Mis escenas favoritas: Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941)

Vaya por delante que hacer listas de películas, “las mejores de…”, como de cualquier otra cosa, le parece a quien escribe una absoluta gilipuertez. Un producto de la actual cultura del ránking, que necesita, al parecer, clasificarlo, categorizarlo, priorizarlo todo, en un absurdo alarde publicitario de esa tontería de nuestro tiempo, mandamiento supremo de la sociedad de consumo, que consiste en convertir en sinónimos los términos “más” y “mejor”.

Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941) ha encabezado, y periódicamente vuelve a encabezar de vez en cuando (porque algo intrínseco de esas listas es que estén renovándose continuamente, para multiplicar las posibilidades de negocio y que el rendimiento de los productos nunca se detenga) esas listas de mejores películas de la historia que, en teoría, pretenden seleccionar y lo que hacen en realidad es limitar, ignorar, ocultar. En cualquier caso, la película de Welles merece atención y justo reconocimiento porque la cantidad y la calidad de las cualidades cinematográficas que atesora son impagables, inagotables, ineludibles. Valgan como muestra dos secuencias que prueban que continente, contenido y mensaje forman un todo indivisible cuando hablamos de cine en estado puro, de arte cinematográfico con mayúsculas.

Mis escenas favoritas: Sospechosos habituales (The usual suspects, Bryan Singer, 1995)

(si no has visto la película, no le des al play)

1995 fue el año del descubrimiento para el gran público de Kevin Spacey, uno de los mejores y más carismáticos actores de Hollywood desde entonces. Aunque ya había interpretado unos cuantos papeles algo más que reseñables (como en Glenngarry Glen Ross de James Foley, 1992), sería por su espectacular aparición en Seven (David Fincher, 1995) y, sobre todo, por su magistral caracterización como Verbal Kint en esta película de Bryan Singer, por lo que se ganaría un lugar personal e intransferible entre lo mejor del cine americano actual.

En cuanto a la película, lo mejor sin duda de la carrera de Singer (perdida en la irrelevancia de las secuelas superheroicas, el cine juvenil y las películas de acción), en la línea de clásicos como Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941), los desajustes de guión, el problema de base que hace que todo el edificio construido para la trama se caiga como un castillo de naipes, no impiden que se trate de una obra mayor, de un auténtico y merecido filme de culto.

 

Diálogos de celuloide – Ciudadano Kane

BERNSTEIN: Walter Tatcher, el tonto más grande que he conocido en todos los días de mi vida.

PERIODISTA: Pues hizo mucho dinero.

BERNSTEIN: No es tan difícil como la gente cree hacer dinero, si lo que se desea es únicamente hacer dinero. Sepa que el señor Kane no era sólo dinero lo que quería.

Citizen Kane. Orson Welles (1941).

Mis escenas favoritas – Ciudadano Kane

La obra maestra de Orson Welles (1941), su grandioso debut como cineasta, contiene decenas de fotogramas formidables. Eternamente considerada la mejor obra cinematográfica de todos los tiempos, continuo número uno en las preferencias de expertos, revistas, publicaciones y cinéfilos aficionados de todo el mundo, contiene sin embargo también la mayor pifia de guión de la Historia del cine. “Rosebud” pronuncia el magnate Charles Foster Kane en el instante en el que muere y deja escapar la bola de cristal con la cabaña nevada en su interior (nexo cíclico con el gran final de la cinta y además verdadera razón, según dicen, del cabreo monumental que se pilló William Randolph Hearst, magnate de la prensa norteamericana en el que se basa la película y que persiguió mientras pudo a Welles para truncar su carrera, dolido, avergonzado, de que Welles utililzara el apelativo con el que Hearst definía las partes íntimas de su amante -rosebud significa capullo-, como hilo conductor de la trama). La película gira en torno a la investigación sobre el desconocido significado de esa palabra, “Rosebud”, que jamás nadie le oyó pronunciar antes y de la que ni siquiera sus conocidos saben a qué puede referirse. Pero, si está solo en la habitación cuando expira, si la enfermera entra una vez que escucha el ruido de los cristales contra el suelo, ¿cómo pueden saber los periodistas que ésa fue su última palabra?

Discordancia fundamental que no quita un ápice de valor, de trascendencia, de magia, de magnetismo a esta obra capital del arte del siglo XX y piedra angular de la cinematografía mundial, con una estética y una forma de rodar, un estilo narrativo magistral, como bien queda claro en esta extraordinaria escena, como en las novelas de misterio, la escena del “crimen”.

Gregg Toland, maestro del objetivo

toland_portrait.jpg

Gregg Toland es el más innovador y creativo director de fotografía del Hollywood clásico y de todo el cine mundial. Estudió ingeniería en electricidad en una escuela técnica. A los 15 años dejó la escuela y se trasladó a Hollywood, donde se empleó primero en las oficinas de un estudio y después, al interesarse por las cámaras, como asistente del director de fotografía George Barnes. Debutó en la dirección en Bulldog Drummond (1929), codirigiendo con Barnes, con quien volvería a trabajar en otros ocho filmes. Cuando realizó su primer largometraje (Palmy days, 1931) sin Barnes, a los 27 años, se convirtió en el director de fotografía más joven de Hollywood.

Excelente profesional y con un interés continuo en la experimentación en técnicas lumínicas y fotográficas, se especializó en el uso de la profundidad de campo, los estudios techados, los claroscuros y los contrastes de estilo expresionista y en filmar en espacios reducidos. En 1939 ganó el Oscar a la mejor fotografía por Cumbres borrascosas, de William Wyler.
Continuar leyendo “Gregg Toland, maestro del objetivo”