Vidas de película – Nina Foch

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Nacida en Leiden (Países Bajos, 1924), Nina Consuelo Fock, hija de un neerlandés director de orquesta -Dirk Fock- y de madre estadounidense, saltó al cine como Nina Foch en los años cuarenta con Canción inolvidable (A song to remember, 1944), biopic sobre Chopin con Cornel Wilde, Paul Muni, Merle Oberon y George Macready dirigido por Charles Vidor, y Cerco de odio (The dark past, 1948), cinta negra de serie B del antiguo director de fotografía Rudolph Maté con los prometedores William Holden y Lee J. Cobb.

Contratada primero por la Universal y después en Columbia, su mejor época fueron los años cincuenta, en los que encadenó intervenciones en Un americano en París (An American in Paris, Vincente Minnelli, 1951), Un fresco en apuros (You’re never too young, Norman Taurog, 1955), con el dúo Dean Martin-Jerry Lewis, Los diez mandamientos (The ten commandments, Cecil B. DeMille, 1956), Espartaco (Spartacus, Stanley Kubrick, 1960), y sus dos apariciones más sonadas, como la reina María Antonieta en Scaramouche (George Sidney, 1952), y en su única nominación al Óscar por La torre de los ambiciosos (Executive suite, Robert Wise, 1954).

Casada en tres ocasiones, falleció en 2008.

La tienda de los horrores – El nórdico

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No, este fotograma no es de Obélix contra los indios, película que nos acabamos de inventar, sino de uno de los peores engendros imaginables, un truño de categoría, un zurullo fílmico no potable tan increíblemente nefasto que merece una detenida glosa. ¿Cómo es posible filmar algo tan malo y de manera además tan pretenciosa que no sirve ni siquiera como parodia involuntaria? Viendo la filmografía del director, Charles B. Pierce, especializado en… cagarros, no es de extrañar. Éste pertenece a 1978, y debe su producción al matrimonio compuesto por Farrah Fawcett, uno de la famosa Los Ángeles de Charlie, por entonces en plena cresta de la ola, y Lee Majors, El hombre de los seis millones de dólares, actor justito justito, tan justito, que no sabemos si se le puede llamar actor. Este subproducto, concebido para “mayor gloria” y “lucimiento” de Majors, no se puede creer si no se ve. Lo decimos muy a menudo, pero todas y cada una de las veces es una incuestionable verdad: es de lo peorcito que ha pasado por esta sección. Deja absolutamente perplejo; es capaz tanto de espantar al cinéfilo intrépido como de remover las carcajadas desde el bajo vientre. El catálogo de despropósitos es tal que es preciso resumir mucho para no escribir una serie de posts sobre esto.

Comencemos por el rigor histórico. Un preludio informativo nos advierte de que los vikingos (que nunca llevaron cascos con cuernos a pesar de la imaginería que gasta la película, de plástico por cierto) fueron un poderoso pueblo que conquistó Europa. ¿Mande? Ciertas son sus correrías por las costas y ríos de medio continente, desde el Sena al Volga, desde Escocia a Sicilia, pero llamar a eso conquistar todo el continente es un poco fuerte, ¿no? En fin, el caso es que el heroico Thorvald, un príncipe vikingo, se embarca junto a un grupo de feroces guerreros (que incluye un africano) en busca de su padre, el rey Eurich, en dirección a Norteamérica, ya que se perdió en una expedición anterior. Tras una agitada navegación (hay sardinas que salpican el agua con más salero que los responsables de efectos especiales de esta película) llegan a las costas de lo que hoy es Canadá (aunque en Canadá, especialmente en Terranova y el Labrador, no creemos que abunden las playas de arenas blancas y batidas, los mares coralinos y las palmeras en la orilla…), y se topan con la hostilidad de los nativos, que le cosen el culo a flechas a uno de los vikingos, que la palma de hemorragia trasera. Después de bautizar aquellas tierras como Vinland tras encontrarse unos racimos de uvas, la peña vikinga viaja río arriba en busca de sus predecesores que, habiendo sido capturados años atrás, viven cegados y esclavizados en la dura tarea de moler harina para que los indios hagan tortas… Un oportuno y chapucero flashback nos cuenta cómo el grupo anterior de guerreros nórdicos fue en principio agasajado por los indios, y más tarde traicionado, vencido y sometido. Los guerreros de Thorvald liberan a los esclavos tras unas peleas cutres cutres con armaduras y espadas de plástico, y el héroe se reencuentra con su padre. Pero la cosa no termina ahí, porque los indios, malos malosos excepto una joven virginal que, tras ayudar a liberar a Eurich, escapa con los vikingos hacia su barco, les persiguen hasta la misma orilla con un trote cochinero más propio de hooligans jevitrones greñudos y maquillados que de apolíneos nativos americanos. El combate final sobre las arenas de la playa no tiene desperdicio. Qué horror…

La película es mala, mala. Pero requetemala. No sólo brilla por su ausencia cualquier ejercicio de ambientación mínimamente digno, sino que las localizaciones no pueden ser más inadecuadas. Un Canadá tropical viene complementado por una dirección artística, pésima no, lo siguiente. A las armas de pega, el barquito vikingo de cartón que más parece una carroza para el Orgullo Gay llena de locazas con trenzas y faldita, las barbas y pelucas postizas de algunos guerreros, y los indios uniformados de pieles y mocasines todos iguales, hay que añadir un ritmo penoso, un tratamiento lamentable de las batallas, sin tensión, emoción, pericia técnica, especialmente en los duelos hombre a hombre que, entre las armaduras de corcho y la sobreabundancia de pelo y pieles, más recuerdan a una parodia de hombres prehistóricos sacudiéndose que a otra cosa. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – El nórdico”

Maléfica, malévola, mala malosa: Que el cielo la juzgue (1945)

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La aparición súbita de Gene Tierney “volviendo de la tumba” en Laura (Otto Preminger, 1944)  supone, junto a la de Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946) y la de Ava Gardner en Forajidos (The Killers, Robert Siodmak, 1946), una de las irrupciones más inolvidables de toda la historia del cine. En Que el cielo la juzgue (Leave her to heaven, John M. Stahl, 1945), el sensual cruce de piernas de Tierney mientras lee un libro en el vagón de un tren camino de Nuevo México quizá no sea para tanto, pero marca a la perfección el punto necesario de atracción que permite al público comprender el deseo y la fascinación que de inmediato nacen en el escritor Richard Harland (Cornel Wilde) por la mujer que, despreocupada y con aire casual, lee precisamente su última novela, aunque ella tarde un tiempo en reconocerle. Ese comienzo azaroso pone de manifiesto lo que va a ser la constante nota principal de la historia: el poder manipulador, consciente o inconsciente, de una bella y carismática mujer sobre todos los que la rodean. O mejor habría que decir que ésta es una de las notas principales, porque la otra es tanto o más importante en el devenir de los acontecimientos: el patológico poder perturbador de unos celos obsesivos de tal magnitud que no sólo logran trastocar la percepción de la realidad y su interpretación, sino que consiguen mutar una personalidad hasta convertirla en un ser vil, mezquino, brutal, criminal.

Estas son las líneas maestras de este melodrama de intriga filmado a todo color (nominación al Oscar incluida) por John M. Stahl en 1945, un director hoy prácticamente olvidado cuyas mayores aportaciones al arte cinematográfico vienen, además de por la presente película, de Las llaves del reino (1944), relato de pobreza y miseria en China de la mano de un sacerdote católico interpretado por Gregory Peck, el drama sobre infidelidades titulado La usurpadora (1932), con Irene Dunne y John Bowles, y dos películas que alcanzarían la fama como remakes rodados por Douglas Sirk, Imitación a la vida (1934) y Sublime obsesión (1935), sin olvidar que Stahl llegó a codirigir con el gran Ernst Lubitsch El príncipe estudiante en 1927. Que el cielo la juzgue es seguramente su cinta más conocida, y ello es mérito de su personaje central, Ellen, compuesto extraordinariamente por Gene Tierney, que ha pasado a la posteridad como uno de los máximos ejemplos que el cine ha ofrecido de la perturbación mental como fuente de desgracias y fatalidades.

El encuentro casual de Richard y Ellen cuando ambos van, en compañía de la madre y una prima de ella, a pasar unos días en el rancho de un amigo común, Glen Robie (Ray Collins), es el detonante de una pasión mutua que lleva a la joven a romper repentinamente su compromiso matrimonial con Russell Quinton (Vincent Price), un incipiente abogado que trabaja como fiscal, y casarse apresuradamente con Richard, junto al cual la vida parece feliz hasta el punto de que Ellen parece haber olvidado la traumática muerte de su padre, que la había sumido en una profunda tristeza. Sin embargo, Ellen vive su amor de manera tan posesiva, la fuerza de sus celos es tan irrefrenable, su obcecación obsesiva por Richard es tan cruel y brutal, que no repara en medios para tenerlo siempre a su lado, incluso si es preciso maniobrando en la sombra para conseguir sus fines, que no son otros que apartar de su lado a todo aquel que puede competir con ella en sus afectos, su tiempo o sus atenciones, no en el primer lugar, sino en la totalidad, los cuales ella exige, desea y anhela para ella sola. Por eso Ellen no vacilará en expulsar del lado de Richard, de una manera u otra, sin detenerse siquiera a considerar el respeto a la vida humana, presente o futura, a toda aquella persona por la que Richard sienta la más mínima inclinación, desde su hermano pequeño, un enfermo crónico que apenas puede mover las piernas, hasta a su propia prima, Ruth (Jeanne Crain), fuente principal de sus celos al pensar que entre ella y Richard existe una naciente atracción que amenaza con crecer. La deriva psicológica de Ellen, su obsesión cada vez mayor, la lleva a cometer verdaderas atrocidades y a confeccionar tupidas telarañas de intrigas, falsedades, verdades a medias y manipulaciones que conseguirán tejer una red de discusiones, enfrentamientos, odios, huidas y desencuentros de la que ella misma deberá erigirse en víctima necesaria para mantener los efectos de la maquinaria de insidias que ha construido durante años. Continuar leyendo “Maléfica, malévola, mala malosa: Que el cielo la juzgue (1945)”