La tienda de los horrores – The code

Este par de mamertos que miran al frente con cara de panoli son los protagonistas de una de las peores películas de atracos jamás filmadas, The code, bodriometraje dirigido en 2009 por Mimi Leder (que, además de amplia experiencia televisiva, también tiene en su haber dos truños como Deep Impact y El pacificador y un filme parcialmente estimable, Cadena de favores), una película que traiciona doblemente al espíritu de lo que pretende homenajear y al club al que insiste en pertenecer: ni funciona como comedia de atracos, ni tampoco como película de ese reducido grupo de joyas en las que la sorpresa final apabulla, desconcierta, reconforta y agrada hasta el punto de convertir el guión en un puzle inolvidable, en un juego de ratón y el gato entre película y espectador que se remata con un gran ohhhh! de emoción y satisfacción.
El cine de atracos nos ha proporcionado no pocos momentos agradables, ya sea disfrutando con la interacción de la mezcla de divergentes y excéntricas personalidades, bien entre el grupo de atracadores, bien entre el de policías que les persigue, bien entre todos ellos a la vez, ya con la minuciosa y elaborada planificación de un golpe aparentemente imposible, así como su ejecución, los múltiples inconvenientes que la ponen en peligro, y las amenazas y sorpresas que la circundan.

Nada de eso hay en The code, ni gracia ni meticulosidad, ni tensión ni preocupación por cómo se resolverá el entuerto. Para empezar, resulta difícil la empatía con un personaje, digamos positivo (Keith, el ladrón que interpreta Morgan Freeman, típico delincuente que roba sólo a los malos que lo merecen, con una integridad moral mayor que la del Alcoyano y más aún que la de los policías que le quieren dar caza, típico bueno-malo tan querido al cine de Hollywood y que tantas pampurrias da), que nos es presentado como un asesino a sangre fría. Por otro lado, Gabriel Martín (Antonio Banderas) no resulta creíble en su papel de joven alocado e impulsivo, ratero callejero que se conoce los recovecos de Nueva York como la palma de la mano. Y no es creíble porque ni es tan joven ni da el pego como ladronzuelo guaperas, ingenioso y además diestro en persecuciones, cabriolas, peleas, salvaciones imaginativas en el último momento y demás características de un héroe de acción, personaje en el que ya resultara más paródico y caricaturesco que atractivo en El Zorro. Para empeorarlo todo, nada mejor que introducir una tercera pata, por supuesto femenina, que relacione la historia con lo emocional y sentimental, la hija adoptiva de Keith (Radha Mitchell), una rusa de la que Gabriel se enamora, y que da ocasión para desviar la trama hacia la labor de acoso y derribo a la chica que despierta la contrariedad de Keith y amenaza el buen resultado del golpe con el crecimiento del recelo mutuo. Por último, Robert Forster dista mucho de ser el policía ocurrente, irónico o perverso que el género requiere, y desde luego, la relación de amor-odio, de admiración y animadversión que supuestamente mantiene con Keith a lo largo de los años, tan tópica como superficialmente apuntada, tampoco funciona ni aporta nada que no se haya visto mil veces.

Tres secuencias demuestran la penosidad a la que asistimos: primero, la “espectacular” persecución en el metro, en la que Gabriel se arrastra por el techo de unos vagones de videojuego (literalmente, la escena es recreada con computadora y está más cercana a los dibujos animados que al cine), chirriante y espasmódico fragmento apto para la casquería de chapa y pintura tan querida al falso cine-espectáculo; segundo, Continuar leyendo “La tienda de los horrores – The code”

Cine en serie – La princesa prometida

prometida

MAGIA, ESPADA Y FANTASÍA (IV)

Las cosas como son: la película ha envejecido lo suyo desde aquel lejano 1987 de su estreno. Pero quienes la vieron en su momento y se encontraban en la frontera entre la infancia y la adolescencia, o incluso en ésta, la recuerdan como parte de aquel periodo, como quizá el último cuento de hadas que se tragaron sin sentirse ridículos o estúpidos. Lamentablemente, hay que echar mano de memoria y de nostalgia para que esas sensaciones negativas no se recuperen súbitamente ante un visionado del mismo film a edad ya madura. Pero dejando la puerta abierta a los recuerdos es posible que el espectador pueda reencontrarse con aquél que fue un día y que era capaz no sólo de ver cosas como ésta, sino de disfrutarlas.

Rob Reiner, director discreto (es autor de eso llamado El presidente y Miss Wade) con algunos notables puntos a su favor (Cuenta conmigo, Cuando Harry encontró a Sally, Algunos hombres buenos y, sobre todo, Misery), se encumbró a finales de los ochenta gracias a esta amable fábula de aventuras de capa y espada en un mundo mágico conectado con la realidad a través de la lectura que un abuelo (Peter Falk) hace a su nieto enfermo (Fred Savage, aquel niño imbécil de la serie Aquellos maravillosos años), de una historia contenida en uno de sus libros favoritos, con el fin de ayudarle a sobrellevar la convalecencia y apartarlo de los incipientes videojuegos. Esa historia entre leída e inventada (según el anciano percibe de reojo el interés creciente o decreciente del chaval en lo que le cuenta) que el abuelo va relatando al muchacho nos traslada el legendario reino de Florin, en el que gobierna el malvado tirano príncipe Humperdinck (Chris Sarandon) con ayuda del malévolo Vizzini (Wallace Shawn). Humperdinck, maloso que es, rapta a la bellísima Buttercup (tacita de mantequilla, interpretada por Robin Wright Penn mucho antes de ser Penn) para convertirla en su prometida, lo cual no gusta nada a la muchacha ni al campesino humilde del que estaba enamorada (Cary Elwes). Éste, con ayuda de un aventurero español, Íñigo Montoya (Mandy Patinkin) y de un gigante de manazas enormes (quien escribe siempre ha pensado las vueltas que podría dar la cabeza de cualquier mortal tras recibir un bofetón de semejante explanada llena de dedos) luchan contra los malos para rescatar a la joven y para que Íñigo logre vengar la muerte de su padre (“Hola. Mi nombre es Íñigo Montoya. Tu mataste a mi padre. Prepárate a morir.”).

Película de carácter indudablemente juvenil, destaca sobre la mayoría de los productos de su género por varias notas características que la diferencian favorablemente. Continuar leyendo “Cine en serie – La princesa prometida”