Mis escenas favoritas: La silla de Fernando (David Trueba y Luis Alegre, 2006)

Impagable momento de este documental-entrevista a una de las más importantes figuras de la cultura española del siglo XX, el relato de una anécdota que Fernán Gómez ya contaba en su imprescindible libro de memorias, El tiempo amarillo. El fragmento forma parte de este estupendo trabajo que repasa la vida, la trayectoria como escritor, actor y director y la visión de España y del mundo de Fernando Fernán Gómez con sus propias palabras, en un fascinante monólogo lleno de encanto, sabiduría, diversión y humor, en el que se dedica un buen espacio a hablar de cosas mucho más serias.

Cine en fotos: una noche sin Ava Gardner

AAva_39

Estaba una noche en Villa Rosa, no el colmado andaluz de la plaza de Santa Ana, sino el resplandeciente y lujoso no sé qué nocturno de Ciudad Lineal, con Juan Estelrich, cuando descubrimos en una mesa un grupo en el que se encontraban, acompañados por un señor y una señora de aspecto americano, el torero Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner, Frank Sinatra y Lola Flores. Se levantaron y Luis Miguel se acercó a nuestra mesa. Nos invitó a sumarnos a ellos y subir a un cuarto reservado en el que iban a cantar unos flamencos. Aceptamos la invitación con entusiasmo. Allí, en el cuarto, a la luz de las velas, escuchamos un poco de cante. De vez en cuanto, Luis Miguel me decía por lo bajo:

-Espera y verás, espera y verás.

Alguien convención, muy dificultosamente, a Frank Sinatra de que cantase Stormy weather. Se decidió que fuéramos todos a casa de Lola Flores.

En lo que nos distribuíamos en los coches, como quien se acerca a la pila del agua bendita, me atreví a tocar deliberadamente, en escasísimos segundos, con la yemas de los dedos de mi mano derecha la piel del hombro desnudo de Ava Gardner. En lo que duró la religiosa caricia sus bellísimos ojos me miraron con absoluta inexpresividad.

Cuando Juan Estelrich y yo entrábamos en nuestro taxi, Luis Miguel me murmuró al oído:

-Espera y verás.

Fuimos al piso de Lola Flores, lujosísimamente decorado. Frank Sinatra se había negado a ir, se había marchado solo, sin nadie que le acompañara, al hotel. Ava Gardner se quedó con nosotros. (Espera y verás.)

Lola Flores tenía en su piso un bar americano. Empezaron a servir bebidas. Ava se quedó un instante sola en el bar americano. Me atreví a acercarme, a estar unos instantes frente a ella, que volvió hacia mí la cara. La miré con lentitud, con delectación, gozando plenamente en la contemplación de aquella belleza inconcebible en sus colores naturales y en relieve. Me sostuvo la mirada y me habló despacio, en melodioso inglés. Ante mi silencio, preguntó si entendía aquel idioma. Con profundo rencor hacia mí mismo le respondí que no. Hizo Ava una seña y se acercó a nosotros su amigo, el de aspecto americano, a servir de intérprete. Ava volvió a mirarme y repitió la frase.

El amigo tradujo:

-Dice Ava que si tiene usted ganas de joder, ahí tiene a mi mujer, que está siempre dispuesta.

Ava dejó de mirarme y se volvió hacia su copa de ginebra. No había comprendido la complicada delicadeza de mis sentimientos y mis deseos. No obstante, yo seguí esperando para ver, según me había aconsejado Dominguín. Pero de pronto Ava lanzó un grito. Yo ya no estaba cerca de ella. Se formó un revuelo. ¿Qué había ocurrido? Como siempre, como casi siempre, Ava Gardner había perdido una joya. Todo el mundo empezó a buscar. Alguien llamó por teléfono a Villa Rosa. Otro bajó a mirar en el coche. A partir de ese momento se acabó la fiesta y la esperanza. Ya no hubo nada que esperar, nada que ver.

El tiempo amarillo, de Fernando Fernán-Gómez (Debate, 1998).

Cine en fotos – Manuel Alexandre y Fernando Fernán Gómez

alexandre_fgomez_39

Ya en aquellos tiempos, Manuel Alexandre daba pruebas de su acendrada, y a veces desmesurada, vocación de actor, que aún conserva. Pasados ya los setenta años (escribo en 1989) me dijo, como quien hace una delicada confidencia:

-A mí ya lo único que me interesa es trabajar.

Quizás podría haber dicho “siempre” en vez de “ya”, porque aunque jugador, admirador de la belleza femenina y de los placeres que proporciona, lector habitual y selectivo, curioso de lo que le rodea y permanentemente tertulio, nada ha habido que le preocupe, le apasione y le atormente más que su trabajo de actor y las posibilidades de perderlo o de no encontrarlo, aunque su acusado sentido de la responsabilidad, su miedo injustificado, le haya llevado a veces a rechazar ofertas que le habrían proporcionado grandes satisfacciones, y aunque el azar no le haya favorecido con las grandes cantidades de suerte que son necesarias no ya para triunfar, sino simplemente para pasarlo bien en este oficio. No parecen abundar hoy los cómicos con tan profundo y exaltado amor a este raro trabajo, a esta divertida y marginal ocupación o entretenimiento, pero antes, entonces, en aquellos tiempos, el temperamento de hombres como Manuel Alexandre era casi imprescindible para profesar este arte.

Hijo de un artesano que poseía un pequeño taller de hojalatería y fontanería, especializado en garrafas para horchata, compaginaba en los años de la posguerra el trabajo en el taller -al que su padre le obligaba por haberse negado a proseguir sus estudios de Derecho- con su trabajo de meritorio en el teatro y con el servicio militar, que en su caso duró seis años. La descripción y las explicaciones de cómo el soldado hojalatero actor consiguió cumplir sus múltiples deberes podrían suministrar materiales tanto a textos sobre el heroísmo vocacional como a sabrosas páginas de la inacabable picaresca española; principalmente a la picaresca militar al estilo de Estebanillo González.

El tiempo amarillo (Fernando Fernán Gómez, 1990).