Música para una banda sonora vital: Qué noche la de aquel día (A Hard Day’s Night, Richard Lester, 1964)

She loves you es una de las muchas canciones de los Beatles que aparecen en esta extraña mezcla de comedia musical y documental dirigida por Richard Lester en pleno ascenso de los cuatro de Liverpool. Aunque algunos aspectos de la película no han envejecido nada bien, la música de los Beatles es imperecedera. Y los gritos histéricos de los fans, también…

Diálogos de celuloide – La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint your wagon, Joshua Logan, 1969)

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– Señor Rumson, ¿es que cree usted que todo lo que produce la tierra debe usarse para hacer licor?

– Sí, siempre que sea posible.

– Debería leer la Biblia, señor Rumson.

– Ya he leído la Biblia, señora Fenty.

– ¿Y no le animó a dejar la bebida?

– No, pero frenó mi interés por la lectura.

Música para una banda sonora vital – Golfus de Roma (A funny thing happened on the way to the Forum, Richard Lester, 1966)

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En cierto programa de humor de cierta cadena televisiva española que se emite los viernes por la noche, los cómicos (varios de ellos pseudocómicos, y algunos otros ni siquiera cómicos) anteriormente sometidos a toda clase de pruebas lesivas para su integridad física, se despiden del público canturreando y bailoteando una canción que proviene directamente de esta chispeante comedia musical dirigida por Richard Lester a partir de una obra de Burt Shevelove y Larry Gelbart, y que es interpretada en los créditos iniciales por Zero Mostel, actor en su día perseguido por el maccarthysmo.

Además de la presencia siempre entrañable de un crepuscular Buster Keaton, la película es recordada por varias de sus melodías, algunos gags excelentes, y la presencia en la dirección de fotografía del también director (aunque bastante más rarito) Nicolas Roeg.

Y de propina, la versión doblada al castellano, que carga de razones a los adversarios acérrimos del doblaje de películas…

La tienda de los horrores – Mamma mia!

Vaya una cosa por delante. La película es una mierda absoluta, sí. Pero, ¿valen la pena ciento ocho minutos de repugnante y almibarada pseudohistorieta de amor a varias bandas ambientada en unas islas griegas de diseño, acompañada por las dulzonas músicas de un cuarteto sueco cuya trayectoria profesional acabó a gorrazos y de un puñado de coreografías, por llamarlas de alguna forma, pésimas y contrarias a cualquier tradición del género cinematográfico conocido como ‘musical’ si la recompensa final se presenta en forma de Pierce Brosnan, Colin Firth y Stellan Skarsgard, ataviados con unos ajustados monos azules, unas botas de plataforma y demás complementos metrosexuales, haciendo el tonto al final de la película? Pues la respuesta, según días.

El musical ya no es lo que era, desde luego. Desde que Chicago demostró que, más allá del bombardeo publicitario que la encumbró en los Oscar de su edición, cualquier intento por emular las mieles de la época dorada del musical no tenía otro destino que el fracaso más aparatoso, se ha instaurado, especialmente gracias a la incompetencia e incapacidad de directores, productores, coreógrafos, intérpretes y, sobre todo, del público mayoritario, para apreciar el auténtico mérito que supone la sólida construcción musical y estética de las grandes películas del género, pobladas de maravillosas composiciones visuales y sonoras, dotadas de personajes carismáticos, a menudo interpretados por verdaderos atletas, portentos físicos que sorprenden con su despliegue de cabriolas y acrobacias rítmicas, se ha instaurado, decimos, la moda del no-musical. Desde luego, porque es más fácil que parezca que hay una coreografía a que la haya de verdad; que parezca que un actor baila a que lo haga de verdad; a que parezca que un director dirija a que lo haga de verdad; que parezca que la película tiene música a que un compositor componga una partitura de verdad. El éxito de esta no-fórmula, avalada por un público que se puede denominar no-espectador, gracias principalmente al bombazo taquillero de la versión de Moulin Rouge protagonizada por Nicole Kidman y Ewan McGregor -ejemplo impagable de musical fraudulento, tramposo y envuelto de una pirotecnia visual que intenta camuflar que en él no hay nada de mérito musical, ni coreografías, ni música original ni intérpretes de valor), se ha visto complementado con la actual moda de los musicales, importada a España desde los escenarios de Broadway y Londres y que, como todo invento apresurado, vulgarizado y consumido por la mercadotecnia, no es más que la extensión de la banalidad y la vaciedad más vergonzosas. Vistas así las cosas, que Mamma mia!, el horrendo musical basado en las horrendas canciones pop del horrendo grupo sueco Abba (sin que ni el grupo, ni Suecia, ni las letras de las canciones tengan gran cosa que ver con la “trama” del musical), saltara a la pantalla era cuestión de tiempo. Para mal, por supuesto, a pesar de la inclusión en su reparto de algunos nombres estimables. Pero donde la materia prima es mala, no puede haber nada bueno por mucho nombre que tenga.

La responsable del desaguisado es Phyllida Lloyd, que próximamente estrenará película con Meryl Streep convertida en Margaret Thatcher. El caso es que el material de origen ya está viciado. Se trata de un musical con música previa a la que hay que ajustar un argumento, y el elegido no puede ser peor. Meryl Streep encarna a la dueña de una especie de hostal en una isla griega cuya hija (Amanda Seyfried) va a casarse; como su madre, una rebelde de juventud en la era hippie, mayo francés y demás, siempre le ha ocultado la identidad de su padre, la muchacha cree que puede ser uno de los tres amantes de su madre (los tres maromos citados más arriba) que, más o menos por fechas, pudieron dejar su ‘semillita’. Por supuesto, los invita a la boda para intentar averiguar cuál de ellos es el padre u obligar a su madre a que lo revele. A partir de ahí, humor dulzón, música dulzona de Abba, estética dulzona, no-coreografías dulzonas, final feliz dulzón, y, para rellenar los huecos, azúcar, caramelo, almíbar y algún que otro dulce. Dulzón, of course. Todo junto, intenta crear una comedia de equívocos dulzones aderezado con una estética y una trama de cuento de hadas pasado de moda. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Mamma mia!”