Mis escenas favoritas: La loca historia del mundo (History of the World: Part I, Mel Brooks, 1981)

La parodia no suele ser un género cinematográfico especialmente afortunado. Normalmente, su tratamiento en pantalla no suele dar para una película completa y equilibrada, con guiones estructurados que dosifiquen adecuadamente la intensidad y la periodicidad de los golpes de humor más afortunados a lo largo de todo el metraje. Es un cine más de destellos, de gags, de momentos puntuales. Como este, que viene al pelo de los conspiranoicos del tema Da Vinci y toda la mala literatura sobre ocultismos, sociedades secretas y otras patochadas que se pusieron de moda a partir de los dislates pseudohistoricistas y pseudorreligiosas de Dan Brown.

Mis escenas favoritas – La loca historia del mundo

En fechas tan señaladas de penitencia y torrijas, no podemos menos que sumarnos a la corriente de honda meditación y recogimiento del mundo católico con esta escena de La loca historia del mundo, de Mel Brooks (1981), en la que desmonta todas las paparruchadas que se han inventado Dan Brown y sus acólitos e imitadores con el fin de exprimir la burra del best-seller.

La tienda de los horrores – El fin de los días

“Este emblema pertenece a una antigua orden de caballeros masónicos de la Santa Sede…”.

Valga esta frase del delirante guión para ejemplificar la absoluta memez que supone este thriller apocalíptico (y nunca mejor dicho) de tintes catolicistas en el que una vez más la Humanidad (la cristiana, claro, única que parece existir para los productores de Hollywood) se ve bajo la amenaza de la llegada del Anticristo (el cual afecta no sólo a cristianos, sino a todo bicho viviente, que para eso es el Maligno de la religión verdadera…). Y perlas como la enunciada al principio, tan contraproducente como ridícula (sin duda a la altura de poder hablar de heterosexuales gays, borrachos abstemios o herejes ortodoxos) adornan la narración de esta gilipuertez con mayúsculas de principio a fin.

Protagonizada por un Arnold Schwarzenegger ya talludito y más pendiente de buscarse las judías ante la falta de capacidad física y de ofertas para emular sus “éxitos” de antaño, la película nos traslada a una típica y absurda historia con las paranoias de la religión católica, estilo Dan Brown y sus simuladores, como telón de fondo. La acción nos traslada al Nueva York de 1979, momento y lugar en el que nace una niña con, tatatachááááán, la marca del Anticristo. Paralelamente, un cura del Vaticano dedicado a las investigaciones sobre el demonio y demás criaturas cornudas con rabito terminado en punta, informa en un consejo secreto en el que está presente la flor y nata de los cardenales y obispos que guardan todos los secretos del catolicismo, de que la niña ha nacido y de que el peligro se cierne, no sobre la cristiandad, sino también sobre todos aquellos miles de millones de personas a los que la mitología católica de corte catastrofista se la trae muy floja.
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