Música para una banda sonora vital – Bailando con lobos (Dancing with wolves, Kevin Costner, 1990)

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Se cumplen veinticinco años del estreno de esta superproducción dirigida por el hasta entonces guaperas oficial Kevin Costner. Un proyecto, la pretensión de recuperar a lo grande el western clásico de temática india y con tintes reivindicativos, que chocó con el escepticismo o el abierto rechazo de los principales estudios, máxime cuando el propio actor, con poca o ninguna experiencia anterior en la producción, pretendía dirigirla, protagonizarla y adaptar el guión junto al autor de la novela en la que se inspira, Michael Blake.

Sufragada por la ya desaparecida Orion Pictures, los continuos conflictos en cuanto al plan de rodaje, el elevadísimo presupuesto final y el montaje definitivo, que terminó siendo de alrededor de tres horas con la oposición de Costner, que apostaba por el metraje de más de cuatro horas que algunos canales de televisión programan últimamente, se olvidaron cuando la cinta triunfó en los Óscar y comenzó una carrera comercial más que beneficiosa, aunque no lo suficiente para detener la caída en picado de su productora ni tampoco la de su director y protagonista, hoy prácticamente desaparecido del panorama, que vivió en ella el punto más álgido de una popularidad que a partir de entonces se vio perjudicada por el impulso a proyectos megalómanos y un tanto absurdos que terminaron condenando como cineasta a un Costner que nunca había sido un gran actor.

En el haber de la película, uno de los mejores motivos para su recordatorio, la partitura compuesta por el gran John Barry.

Una parada en la caída: Open range (2003)

¿Qué pudo pasarle a Kevin Costner en la primera mitad de los noventa? Consagrado como director gracias a los previsibles premios recibidos por Bailando con lobos (Dancing with wolves, 1990), asimilado como uno de los galanes con mayor tirón en taquilla más allá de la calidad del producto en que apareciera, convertido tanto en actor de películas de acción y aventura con poca chicha como también en protagonista de películas con más pretensiones y calidad (Un mundo perfecto, Clint Eastwood, 1993) y, siguiendo la línea de los clásicos, fervoroso amante del western hasta el punto de empeñar lo que no tenía en hacerse un nombre entre los legendarios directores del género, de repente, casi de un día para otro, cae en desgracia (algo, el ascenso meteórico y la subsiguiente caída fulgurante, por otra parte, tan común en el Holllywood de siempre) por culpa de sus megalómanos y fallidos proyectos como productor, guionista y director, y se ve abocado a peliculitas del montón, a thrillers de baratillo o dramas lacrimógenos de corto alcance, o como secundario “de lujo” en otras cintas en las que otros galanes e intérpretes lo han adelantado por la derecha. Su ruina económica y cinematográfica como actor y creador tiene una de sus más sonoras excepciones en este fabuloso western, Open range, dirigido y protagonizado por Costner en 2003.

Y es un western estupendo a pesar de sus evidentes carencias. Con unos mimbres muy limitados, incluso pobres, Costner, con guión de Craig Storper basado en una novela de Lauran Paine, crea una película-espectáculo del Oeste que, aunque no ofrezca novedades formales ni narrativas apreciables, bebe directamente de los cánones más clásicos del género, los sigue a pies juntillas, y los hace desembocar en una extraordinaria eclosión final cuyo visionado ya hace que valga la pena acercarse a esta aventura de ganaderos, villanos y venganza. Un antiguo pistolero de tormentoso pasado, Charlie Waite (Costner), ayuda a Boss Spearman (Robert Duvall) a conducir ganado por las fértiles tierras de la frontera hasta llegar a Harmonville, una localidad dominada por un despiadado ranchero, Denton Baxter (Michael Gambon), a cuyo servicio trabaja el corrupto sheriff local (James Russo). Cuando los dos peones de Boss (Abraham Benrubi y Diego Luna) sufren de distinta manera el acoso de los hombres de Baxter, y aunque intentan por todos los medios seguir su camino pacíficamente, a Charlie y a Boss no les queda más remedio que tomar las armas y tomarse la justicia por su mano. Mientras tanto, Charlie se siente atraído por Sue Barlow (Annette Bening), la enfermera del médico local a la que toma por su esposa, que está atendiendo a uno de los chicos que se encuentra al borde de la muerte.

Nada nuevo, por tanto, pero muy bien contado. Lo más sobresaliente de la cinta es la labor de dirección de Costner. Durante los preliminares, Costner se mueve con ritmo pausado, preciosista, casi lírico, gracias a la fotografía de James Muro y a la sensible y envolvente partitura de Michael Kamen, por la belleza y la espectacularidad de los paisajes abiertos del fértil Oeste de Montana y Wyoming, componiendo largos planos abiertos de extensos horizontes dominadas por las colinas y las praderas de aire limpio y verdes pastos, en contraste con lo que más adelante significará el claustrofóbico y amenazante entorno de una ciudad hostil, en especial de sus espacios cerrados (salones y tabernas, despachos, oficinas y tiendas). Esta sobresaliente dirección, sostenida en un magnífico trabajo de cámara, obtiene su culminación en el previsible y esperado tiroteo final, absolutamente prodigioso, merecedor de los mejores calificativos en un género consustancial a la historia del propio cine, muy dilatado por tanto en el tiempo y muy saturado de historias buenas, mejores y peores. Costner se apunta a la línea del western “sucio” marca Leone o Sam Peckinpah, realista, esto es, con tipos de pelos largos, dientes sucios, camisas arrugadas y pantalones remendados, de calles embarradas, olor a boñiga y pequeñas e irregulares ciudades de madera trazadas de manera vacilante en llanuras abandonadas. Costner maneja adecuadamente la tensión creciente del clima de enfrentamiento, carga las tintas de forma un tanto maniquea en la relación entre los protagonistas positivos y sus villanos oponentes, y compone un final glorioso, una de las mejores y más realistas y creíbles (tanto por las armas utilizadas, la estética y la forma del enfrentamiento, el sonido de los disparos, las heridas recibidas…) muestras de un tiroteo en el lejano Oeste comparable a los mejores momentos violentos del cine de Ford, Peckinpah o Leone, estremecedoramente emotivo, brutalmente salvaje. El tono solemne, casi fúnebre, de la segunda mitad del film, notablemente manejado por Costner, contribuye decisivamente a construir un western esquemático, fiel a las líneas maestras del género, pero muy visible y con un final emocionante. Continuar leyendo “Una parada en la caída: Open range (2003)”