El juego del ratón y el gato: Muerte en el Nilo

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Agatha Christie es una inagotable fuente de inspiración para el cine. Sus novelas de misterio son referencia directa de una buena cantidad de adaptaciones cinematográficas y también el origen de múltiples imitaciones. En esta ocasión es John Guillermin, discreto director británico autor de clásicos menores como El robo al Banco de Inglaterra, El Cóndor, El coloso en llamas o las dos partes del moderno King Kong anterior a Peter Jackson, quien adapta de una manera bastante fiel la novela del mismo título, una de las más famosas de su autora, en la que el detective belga Hercules Poirot es esta vez el encargado de desenmascarar al autor del asesinato de una joven millonaria en un crucero fluvial por el Nilo.

La fidelidad al texto original, tan reclamada a veces cuando se desvirtúan obras inmortales y se devalúan al ser convertidas en películas convencionales y ramplonas, es quizá esta vez el mayor problema de la cinta. Todas las películas basadas en obras de Agatha Christie son traslaciones perfectas de las trampas narrativas de la escritora a la hora de esbozar sus intrigas. En el mundo de las imágenes, estas trampas resultan aún más llamativas y, por desgracia, juegan en contra del objeto de la película: el suspense. Porque, evidentemente, el episodio introductorio, el preludio inglés en el que la joven posteriormente asesinada (Lois Chiles) rivaliza con una amiga (Mia Farrow) por el amor de un atractivo joven (Simon MacCorkindale, hoy perdido en telefilmes baratos pero durante un tiempo archifamoso por su aparición en teleseries como Falcon Crest) y la posterior persecución a la que Farrow somete a los recién casados a través del Mediterráneo y Egipto, quizá exponga demasiado abiertamente y permita presuponer el desenlace de la trama a medida que avanza el metraje (unas dos horas y cuarto). Obviamente, si una película contiene una introducción narrativa de unos diez minutos con sólo tres de los personajes antes de presentar al resto de sospechosos, por más motivos que éstos tengan para cometer el crimen, se nos está proporcionando demasiada información desde un punto de vista parcial a la hora de establecer una verdadera intriga. Una decisión arriesgada que, si bien permite sospechar con demasiados indicios acerca del whodunit (el quién lo hizo) al menos dispara las elucubraciones del espectador en cuanto al howdunit (cómo lo hizo).
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‘Julio César’: Shakespeare, Mankiewicz y Brando

Cuando Julio César, según la tragedia de William Shakespeare pero en circunstancias muy similares a las leyendas que el pueblo de Roma contó durante siglos, acudía al Circo Máximo para los festejos durante los cuales le sería ofrecida la corona de rey, un viejo y ciego augur le gritó desde el público: ¡¡¡ GUÁRDATE DE LOS IDUS DE MARZO !!! El anciano se refería, según la cronología actual, al periodo que comprendían los días 13 al 15 del mes, en este caso marzo del año 44 antes de nuestra era, y César, que despreciaba tanto a sus rivales de entonces que incluso infravaloraba las amenazas que pudieran surgirle de ellos, respondió que ya estaban en los Idus y que nada le había ocurrido. “Sí, pero los Idus aún no han terminado”, añadió el ciego. Y como todos sabemos, acertó.

El extraordinario director, guionista y productor Joseph Leo Mankiewicz adaptó en 1953 la magistral tragedia compuesta por William Shakespeare y realizó una magnífica película en la que se dan la mano la Historia, la leyenda, la mejor Literatura y un conjunto de interpretaciones soberbias, excelentes, inigualables, que sin duda merecerían ser objeto de análisis minucioso en cualquier escuela de arte dramático. Shakespeare y Mankiewicz tienen, en primer lugar, el enorme acierto de situar la trama en el momento más preciso. Ni la película hace un panegírico de la figura de César, uno de los personajes más importantes de la Historia de la Humanidad (inventor entre otras cosas de la burocracia, en especial de la parlamentaria y presupuestaria), gran político, filósofo, militar, humanista y literato, generoso con sus amigos y más aún con sus enemigos, ni se pierde en innecesarios epílogos que recojan los avatares del Segundo Triunvirato y las luchas entre Octavio y Marco Antonio. La película comienza precisamente en los festejos en los que César, sabio manipulador de las masas, rechazará por tres veces la corona de rey que le ofrezca el Senado, obligado a ello por un pueblo que adora al dictador (surgido de una familia de la aristocracia agraria, pero pobre como casi todos ellos) y que es escéptica frente a los aristócratas y burgueses del Senado. La película nos muestra el complot para libertar a Roma del tirano, la gestación de la conjura, con Casio a la cabeza, y las dudas de Bruto, que finalmente se entregará en cuerpo y alma por el futuro de Roma. Avanza con el asesinato de César y por los acontecimientos posteriores que sacudieron a la capital del mundo, desde la gestación del Segundo Triunvirato (el Primero lo formaron César, Craso y Pompeyo) por Marco Antonio, Lépido y Octavio (magistral también la escena en la cual los tres se reúnen en la mesa de César ante su silla vacía para elaborar el reparto de poder en la futura Roma, y Brando, al final de ella, tras haber despachado al anciano Lépido y al enfermizo, aunque inteligentísimo y prudente, Octavio -fue de hecho quien terminaría años más tarde quedándose con todo en una maniobra maestra- se deja caer en la silla del dictador, marcada con el águila que Octavio convertirá en imperial bajo el nombre de Augusto), hasta el ostracismo de los asesinos, su rebelión militar en el oriente del imperio, su derrota definitiva en Filipos ante Marco Antonio y Octavio y la muerte de los conjurados.
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