Mis escenas favoritas – El nombre de la rosa

La risa es peligrosa porque con ella no existe el miedo, y sin el miedo, no hay autoridad. Eso siempre lo ha sabido la Iglesia y por tanto no ha escatimado medios en dos largos milenios y pico para que se nos hiele la sonrisa permanentemente. El nombre de la rosa, de Umberto Eco, no es sólo una novela de crímenes ambientada en una oscura abadía del norte de la Italia del siglo XIV. Habla, mucho y bien, de la religión en general como instrumento de poder, y de la Iglesia católica en particular como ente que ha llevado a la perfección hábiles sistemas de dominación sobre sus semejantes, hasta llegar a la esclavitud intelectual, tan perjudicial, si no más, que la común. Para muestra, esta conversación entre Guillermo de Baskerville, personaje trasunto del Sherlock Holmes de Conan Doyle, y Jorge de Burgos (anagrama de Jorge Luis Borges, viejo, inclinado y ciego para dar más pistas, cuyo Aleph sirve de inspiración además para la laberíntica biblioteca de la historia) en este clásico del cine europeo de Jean-Jacques Annaud, que logra captar el espíritu original de la obra aunque lo pervierte en algunos aspectos, como la hollywoodiense muerte del inquisidor Bernardo Gui (inspirado en el inquisidor perseguidor de los cátaros Bernardo Guidoni) en la parte final de la película. Hablaremos más largo y tendido de ella.

Mis escenas favoritas – Los intocables de Elliot Ness

Recuperamos de nuevo al gran Robert De Niro en pleno estado de gracia en esta magnífica escena de la gran producción de Brian de Palma sobre la captura de Al Capone y el Chicago de los años dorados. Un De Niro sensacional ofrece un banquete a sus compinches en el que, tomando como ejemplo el baseball, habla de la importancia del juego en equipo, habla de la dureza del trabajo del bateador, de la importancia de jugar para el conjunto, de la necesaria capacidad de sacrificio de todos y cada uno de sus miembros, y censura a los jugadores que no están a la altura, que no lo dan todo, que juegan contra el viento o a favor del contrario. Un deportivo discurso en el que al final, Capone, batea. Magnífica y cruda escena.

La tienda de los horrores – Los vengadores

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Si promoviéramos un concurso entre las peores adaptaciones de una serie de televisión a la pantalla grande, tendríamos ganadora indiscutible. Este truño, esta bazofia visual, esta gilipollez supina, bate todos los récords en cuanto a la estulticia cinematográfica involuntaria (queremos pensar que fue sin querer). Qué duda cabe de que quienes promovieron esto tenían como objetivo crear una película seria que fuera una digna recuperación de la vieja serie televisiva en que se inspiraba (una de esas series que hace treinta años todo el mundo seguía y que hoy se pudriría en los anaqueles de las series retiradas de la programación por falta de audiencia o se moriría de asco en la madrugada), pero el resultado es un crimen merecedor de ser incluido en la Convención de Ginebra.
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