Mis escena favoritas: Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, Luchino Visconti, 1960)

Sublime momento en los altos de la catedral de Milán, tanto por el contenido dramático como por la forma en que se relaciona con el empleo del espacio, para esta maravillosa película de Luchino Visconti. Espléndido reparto (Alain Delon, Renato Salvatori, Annie Girardot, Katina Paxinou o Claudia Cardinale, entre muchos otros), música de Nino Rota y fotografía de Giuseppe Rotunno en una colosal obra maestra que, como todo clásico, pervive con toda la fuerza de su mensaje.

Mis escenas favoritas: Los profesionales (The professionals, Richard Brooks, 1966)

Este maravilloso western de Richard Brooks es fuente inagotable de diálogos y secuencias memorables. Una película donde volver una y otra vez en compañía de la enérgica partitura de Maurice Jarre, de la presencia carismática de tipos fenomenales como Lee Marvin, Burt Lancaster, Robert Ryan, Woody Strode o Jack Palance, además de la belleza indómita y salvaje de Claudia Cardinale. Diálogos secos, escuetos, cortantes, que expresan mucho más de lo que dicen. Que entre líneas dicen todo lo que los personajes nunca se dirían.

Mis escenas favoritas: Las petroleras (Les pétroleuses, Christian-Jaque, 1971)

Las cosas como son. De todo el western europeo, el western francés es, con diferencia (y con permiso del alemán), el peor de todos (que ya es decir), con la salvedad de Sol rojo (Soleil rouge, Terence Young, 1971), seguramente porque en ella lo más francés que hay es Alain Delon.

Dentro de las castañas que suelen ser los westerns franceses, este de Christian-Jaque resultaría especialmente espantoso si no fuera por la presencia de Brigitte Bardot y Claudia Cardinale, en particular en esta secuencia de lucha en la arena de España, que es donde se rodó la película (en Tabernas, Almería, y Cascajares de la Sierra, Burgos). Como coproducción española que es, en la película aparecen también conocidos rostros hispánicos y asimilados como Patty Sheppard, Emma Cohen, José Luis López Vázquez, Teresa Rabal, Manuel Zarzo, José María Caffarel o Teresa Gimpera. Pero BB y CC, son BB y CC.

Mis escenas favoritas: Hasta que llegó su hora (C’era una volta il west, Sergio Leone, 1968)

Uno de los mejores comienzos de la historia del cine, el de este monumental western construido por Sergio Leone entre Italia, Almería y el Monument Valley de John Ford. Una forma de reinventar el mito del Oeste cuando el propio Hollywood había empezado a amortizarlo. Sin éxito, felizmente, gracias al impulso que Leone dio a autores de la talla de Clint Eastwood o Sam Peckinpah.

Música para una banda sonora vital – Los profesionales (The professionals, Richard Brooks, 1966)

Burt Lancaster, Claudia Cardinale, Lee Marvin, Robert Ryan, Woody Strode… Algunos, pero no todos, de los grandes intérpretes (ahí están también Jack Palance o Ralph Bellamy) que aparecen en este grandioso western de Richard Brooks, de cuyo estreno se cumplen cincuenta años.

El mítico tema musical de Maurice Jarre subraya adecuadamente un amargo western sumergido en la nostalgia, lleno de ideales derrotados, una magistral reivindicación de las causas perdidas. La desilusión, el desencanto, la poesía, la alegría de sentirse vivo, tiñen de alegres melodías mexicanas un metraje repleto de momentos memorables y diálogos imprescindibles.

Cine del que enamorarse, y recaer.

Pifias en la II Guerra Mundial (I): Evasión en Atenea (Escape to Athena, George Pan Cosmatos, 1979)

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Resulta a veces doloroso comprobar cómo una película tira por tierra todo su potencial y se contenta con ofrecer unas pocas viñetas de acción, cómo renuncia al intento de satisfacer a un público preparado, exigente y ambicioso, para contentar a la masa ansiosa de pasatiempos olvidables, a los consumidores de películas. La británica Evasión en Atenea (Escape to Athena, 1979) es un ejemplo palmario de ello; no en vano, a sus mandos está George Pan Cosmatos, que, después de apuntarse un buen tanto comercial (que no artístico, más allá de su excelso reparto) con la superproducción europea El puente de Casandra (The Cassandra crossing, 1976), se embarcaría en las secuelas de las producciones de tiros, musculitos de clembuterol y violencia gratuita de las cintas de Stallone en los años 80. Pero antes “estropeó” esta producción británica que ofrece mucho menos de lo esperado -sin llegar, eso sí, a ser un horror- a pesar del interesante reparto y de lo que podría haber dado de sí el guión de Richard Lochte y Edward Anhalt.

Y la cosa no empieza mal, pero no tarda en torcerse hasta desmoronarse por completo al término de sus 106 minutos. Nos encontramos con unos planos aéreos de una isla, de inmediato identificada como perteneciente al Mediterráneo, pista que, completada por la banda sonora con ecos griegos a lo Zorba compuesta por Lalo Schifrin, nos lleva directamente al Mar Egeo. Desde el cielo comprobamos su perfil y, acercándonos poco a poco, no sólo contemplamos una especie de gigantesca excavación arqueológica, sino también una serie de barracones y alambradas más propias de un campo de prisioneros, extremo que se confirma cuando se muestra en lo alto de un mástil una roja bandera nazi. Estamos en Grecia, por tanto, durante la Segunda Guerra Mundial, y ya cerca de su fin, en 1944. De ahí la cámara se mueve, siempre en plano aéreo, hasta un conglomerado de casas encaladas desperdigadas por una geografía accidentada, rocosa, y a una fila de lugareños que son retenidos contra la pared por un pelotón de soldados alemanes. La fuga de uno de los cautivos y su persecución por las estrechas callejas del pueblo nos conduce hasta unos baños, donde son capturados dos prisioneros de guerra fugados, el americano Nat Judson (Richard Roundtree) y el italiano Bruno Rotelli (el cantante Sonny Bono, ex de Cher). Su detención nos lleva al interior del campo y al meollo de la película: el comandante Otto Hecht (Roger Moore) dirige una especie de excavación privada con ayuda del profesor Blake (David Niven), un prisionero de guerra británico trasladado desde otro campo para ese fin. Hecht no es ningún tonto: sabe que la guerra está perdida y, mientras envía a Berlín las piezas de menor valor, desvía los hallazgos arqueológicos más interesantes hacia su propia colección, con la cual espera gozar de un retiro tranquilo al final de la contienda. Sus planes, sin embargo, van a verse truncados muy pronto: Blake, Judson y Rotelli han concertado un plan con el líder de la resistencia, Zeno (Telly Savalas) y su ayudante y amante, Eleana (Claudia Cardinale), la dueña del prostíbulo del pueblo al que van a “desahogarse” los mandos y soldados alemanes, para hacerse con el control, primero del campo, y luego de la isla, con el fin de apoyar la invasión británica del país. El momento escogido será el espectáculo de variedades (destape incluido) que dos americanos apresados, Dottie Del Mar (Stefanie Powers) y su representante Charlie (Elliott Gould, toda una estrella en los años setenta) van a realizar para los nazis en el campo. Sin embargo, dos circunstancias vienen a complicar el plan: la primera, la presencia de un submarino alemán en los alrededores; la segunda, la ambición que en algunos de los implicados en el plan despierta el conocimiento de que el monasterio ortodoxo que hay en las montañas de la isla esconde (además de un secreto militar) fabulosas riquezas en oro y plata de eras pasadas.

El planteamiento se ve inmediatamente truncado por la voluntad de Cosmatos de ofrecer un producto “de guerra” algo atípico, un híbrido de comedia y de película de comandos culminado por dos exabruptos fílmicos anticlimáticos que, especialmente el segundo, bordean el absurdo. Sin embargo, algunos detalles estimables muy anteriores a eso permiten disfrutar parcialmente de esta película irregular y de factura algo precaria (al menos en la mayoría de las copias que circulan por ahí: problemas de encuadre y de colores desvaídos, fallos de montaje y falta de respeto, en las copias de DVD, del formato de pantalla original). En primer lugar, el propio entorno de la cinta, el paisaje rural y urbano de una isla griega, bien insertado en la acción y estupendamente utilizado como recurso cinematográfico. A continuación, el reparto, si bien pocos personajes son retratados como algo más que meras perchas, pretextos para la acción, con tres notables excepciones: Continuar leyendo “Pifias en la II Guerra Mundial (I): Evasión en Atenea (Escape to Athena, George Pan Cosmatos, 1979)”

Rareza entre los hielos: La tienda roja (1969)

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Escribe Javier Reverte en su estupendo libro En mares salvajes (Random House Mondadori, 2011): En 1926 [Amundsen] sobrevoló el Polo Norte, con el americano Lincoln Ellsworth y el italiano Humberto Nobile, a bordo de un dirigible que partió de Spitsbergen, la isla principal del archipiélago de las Svalbard, y de regreso aterrizó en Nome, Alaska. De este viaje surgieron fuertes disputas que, sobre todo, enfrentaron seriamente al noruego con el italiano. Nobile fue agasajado y condecorado en su país; y Mussolini lo ensalzó con una de las figuras más destacadas de su nueva Italia.

Pero dos años después, en 1928, Amundsen fue el primer voluntario que se subió a un avión, para tratar de rescatar a Nobile, cuyo dirigible Italia se había estrellado en una isla no muy lejos de Spitsbergen, cuando trataba de volar al Polo Norte para volver allí. El avión de Amundsen, un hidroplano Latham 47, con él y otros cinco hombres a bordo, desapareció el 18 de junio y tan sólo pudo encontrarse, días después, un pedazo de ala flotando en las aguas del océano. Al legendario explorador le quedaba menos de un mes para cumplir los cincuenta y seis años de edad (…).

En cuanto a Nobile, pudo ser rescatado poco después. Cuando llegó el primer hidroavión al lugar del siniestro, sólo había plaza para un hombre, puesto que las otras dos estaban ocupadas por el piloto y el copiloto. Y Nobile decidió ser el primero que se embarcara, llevando en sus brazos a su perra Titina: de ese modo, abandonaba a sus quince compañeros a su suerte y contravenía la vieja regla de que, en las situaciones de riesgo, el capitán es el último en dejar la nave. Un buque ruso rescató pocos días después a todos los tripulantes del dirigible. De regreso a Italia, acusado de cobardía por el propio Mussolini, Nobile hubo de devolver todas sus medallas.

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De vez en cuando nos gusta rescatar algún título que, sin ser precisamente imprescindible, fundamental o, en conjunto, especialmente estimable, resulta curioso e interesante por razones a menudo extracinematográficas, y que no supera la línea del friquismo, de la incompetencia o de la extravagancia que lo enviaría directamente a La tienda de los horrores. Es el caso de esta extraña y exótica La tienda roja (Krasnaya palatka), coproducción italo-soviética dirigida en 1969 por Mikhail Kalotozov que, sin embargo, fue nominada a la mejor película de habla no inglesa en la edición de los Globos de Oro de 1972. La película corresponde a esa ocasional pero fructífera corriente de coproducciones entre la Unión Soviética e Italia, cuyo máximo exponente fueron algunas obras producidas por Carlo Ponti y alguna película importante del cineasta ruso Nikita Mikhalkov (que interviene como actor en esta película), como es el caso de Ojos negros (1987).

Con los convenientes cambios y añadidos con respecto a la historia tal como es narrada por Javier Reverte, algunos como mera licencia dramática, y otros, da la impresión, por un deseo desmedido de “corregir” aspectos de la aventura no excesivamente edificantes para el público, que no dejarían demasiado bien a según qué personajes que conviene glorificar, la película de Kalotozov se construye en dos momentos temporales distintos. En el primero, un Umberto Nobile (Peter Finch) ya anciano, sufre terribles pesadillas a causa de los remordimientos del pasado. Continuar leyendo “Rareza entre los hielos: La tienda roja (1969)”