Mis escenas favoritas – Matrimonio de conveniencia

La filmografía del australiano Peter Weir vale mucho la pena en su conjunto. Películas rentables y con buenas críticas vienen acompañadas de productos más comerciales, populares e irregulares, en una carrera cuyos altos (como La última ola, Gallípoli o El año que vivimos peligrosamente, las tres hechas en Australia) vienen compensados con algún que otro bajo, casi todos hechos en Hollywood. Es el caso de Matrimonio de conveniencia (Green card, 1990), cuya trama, muy previsible, está de vez en cuando sembrada de momentos estimables, como la secuencia del piano, con Depardieu machacando su curiosa música experimental…

Un amor convulso: El año que vivimos peligrosamente

Guy Hamilton (Mel Gibson, cuando todavía intentaba ser actor) es un joven periodista australiano que por vez primera ha conseguido un destino fuera de la redacción, nada menos que la agitada Indonesia en plena rebelión comunista contra el presidente-dictador Sukarno. Desorientado e inexperto, es acogido por Billy Kwan (Linda Hunt, caso extraordinario de Oscar a la mejor actriz de reparto por la interpretación de un personaje masculino), un fotógrafo chino-australiano que se siente íntimamente atraído por él y que se encarga de ponerle al tanto de la situación y de que conozca a los personajes clave del lugar. Junto a Kwan observa los acontecimientos del país, se apunta sus primeros tantos en sus crónicas y comparte su tiempo de ocio con otros corresponsales extranjeros, normalmente en los bares de los hoteles o en las fiestas de las embajadas. En una piscina conoce a Jill (Sigourney Weaver), una empleada de la embajada británica que pasa sus últimos días de destino indonesio antes de regresar a Londres, una mujer muy especial de la que se enamora.

Esta coproducción australiano-estadounidense dirigida por Peter Weir en 1983 constituye un sólido y absorbente drama impregnado de aires clásicos que mezcla romance, intriga política, acción, historia y periodismo, elementos mezclados con fuerza, honestidad, buen pulso narrativo y notable pericia técnica. La película recoge con gran acierto visual la atmósfera repleta de tensión del convulso sudeste asiático de la década de los sesenta (además de los propios hechos acaecidos en Indonesia, son constantes los ecos de lo que lleva tiempo fraguándose en Indochina), pero al mismo tiempo conserva cierta sensibilidad propia del documental a la hora de reflejar el modo de vida de los nativos, especialmente en las zonas suburbiales más deprimidas, así como para enfocar las simulaciones de los distintos sucesos protagonizados por las masas en la Yakarta de 1965.

Temáticamente, la película aborda de manera poliédrica distintas cuestiones, todas ellas tratadas con criterio y profundidad gracias al espléndido guión, obra del director y del autor de la novela, C.J. Koch. Además de una apasionada historia de amor enclavada en un marco de peligro constante, especialmente para la vida de los ciudadanos extranjeros, la película retrata con rigor los entresijos del trabajo periodístico de un enviado especial a un clima de incertidumbre social sobre el que planea el fantasma de la guerra civil, en un tiempo en que todavía se usaban las máquinas de escribir y la información no viajaba en décimas de segundo de punta a punta del mundo. Por otro lado, la película ofrece también el lado humano de los profesionales, de periodistas y técnicos alejados de sus casas que viven en una prácticamente total soledad el tiempo que no están trabajando, acompañados de otros solitarios extranjeros como ellos o aprovechándose de las “ventajas” que les proporciona su estatus y su salario en un país del llamado Tercer Mundo, ya sean legales (comidas, cenas y copas en los mejores locales), ya sean comerciando en los bajos fondos (drogas, prostitución, abuso de menores). Ello proporciona otra lectura interesante, las relaciones entre las clases adineradas del país, los extranjeros acomodados, y el abismo que su sociedad clasista separada de la hambrienta realidad del país supone con respecto a quienes alimentan el clima de rebelión, ya sean los comunistas auspiciados por China o los musulmanes apoyados desde Oriente Medio. Este aspecto es clave para entender la evolución del personaje de Kwan, entregado a los logros de Sukarno al comienzo de la película, cada vez más escéptico y crítico según avanza su metraje hasta la eclosión final de su compromiso con la democracia y la libertad. La película, en última instancia, también es una reflexión acerca del tratamiento que los gobiernos, los medios y el público occidental dan a los acontecimientos políticos o bélicos en los países subdesarrollados, a las muertes subsidiarias, residuales, convertidas en meras cifras, que se producen en ellos y que en muchas ocasiones son resultado de influencias occidentales ocultadas por los gobiernos, ignoradas deliberadamente por la prensa y, por tanto, desconocidas por unos ciudadanos que no pueden ejercer así sus derechos o exigir responsabilidades relativas a política exterior.

Acompañada por la espéndida música de Maurice Jarre y Vangelis (no acreditado), la cinta contiene algunas imágenes imborrables, como la carrera de Jill y Guy bajo la lluvia torrencial para refugiarse en su coche o la manifestación que filma Kwan subido en los hombros de Guy y que casi les cuesta la vida. Fenomenalmente interpretada, especialmente por Hunt, sin olvidar a un Gibson que intentaba salirse de los esquemas de tipo duro en los que estaba encasillándose a marchas forzadas ya entonces, la película destila por igual una emotiva sensibilidad y un fuerte compromiso con la libertad de prensa, la democracia y la rebeldía, aunque, y esta es una gran virtud, no la limita al hecho histórico de la situación indonesia a mediados de los sesenta, sino que la extiende a las actitudes de los medios de comunicación, del público y, a través de él, de los gobernantes de los países occidentales.

Un drama romántico directamente inspirado en fuentes clásicas (historia de amor en un mundo de tintes exóticos a punto de derrumbarse) bellamente filmado, una historia poderosa cuyas implicaciones emocionales van mucho más allá del simple romance, que abarcan el amor, la amistad, la política, el sentido de la vida y el carácter gratuito de la muerte en función de las azarosas circunstancias que nos rodean, especialmente si somos habitantes del mundo más desfavorecido.