Vidas de película – Val Lewton

Vladimir Leventon nació el 7 de mayo de 1904 en Yalta (Ucrania), ciudad que pasaría a la posteridad cuatro décadas más tarde por ser uno de los lugares de encuentro de Stalin, Roosevelt y Churchill en su labor de estrategia contra Hitler.

Sobrino de la estrella de teatro y del cine mudo Alla Nazimova (quien le sugirió el cambio de nombre), junto a su madre y su hermana se afincó en Estados Unidos a partir de 1909. Curtido en Nueva York como periodista y escritor de relatos y novelas (al parecer manejaba una amplia gama de pseudónimos a través de los cuales ocultar una prolífica producción de obras y títulos en los más variopintos géneros), su salto a Hollywood se produjo, como en tantos otros casos, de la mano de David O. Selznick, que se lo llevó a California para trabajar como guionista y montador, a menudo bajo el nombre de Carlos Keith. Durante este tiempo, no solo colaboró con Selznick para llevar a Estados Unidos a Ingrid Bergman o Alfred Hitchcock, sino que también colaboró en la supervisión de guiones de obras maestras tales como Historia de dos ciudades (A tale of two cities, Jack Conway, 1935) o Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, Victor Fleming, 1939). Sin embargo, la falta de libertad bajo las órdenes de Selznick y las ansias de crear productos propios sin tutelas ni decisiones superiores le llevaron a aceptar la oferta de RKO para convertirse en supervisor de la producción de su serie B.

En esta faceta destacaría irreversiblemente, derivando en un fenomenal productor de películas de terror, intriga y misterio con presupuestos limitados, y tutelando los trabajos de directores como Mark Robson, Jacques Tourneur o Robert Wise. En títulos como La mujer pantera (Cat people, 1942), Yo anduve con un zombi (I walked with a zombie, 1943) o El hombre leopardo (The leopard man, 1943), Lewton dejó clara su capacidad como creador de atmósferas sugerentes, opresivas, absorbentes e incómodas, que en sus películas tenían más importancia que los giros de guión forzados o la exposición gratuita del morbo o de la violencia desagradable.

Además de esta excepcional tripleta de filmes de serie B, Lewton produjo también para Mark Robson La séptima víctima (The seventh victim), El barco fantasma (The ghost ship), ambas de 1943, La isla de los muertos (Isle of the dead, 1945) o Bedlam (1946), estas dos últimas con Boris Karloff. Con Karloff y Robert Wise, montador de algunas de sus mejores obras, también produciría El ladrón de cadáveres (The body snatcher, 1945). Wise dirigiría también la continuación de una de las mejores obras de Lewton, La maldición de la mujer pantera (The curse of the cat people, 1944), y, el mismo año, el bélico de época Mademoiselle Fifi. Tras esta fértil época en la producción, Lewton dejaría la RKO y trabajaría en estudios como Universal o Columbia.

Val Lewton falleció el 14 de marzo de 1951, a punto de cumplir 47 años, tras un ataque cardíaco.

Luz en la oscuridad: El ladrón de cadáveres

Edimburgo, 1831. La hermosa capital escocesa vive de día alegre, tranquila y despreocupada bajo el sol de la primavera, entre el rumor de las tradicionales gaitas y envuelta en aromas de whisky añejo. Las gentes transitan por las calles, las plazas y los mercados, en torno a las murallas y los antiguos palacios o de camino a las tabernas para echar el primer trago del día. En este rincón apacible de las islas británicas parecen lejanos los ecos del convulso continente europeo, una caldera en ebullición de ideas, sentimientos y románticos dogmatismos a punto de estallar. Sin embargo, de noche Edimburgo se transforma. Cuando el sol se retira, las últimas canciones tabernarias se sofocan y se apaga la última vela que ilumina la ventana del último pub, las sombras salen de su escondite y extienden su reino sobre la ciudad. Es entonces cuando la muerte acecha, cuando el mal en estado puro sale a buscar víctimas, y cuando ni siquiera los muertos tienen garantizado el descanso eterno. Cada mañana desde hace algún tiempo, los edimburgueses se despiertan expectantes con la noticia de que un cementerio ha sido asaltado y una tumba ha sido removida, y que el cadáver enterrado hace apenas unos días ya no está allí. Eso trae a los escoceses memoria de otros tiempos no muy lejanos, un sonado caso, un juicio y unas ejecuciones. El terror se multiplica cuando, al estar vigilados los cementerios de la zona en previsión de nuevos robos, empiezan a desaparecer personas vivas sin dejar rastro. El ladrón ya no se contenta con cadáveres ajenos: ahora fabrica los suyos propios.

Al mismo tiempo, Donald Fettes (Russell Wade), un joven estudiante de medicina, se sorprende al ser aceptado como ayudante por el célebre doctor MacFarlane (Henry Daniell), famoso en toda Europa por su pericia a la hora de tratar ciertas enfermedades de la columna vertebral. MacFarlane, sin embargo, no ejerce; se dedica a la enseñanza y formación de nuevos médicos, y a realizar investigaciones que poner en práctica para aleccionar a los futuros galenos. Eso conlleva un coste: determinadas investigaciones no pueden realizarse sin realizar pruebas directamente sobre cuerpos humanos, de ahí que necesite ser suministrado periódicamente de cadáveres con los que experimentar y de los que nutrir sus clases. Existe un mecanismo legal a través del cual ciertas personas legan sus restos a la ciencia, pero esto no es suficiente. Ahí es donde entran Gray (Boris Karloff), un popular cochero de la ciudad que por las noches suele llevar en su carromato a un tipo de clientes muy distinto, y Joseph (Bela Lugosi), el criado del doctor, que se encarga de recibir la mercancía, registrar sus datos y pagar la cuenta. Sin embargo, el pasado del doctor tiene mucho más que ver con Gray y sus oscuras andanzas de lo que él quisiera, y algunos nombres del pasado, un famoso médico huido a Londres y dos de sus ayudantes, juzgados y ahorcados no hace muchos años, salen a relucir cuando el doctor, atormentado por los remordimientos, las dudas y la llegada del joven ayudante al que no quiere ver convertido en una versión mejorada de su propia deriva, pretende poner fin a su relación “comercial” con Gray. Éste se destapa como algo más que un negociante sin escrúpulos: la naturaleza criminal de su psicopatía encuentra el vehículo perfecto en la venganza implacable, en el chantaje que pretende ejercer en el doctor para siempre. Continuar leyendo “Luz en la oscuridad: El ladrón de cadáveres”

La tienda de los horrores – Las dos vidas de Audrey Rose

Lo esotérico siempre ha sido muy popular en Hollywood, tanto (y según quién incluso más) que lo erótico o lo pornográfico, por más que en la temática de las películas esas cuestiones siempre hayan sido marginales hasta la ruptura de censuras y códigos represores de la primera mitad del siglo XX. Lo que se pensaba que era un tema arriesgado para el público y quedaba relegado a conocidas sesiones de espiritismo en casa de tal o cual actriz o director y en fiestas más o menos concurridas a las que eran invitados mentalistas, médiums, magos y demás personal a medio camino entre el show-business y la estafa de crédulos, no tardó en saltar a la pantalla cuando la mano de los censores se abrió y dio paso a historias en las que los fantasmas y espíritus dejaban de ser entes amables o incluso cómicos y se convertían en seres malignos y peligrosos en busca de venganza sobre los vivos por sus males pasados. A partir de los cincuenta, durante los sesenta, pero sobre todo a raíz de La semilla del diablo, de Roman Polanski (1968) y, sobre todo, del éxito de taquilla de cintas como El exorcista (1973) de William Friedkin o Carrie (1976) de Brian De Palma, surgió toda una ola de películas, la mayor parte de serie B, que con la emulación como argumento principal intentaron encontrar su hueco entre el público a base de sustos y sangre a puñados relacionados en última instancia con alguna creencia religiosa o capacidad extrasensorial, fenómeno que tenía su propia traslación europea en directores como Jesús Franco o Dario Argento. En Hollywood esta moda poco a poco fue intentando nutrirse de otros elementos que la hicieran novedosa y compleja, y si el propio De Palma ya la pifió al mezclar en La Furia (1978) elementos sobrenaturales con una trama de thriller político, el veterano Robert Wise, clásico entre clásicos (codirector de West Side Story, por ejemplo, y máximo responsable también de cintas como Marcado por el odio, El Yangtsé en llamas, Sonrisas y lágrimas o Star Trek) que contribuyó decisivamente a popularizar rostros como el de Paul Newman o Steve McQueen, la fastidió un año antes inspirándose ya en su época final en la novela del también guionista Frank DeFelitta con Las dos vidas de Audrey Rose, su intento por volver al terror, uno de sus temas favoritos ya tratado en clásicos suyos como El ladrón de cadáveres o La mansión encantada, pero esta vez aderezado con una trama judicial tan innecesaria como ridícula.

Contando con su propia Linda Blair, Susan Swift da vida a Ivy (bueno, y a Audrey), una niña que vive plácidamente con sus papás (John Beck y Marsha Mason) en un cómodo barrio residencial de Nueva York (ambientación similar a la utilizada por Polanski) y que, como niñata bien, es una moza medio cursi medio gilipollas. Tanta placidez montada en el dólar se empieza a torcer cuando la madre detecta que un fulano sospechoso y malencarado (Anthony Hopkins) sigue a su hija por la calle, la espera a la salida del colegio o deambula alrededor de la casa. Lejos de tratarse del conocido perturbado sexual, cuando la pequeña Ivy empieza a sufrir terribles pesadillas en las que parece rememorar acontecimientos dolorosos de una vida ficticia, el desconocido se revela como un profesor inglés residente en Estados Unidos que ha pasado años buscando la reencarnación de su hija Audrey, fallecida en un trágico accidente el mismo día y hora en que nació Ivy. Evidentemente, los padres de Ivy echan de su casa con cajas destempladas al hombre, pero cuando las pesadillas parecen revelar que un ente del averno amenaza la vida de Ivy y que sólo la presencia del extraño parece reconfortarla, no les queda más remedio que escucharle y aceptar lo que tiene que decir. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Las dos vidas de Audrey Rose”