Diálogos de celuloide: Chantaje en Broadway (Sweet smell of success, Alexander MacKendrick, 1957)

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HUNSECKER (LANCASTER) SOBRE FALCO (CURTIS): El señor Falco, por decirlo así, es el hombre de cuarenta caras, no una. Ninguna es agradable y todas son engañosas. ¿Ven esa sonrisa? Es la de un “golfo de la calle encantador”. Es parte de su número de “desamparado”… que necesita tu compasión. Obvio el deje nervioso suplicante que a veces se convierte en bravucón. El ojo húmedo agradecido es otro de sus favoritos… con frecuencia mezclado con algún acto de candor infantil: te está hablando desde el fondo de su corazón, ¿entiendes? Tiene media docena de caras para las damas, pero la que más le gusta es la de “hombre rápido y de fiar…” que haría cualquier cosa por un amigo en apuros. Al menos eso dice él. Esta noche el señor Falco, a quien no he invitado a mi mesa, va a hacer el papel más lastimoso: la cara lívida con la lengua fuera. Resumiendo, van a contemplar ustedes, caballeros y el Lirio de Jersey, al agente hambriento, al cabo de todos los trucos sucios de la profesión.

Guion de Ernest Lehman y Clifford Odets.

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Mis escenas favoritas: Senderos de gloria (Paths of glory, Stanley Kubrick, 1957)

Sublime secuencia final de esta obra maestra de Stanley Kubrick. Subida al escenario para mofa y escarnio de los soldados franceses, esta muchacha alemana (Susanne Christian, inminente esposa de Kubrick) logra contrarrestar sus burlas y emocionarles con una conmovedora canción de su patria. La guerra, el odio, derrotados por el sentimiento, la tristeza, la amargura y la nostalgia. Por el reconocimiento del propio sufrimiento en el de los otros. Por la paz.

Diálogos de celuloide – El hombre del brazo de oro

MOLLY: ¿Te cuesta mucho?

FRANKIE: No tienes idea.

MOLLY: ¿Por qué has empezado de nuevo?

FRANKIE: Primero tendría que saber por qué empecé. Supongo que fue por simple curiosidad. Louie me dio la primera dosis gratis. Pensé que podría tomarlo y dejarlo, y lo tomé; y después cada vez más… Un día que Louie no estaba me volví loco buscándolo; me encontraba mal, realmente mal. En toda mi vida me había encontrado tan mal. Comprendí que estaba enganchado, sentía como un peso tremendo sobre mi espalda. La única forma de poder soportarlo era inyectándome otra dosis.

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LOUIE: ¿Nervioso? ¿A qué esperas?

FRANKIE: No me hables de eso, no quiero ni oírlo.

LOUIE: Sí, ya lo sé. Una vez tuve un vicio. No: los dulces, los caramelos; comía demasiados. Cuando entré en el ejército me encontraron azúcar en la sangre. Mi vida peligraba si no renunciaba a los caramelos. Humm, renuncié a los caramelos.

FRANKIE: No sabes cuánto lo lamento. ¡Qué tragedia…!

LOUIE: Lo fue. Sentí durante mucho tiempo una sensación de vacío. Pero eso no tengo que explicártelo.

FRANKIE: ¡Pues no lo hagas!

LOUIE: Quiero decir que esa obsesión ocupa completamente el cerebro y no te deja pensar en nada.

FRANKIE: Eres una fuente de sabiduría, ¿eh?

LOUIE: ¿Sabes lo que hice? Me dije a mí mismo: “Está bien, renunciaré a los dulces, pero no empezaré hasta mañana. Por ser la última vez voy a darme un atracón con todos los dulces que pueda”. ¡Me compré ocho dólares de dulces y los llevé a mi habitación! ¡Me pasé toda la noche comiéndolos…! Sudaba, los devolvía, pero seguía comiendo. Desde entonces, cuando tengo ganas de comerme uno, pienso: “No te quejes, amigo; hubo una vez que disfrutaste”. ¿Me comprendes?

The man with the golden arm. Otto Preminger (1955).