Música para una banda sonora vital – Lili Marleen

Hans Leip, un soldado del ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, escribió en 1915 un poema a Lili, su joven novia hija de un tendero de ultramarinos, titulado Lili Marleen. Su apellido se dice que no era el auténtico, sino el nombre de la enfermera que lo atendió tras haber sido herido en combate. El poema, que narra cómo se despiden ambos bajo una farola junto al portalón del cuartel, fue convertida en canción por Norbert Schultze en 1937. Sin mucho éxito, fue el azar el que la salvó del olvido: escuchada con gusto en una grabación durante una reunión de un grupo de oficiales alemanes, al ser destinados éstos al Afrika Korps de Rommel la llevaron consigo y la convirtieron en himno del regimiento. Trasladados sus miembros conforme a los avatares de la guerra, la popularidad de la canción se extendió por todos los frentes y entre todos los ejércitos, siendo cantada en distintos idiomas por todos los contendientes, lo que la convirtió en la banda sonora oficiosa de la Segunda Guerra Mundial.

Presente en multitud de películas y poseedora de un indefinible aroma de triste melancolía, no ya por la historia que narra sino como vehículo de evocación de las vidas truncadas, rotas, desperdiciadas, que nunca llegaron a vivir escenas similares o que, simplemente, fueron sepultadas por la desmemoria de la guerra, sirve de comienzo musical, por ejemplo, a Mercenarios sin gloria (1968), de André de Toth, película en la que se narra cómo un grupo de proscritos dirigidos por un militar británico (Michael Caine), intentan volar unos depósitos de combustible vitales para la resistencia de las tropas alemanas en el norte de África.

Hans Leip murió el 6 de junio de 1983. Otro 6 de junio, de 1944, en las costas de Normandía transcurrió el acto de inicio del fin del conflicto armado más letal y dramático vivido por la Humanidad.

En la versión de la gran Marlene Dietrich, en un vídeo precisamente escogido para evitar imágenes de guerra o de carácter castrense, en recuerdo emocionado de las víctimas de todos los bandos.

El día más largo: momento crucial de nuestro presente

Los largos sollozos del otoño hieren mi corazon con monotona languidez (Paul Verlaine).

Estos versos sirvieron de mensaje cifrado a los aliados para advertir a la Resistencia europea de que se avecinaba el momento que llevaban un lustro esperando, del principio del fin de la Segunda Guerra Mundial, de la sangría que llevaba devastando Europa desde 1914 e incluso antes. Casi novecientos años después de que Guillermo el Conquistador cruzara el Canal de la Mancha con sus normandos y robara Inglaterra a los sajones, y apenas cuatro años después de que Hitler fracasara en esa misma invasión como habían fracasado antes Felipe II o Napoleón Bonaparte, tuvo lugar la operación militar más formidable de toda la Historia de la Humanidad: el traslado, esta vez haciendo el camino a la inversa, de más de tres millones de soldados y cientos de millones de toneladas de material en unas cuatro mil embarcaciones de todo tipo y con el apoyo de más de once mil aviones de combate, cientos de submarinos e incontables combatientes anónimos tras las líneas alemanas de la costa. El desembarco de Normandía, la operación Overlord, cuyo posible fracaso había sido ya asumido por escrito por los oficiales que la diseñaron (encabezados por Eisenhower, Montgomery o Patton, entre otros) en unas cartas ya firmadas que jamás vieron la luz hasta décadas más tarde, constituye un hecho de los más trascendentales de nuestra historia moderna. Primero, por la ubicación, ya que entre otros lugares para efectuar la operación entraban las costas españolas, con el fin de desalojar ya de paso a Franco (pero, curiosamente, fue Stalin quien se opuso por razones estratégicas y de urgencia, salvándole así el culo al dictador anticomunista), y además, porque los hechos que propició pusieron las bases de las modificaciones en el mapa de Europa que siguieron produciéndose durante décadas hasta convertirlo en el que conocemos hoy.

En 1962, el productor-estrella Darryl F. Zanuck, una de las piedras angulares del cine clásico americano, casi una leyenda, decidió llevar a la pantalla el novelón de Cornelius Ryan, adaptado por el propio autor, con una tripleta a los mandos de la dirección (Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki), para recrear de manera monumental y con un reparto de lujo hasta el mínimo detalle del desarrollo de la invasión de Europa el 6 de junio de 1944, el principio del fin del poder de los nazis en el continente. Con los épicos acordes de la pomposa música de ecos militares de Maurice Jarre (debidamente respaldada por los primeros instantes de la Quinta Sinfonía de Beethoven, tres puntos y una raya que en código trelegráfico identifican el signo de la victoria) y una maravillosa fotografía en blanco y negro ganadora del Premio de la Academia, la película recoge los largos prolegómenos de la invasión y las primeras horas de las tropas aliadas combatiendo en las playas de Normandía. Película de factura colectiva, adolece por tanto de una enorme falta de personalidad y se acoge al poder de lo narrado, apela continuamente a la épica y busca constantemente la trascendencia de frases de guión y encuadres superlativos, como forma de contrarrestar la frialdad y la distancia de una historia demasiado grande incluso para tres horas de metraje y que no puede ser contada de otra forma.

Con todas las carencias apuntadas en orden a su carácter impersonal, la película no carece de grandes momentos y de imágenes imperecederas. Continuar leyendo “El día más largo: momento crucial de nuestro presente”