Una concesión al blockbuster: Dos buenos tipos (The Nice Guys, Shane Black, 2016)

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Las historias de detectives ubicadas en la soleada California, en Los Ángeles, en el entorno de Hollywood, en las que los sabuesos se mezclan con la delincuencia de poca monta, el crimen organizado y los descartes humanos del gran negocio de las películas, viejas glorias de la pantalla, jóvenes aspirantes a todo, directores en horas bajas y productores sin escrúpulos, en enrevesadas y violentas tramas sembradas de despojos y cadáveres cuyas ramificaciones terminan por afectar a las mansiones de los ricos y los despachos de los poderosos, casi constituyen un subgénero propio, tanto en la literatura como en el cine. Shane Black retorna a sus orígenes como guionista de la saga Arma letal y recupera el registro de su debut tras la cámara, Kiss Kiss Bang Bang (2005), para construir una “película de colegas”, una buddy movie detectivesca ambientada en los setenta y repleta de acción y humor, en la que la desaparición de una joven y la muerte de una conocida actriz de cine porno acaban entretejiéndose en una compleja trama criminal que implica a la fiscalía, a los políticos y a la industria del automóvil de Detroit.

Puro cine comercial, sí, pero sin perder la gracia y con una encomiable labor subterránea de creación de personajes, de conformación de una dimensión personal bajo la aparente caricatura del bruto gracioso y más bien patético. Ellos son un Russell Crowe bastante envejecido y entrado en carnes, que interpreta a un matón, especializado en ahuyentar a todo tipo de depravados de la compañía de las jóvenes y virginales hijas de los millonarios de los barrios pudientes, que ejerce sin ninguna clase de licencia, y un sorprendente Ryan Gosling (que gesticula, se mueve y hasta resulta cómico), este sí detective privado en toda regla, cuyo lamentable ejercicio de la profesión solo es comparable a lo hilarante de sus clientes (por ejemplo, la anciana que le encarga la búsqueda de su marido, el cual está depositado, en cenizas, en la urna que hay sobre la chimenea…). En ambos, no obstante, pronto descubrimos zonas oscuras que tampoco resultan especialmente originales: uno se obliga a mantenerse abstemio, al tiempo que intenta pasar página del episodio que le llevó a convertirse en un héroe esporádico; el otro se recupera malamente de la muerte de su esposa, tras la que sobrevino el caos vital y profesional y la necesidad de cuidar a su pequeña hija, que se siente sola y desamparada. Continuar leyendo “Una concesión al blockbuster: Dos buenos tipos (The Nice Guys, Shane Black, 2016)”

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La casa del miedo (The House of Fear, Roy William Neill, 1945)

Holmes y Watson en el Canadá francés: La garra escarlata (Sherlock Holmes and the scarlet claw, Roy Willian Neill, 1944)

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Esta película pasa por ser una de las mejores, si no la mejor, de la larga saga detectivesca (casi docena y media de títulos en apenas algo más de un lustro) de Sherlock Holmes y el doctor Watson protagonizada por Basil Rathbone y Nigel Bruce, la mayor parte de las cuales están dirigidas por el director irlandés (aunque nacido en un barco en alta mar) Roy William Neill. En esta ocasión, los investigadores se desplazan al Canadá francófono para toparse con un misterio de tintes fantásticos y ocultistas que resulta ser mucho más mundano de lo que parece, aunque igualmente fascinante y escurridizo.

La extraña muerte de lady Penrose tiene lugar durante la visita que Holmes y Watson realizan a una sociedad ocultista de Québec, presidida precisamente por lord Penrose. Ambos se desplazan al lugar de los hechos, un tranquilo pueblecito donde pesa demasiado el recuerdo de una vieja leyenda que trata de un espectro de los páramos que años atrás acabó con la muerte de tres personas al mismo tiempo que sonaba la campana de la iglesia. Se da la circunstancia de que la muerte de lady Penrose ha tenido lugar al pie del campanario, que esa noche la campana no dejó de sonar. Así, Holmes y Watson se dan de bruces con un pueblo supersticioso, temeroso de espíritus y espectros, en especial de una especie de ánima fosforescente que se rumorea que pasea por los nebulosos páramos de los alrededores en las noches en que se producen muertes inexplicables.

Como siempre ocurre con los títulos de esta serie, los puntos fuertes de la cinta son las interpretaciones de la pareja protagonista, así como la relación entre sus personajes, el continuo contrapunto que mezcla lo humorístico y lo bufonesco con el choque de caracteres, temperamentos y actitudes racionales ante los hechos a los que se enfrentan. A esto hay que añadir el sello personal del director, Roy William Neill, su inmensa capacidad para narrar argumentos complejos en metrajes muy breves (en este caso apenas 74 minutos) y a un ritmo endiablado aunque meticuloso y muy preciso, además del trabajo de fotografía y de puesta en escena para la construcción de atmósferas turbias, intrigantes, amenazantes, misteriosas, que en esta película alternan los interiores urbanos y las localizaciones callejeras de un pequeño núcleo urbano rural con los entornos campestres, de pantanos y marismas cubiertos de sepiternas nieblas. Continuar leyendo “Holmes y Watson en el Canadá francés: La garra escarlata (Sherlock Holmes and the scarlet claw, Roy Willian Neill, 1944)”

Música para una banda sonora vital (Crimen imperfecto, 1970)

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Con toda seguridad, Fernando Fernán Gómez y José Luis López Vázquez componen el par de enfermeras más estrafalarias y anti-eróticas de la Creación en Crimen imperfecto, parodia del género de detectives, a ratos (casi todos) lamentable, patética, y por instantes no exenta de gracia, por destellos hasta hilarante, dirigida por Fernán Gómez en 1970. Con toques de psicodelia pop, trama imposible y giros absurdos, la película satiriza algunos de los lugares comunes de las historias detectivescas en torno a desfalcos empresariales e infidalidades matrimoniales, y pretende subvertir con su conclusión la relación Holmes-Watson-Lestrade, dando énfasis al trabajo de la policía por encima de las meteduras de pata de Salomón y Torcuato, los investigadores de pacotilla.

Pero, como no puede ser de otra manera en el cine español de aquella época, especialmente de aquel nacido con vocación pseudo-cómica, la música, nuevamente firmada por Antón García Abril, cobra vital importancia para subrayar el conjunto, en este caso con un tema tan “pegadizo” como propio de cualquier alcaldesa que haga sus pinitos en la lengua de Shakespeare. Horrible.

El juego del ratón y el gato: Muerte en el Nilo

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Agatha Christie es una inagotable fuente de inspiración para el cine. Sus novelas de misterio son referencia directa de una buena cantidad de adaptaciones cinematográficas y también el origen de múltiples imitaciones. En esta ocasión es John Guillermin, discreto director británico autor de clásicos menores como El robo al Banco de Inglaterra, El Cóndor, El coloso en llamas o las dos partes del moderno King Kong anterior a Peter Jackson, quien adapta de una manera bastante fiel la novela del mismo título, una de las más famosas de su autora, en la que el detective belga Hercules Poirot es esta vez el encargado de desenmascarar al autor del asesinato de una joven millonaria en un crucero fluvial por el Nilo.

La fidelidad al texto original, tan reclamada a veces cuando se desvirtúan obras inmortales y se devalúan al ser convertidas en películas convencionales y ramplonas, es quizá esta vez el mayor problema de la cinta. Todas las películas basadas en obras de Agatha Christie son traslaciones perfectas de las trampas narrativas de la escritora a la hora de esbozar sus intrigas. En el mundo de las imágenes, estas trampas resultan aún más llamativas y, por desgracia, juegan en contra del objeto de la película: el suspense. Porque, evidentemente, el episodio introductorio, el preludio inglés en el que la joven posteriormente asesinada (Lois Chiles) rivaliza con una amiga (Mia Farrow) por el amor de un atractivo joven (Simon MacCorkindale, hoy perdido en telefilmes baratos pero durante un tiempo archifamoso por su aparición en teleseries como Falcon Crest) y la posterior persecución a la que Farrow somete a los recién casados a través del Mediterráneo y Egipto, quizá exponga demasiado abiertamente y permita presuponer el desenlace de la trama a medida que avanza el metraje (unas dos horas y cuarto). Obviamente, si una película contiene una introducción narrativa de unos diez minutos con sólo tres de los personajes antes de presentar al resto de sospechosos, por más motivos que éstos tengan para cometer el crimen, se nos está proporcionando demasiada información desde un punto de vista parcial a la hora de establecer una verdadera intriga. Una decisión arriesgada que, si bien permite sospechar con demasiados indicios acerca del whodunit (el quién lo hizo) al menos dispara las elucubraciones del espectador en cuanto al howdunit (cómo lo hizo).
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