La tienda de los horrores – Drácula contra Frankenstein (Jesús Franco, 1971)

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Concebida como particular homenaje de Jesús Franco a los terrores que en su juventud le inspiraran las cintas de horror de la Universal, haciendo acopio de atmósferas, motivos, entornos y personajes y pasándolos por el filtro del erotismo y de sus obsesivas aproximaciones al concepto de dominación, Drácula contra Frankenstein (1971) apenas supera la categoría de engendro infumable. Desconcertante, caótica, incoherente, caprichosa, gratuita, la película, producto de alguna clase de antojo de carácter intestinal, obvia cualquier idea de lógica narrativa o de respeto a sus fuentes de inspiración, ya sean literarias o cinéfilas, para conformar un artefacto amorfo, arrítmico, con escasos diálogos, que pretende envolver e impresionar con una sucesión de estampas vampírico-terroríficas y un catálogo de excesos sanguíneo-sexuales (metafóricamente hablando), pero que no cubre los mínimos exigibles de dignidad y decencia que permitirían considerar como cine de miedo una obra que supone más bien una involuntaria ridiculización del género, una caricaturización inconsciente de sus máximos puntales.

1. La premisa es delirante: después de unos cuantos episodios en los que Drácula (el suizo Howard Vernon, un clásico del cine de Jesús Franco) y sus acólitas vampiras de buen ver (que no se sabe quiénes son ni de dónde salen) chupan la sangre a unas cuantas buenas mozas del pueblo, el doctor Seward (el primer personaje literario cuya esencia se salta Franco a la torera, interpretado por Alberto Dalbés) se llega al castillo de Drácula como Pedro por su casa, localiza la cripta, el ataúd, y le clava una estaca (estaquita, más bien) que reduce al monstruo a la categoría de murciélago raso. Pero claro, Seward no cuenta con que el doctor Frankenstein (¡) llega hasta allí para resucitar al conde gracias a una transfusión de sangre procedente de una cantante de cabaret (¡¡) que ha secuestrado Morpho (el inefable Luis Barboo), su secuaz. Ya puestos, Frankenstein (Dennis Price), que se ha hecho acompañar por su famoso monstruo (posiblemente la recreación más patética que ha visto el cine de la criatura de Mary Shelley), toma una decisión: junto a Drácula, las vampiras, el monstruo (Fernando Bilbao), Morpho y el Hombre Lobo (Brandy), que pasaba por allí, decide crear un ejército del mal para dominar el mundo. Toma ya.

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2. Este espectacular cagarro se construye sobre la habitual precariedad de medios del cine de Jesús Franco (repetición de tomas de transición, lo cutre del acabado, el poco talento para aprovechar las escasas escenografías disponibles, los lamentables efectos especiales -esos murciélagos voladores cuyos cables se ven claramente, por no hablar del maquillaje, con las cicatrices del monstruo pintadas con rotulador rojo…), sin ninguna intención de seguir un hilo narrativo medio normal, con un carrusel de imágenes sensacionalistas que mezclan terror y erotismo (apariciones súbitas de rostros terribles en la ventana, succiones de sangre que semejan coitos o violaciones, insinuaciones de lesbianismo entre la vampira y su víctima, etc.), que se pasan por el bajo vientre los referentes literarios que utiliza de forma bastarda, y con un guion que camina hacia el más absoluto despropósito con situaciones inverosímiles, personajes risibles y comportamientos inexplicables que sirven para desmantelar los planes del maléfico doctor. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Drácula contra Frankenstein (Jesús Franco, 1971)”

La tienda de los horrores – William Beaudine

Gracias a Tim Burton y a su excepcional película de 1995, para el gran público es Ed Wood el que ha pasado a la categoría de peor director de cine de todos los tiempos. Sin embargo, sería preciso a nuestro juicio echar mano de la photo-finish para determinar el orden de prelación en caso de poner a competir las películas de Wood con las de William Beaudine, extraordinariamente prolífico y longevo cineasta nacido en 1872 que se anota en su carrera alguno de los engendros más inexplicables de la historia del cine.

Quizá Beaudine no haya alcanzado la fama de Ed Wood porque en su carrera presenta baches de calidad e interés. Vamos, que no todo fue una basura, al menos al principio. Beaudine se labró fama en el antiguo Hollwyood mudo gracias a su enorme pericia para filmar una gran cantidad de películas en tiempo récord y por presupuestos ajustadísimos. Eso lo llevó a trabajar con importantes estudios y con estrellas de relumbrón, como Mary Pickford (por ejemplo en Gorriones, de 1926) o con el cómico, afamado por entonces y olvidado hoy, Leo Gorcey, con quien estrenó varias comedias como La casa encantada (1943), película que contaba además de con Bela Lugosi (al igual que Ed Wood, Beaudine contó en múltiples ocasiones con el actor húngaro para sus repartos), con una jovencísima debutante que empezaba a hacer sus pinitos en eso del cine, una tal Ava Gardner…

Estos “prometedores” inicios se truncaron cuando Beaudine vio en el cine barato de terror y de ciencia ficción el filón preciso para continuar con su ritmo acelerado de producción y filmación, lo que dio lugar un sinfín de bodrios, una auténtica catarata que, en efecto, le hace sombra al mismísimo Wood: The ape man (1943), Voodoo man (1944), las dos protagonizadas por Bela Lugosi, la serie del personaje de Kitty O’Day, con Jean Parker, y alguna pequeña incursión en el western y en el cine negro de bajo, bajísimo, subterráneo presupuesto.

Pero si merece un lugar entre lo peor de lo peor, si se ha hecho acreedor de un lugar de honor en el escaparate principal de esta tienda de los horrores, es principalmente por tres de sus títulos (sin excluir del todo El retorno del dragón, codirigida por Beaudine y protagonizada por Bruce Lee), a cual más impresentable, bizarro y macarra:

1) Bela Lugosi meets a Brooklyn gorilla (1952): la relevancia del actor en el ¿argumento? de la película es tal que incluso lo presenta directamente en el título, en esta cosa que parece lo que se le hubiera ocurrido a los directores de King Kong de haber sufrido algún tipo de apoplejía cerebral severa durante el rodaje de su famoso clásico, mezclado con el tema del “científico loco”.

2) Billy the Kid versus Dracula (1966): improbable encuentro con Chuck Courtney como pistolero y John Carradine como vampiro. Tremendo subproducto tan tan infumable que hay que verlo para creerlo, y que hará las delicias de todo espectador freak que se precie.

3) Dentro de la misma fórmula, digamos que para explotar el “éxito” de la misma, Jesse James meets Frankenstein’s daughter (1966), con Estelita Rodríguez en el reparto de esta mamarrachada que une al famoso bandido sureño con la hija de Frankenstein inspirada en la obra de James Whale.

William Beaudine vivió mucho, nada menos que hasta 1970 (tenía 98 años en el momento de su muerte), y, lamentablemente, como puede verse, siguió trabajando prácticamente hasta el final (no descartamos que sus películas guarden directa relación con el hecho de haber pasado al otro barrio). Vamos a ahorrarnos su sentencia y su condena porque no se nos puede ocurrir nada peor, más sangrante, más punitivo, que filmar y visionar sus propias películas.

Descanse en paz… Pero bien lejos.

La tienda de los horrores – Barbarella

Atención, atención: nos encontramos en el año 40.000 con una heroína espacial, Barbarella (Jane Fonda) camino del planeta Lythion, en el que experimentará extrañas aventuras plagadas de riesgo y amenazas, no sólo mortales sino también sexuales… En este contexto, la protagonista pronuncia inmortales frases para la posteridad como éstas:

Tengo que quitarme este rabo.

Parlez vous français?

¿Quiere decir que viven en un estado de irresponsabilidad neurótica?

Aparte de referencias a “técnicas” sexuales como el “coito manual”, por ejemplo…

El caso es que nos encontramos ante el mayor engendro que la unión de cine erótico y la ciencia ficción de serie B han regalado al mundo, Barbarella, infumable pestiño dirigido en 1967 por Roger Vadim, vehículo para la venta al por menor de las ajustadas, apretadas, embuchadas curvas de una Jane Fonda, musa del director por aquellas fechas, que intentaba ser o a la que intentaban presentar como como una sex-symbol a la americana alternativa a los modelos clásicos, pero que en realidad era demasiado parecida físicamente a su padre -de hecho es su padre con pelo largo, como si al bueno de Henry Fonda le hubieran puesto una peluca y lo hubieran vestido de reinona del carnaval de Tenerife- como para despertar según qué instintos.

Todo valor contracultural y contestatario de la película puesta en su contexto temporal, así como toda vocación de erigirse en monumento al naciente Pop-Art, quedan hoy tan pasados de moda, tan trasnochados, han envejecido tan mal, que la supervivencia de este petardo fílmico como película de culto solamente puede entenderse como producto de una época en la que, si así lo quieren los gurús de la publicidad, cualquier cosa puede convertirse en obra de culto si permite el chorreo constante de dólares en la caja. En este punto, la trama es lo de menos: Barbarella, que transita por el espacio en una nave que bien podría asimilarse a la cabina de un peep-show, en la que los chismes tecnológicos y la “decoración” parecen más una acumulación de objetos sexuales y una puesta en escena para voyeurs siderales, es reclutada para detener la principal amenaza para la galaxia: un demonio llamado Durand-Durand (y eso que no habían sacado discos todavía…), que por lo visto anda conspirando desde el planeta Lythion para no se sabe muy bien qué, pero en cuyos propósitos tiene un lugar eminente la utilización de algo llamado “rayo positrónico”.

Este argumento, que no tiene ni pies ni cabeza en su planteamiento ni conserva un mínimo de lógica expositiva en su desarrollo y conclusión, viene “amenizado” por la continua y constante carga erótica en distintas versiones (lésbica incluida) para el lucimiento de la anatomía de Fonda y de otros maniquíes ligeros de ropa que se supone deben despertar la libido del espectador. Sin embargo, el resultado parece más bien producto de la aspiración de distintas sustancias psicotrópicas, de la ingestión de mucho alcohol mezclado con queroseno, y del fumeque de gomas de borrar y fibras de tabaco, marihuana, hachís y cualquier otra cosa fumable cuyo efecto en el cerebro consista en el licuado y emborronamiento. Mucho más allá de la cutrez intrínseca de las obras de ciencia ficción de los cincuenta que manifestaban su carácter de serie B en la escasez de medios pero que a menudo sorprendían por la fuerza de algunas escenas o por la doble lectura contextual de sus exiguos guiones, en la película de Vadim parece haber una vocación indiscutible por la vulgaridad alucinatoria, el surrealismo involuntario (la nave espacial con forma de dromedario), los caprichos narrativos y la abundancia de tripis, anfetas y otras drogas, duras y blandas, entre el público. Por no respetar, ni siquiera respeta el encanto del tebeo de culto que da origen a la película y en el que, sin pretensiones, se ofrecían aventuras con carga sexual.

Los colores chillones, la sobreabundancia del plástico y de la felpa por todas partes, los penosos efectos especiales (cutres, cutres, cutres, como si se hubieran hecho en la España de entonces), son el marco en el que Jane Fonda trota cochineramente en una sucesión de episodios inconexos, se supone que con doble -y hasta triple- contenido sexual subliminal, mientras se cruza con pintorescos personajes a cada cual más cretino o imbécil -Pygar, el angelote medio en bolas; La Gran Tirana (Anita Pallenberg), que quiere llevarse al huerto a Barbarella; el Profesor Ping (interpretado por el mimo Marcel Marceau, que no se sabe cómo acabó en esta mierda, como tampoco se sabe por qué Ugo Tognazzi se prestó a aparecer en ella)- en un mundo que parece construido con los descartes de decoración de una desquiciada fantasía de José Luis Moreno.

El personaje de Fonda, a caballo entre la ingenuidad más virginal y la desinhibición más descarada, resulta hortera a más no poder pero, resultón como encarnación hippie de una parodia sideral de James Bond, que al igual que él intenta vencer al mal regalando paz y amor -esto es, acostándose con todo bicho viviente-, es lo más rescatable de una película penosa que convierte a Ed Wood en un cineasta de categoría. Necesitada de la complicidad estupefaciente del espectador, la película es involuntariamente surrealista, no se puede creer si no se ve, está a la altura de subproductos que jamás debieron existir, como Xanadu o las películas de Britney Spears, Mariah Carey o las Spice Girls, pero resulta tan mala, tan abominable, tan absurda, tan ridícula, que si se tiene la oportunidad es imperdonable no verla. Eso sí, para reírse con ella, para no terminar arrancándose el cuero cabelludo con las uñas o amputándose las partes más blandas del cuerpo, es imprescindible el dopaje en grandes dosis…

Acusados: todos
Atenuantes: ninguno
Agravantes: su apología de lo bizarro, su carácter descerebrado, su vocación seria cuando ni siquiera da para parodia
Sentencia: culpables
Condena: un paseo espacial muy muy largo sin dotar al traje del habitáculo para la recogida de los residuos orgánicos del astronauta…

Mis escenas favoritas – Ed Wood

Ed Wood es una de las mejores comedias de los noventa, con toda probabilidad, la mejor película de Tim Burton, el mejor trabajo de Johnny Depp y una de las mejores interpretaciones de todos los tiempos para un actor de reparto, Martin Landau como Bela Lugosi. En su versión original permite apreciar la increíblemente maravillosa labor de Landau para caracterizar a su personaje con el acento húngaro del Lugosi real. La versión doblada, no obstante, aunque devalúa, como siempre, el trabajo del actor de origen, no hace perder ni un ápice del sentido al tiempo cómico y patético de esta escena cargada de fuerza que retrata a la perfección la demencial decadencia de uno de los más célebres juguetes rotos del Hollywood clásico.