Esos locos maravillosos (III): El carnicero (Le boucher, Claude Chabrol, 1969)

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Es lugar común afirmar que Claude Chabrol es el cineasta francés que más y mejor ha profundizado en las miserias de la burguesía, que más ha contribuido a destapar y analizar, con la quirúrgica precisión de un microscopio teñido de un mordaz sentido de la ironía, la hipocresía, el conformismo y la doble moral de toda una clase social. Sin embargo, con El carnicero (Le boucher, 1969), Chabrol da un paso más y, en plena resaca del mayo francés, atrapa buena parte del batiburrillo ideológico de aquel tiempo para elaborar una trama que excede el mero convencionalismo de la lucha entre el bien y el mal para ofrecernos lo aparentemente imposible, lo que solo el cine es capaz de aunar: la historia de amor entre el bien y el mal, entre la mente y el impulso irracional, entre el cerebro y la carne bañada en sangre. La confluencia del cine criminal con el cine romántico.

En una pequeña localidad del Périgord, la vida es tranquila, sin complicaciones. Las mañanas soleadas de la primavera transcurren en paz y armonía, los niños cantan sus lecciones en el colegio, las gentes compran en las pequeñas tiendas, llevan sus tractores al campo o acuden a sus trabajos, y en las tardes los chavales juegan bajo las últimas horas de luz, en las casas se prepara la cena y las parejas pasean por las plazas, los parques o por la carretera. En resumen, la vida sigue su curso normal, salpicada de pequeños eventos, como las bodas, que ayudan a romper la monotonía del devenir de los días simétricos. Es en una boda donde coinciden Popaul (Jean Yanne), el hijo del carnicero del pueblo, que ha retornado al negocio tras pasar quince años ejerciendo el oficio en las campañas militares de Indochina y Argelia, y Hélène (Stéphane Audran, premiada como mejor actriz en San Sebastián aquel año), la directora de la escuela, una parisina que lleva diez años ejerciendo allí como profesora. La alegría, el clima apacible, el sencillo discurrir del tiempo… Solo dos cosas parecen alterar la placidez de las horas de sol: mientras los niños chillan y corren o la gente camina de un lado para otro, algún que otro coche o furgón policial cruza esta o aquella calle o desaparece por la carretera; por otro lado, la inquietante música de Pierre Jansen que acompaña las imágenes anuncia que algo no termina de ir bien, que bajo esa capa de calma cotidiana y vida costumbrista de una sociedad eminentemente agrícola hay un volcán en ebullición, una tormenta que amenaza con cubrir el cielo y descargar toda su potencia. En ese marco de paraíso esencial y amenaza inminente es donde Chabrol sitúa el amor inconcluso, imposible, entre una profesora y un asesino múltiple.

Bajo un disfraz de intriga policial que no es tal (las implicaciones criminales para la pareja protagonista no surgen hasta que se comete el segundo asesinato), Chabrol edifica una relación que se cuece a fuego lento. Ambos provienen de pasados atormentados, de decepciones profundas: ella acabó pidiendo destino en ese pueblo huyendo de un desengaño amoroso (aunque conserva hábitos de gran ciudad que chocan con las costumbres locales, como fumar en la calle); en las palabras de él, como un mantra recurrente, el relato de cuánta sangre y cuántos muertos ha visto en la guerra, de cómo se contaban por montones sin nombre, sin siquiera número. Extraños en el paraíso, alguna clase de fuerza motriz, de gravedad planetaria, de magnetismo de opuestos, les obliga a frecuentarse, a fingir la ilusión de que esta atracción de contrarios puede terminar en fusión. Continuar leyendo “Esos locos maravillosos (III): El carnicero (Le boucher, Claude Chabrol, 1969)”

Gracias por el chocolate, monsieur Chabrol

El gran cineasta francés Claude Chabrol vuelve a aproximarse a las miserias morales que se esconden tras el próspero escaparate de la alta burguesía con esta película de 2000 para la que contó de nuevo con esa musa gélida que es la excelente Isabelle Huppert. Partiendo de una novela de Charlotte Armstrong, Chabrol nos sumerge con su ausencia de artificios habitual en la historia de Mika Müller y André Polonsky, una pareja de reconocido éxito profesional pero con muchas cosas que ocultar(se). Cuando nació Guillaume, el hijo que tuvo André con Lisbeth, su anterior esposa ya fallecida, en el hospital estuvieron a punto de cometer un error fatal, la confusión de dos bebés, el cambio de Guillaume por una niña recién nacida. Cuando Jeanne, ya convertida en una joven prometedora estudiante de piano conoce la historia de labios de su madre, siente la necesidad de conocer a los que podrían (o habrían podido ser) sus verdaderos padres, y se presenta en casa de André y Mika.

Él es un pianista de prestigio, ella la directora de una de las empresas chocolateras suizas de más solera. La llegada de la joven ocasiona una pequeña convulsión, sobre todo en Guillaume, que se encuentra de repente con la posibilidad de no ser quien cree que es. André, sin embargo, recuerda el suceso, pero asegura que el cambio fue detectado a tiempo. Aún así, y además del azar que casi estuvo a punto de unir sus vidas, la afición de la joven por el piano establece una pequeña unión entre André y la chica, que ni a Mika ni a Guillaume convencen, y que establece una especie de vínculo paternofilial encubierto entre ellos. Mika, bajo su apariencia cortés y aristocrática, oculta una personalidad fría y calculadora que no dudará en maniobrar para conseguir que la pequeña novedad que ha irrumpido en sus vidas no consiga trastocar el puzzle de emociones y afectos que a base de secretismo y manipulación ha logrado construir con el paso de los años y que tiene que ver con la antigua amistad que mantenía con Lisbeth, la anterior esposa de André.
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