Cine de papel: La vida caprichosa, de Antonio Fernández Molina (Libros del Innombrable, 2003)

Resultado de imagen de edward hopper cinema

En el cinematógrafo

En aquel cinematógrafo las patas de las butacas tenían forma de piernas de mujer. Me dediqué a arrancarlas y a tirarlas fuera. A los empleados no les gustaba, pero no dijeron nada. Estuve tentado de volverlas a su sitio, pero, pensando que podía verme una amiga y creer que eran volubles mis sentimientos, me contuve. Desde entonces, cuando voy al cine, si pongo una mano encima de una pierna no la arranco.

(Texto: Antonio Fernández Molina. La vida caprichosa. Antología de cuentos y relatos. Libros del Innombrable, 2003. Pintura: The Sheridan Theatre, Edward Hopper, 1937).

Anuncios

Cine en fotos – The New York movie (Edward Hopper, 1939)

hopper.ny-movie_39¿Dedicaríamos tanto tiempo a su cuadro si fuera perfecto? ¿Era Hopper un realista, o estaba soñando mientras pintaba este cuadro? ¿Dormíamos en el cine en aquellos días? ¿Queríamos todos nosotros perdernos?

Es una pintura sobre un cine en funcionamiento, pero hay cosas que están mal. Está ese fragmento de una pantalla en blanco y negro -no realmente en blanco y negro, sino en gradaciones de luz plateada- en el margen de un cuadro rico en color. Están las cortinas rojas, escarlata, al pie de la escalera; están las lámparas color de rosa; hay un destello en el pasamanos de metal próximo a las butacas; el traje de la acomodadora es azul medianoche; y es una rubia tan luminosa que quizá debería estar en las películas.

Todo ese soberbio color necesita luz, y lentamente nos damos cuenta de que casi todas las luces están encendidas en este cine, y quizás incluso algunas que nunca tuvo. Con una película proyectándose, habría gritos para apagar las luces. La oscuridad es lo primero que los espectadores necesitan. Y el cuadro es especialmente silencioso.

¿Qué ha hecho Hopper? Sabemos que él iba al cine; mientras vagaba por la ciudad pasó horas en las salas, por el mero hecho de ir y para planear obras como esta. Pero ha dejado las luces encendidas, cuando hubiese podido pintar la verdadera oscuridad con la misma facilidad. Podemos imaginarlo: la composición podría ser un poco diferente, pero todos los detalles visibles -la mejilla del hombre en la platea, el cabello de la acomodadora- podrían depender de la luz reflejada de la pantalla, ese derrame plateado. Entonces la pintura sería la oscuridad con esos fragmentos de atención humana flotando en la penumbra, en vez de un cuadro que es como la medianoche fotografiada a mediodía, o como una sala de cine que está siendo soñada.

(…)

Pero no nos olvidemos de la acomodadora, esa rubia intrigante. ¿Está escuchando? ¿Soñando? ¿Dormida? ¿Terriblemente cansada o embelesada? Aún adoro la forma en que se apoya contra la pared, testigo de un milagro, casi ajena pero secretamente atenta. Ella podría decirnos, si algún cítico de cine le preguntase, que “hecho por” siempre tenía que incluir al sistema, a la industria, a Hollywood, a la sala de cine, a la oscuridad. Así que dejemos que su luz se apague por fin, para que pueda encontrar su discreto camino de vuelta a la pantalla a la que pertenece.

La verdadera historia de Hollywood (David Thomson, 2004. T&B Editores, 2008).

 

John Ford, pintura en fotogramas


Edward Hopper. El faro de Two Lights.

Durante su infancia, en Portland (Maine), John Fenney (más conocido años más tarde como John Ford) pudo disfrutar de la amistad y la compañía del pintor americano Winslow Homer (nada que ver con el Homer de Springfield…). En sus pinturas encontraría décadas después la inspiración para la magnífica composición de sus escenarios rurales, campestres, navales y náuticos. En compañía de Winslow descubrió la obra de otros grandes pintores norteamericanos (Edward Hopper, Frederic Remington, Charles M. Russell) en los que halló la inspiración directa de lo que en el futuro sería el reconocido talento del director norteamericano para el encuadre y la recreación de atmósferas, especialmente para sus westerns.

Homer Winslow

Frederic Remington

Charles M. Russell