como todo clásico, pervive con toda la fuerza de su mensaje.

Mis escenas favoritas: …Y si no, nos enfadamos (…Altrimenti ci arrabbiamo, Marcello Fondato, 1974)

Excelsa interpretación de una no menos excelsa partitura, en este simpático momento de una de las típicas comedias de golpes y porrazos de Bud Spencer y Terence Hill (Carlo Pedersoli y Mario Girotti), esta vez ambientada en España.