Diálogos de celuloide: La maldición del escorpión de jade (The curse of the jade scorpion, Woody Allen, 2001)

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Briggs: ¿Eh, cómo ha entrado aquí?
Laura: No ha sido muy difícil.
Briggs: ¿Cómo lo ha hecho? ¿Su padre le ha comprado el edificio?
Laura: Ha bastado con unos centavos al portero.
Briggs: Para usted quizás sí; si yo le doy unos centavos me escupe en los zapatos.
Laura: He traído un vodka ruso carísimo, de 120 grados.
Briggs: Que no se le caiga, ¡podría volar el edificio entero!
Laura: Me aburría esperando, solo hay revistas de detectives y listas de carreras de caballos.
Briggs: Pues tengo una baraja de cartas con mujeres desnudas. Podría verlas…
Laura: Deje que adivine… ¿Las usa para hacer solitarios?
Briggs: Eh… estuve saliendo con la del seis de picas.
Laura: Me encanta donde vive. Exactamente como lo imaginaba, una ratonera cochambrosa.
Briggs: ¡Ah gracias!  Le diré a mi decorador su opinión. Es el efecto que buscábamos.
Laura: ¿Se muere de ganas de ver mi lunar?
Briggs: Si está en el mismo sitio que estaba esta tarde me gustaría echarle el ojo.
Laura: Esto sí que es nuevo para mí. Estoy acostumbrada a castillos y yates, guapos amantes europeos que se echan a mis pies y me compran regalos. Sin embargo, me parece extrañamente excitante estar aquí en… un repugnante cuchitril con un empleaducho de seguros miope.
Briggs: Sé que en el fondo de esas palabras hay un piropo, aunque no se dónde está. Va a… quitarse esa gabardina. En fin, en este apartamento hace veinte años que no llueve. !Vaya!
Laura: ¿Qué te parece?
Briggs: Si… si… me muero mientras estamos haciendo algo dígale al embalsamador que me deje la sonrisa puesta.

(guion de Woody Allen)

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La tienda de los horrores – El club de las primeras esposas

Ya se ha comentado aquí alguna vez: nada peor que una comedia que no hace reír ni al gato. Si pretende además ir de transgresora y se queda en un mero vehículo de propaganda de valores ultraconservadores, la cosa adquiere tintes de engaño deliberado. Pero si además va condimentada con la típica dosis de moralina made in USA tan querida por aquellos lares como odiosa cuando el almíbar empieza a desbordarse por la pantalla, el resultado es una pura catástrofe. Así ocurre con este engendro, un supuesto homenaje a las comedias sofisticadas de los años 30 y 40, titulado El club de las primeras esposas y dirigido por Hugh Wilson, un tipo especializado en cine infantil y juvenil (toda una declaración de intenciones) cuyo mayor logro en la vida fue regir en 1984 Loca academia de policía. El problema de inicio es de concepto: el homenaje a las comedias locas del Hollywood clásico intenta fotocopiar buena parte de los aspectos que las hicieron míticas (ambientes acomodados, estereotipos, premisas argumentales, gags), pero Wilson se olvida de los dos aspectos que hicieron al género inolvidable: el humor y la inteligencia. Así, Wilson elabora un subproducto de hora y tres cuartos de duración en el que la gracia permanece diluida en situaciones presuntamente desternillantes cuyo ausente ingenio quiere descansar en el fallido trío protagonista, nada menos que las “cómicas” Bette Midler, Diane Keaton y Goldie Hawn (el cartel es digno merecedor de la pena de destierro para su autor).

El trío calavera da vida a tres mujeres maduras ricas y divorciadas que en el funeral de una amiga común se percatan de que sus millonarios maridos las abandonaron por mujeres mucho más jóvenes y apetitosas que ellas. En una reacción típicamente propia de un guión escrito por una mentalidad sin cuajar, ellas se resisten a aceptar esa situación (a pesar de la fortuna particular y la labor de esquilmado constante sobre la fortuna de sus ex esposos a través de las cuantiosas pensiones de divorcio) y pretenden elaborar un minucioso plan de venganza que ridiculice, empobrezca y avergüence a sus antiguas parejas, que las deje solas y sin un dólar. La estupidez de la premisa, demasiado ridícula incluso para una comedia bufa, está clara, y la ínfima calidad del producto, también: las mejores comedias siempre hablan de temas muy serios, no de mamarrachadas para niñas de doce años. Igualmente queda telegrafiado el error de premisa de Wilson y su ¿guionista? Robert Harling: ¿cómo no iban a abandonar esos hombres a tres loros semejantes? Wilson y Harling, que pretenden hacer comedia con el despecho de estas tres elementas, dificultan la necesaria labor de empatía con su situación por parte del público creando tres personajes insulsos, frívolos, estúpidos, cuya comicidad radica en su tremenda idiotez intrínseca, a los que además se intenta dotar de cierta legitimidad moral. Así, que tengan o no éxito en su plan trae al público al fresco, pero sus maniobras para conseguirlo, presuntamente graciosas, son contempladas, además, con tanta indiferencia como hastío. Las tres, además, están muy por debajo de lo que significa ser gracioso, en lo que supone un mal habitual en el cine americano: ni la Lucille Ball de los viejos tiempos, ni Whoopi Goldberg, ni otras presuntas “cómicas oficiales” del cine de Hollywood resisten el salto al exterior de su propio país. Ni que decir tiene que Midler (habitual de comedietas ochenteras de medio pelaje, una actriz francamente antipática), Keaton (cuya caracterización como “mejor actriz cómica” de América hay que agradecer a la amistad de Woody Allen, que siempre dotó a los personajes que ella interpretó de un carisma y una personalidad de los que la actriz carece) y Hawn (que lleva viviendo toda la vida de su personaje en Loca evasión, de Spielberg, personaje que ha repetido hasta en la saciedad en versión tontificada, desde La recluta Benjamín hasta en ese engendro que tiene por hija), no están a la altura, y bucean en los chistes de corte feminista como única vía de contrapeso a un humor visual que no funciona y que hace del griterío su leitmotiv. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – El club de las primeras esposas”