Diálogos de celuloide – Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight, Woody Allen, 2014)

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FAN: ¿Un autógrafo, por favor?

STANLEY: Los autógrafos son para deficientes mentales.

FAN: Quiero demostrar que lo conocí.

STANLEY: Preferiría que esa prueba no existiera. ¿Y si lo arrestan por sodomía?

Magic in the Moonlight (Woody Allen, 2014).

La tienda de los horrores – Mamma mia!

Vaya una cosa por delante. La película es una mierda absoluta, sí. Pero, ¿valen la pena ciento ocho minutos de repugnante y almibarada pseudohistorieta de amor a varias bandas ambientada en unas islas griegas de diseño, acompañada por las dulzonas músicas de un cuarteto sueco cuya trayectoria profesional acabó a gorrazos y de un puñado de coreografías, por llamarlas de alguna forma, pésimas y contrarias a cualquier tradición del género cinematográfico conocido como ‘musical’ si la recompensa final se presenta en forma de Pierce Brosnan, Colin Firth y Stellan Skarsgard, ataviados con unos ajustados monos azules, unas botas de plataforma y demás complementos metrosexuales, haciendo el tonto al final de la película? Pues la respuesta, según días.

El musical ya no es lo que era, desde luego. Desde que Chicago demostró que, más allá del bombardeo publicitario que la encumbró en los Oscar de su edición, cualquier intento por emular las mieles de la época dorada del musical no tenía otro destino que el fracaso más aparatoso, se ha instaurado, especialmente gracias a la incompetencia e incapacidad de directores, productores, coreógrafos, intérpretes y, sobre todo, del público mayoritario, para apreciar el auténtico mérito que supone la sólida construcción musical y estética de las grandes películas del género, pobladas de maravillosas composiciones visuales y sonoras, dotadas de personajes carismáticos, a menudo interpretados por verdaderos atletas, portentos físicos que sorprenden con su despliegue de cabriolas y acrobacias rítmicas, se ha instaurado, decimos, la moda del no-musical. Desde luego, porque es más fácil que parezca que hay una coreografía a que la haya de verdad; que parezca que un actor baila a que lo haga de verdad; a que parezca que un director dirija a que lo haga de verdad; que parezca que la película tiene música a que un compositor componga una partitura de verdad. El éxito de esta no-fórmula, avalada por un público que se puede denominar no-espectador, gracias principalmente al bombazo taquillero de la versión de Moulin Rouge protagonizada por Nicole Kidman y Ewan McGregor -ejemplo impagable de musical fraudulento, tramposo y envuelto de una pirotecnia visual que intenta camuflar que en él no hay nada de mérito musical, ni coreografías, ni música original ni intérpretes de valor), se ha visto complementado con la actual moda de los musicales, importada a España desde los escenarios de Broadway y Londres y que, como todo invento apresurado, vulgarizado y consumido por la mercadotecnia, no es más que la extensión de la banalidad y la vaciedad más vergonzosas. Vistas así las cosas, que Mamma mia!, el horrendo musical basado en las horrendas canciones pop del horrendo grupo sueco Abba (sin que ni el grupo, ni Suecia, ni las letras de las canciones tengan gran cosa que ver con la “trama” del musical), saltara a la pantalla era cuestión de tiempo. Para mal, por supuesto, a pesar de la inclusión en su reparto de algunos nombres estimables. Pero donde la materia prima es mala, no puede haber nada bueno por mucho nombre que tenga.

La responsable del desaguisado es Phyllida Lloyd, que próximamente estrenará película con Meryl Streep convertida en Margaret Thatcher. El caso es que el material de origen ya está viciado. Se trata de un musical con música previa a la que hay que ajustar un argumento, y el elegido no puede ser peor. Meryl Streep encarna a la dueña de una especie de hostal en una isla griega cuya hija (Amanda Seyfried) va a casarse; como su madre, una rebelde de juventud en la era hippie, mayo francés y demás, siempre le ha ocultado la identidad de su padre, la muchacha cree que puede ser uno de los tres amantes de su madre (los tres maromos citados más arriba) que, más o menos por fechas, pudieron dejar su ‘semillita’. Por supuesto, los invita a la boda para intentar averiguar cuál de ellos es el padre u obligar a su madre a que lo revele. A partir de ahí, humor dulzón, música dulzona de Abba, estética dulzona, no-coreografías dulzonas, final feliz dulzón, y, para rellenar los huecos, azúcar, caramelo, almíbar y algún que otro dulce. Dulzón, of course. Todo junto, intenta crear una comedia de equívocos dulzones aderezado con una estética y una trama de cuento de hadas pasado de moda. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Mamma mia!”

Diario Aragonés: El discurso del rey

Primer artículo resultante de la colaboración de este blog con Diario Aragonés.



Título original:
The King’s speech
Año: 2010
Nacionalidad: Reino Unido / Australia
Dirección: Tom Hooper
Guión: David Seidler
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Danny Cohen
Reparto: Colin Firth, Helena Bonham Carter, Geoffrey Rush, Guy Pierce, Michael Gambon, Timothy Spall, Derek Jacobi
Duración: 118 minutos

Sinopsis: Tras la abdicación de Eduardo VIII de Inglaterra, su hermano menor accede al trono con el nombre de Jorge VI. Su tartamudez le obliga a buscar la ayuda de un excéntrico logopeda que, a través de métodos poco ortodoxos, intenta conseguir que el monarca recupere lo antes posible una dicción correcta, máxime en un momento histórico en que es de crucial importancia el efecto que las palabras del rey puedan tener en la población británica, cuando en el horizonte se cierne la amenaza de Hitler y el fantasma de una guerra de exterminio.

Comentario: Resulta de lo más estimulante encontrarse de vez en cuando en las carteleras con una sólida película británica en la que refugiarse de la epidemia de cintas de animación, de superhéroes, de salvadores del mundo, de comedias románticas de cuarentones que interpretan a treintañeros que se comportan como quinceañeros y de pirotecnias de cristal, chapa y pintura que acaparan el panorama de estrenos en los últimos lustros [continuar leyendo].

La tienda de los horrores – La última legión

Un truño de dimensiones sobrehumanas difícilmente explicable y asimilable. Si esta misma semana nos ocupábamos de reseñar la, con todos sus defectos, quizá mejor adaptación de todo el compendio que constituyen las distintas tradiciones de los diferentes ciclos de la leyenda artúrica a la pantalla, nos ocupamos hoy de destripar el mayor despropósito que jamás se haya hecho al respecto (y eso que últimamente se han filmado algunos más con el mismo motivo y punto de referencia: Roma), esta La última legión, sublime bodrio basado en el best-seller (ya se sabe, libro superventas escrito por un tipo que por lo general no sabe escribir de otra cosa) de Valerio Manfredi del mismo título dirigido por Doug Lefler, cuya “extensa” filmografía se agota en Dragonheart 2 (ni siquiera la primera parte), de siete años antes.

Una vez más, se intenta aprovechar la época oscura entre la desaparición del dominio romano en Inglaterra y la llegada del régimen feudal para situar historias a medio camino entre el fenómeno histórico y la leyenda, y una vez más al autor se le va la flapa e intenta conectar esos episodios legendarios con hechos comprobados científicamente y opuestos en motivaciones, desarrollo y conclusión a la trama que nos cuenta en aras de esa casa de putas llamada entretenimiento, en la que, al parecer, vale todo. En esta ocasión, Manfredi, Lefler, De Laurentiis (el productor de esta fatalidad) y compañía identifican nada menos que a Rómulo Augústulo, último soberano del Imperio Romano de Occidente (476), depuesto siendo un crío por Odoacro (Peter Mullan), rey de los hérulos, un pueblo ostrogodo que ocupó Italia, con nada menos que Uther Pendragón, padre del legendario Artús o Arturo, cómete un huevo duro… Eso conlleva irse del tarro por completo echándole un morro de proporciones siderales y convertir a Merlín (Ben Kingsley), por ejemplo, en Ambrosinus, el consejero y preceptor de la familia del niño, y a Excalibur, la legendaria espada de Arturo, en un arma forjada siglos atrás para ¡¡¡Julio César!!! Pues hala, más leña al fuego: cuando Odoacro toma posesión de Italia, el emperador es recluido en la isla de Capri (fenómeno cierto históricamente), pero es Aurelius (Colin Firth), junto a un puñado de sus legionarios y ¡¡¡una joven guerrera india!!! (Aishwarya Rai, cuya necesidad en la historia aparentemente se limita a ser, además de la coartada romanticoide de turno en una película absolutamente estúpida, el hecho de colar en el elenco una presencia exótica) enviada por el emperador romano de Oriente a echar un cable a los buenos (aunque suponga traicionar para ello a sus superiores). Continuar leyendo “La tienda de los horrores – La última legión”

Música para una banda sonora vital – El paciente inglés

Márta Sébestyén es una excelentísima cantante húngara que obtuvo fama por los temas incluidos en esta película de 1996, aunque ya había logrado cierta notoriedad un año antes por su colaboración en el disco Boheme del magnífico grupo Deep Forest. Marta, hija de una etnomusicóloga, ha buceado en las expresiones más puras del folclore húngaro y del resto del este de Europa a través de su incorporación a grupos como Muzsikás y Vujicsisc, explotando una fórmula que mezcla las composiciones clásicas creadas a partir de las minuciosas recopilaciones de música popular realizadas por Béla Bartok y las melodías húngaras, rumanas, rusas o griegas y sus conexiones con la música tradicional gitana e incluso de India.

Marta ha colaborado en algunas otras películas, como en Prét à porter de Robert Altman o La caja de música de Costa Gavras. Nos quedamos con los créditos de apertura del film de Anthony Minghella acompañados por la voz de Sébestyén y con esa deliciosa joya de Marta y Deep Forest titulada Martha’s song, dedicada, of course, a mis queridas Marta y Marta.

Maravilloso clip, por cierto: el mundo, la vida, este maltrecho contenedor donde, a poco que se busque reparar en ellas, florecen por doquier belleza y armonía, no para de dar vueltas y vueltas y de recordarnos lo pequeños que somos ante su hermosa inmensidad…