Mis escenas favoritas: Ser o no ser (To be or not to be, Ernst Lubitsch, 1942)

En manos de maestros como Lubitsch, la comedia es un instrumento inmejorable para contar verdades, mostrar vergüenzas y satirizar monstruos. Esta secuencia de Ser o no ser es ejemplar en su manera de sugerir de manera sencilla y ágil una enorme carga de profundidad crítica, un retrato del terror social y del delirante culto al líder que se vivió en la Alemania nazi.

Diálogos de celuloide – Varios

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Mi psicoanalista me advirtió de que no saliera contigo, pero eres tan guapa que cambié de psicoanalista.

Manhattan (Woody Allen, 1979).

 

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Usted ha creado un monstruo, y ahora él le destruirá a usted.

El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931).

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– Mis padres quieren conocerte. ¿Por qué no te pasas por casa a tomar el té?

– No me gusta el té.

– Bueno, pues tómate otra cosa.

– No me gustan los padres.

Grease (Randal Kleiser, 1978).

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Heil yo mismo.

Ser o no ser (To be or not to be, Ernst Lubitsch, 1942).

Magia, amor, humor y ternura a la vuelta de la esquina: El bazar de las sorpresas

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Esta es la historia de “Matuschek & Compañía”, del señor Matuschek y de las personas que trabajan para él. Su bazar está a la vuelta de la esquina de la calle Andrassy. En la calle Balta, en Budapest, Hungría.

Aunque este seductor cuento de almas infelices bien pudiera transcurrir en otras coordenadas temporales y geográficas igualmente propensas a las fábulas de anhelos insatisfechos y corazones hambrientos, la atención del mundo se concentra por un instante, de puntillas, casi sin hacer ruido, a través de ese microscopio de emociones que es el cine, que nos invita, cogidos de la mano, mecidos por una voz cálida y amable que cita el texto que abre este artículo, a colocarnos ante un sencillo, modesto, pero encantador y coqueto escaparate de, como dice la canción, seres imperfectos, soledades compartidas, ideales desmesurados y amores a escondidas, de sentimientos expuestos a la espera de alguien que sepa apreciar su calidad pagando su precio hace mucho tiempo rebajado, en un pequeño pero próspero comercio de marroquinería y artículos de importación de la vieja capital húngara en un momento, 1939, en que Europa está a punto de perder la inocencia, si es que alguna vez la tuvo o creyó haberse fabricado una memoria a medida que la hiciera olvidarse por completo y por siempre de sí misma. Así, llevados del brazo, con el susurro de la promesa de un amor a un tiempo sencillo y épico, legendario y corriente, mágico y cotidiano, nos situamos en la esquina de las calles Andrassy y Balta del viejo Budapest a la temprana hora matutina en la que los empleados de Hugo Matuschek van concentrándose ante la luna de la tienda a la espera de la irrupción del taxi que traslada al gran hombre mientras comentan las noticias del primer periódico del día, se cuentan los avatares acaecidos la tarde anterior en sus quehaceres privados, lamentan la nueva enfermedad de la esposa del señor Pirovitch, esperan el relato de Kralik sobre la cena de la noche anterior en casa del jefe, o hacen buenos propósitos para la jornada en curso, aunque algunos de ellos, de reojo, a la vez preocupados y ansiosos, aguardan la llegada del coche para ser ellos quienes, por una vez antes que el señor Vadas, tengan el privilegio de abrirle la puerta a Matuschek y mostrar su abnegación por la empresa y su inquebrantable adhesión a la persona de su dueño en forma de un servilismo extremo que les vuelva visibles a sus ojos, que les proporcione un momento de notoriedad que abogue por su compromiso en el negocio antes de subsumirse en el anónimo marasmo cotidiano de clientes, proveedores, trastiendas, caja registradora, horas de teléfono, cuentas y tratos, antes de que Matuschek se encierre en un despacho al que sólo Kralik, su ojito derecho, parece tener acceso libre e ilimitado.

Así, con unas breves, soberbias, delicadas pinceladas, con unos diálogos agudos, ágiles, rápidos, certeros, se nos presenta el pequeño universo humano que va a deleitarnos apenas hora y media. Pirovitch (Felix Bressart, un fijo en las más recordadas películas de Lubitsch), es un hombre de mediana edad, algo triste y desencantado, hecho a una rutina familiar plácida y tranquila, que se deja llevar por una vida sin sobresaltos, sin alicientes, y que encuentra en su esposa e hijos todo lo que anhela de la vida, un frágil y quizá timorato y cobarde pero también cómodo equilibrio vital que no desea ver perturbado, ni por su suegra ni por el tío con el que odia compartir veladas ni tampoco por culpa de un trabajo que necesita conservar a toda costa ante la imposibilidad de poder ser aceptado en otro sitio, de ahí que desee refugiarse en ese mismo anonimato laboral que otros rehuyen, escondiéndose o haciendo mutis por el foro cada vez que Matuschek busca un empleado al que pedir consejo u opinión si no tiene a Kralik a mano, y que hace que, precisamente sea él el objeto de los malos humores del dueño del lugar cuando una sombra se cruza por su cabeza. Flora (Sara Haden) es una mujer madura que, adivinamos, probablemente perdió el tren del amor hace mucho tiempo, por mala suerte o porque no tuvo coraje para comprar el billete, y pasa sus días en compañía de su anciana madre. En el trabajo es tan eficiente como silenciosa y discreta, es el talento contable que hay tras el diario cierre de caja, su tardío momento de gloria cotidiano, pero no nos cuesta imaginarla en la intimidad de su hogar, suspirando por las oportunidades perdidas. Ilona (Inez Courtney) también hace gala de timidez y discreción ante Matuschek, aunque no vacila en opinar abiertamente, criticar o colgar sambenitos si es menester cuando el jefe no está delante, buscando en la aceptación de sus compañeros el trato afectivo diario del que quizá está privada al llegar a casa. Ferencz Vadas (Joseph Schildkraut, magistral en su difícil componenda de ser el rostro antipático en un metraje repleto de afabilidad) no busca ser querido o respetado por nadie más que no sea el señor Matuschek, y no por aprecio o simpatía personales, sino por su acentuado egoísmo: no duda en meter cizaña, en conspirar o en dar la vuelta o sacar punta a comentarios de sus colegas con tal de tener algún chascarrillo que vender al gran jefe que le permita así ganar puntos en su ranking de lealtades. Rastrero, ruin, vil y despreciable, utiliza la hipocresía y la falsedad como armas de conducta ante todos con tal de lograr su único propósito, su propia prosperidad. Adulador, soberbio, egocéntrico, mezquino y despreocupado por otra cosa que no sea él mismo, sin límite ético alguno a la hora de conseguir lo que quiere, en el fondo es el caso más lamentable de Matuschek y Compañía, porque sólo hay algo peor que el hecho de que la persona amada no corresponda a nuestros sentimientos: no tener uno mismo alguien a quien amar, o mucho peor, carecer de la capacidad para hacerlo. Pepi (William Tracy), el chico de los recados destinado a convertirse en el eficiente dependiente conocido como señor Katona, es un golfo amable, simpático. Viene del hambre, y de ella ha salido con mucho y buen trabajo, pero también con grandes sufrimientos y amarguras, aprendiendo de la vida en las calles con sus buenas dosis de cara dura, continuas triquiñuelas, y, probablemente, con algún leve quebrantamiento de la ley. No hay maldad en su corazón, sólo la alegría de vivir a toda costa, ganas de disfrutar por anticipado de una felicidad de la que se ve acreedor como justo depositario de ella, que siente segura, una mera cuestión de tiempo, pero a diferencia de Vadas, no en exclusiva, sino como uno más que pueda compartirla con otros al mismo tiempo que la recibe de los demás. Hugo Matuschek (Frank Morgan) es un patriarca, ejerce de padre de familia de su comercio. Pese a llevar veintidós años casado con Emma, no tiene hijos, de ahí que el negocio lo sea todo para él y se relacione con sus empleados como un padre entre bienintencionado y cascarrabias, quisquilloso y de buen corazón, siempre absorbido por las cuentas, atento con los caprichos monetarios de su esposa y, aunque él forjó su fama y fortuna de la nada, a su avanzada edad está ya necesitado de un apoyo en quien confiar para superar las limitaciones de su indecisión ante los nuevos tiempos. Su reputación de hombre de negocios próspero no está a la altura de la realidad: probablemente sin el apoyo de Kralik todo fuera distinto. Alfred Kralik (espléndido, maravilloso James Stewart, toda una estrella ya por aquel entonces, en una de sus mejores encarnaciones de hombre ordinario, común, cotidiano) es un héroe anónimo de firmes convicciones morales, de conquistas pequeñas y, no obstante, decisivas, que persigue un ideal tan recto como sencillo, la felicidad. Lleva nueve años en Matuschek y Compañía, desde que era un aprendiz como Pepi, le ha dedicado a la tienda toda su vida, y conoce los entresijos del negocio tanto y tan bien como el propio Hugo Matuschek, o quizá más y mejor, dado que a él no le cuesta ir adaptándose a los nuevos tiempos. Una vez convertido en encargado, sin embargo, la vida le sabe a poco, necesita abrirse a nuevas experiencias que han permanecido ajenas a él mientras ha necesitado invertir todo su tiempo en hacerse con una posición. Ahora siente la llamada de la poesía, de la música, de la vida, busca enriquecer su existencia antes de seguir los pasos de Pirovitch y llegar tarde a casi todo. Buscando alguna oferta de venta de enciclopedias de segunda mano ha encontrado un anuncio en el que una joven con inquietudes culturales busca interlocutor epistolar con quien intercambiar ideas filosóficas. Apartado de correos 237 de Budapest. Inmejorable para empezar. Con lo que no cuenta es con pasar de la cultura al amor, un terreno nuevo y resbaladizo para Alfred. Continuar leyendo “Magia, amor, humor y ternura a la vuelta de la esquina: El bazar de las sorpresas”