Coctelera de terrores: El ataúd (The oblong box, Gordon Hessler, 1969)

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La productora American International Pictures nació en 1954 y desde el principio se orientó a la producción de películas de bajo presupuesto y corta duración que pudieran nutrir los programas dobles. En la línea de los éxitos de la Hammer británica y su cineasta más celebrado, Terence Fisher, la AIP dedicó gran parte de sus esfuerzos a la producción de películas de terror y encontró a Roger Corman a su propio director fetiche, en particular, a través de su serie de adaptaciones de la obra de Edgar Allan Poe protagonizadas por Vincent Price. El tiempo, la repetición y el agotamiento de la fórmula irían desgastando paulatinamente este tipo de propuestas, pero a finales de los sesenta y principios de los setenta todavía era posible encontrar pequeñas joyas y absolutas rarezas de este terror de serie B. Una de estas últimas es El ataúd (The oblong box, Gordon Hessler, 1969), que no solo parece un compendio de los temas y las formas que tanto la Hammer como la AIP imprimieron a sus respectivos productos, sino que además se alimenta de una recopilación tan exhaustiva de motivos y situaciones de las películas de horror que se la puede considerar un catálogo-homenaje. En El ataúd hay reminiscencias del monstruo de Frankenstein, de Drácula, del hombre-lobo, de Mr. Hyde, del fantasma de la Ópera, de los clásicos de zombis de los años treinta, del sello de terror de Val Lewton en la RKO, de Alfred Hitchcock y de las tramas clásicas del psicópata de turno asesino de mujeres, además de las propias de Edgar Allan Poe, el autor del cuento en que se basa el guion.

La mixtura entre AIP y Hammer queda patente desde el reparto. Vincent Price interpreta a Julian Markham, un aristócrata británico de la época victoriana que mantiene encerrado a su hermano Edward (Alister Williamson) en una torre de su mansión después de que este regresara grotescamente desfigurado de un viaje a África. Christopher Lee (acreditado como “estrella especial invitada”), por su parte, da vida al doctor J. Neuhartt, un hombre de ciencia que realiza sus investigaciones con cadáveres que obtiene de los ladrones de tumbas. Un grupo de turbios amigos de Edward, con la colaboración de un hechicero africano, trama un plan para que el prisionero pueda fingir su muerte y sea enterrado vivo, para su posterior rescate y liberación y que pueda ser operado y reconstruido de las terribles heridas que le obligan a cubrir su rostro con una capucha roja. La casualidad quiere que los ladrones de tumbas le metan mano a la de Edward antes de que sus compinches accedan al cementerio para salvarlo, de manera que el falso cadáver termina en poder de Neuhartt. El intento de huida de Edward degenera en una espiral de violencia y crímenes y en una investigación policial a la busca y captura de un asesino en serie. Continuar leyendo “Coctelera de terrores: El ataúd (The oblong box, Gordon Hessler, 1969)”

La tienda de los horrores – Barba Azul

Madre del amor hermoso… Hasta directores clásicos con una carrera salpicada de títulos apreciables que han posibilitado su paso a la posteridad y su reconocimiento por parte del gran público tienen pequeños horrores que esconder en lo más hondo de sus filmografías. Es el caso de Edward Dmytryk, que en una trayectoria, eso sí, plagada de mediocridades, se apuntó no obstante excelentes tantos como Historia de un detective (1945), una de las cimas del cine negro de todos los tiempos, la mítica Encrucijada de odios (1947), el western Lanza rota (1954), la memorable El motín del Caine (1954), el melodrama de época El árbol de la vida (1957), y ya enfilando su declive, el bélico El baile de los malditos (1958) y el western El hombre de las pistolas de oro (1959). Un currículum de casi cuarenta años con una larga etapa de decadencia iniciada en los sesenta y que culminó en películas americanas de serie B y coproducciones europeas de todo pelaje, entre las que destaca esta cosa de 1972 titulada Barba Azul, película franco-italo-germano-húngara que mejor hubiera hecho quedándose para siempre entre los proyectos inconclusos.

Parodia involuntaria, hilarante despropósito que termina riéndose de sí misma, esta adaptación de la clásica historia de Perrault, múltiples veces llevada al cine con mejor fortuna bajo distintas identidades y parámetros geográficos, relata la historia del barón Von Sepper (nada menos que Richard Burton, que en el más allá todavía se estará revolcando en azufre pensando en cómo pudo participar en esto), un héroe de guerra, un aviador famoso que, derribado por los rusos, se supone que en la I Guerra Mundial (los biplanos, el vestuario y la ambientación nos indican que estamos en el periodo de entreguerras), sufrió una curiosa mutación facial a raíz de la alta temperatura del aparato incendiado y de la pigmentación de la pintura derretida que terminó por colorearle la barba, literalmente, de azul. Este pequeño detalle no es nada comparado a las aficiones del gachó. Porque, aparte de vivir en un castillo de colorines que parece una mezcla entre Disney y los travestorros marca Almodóvar, el fulano está como una maraca. Acuciado por los problemas mentales derivados de su impotencia sexual y un trauma infantil mal digerido a causa de las difíciles y extrañas relaciones con su madre, el hombre se dedica a cargarse a toda mujer con la que está a punto de estar a punto, uséase, de irse al catre a folgar, que dirían los medievales. Con el inestimable concurso del vejestorio que hace las veces de criada desequilibrada, y coleccionando los cadáveres de sus esposas a medida que se las va cepillando en una especie de galería del terror, el Barón aprovecha que Anne, su última esposa, le ha cogido en un renuncio y ha descubierto el pastel, para, una vez advertida de que con la llegada del amanecer le llegará el turno de que le canten el gori-gori, para relatarle su carrera criminal en plan flashback. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Barba Azul”

Cine de verano – El fantasma de la ópera, de Rupert Julian

fantasma

Clásico de Rupert Julian dirigido en 1925 y protagonizado por el camaleónico Lon Chaney del que ya nos ocupamos en este artículo. Vuelta a rodar un ocho o diez veces más, sigue siendo para quien escribe la mejor versión, afortunadamente nada que ver con la filmada en 2004 producto de ese horrible engendro en forma de musical.