Vidas de película – Lilli Palmer

Lilli Palmer

Para el espectador español, Lilli Palmer, nacida como Lillie Marie Peiser en 1914 en la localidad alemana de Posen, hoy la polaca Poznan, siempre será el rostro de la directora del internado de la famosa película de Narciso Ibáñez Serrador titulada La residencia (1969). Este personaje tenía un antecedente directo, interpretado por ella misma, en la cinta alemana Corrupción en el internado (1958), un remake (vuelto a filmar en Estados Unidos en 2006) de otra película previa de 1931 en la que se trataba abiertamente la cuestión del lesbianismo en una escuela femenina.

Pero la carrera de Palmer fue mucho más amplia y variada, y tuvo desarrollo en un buen número de países. Además de en Alemania y España, trabajó nada menos que a las órdenes de Alfred Hitchcock en su intriga El agente secreto (1936). Durante su etapa británica, antes de marcharse a Hollywood, contrajo matrimonio con el actor Rex Harrison, del que se separó tras catorce años de matrimonio en 1957. En Hollywood participó en Cuerpo y alma (1947), película de boxeo protagonizada por John Garfield, y en Francia formó parte del reparto de la película de Jacques Becker Los amantes de Montparnasse, una historia de amor con el pintor Modigliani como personaje central. A esta fase de su carrera pertenece también La guerra secreta de sor Catherine (1960), producción británica en la que interpretaba a una monja que promueve la evasión de unos niños judíos de un campo de internamiento en la Italia de la Segunda Guerra Mundial.

Otros papeles importantes en su carrera son, de nuevo en el marco de la Segunda Guerra Mundial, en la espléndida película de George Seaton Espía por mandato (1962), con William Holden, en Edipo rey (1967), en el que interpretaba a Yocasta, la madre del protagonista, y en Los niños del Brasil (1978), adaptación de la novela de Ira Levin dirigida por Franklin J. Shaffner con Gregory Peck, Laurence Olivier y James Mason.

Lilli Palmer falleció el 27 de enero de 1986, a los 71 años.

Accidentes de la Historia: Operación Cicerón

Turquía, 1944. La Historia está a punto de cambiar, pero nadie parece ser, ni haberlo sido después, consciente de ello. Y todo por la ambición personal de un individuo aparentemente irrelevante, insignificante, prescindible. Un simple ayuda de cámara conspira para cambiar el destino de decenas de millones de seres humanos en todo el mundo sin que le importe otra cosa que conseguir a la mujer que desea y reunir la fortuna económica que siempre ha perseguido…

Inspirada en la vida real de Elyesa Bazna, espía albanés durante la Segunda Guerra Mundial, novelada por L.C. Moyzisch, el gran Joseph L. Mankiewicz filmó en 1952 Operación Cicerón, la que es posiblemente la mejor película de espionaje situada en el conflicto y una de las cimas del cine de agentes secretos de todos los tiempos. Con guión de Michael Wilson y el propio Mankiewicz (nominados al Oscar ambos por su trabajo, doblemente en el caso del director), la película nos traslada a la Turquía oficialmente neutral de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que otros países oficial u oficiosamente no neutrales, como Suecia -no perderse la estimable Espía por mandato (The counterfeit traitor, George Seaton, 1962), aventura muy apreciable aunque algo estirada de duración con William Holden como agente sueco-americano infiltrado en Alemania-, Suiza o España, Turquía no es país beligerante pero apoya más o menos veladamente a las potencias del Eje Berlín-Roma-Tokio. Al mismo tiempo que circulan rumores cada vez más insistentes sobre su entrada en la guerra para desequilibrar los frentes de Europa oriental y del Mediterráneo, Ankara y Estambul son centro de operaciones habitual para los espías de todas las nacionalidades al servicio de cualquiera de los bandos, coincidiendo en locales, restaurantes, librerías, paseos, plazas y cafés. O incluso en los propios edificios oficiales, en los que las fiestas organizadas por los políticos o las instituciones turcas tienen que hacer encaje de bolillos para evitar la coincidencia de alemanes y británicos en los mismos salones al mismo tiempo (magnífica escena de apertura, el momento en que el piano deja de interpretar a Wagner para no herir sensibilidades y todo el diálogo inicial entre los alemanes y la condesa desterrada, una conversación llena de cinismo, dagas retóricas y dardos venenosos). En este continuo mercadeo de intrigas, favores, confesiones veladas y juegos del ratón y el gato irrumpe Diello (James Mason), un personaje enigmático que ofrece a los alemanes informes solventes sobre actividades secretas británicas al más alto nivel por un precio, obviamente, también muy alto. Las investigaciones germanas terminan averiguando que el tal Diello es nada menos que ayuda de cámara del embajador británico, con libre y continuo acceso a documentación reservada que incluye las actas de la conferencia de Teherán entre Stalin, Churchill y Roosevelt o los preparativos de algo llamado Operación Overlord (como se denominó el desembarco de Normandía de 6 de junio de 1944), por lo que las fuentes de información parecen seguras. ¿O no? ¿Qué es Diello? ¿Un traidor? ¿Un vividor que sólo busca dinero con el que huir en compañía de su amante a los placeres de Sudamérica? ¿O quizá un doble agente que intenta embaucar a los alemanes convenciéndoles de rocambolescos planes en Europa Occidental?

La película se abre y se cierra con dos de los rasgos de estilo más queridos a Mankiewicz. El comienzo es uno de sus tan amados flashbacks: en Londres, un miembro del Parlamento interroga al gobierno acerca de la reciente publicación de un libro en el que se relatan impactantes experiencias de un antiguo miembro del servicio de la embajada británica en Turquía en relación con la venta de secretos a los nazis. A partir de ahí, da comienzo la historia propiamente dicha, ambientada en los elegantes salones y despachos de la administración turca y de las legaciones diplomáticas alemana y británica, así como en los Estados Mayores de Londres y Berlín. Narrada con el estilo y la elegancia propios de Mankiewicz, la fluidez del ritmo viene perfectamente complementada por un texto riquísimo, marca de la casa, repleto de referencias, dobles lecturas, frases lapidarias y juegos retóricos, en los que se luce especialmente un James Mason magistral, inconmensurable, en su encarnación de cínico, empático, inquietante y algo botarate bon vivant al que la suerte de la guerra le trae al fresco y sólo busca satisfacer su propio interés económico, físico y material. Continuar leyendo “Accidentes de la Historia: Operación Cicerón”