Música para una banda sonora vital: Los compañeros (Vamos a matar, compañeros, Sergio Corbucci, 1970)

Probablemente esta sea la peor partitura compuesta nunca por el gran Ennio Morricone, una de las pifias más rotundas en la carrera de cualquier consagrado músico de cine. Se trata de un tardío spaghetti western ambientado en la revolución mexicana dirigido por Sergio Corbucci y que cuenta en su reparto con habituales del género como Franco Nero, Tomas Milian, Jack Palance, Fernando Rey, José Bódalo o Eduardo Fajardo. El tema central da ganas de quedarse con la primera parte del título de la película…

Música para una banda sonora vital: Degüello, de Dimitri Tiomkin

Suele atribuirse a Ennio Morricone y a sus partituras para Sergio Leone la introducción de guitarras españolas, trompetas y campanas en la música del western. No obstante, Dimitri Tiomkin, compositor ucraniano emigrado a Hollywood tras el crack del 29 (después de pasar por Berlín, Londres y Nueva York) y gran enamorado de la música norteamericana, ganador de cuatro premios Óscar y nominado otras once veces, compuso para Río Bravo (Howard Hawks, 1959) Degüello (o, como la describe Ricky Nelson en la película, La canción del degüello), tema que habrían tocado los mexicanos del general Santa Anna en el asedio a la misión de San Antonio de Béjar durante la guerra de independencia de Texas, iniciando la senda de composiciones de aire mexicano para las películas de frontera seguida después, entre otros, por Elmer Berstein y, por supuesto, por Morricone en sus creaciones para el spaghetti-western. Un año después, Tiomkin la introdujo nuevamente en la banda sonora de El Álamo (John Wayne, 1960).

Música para una banda sonora vital: Duelo de titanes (Gunfight at the OK Corral, John Sturges, 1957)

Dimitri Tiomkin es sin duda uno de los más grandes compositores de la historia del cine. Nacido en Ucrania, tras instalarse en Inglaterra marchó a Estados Unidos para una gira de conciertos, y sintió que había encontrado su lugar en el mundo y en la composición para el cine su forma de encauzarse profesionalmente. Muy interesado por las músicas tradicionales norteamericanas y por los sonidos nativos, su trayectoria se caracteriza por la magnificencia de sus orquestaciones y por la épica de la que dota a sus temas. La larga carrera de Dimitri Tiomkin, ganador de cuatro premios Óscar y nominado en otras once ocasiones, incluye composiciones para algunas de las más importantes películas de directores como Frank Capra, Howard Hawks, Alfred Hitchcock, Fred Zinnemann, Otto Preminger, William Wyler, John Huston, John Sturges, Robert Aldrich, John Sturges, Anthony Mann, Henry Hathaway o Nicholas Ray. Destacó además como creador de canciones, como Degüello para Río Bravo (Howard Hawks, 1959), que introdujo las guitarras españolas y las trompetas en la línea que después seguiría Ennio Morricone para los westerns de Sergio Leone, y que se repetía en la banda sonora de El Álamo (John Wayne, 1960), o el tema principal de este glorioso y mítico western de Sturges, interpretado por Frankie Laine.

Arqueología de un mito: Desenterrando Sad Hill (Guillermo de Oliveira, 2018)

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Pocas veces se tiene la oportunidad de vivir, en relativa cercanía, una aventura como la que narra este documental de Guillermo de Oliveira, premiado en Sitges y candidato al Goya a mejor película documental. Desenterrando Sad Hill narra el proceso de recuperación del cementerio construido en 1966 en el valle del Arlanza, en los parajes del Carazo y de Mirandilla, término municipal de Contreras (Burgos), entre Covarrubias y Santo Domingo de Silos, para la larga y excelsa secuencia final del western de Sergio Leone El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966). La película repasa las circunstancias del rodaje, reúne un buen número de anécdotas e incorpora diverso material gráfico (fotografías, secuencias, documentación) y testimonios directos de algunos de los protagonistas de la filmación del cierre de la llamada “Trilogía del Dólar”, tanto en entrevistas especialmente grabadas para la ocasión (Eugenio Alabiso, Carlo Leva, Clint Eastwood o Ennio Morricone, junto con algunos de los extras y figurantes que participaron en el rodaje) como en imágenes de archivo (el propio Leone), además de referir el proceso de restauración del cementerio de mano de sus principales promotores, agrupados en torno a la Asociación Cultural Sad Hill. Una experiencia cinematográfica y vital de primer orden que destaca por su capacidad para conmover con su compendio de cinefilia, de amor a un género, de culto a la obra de un director, y de las circunstancias prácticas tanto del rodaje como de la recuperación y reivindicación de uno de sus escenarios fundamentales, y de la repercusión que esta ha tenido entre seguidores del spaghetti western y medios de comunicación del resto de España y del extranjero.

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Con intervenciones importantes, además de las señaladas (Joe Dante, Álex de la Iglesia, el especialista en Leone Christopher Frayling o James Hetfield, guitarra y vocalista del grupo Metallica, que durante décadas ha abierto sus conciertos con la proyección de la secuencia del cementerio y la música de Ennio Morricone), el documental sitúa en paralelo la reconstrucción material del cementerio y la conformación de una memoria cinéfila colectiva conectada a la realidad física de los lugares de rodaje y de sus habitantes, en un formato tradicional, tan próximo al reportaje televisivo como al cine documental, alejado sin embargo de toda pretenciosidad, que destila emotividad, encanto y entusiasmo. La meritoria hazaña que narra se convierte en protagonista hegemónica, a veces incluso demasiado (la película abusa de las entrevistas a los miembros de la asociación, entrando en ocasiones en valoraciones, opiniones o experiencias personales no siempre relevantes para el espectador), echándose en falta una mayor labor de profundización en el fenómeno del western europeo (tanto en otros países como en otras geografías españolas que no sean el desierto almeriense) y de su contextualización en la época de las coproducciones europeas y de las superproducciones norteamericanas en Europa, apoyada en un mayor uso del material de archivo y en testimonios especializados adicionales. Puede que a ello se deba que, a pesar de la brevedad del metraje, 82 minutos, que podría haberse completado y redondeado con ese trabajo de análisis y aproximación al cine de su tiempo, la película resulte irregular y descompensada, por momentos incluso morosa en su rítmica acumulación de declaraciones de “bustos parlantes” y de especialistas no siempre de la altura necesaria para la correcta y minuciosa explicación del fenómeno. La adecuada y vibrante aproximación a la cinta original, con el empleo de los pocos fragmentos que utiliza y de abundantes fotografías e imágenes de los entresijos de la filmación hacen intuir que un mayor equilibrio entre los materiales originales y la experiencia de rehabilitación de su principal localización hubieran beneficiado al resultado final, aun a pesar del incremento del metraje.

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No obstante, si entendemos que la finalidad de la película no es tanto relatar el proceso de producción del filme de Leone, ni mucho menos contar de forma pormenorizada la historia del western europeo, y sí registrar la experiencia de quienes, desde su personal combinación de amor a la tierra y de cinefilia de culto, han vivido una experiencia vital casi regeneradora, de reconstrucción de sí mismos y de su memoria personal en paralelo a la cinéfila, la película cumple con creces. Es ahí desde donde proyecta toda su emotividad, de donde nace todo su poder de conmoción. Porque lo que sí es Desenterrando Sad Hill es una plasmación gráfica de la importancia que los mitos generados por el cine han alcanzado en la memoria colectiva. De cómo las películas han llegado a impregnar las vivencias y los recuerdos de las personas, de cómo llegan a introducirse en su ánimo y en sus sentimientos, de cómo ha podido llegar a conformarse eso que podría denominarse una memoria sentimental ligada a las películas, que conecta cine y vida personal, memoria, experiencia y recuerdos, individuales y colectivos. Desde su contagioso entusiasmo, explotado particularmente en el fragmento que recoge la proyección en pantalla gigante de la película de Leone en el cementerio de Sad Hill en el cincuenta aniversario del rodaje, la película nos recuerda hasta qué punto la cultura de la imagen ha influido en nuestras vidas, ha ido creando nuestro imaginario común, como si se tratara de mitos modernos. Para quienes hemos tenido la oportunidad de conocer de primera mano el estado de la localización antes y después del inicio de los trabajos de recuperación, para quienes apreciamos en su justa medida los westerns de Leone, la experiencia personal y la cinematográfica quedan ya indisolublemente unidas a través de este trabajo, tras cuyo visionado resulta difícil, casi imposible, no lanzarse de nuevo a perseguir y disfrutar el Oeste almeriense y burgalés de Sergio Leone, esta vez desde una nueva mirada más íntima, acompañado por las voces y los rostros de quienes mantienen viva su memoria fuera de las pantallas.

Música para una banda sonora vital: La mejor oferta (La migliore offerta, Giuseppe Tornatore, 2013)

A los 85 años, el compositor italiano Ennio Morricone creó una de sus mejores partituras para este controvertido thriller de Giuseppe Tornatore, calificado de genial por algunos y de estúpida mamarrachada por otros. Lo innegable es el talento que Morricone despliega en su composición, que atesora pequeñas joyas como este Ritratti d’autore.

Música para una banda sonora vital: El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, Sergio Leone, 1966)

A falta de pocos días para partir al Oeste -al del western europeo, cerca del cementerio de Sad Hill, en el término de Contreras (Burgos), y del monasterio de San Pedro de Arlanza, escenarios ambos, junto con otros almerienses, de esta obra maestra de Sergio Leone-, nada mejor que escuchar la banda sonora compuesta por Ennio Morricone para ambientarse de camino a Interferencias, las III Jornadas sobre cine y arquitectura en las que, de nuevo, participamos.

Música para una banda sonora vital: Drácula y las mellizas (Twins of Evil, John Hough, 1971)

Espléndida e inesperada partitura la de Harry Robinson para este clásico menor del cine de terror producido por la factoría Hammer británica, ya en sus últimos coletazos de mezcla con el cine erótico, que emparenta las melodías misteriosas e inquietantes con la introducción en la orquestación de aires del spaghetti-western, en particular de las trompetas y los ritmos tan próximos a las composiciones de Ennio Morricone para la “Trilogía del dólar” de Sergio Leone.