Mis escenas favoritas: Vida de perro (Dog’s life, Charles Chaplin, 1918)

Unos cuantos años antes de afeitar a un señor al ritmo de Brahms en El gran dictador (The great dictator, 1940), Charles Chaplin ya hizo de las suyas junto a la silla del barbero en este mediometraje de 1918.

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Vidas de película – Jack Oakie

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Jack Oakie ha pasado a la historia por su estupenda composición de Napaloni, dictador de Bacteria, aguda e hilarante parodia de Mussolini, en El gran dictador (The great dictator, Charles Chaplin, 1940).

Lewis Delaney Offield nació en 1903 en Missouri, pero creció en Oklahoma, detalle biográfico que originó su nombre artístico (“Oakie”), antes de mudarse a Nueva York junto a su madre, profesora de psicología.

Las particularidades del rostro de Oakie, su fácil sonrisa y su actitud afable, pronto le valieron oportunidades en distintas comedias cinematográficas después de una larga temporada como telefonista en una compañía financiera de Wall Street y sus coqueteos con el teatro del vodevil.

Además de su aparición en la película de Charles Chaplin, que le ha valido la inmortalidad, el alegre Oakie aparece en comedias de la Paramount como Si yo tuviera un millón (If I had a million, 1932), cinta episódica con Ernst Lubitsch, Norman Taurog, William A. Seiter o Norman Z. McLeod, entre otros, en la dirección, el título bélico El águila y el halcón (The eagle and the hawk, Stuart Walker, 1933), junto a Fredric March y Cary Grant, la comedia fantástica Sucedió mañana (It happened tomorrow, 1944), película de la etapa americana del francés René Clair con Dick Powell y Linda Darnell, o la cinta negra Mercado de ladrones (Thieves’ highway, 1949), magnífica obra de Jules Dassin.

Su último trabajo fue la comedia Pijama para dos (Lover come back, Delbert Mann, 1961), con Rock Hudson y Doris Day.

Jack Oakie falleció en enero de 1978 a los 74 años.

Luz en la oscuridad: El ladrón de cadáveres

Edimburgo, 1831. La hermosa capital escocesa vive de día alegre, tranquila y despreocupada bajo el sol de la primavera, entre el rumor de las tradicionales gaitas y envuelta en aromas de whisky añejo. Las gentes transitan por las calles, las plazas y los mercados, en torno a las murallas y los antiguos palacios o de camino a las tabernas para echar el primer trago del día. En este rincón apacible de las islas británicas parecen lejanos los ecos del convulso continente europeo, una caldera en ebullición de ideas, sentimientos y románticos dogmatismos a punto de estallar. Sin embargo, de noche Edimburgo se transforma. Cuando el sol se retira, las últimas canciones tabernarias se sofocan y se apaga la última vela que ilumina la ventana del último pub, las sombras salen de su escondite y extienden su reino sobre la ciudad. Es entonces cuando la muerte acecha, cuando el mal en estado puro sale a buscar víctimas, y cuando ni siquiera los muertos tienen garantizado el descanso eterno. Cada mañana desde hace algún tiempo, los edimburgueses se despiertan expectantes con la noticia de que un cementerio ha sido asaltado y una tumba ha sido removida, y que el cadáver enterrado hace apenas unos días ya no está allí. Eso trae a los escoceses memoria de otros tiempos no muy lejanos, un sonado caso, un juicio y unas ejecuciones. El terror se multiplica cuando, al estar vigilados los cementerios de la zona en previsión de nuevos robos, empiezan a desaparecer personas vivas sin dejar rastro. El ladrón ya no se contenta con cadáveres ajenos: ahora fabrica los suyos propios.

Al mismo tiempo, Donald Fettes (Russell Wade), un joven estudiante de medicina, se sorprende al ser aceptado como ayudante por el célebre doctor MacFarlane (Henry Daniell), famoso en toda Europa por su pericia a la hora de tratar ciertas enfermedades de la columna vertebral. MacFarlane, sin embargo, no ejerce; se dedica a la enseñanza y formación de nuevos médicos, y a realizar investigaciones que poner en práctica para aleccionar a los futuros galenos. Eso conlleva un coste: determinadas investigaciones no pueden realizarse sin realizar pruebas directamente sobre cuerpos humanos, de ahí que necesite ser suministrado periódicamente de cadáveres con los que experimentar y de los que nutrir sus clases. Existe un mecanismo legal a través del cual ciertas personas legan sus restos a la ciencia, pero esto no es suficiente. Ahí es donde entran Gray (Boris Karloff), un popular cochero de la ciudad que por las noches suele llevar en su carromato a un tipo de clientes muy distinto, y Joseph (Bela Lugosi), el criado del doctor, que se encarga de recibir la mercancía, registrar sus datos y pagar la cuenta. Sin embargo, el pasado del doctor tiene mucho más que ver con Gray y sus oscuras andanzas de lo que él quisiera, y algunos nombres del pasado, un famoso médico huido a Londres y dos de sus ayudantes, juzgados y ahorcados no hace muchos años, salen a relucir cuando el doctor, atormentado por los remordimientos, las dudas y la llegada del joven ayudante al que no quiere ver convertido en una versión mejorada de su propia deriva, pretende poner fin a su relación “comercial” con Gray. Éste se destapa como algo más que un negociante sin escrúpulos: la naturaleza criminal de su psicopatía encuentra el vehículo perfecto en la venganza implacable, en el chantaje que pretende ejercer en el doctor para siempre. Continuar leyendo “Luz en la oscuridad: El ladrón de cadáveres”

La tienda de los horrores – Mein Führer

Lo peor del cine europeo actual son esos ataques que sufre de vez en cuando para obligarse a imitar al peor cine norteamericano, suponemos, para conseguir sus mismas cotas de rentabilidad pero sin tener en cuenta que el público europeo, en su mayoría, acepta las estupideces de buena gana cuando vienen del otro lado del Atlántico pero que raramente las asimila cuando se pretenden hacer pasar por propias. Un mal que es propio mayoritariamente del cine francés pero que se extiende a otras filmografías del continente (sobre todo a la española), como ocurre con este subproducto de Dani Levy, una supuestamente divertida visión satírica del personaje de Adolf Hitler, tan aburrida y sosa como pretencionsamente moralizadora.

Este bodrio se sitúa en 1944, cuando los alemanes empiezan a ser conscientes de que su aventura militar ha fracasado y que les aguarda una devastadora destrucción. Goebbels (Sylvester Groth) prepara el discurso de Año Nuevo de Hitler (Helge Schneider) y, como ministro de propaganda, sabe que de sus palabras depende buena parte del ánimo y el espíritu de lucha de su pueblo. Por ello se propone redactar un texto contundente, agresivo, pero el Führer se encuentra tan desanimado, apático y deprimido, que el tiro puede salir por la culata. Por ello busca a un antiguo profesor de arte dramático (Ulrich Mühe, fallecido antes del estreno español de la película y conocido por su espía de La vida de los otros) para que haga de entrenador personal de Hitler durante los cinco días que faltan para el momento del discurso. Lo paradójico es que el profesor es judío y está confinado en un campo de concentración…

Contado así puede tener su gracia, pero advertimos encarecidamente de que no la tiene. Por ninguna parte. El planteamiento de la historia no deja de estar bien realizado y de ser curioso, pero una vez superado el primer cuarto de hora, cualquier atisbo de inteligencia, de ambición cómica, de hilaridad, desaparece para dejar paso a un conjunto de gags sin gracia, de momentos presuntamente divertidos horriblemente encadenados y desprovistos de cualquier posibilidad de hacer reír que no sea el patetismo extremo y, cuando Levy entiende seco (tardíamente) el pozo del que extraía sus penosos chistes, intenta salirse por la tangente con una segunda mitad repleta de moralina en la que, a lo Tarantino, busca en la manipulación de la historia, en el juego de la historia ficción, una salida ridícula para una historia que no hay por dónde cogerla y, peor todavía, con ínfulas de trascendencia y solemnidad. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Mein Führer”