Ecos de Goya en el cine: La caza, de Carlos Saura (1966)

El visionado de esta excepcional película de Carlos Saura, otro aragonés (oscense con vinculaciones murcianas, para más señas) universal, siempre retrotrae a quien escribe a esa pintura de otro ilustre paisano, el maestro Francisco de Goya, en la que dos tipos en apariencia de extracción rural, enterrados en arena hasta las rodillas, se enfrentan garrote en mano a vida o muerte en Duelo a garrotazos. Esa imagen aparentemente inocente, gratuita, banal, expresa de plano la esencia de la historia de España desde el momento -1808- en que en este país empieza a existir algo parecido a la conciencia política, jurídica, social, colectivas, el año en que podemos empezar a hablar de sociedad pensante, no de vasallos o de súbditos, el momento en que el ciudadano vislumbra la posibilidad de alcanzar algún día cercano la mayoría de edad, sin tutelas, patronazgos ni paternalismos de curas corruptos o nobles analfabetos y ladrones, y España se da cuenta de que en pleno siglo XIX vive todavía, de facto, en pleno medievo (como escribe Buñuel -otro aragonés eterno- en sus memorias: en Calanda la Edad Media llegó hasta 1900). En ese momento, y ya a tiro limpio fratricida, comienza a plasmarse históricamente el drama de las dos Españas -o más-, que no ha dejado de representarse, en distintos grados de violencia, rencor e intolerancia, hasta los mismos titulares de la prensa de hoy. Los privilegiados se resisten a abandonar sus privilegios, desean a toda costa, y no pocas veces a golpe de cañón, mantener su posición de señor feudal, tanto en el plano material como el espiritual y el intelectual. El resto del país, la gran mayoría -aunque una vez tras otra debe contemplar como parte de esa gran mayoría se pasa a las filas de los señores feudales, con pretextos tan absurdos como el miedo, la patria o la bandera- , luchan, a veces con el mismo grado de encono, violencia y crimen, para abrir el marco de ese club de bendecidos por la fortuna lo justo para que les deje penetrar a ellos individualmente, y si puede ser a nadie más, pasando, una vez admitidos, a defender la exclusividad de su nuevo estatus frente a sus antiguos aliados, sus compañeros naturales, que se asoman defraudados al abismo del desengaño, del desencanto, de eso tan hispánico -y tan aragonés- que es el abandono. Esa naturaleza íntima de esta sociedad en algunos aspectos enferma, inculta, incluso miserable a veces, cainita, devoradora de sí misma, Saturno devorando a sus propios hijos, cansada -como dice el propio Saura (comentario dedicado a mi amigo Paco Machuca, que lo recuerda a menudo): España es muy cansada-, retrasada en lo político, lo jurídico, lo social y lo cultural, ensimismada en el espejismo que suponían hasta hace nada sus repentinas, abundantes y engañosas comodidades materiales, hoy en riesgo, y en la actual propaganda de los progresos y los triunfos deportivos, esa sociedad en la que los destellos de honradez, excelencia y maestría nunca se producen “gracias a” sino siempre “a pesar de”, es captada de nuevo por Carlos Saura en su película debut de 1965, La caza, en la que, como fue habitual en el primer cine de este aragonés, se exploran los efectos que la memoria histórica reciente -eso que nunca quieren recordar los que verían sus vergüenzas puestas al aire-  y especialmente los ecos de la guerra civil y del enfrentamiento a muerte entre iguales, a garrotazo limpio y semienterrados en la arena -o más bien, en nuestro caso, en puro fango-, perviven en los seres humanos que vivieron, padecieron, o viven y padecen, o vivimos y padecemos, el resultado de aquellos malos tiempos.

Pero Saura no lo hace desde el panfleto o el discurso dogmático, sino desde una sutil y asfixiante escalada de odio y violencia surgida de una aparente nadería: un grupo de yuppies modernos tipo años sesenta, de esos que viven esa primera borrachera de prosperidad, que pronto se verá que es falsa, surgida del fin de la autarquía franquista y del desembarco turístico, dedican un día de ocio y descanso a acudir a un coto de caza para matar conejos (Hispania: tierra de conejos). Son José (Ismael Merlo), Paco (Alfredo Mayo, toda una institución en el cine franquista), José María Prada (Luis), tres antiguos amigos, y Quique (Emilio Gutiérrez Caba -no perderse sus mini-shorts…-), el joven cuñado de Paco, el único que, por edad, no vivió la guerra civil. Pronto captamos el constraste entre el país pasado y el presente: su entorno desolado, desértico (la película se rodó en la provincia de Toledo), salpicado aquí y allá a los lados de la estrecha y mal asfaltada carretera o de las empedradas pistas rurales por parideras, chozas y humildes viviendas de labriegos y pastores, choca con los diálogos y la vida de la que hablan los cuatro protagonistas, exploradores modernos en un mundo que, oficialmente, tal como se vendía desde el poder, ya no existía. El choque, el cambio, es también personal y moral: mientras ese mundo permanece anclado en la Edad Media, José, por ejemplo, está separado de su mujer desde que tiene una amante -Maribel, mucho más joven que él-, separado en un mundo que hace de la moral católica ley escrita. Lo mismo le ocurre a Luis, separado también de su mujer, aunque en este caso por sus propias rarezas, su carácter hosco, su afición a la bebida. En Luis se da además un inesperado vínculo con la modernidad: su afición a las novelas de ciencia ficción. Paco, en cambio, vive para el dinero, para hacer fortuna. Su prosperidad económica, su crecimiento constante, es el vehículo de Paco para dar la espalda a ese mundo pasado que ha abrazado  al sumergirse tras haber aceptado la oferta de José, con el que se encontró casualmente tras haberse perdido la pista durante algún tiempo -cada uno volcado en sus ambiciones personales, olvidando Paco que un día José le salvó de la ruina gracias a un empleo de camionero en su empresa- , y que sabe que tras esa invitación no hay sino un proyecto de saldar su deuda pendiente, o lo que es lo mismo, el deseo de José de que Paco le preste dinero para sanear su fábrica y soportar los altos costes de su adulterio. La amoralidad de Paco no tiene límites: pronto adivinamos que su matrimonio con la hermana de Quique, un mozo de buena familia, no es más que una forma de emparentar con el dinero. La vinculación de Quique con la modernidad viene de cuna y se plasma en sus artilugios y aparatos tecnológicos: que si la radio para escuchar música -canciones risibles, banales, adolescentes, tontitas, de aquellos años-, que si la cámara de fotos para tomar instantáneas, que si la pistola Lüger que guarda su padre -vinculación con el Régimen sutil y magistralmente establecida mediante un símbolo tanto de la violencia como de la antigua amistad entre Franco y Hitler, convenientemente disipada por la propaganda oficial con el paso de los años-, que si un ansia desmesurada por pegar tiros de escopeta…

Mientras tanto, el entorno, esa zona rural de Toledo, esas chozas y caseríos viejos situados en medio de un pedregal, son el pasado, la ruina, la memoria de un país viejo y exhausto que es un inmenso terreno baldío solo apto para el crecimiento de siervos -Juan, el guarda del coto, interpretado por Fernando Sánchez Polack, el hermano de Tip, y su hija Carmen, enseguida deseada por Quique) y para el divertimento de esos ociosos urbanos que en cuanto obtengan lo que quieren, divertirse criminalmente a costa de los conejos, volverán a la ciudad, a ese país virtual que creen que es el auténtico. Su Land Rover -el mejor todo-terreno concebido por ser humano, un todo-terreno de verdad para ensuciarse, pringarse, sumergirse a gusto en la tierra, nada que ver con esos cochecitos de ruedas altas y gruesas diseñados para que los pijos de ciudad farden en los semáforos mientras se hurgan en la nariz y escuchan graznar a Shakira por la emisora de radio cutre del momento- es una especie de nave perdida en un mar de piedras, sol inclemente y montículos de matojos y arena.  Continuar leyendo “Ecos de Goya en el cine: La caza, de Carlos Saura (1966)”

Música para una banda sonora vital – Deprisa, deprisa

En 1980 Carlos Saura obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín gracias a esta crónica de delincuencia juvenil, a las vivencias de un grupo de adolescentes, El Mini, El Meca, Ángela y El Sebas, que desde una barriada marginal de la capital de España inician una loca carrera pistola en mano al asalto de todo banco que se cruza en su camino. Una deriva vertiginosa de espaldas a la cruda realidad del único final que puede aguardarles a la vuelta de la esquina: una muerte tan segura y dolorosa como su impaciencia y su frustración.

Ambiente setentero, pantalones de campana, patillas, lenguaje cheli, vehículos que hoy son ya de colección y, como siempre en Saura, una cuidada banda sonora relacionada con la historia que se está contando. En ella destacan principalmente el flamenco y los aromas gitanos, como Ay que dolor, de Los Chunguitos, uno de los himnos populares de la época.

Mis escenas favoritas – La colmena

La colmena no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad. Un trozo de vida narrado sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre. Queramos o no queramos. La vida es lo que vive, en nosotros o fuera de nosotros; nosotros no somos más que su vehículo, su excipiente como dicen los boticarios (prólogo de Camilo José Cela a la primera edición de La colmena).

Aprovechamos la escena final de La colmena, dirigida por Mario Camus en 1982, para invitar a nuestros queridos escalones a la tercera sesión del ciclo:

LIBROS FILMADOS. Organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores y FNAC Zaragoza-Plaza de España.

3ª sesión. Martes 30 de marzo de 2010: La colmena.

18:00 h.: Proyección
20:00 h.: Coloquio con Miguel Ángel Yusta, Estela Alcay y un servidor.

Ejemplar adaptación a la pantalla de una obra literaria compleja, se trata de un excelente filme coral con un reparto inigualable que obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín, ocho premios del Círculo de Escritores Cinematográficos y cuatro premios de la Asociación de la Crítica Extranjera de Nueva York.

La tienda de los horrores – El sabor de la sandía

Si hay una película que demuestre el tan acostumbrado divorcio entre crítica y público, es esta producción taiwanesa de 2005, para quien escribe, uno de los despropósitos más extravagantes y ridículos jamás filmados, pese a lo cual obtuvo, entre otros, los siguientes premios: Oso de Plata en Berlín a la mejor contribución artística y Premio Fipresci, Premio Especial del Jurado, Premio de la Crítica y Premio al mejor actor en el Festival de Sitges. Casi nada, y sin embargo, nos reafirmamos en el calificativo anterior a la vista del catálogo de absurdeces, vaga y pretendidamente provocativas, y de momentos repugnantes, gratuitos y/o estúpidos, que contienen sus ciento doce minutos de metraje.

Valga como ejemplo la escena que sigue a la larga introducción de varios minutos en la que sólo vemos un largo pasillo filmado como si de una cámara de vigilancia colgada en una esquina se tratara y en la que aguardamos pacientemente a que dos mujeres se crucen y desaparezcan cada una por un extremo del pasillo… Pues bien, a continuación, véase el cartel, un chico y una chica orientales practican el sexo con una sandía de por medio. El joven, en plan taladro, va a travesando la carne de la sandía en cuestión hasta que, primero, llega a la carne de la muchacha y, más tarde, la embadurna del agua y de las pepitas que contiene tan sabrosa y refrescante fruta. Escenas así, de sexo casi explícito, en la que planos de penes y vaginas se combinan con momentos de coitos y prácticas sexuales varias, van mezclándose en la narración junto a inesperados, coloristas y divertidamente absurdos números musicales estilo años 50 que aparecen sin venir a cuento y que, supuestamente, evocan momentos de la trama, y con las evoluciones de la pareja protagonista, un actor porno y una joven solitaria que se hacen mutua compañía en un Taiwán sometido a una inclemente ola de calor. Ella intenta paliar los calores robando agua de las fuentes y los aseos públicos; él sube a las azoteas de los edificios para bañarse en los depósitos de agua de las últimas lluvias. Mientras el gobierno hace publicidad de los métodos que debe seguir la población para mitigar el calor (entre los cuales está la ingestión del zumo de sandía, óptimo para librarse de la sed y a la vez ahorrar agua), los dos jóvenes se curan de su soledad, entre coreografías marcianas y folleteo insustancial y bastante antierótico por desagradable. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – El sabor de la sandía”

La tienda de los horrores – La ciénaga

En el cine sólo hay una cosa igual de repulsiva que ese tipo de fenómeno encarnado hoy en cierta película de muñequitos de tres horas hecha en 3D, sin historia ni mérito artístico alguno y con derroche tecnológico como envoltorio, cuya calidad se mide en cientos de millones de dólares de recaudación y no en interpretaciones, guión, narración o técnica que aporte algo a la historia; sólo hay una clase de directores (jamás uno caerá en la tentación de llamarlos cineastas, porque ser cineasta es otra cosa) que resulte tan repelente como el indocumentado capaz de crear una catarata de efectismos digitales que no cuenten nada en sí: hablamos de aquellos directores que hacen películas para su ombligo, del llamado desde este mismo instante, cine-pelotilla. Porque si malo es tragarse cualquier bodrio hollywoodiense de los que hoy se anuncian en los telediarios, tanto peor es agarrarse en plan cultureta a las historias densas, insoportablemente tediosas y repugnantemente absurdas de ciertos autores en aras de una búsqueda de genialidad que al público se le pueda escapar, generalmente con el proselitista fin de afirmar la propia exclusividad de gustos o la superioridad de la propia inteligencia a la vez que el desprecio a las historias entendibles y a los gustos populares.

Y no creemos en absoluto que esta película de 2001 dirigida por Lucrecia Martel, la mimada del cine argentino, sea una expresión egocéntrica de su autora, una especie de proyección de sus delirios de grandeza y de una conciencia propia un tanto pagada de sí misma. Al contrario, es su forma de hacer cine. Mejor o peor, pero suya, auténtica. Sin embargo, hay quienes se someten con gusto al pecado de considerar geniales ciertas cosas por el mero hecho de que nadie las soporta con el fin de afirmar su distinción y refinamiento a la hora de apreciar el arte. Y eso es lo que pasa con el cine de Lucrecia Martel, encumbrado por la crítica y por cierto tipo de público y, realmente, tan complejo como soporífero. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – La ciénaga”

Humanismo hecho cine: La boda de Tuya

Pocas sensaciones, artísticas por supuesto, pueden resultar tan gratificantes como el hecho de acercarse a una película de la que uno no sabe nada más que algunos datos circunstanciales (Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2007) y un puñado de lejanas y superficiales referencias, y dejarse sorprender, atrapar, subyugar e invadir por una historia sencillamente prodigiosa, narrada con naturalidad extrema, poderosa en su íntima sinceridad y en su apabullante honestidad, y además tan hermosa en la forma, tan magnífica y tan sensible en el retrato de personas, realidades y parajes tan agrestes como cautivadores. Esta joya del cine chino dirigida por Wang Quan’an supone un gran triunfo del gran poder del cine para generar emoción cuando hace de la contención y de la sencillez sus virtudes, cuando busca la complicidad humana y sentimental del espectador para crear esa comunión entre obra de arte y público que tan a menudo se busca por caminos erróneos y que deviene, inevitablemente, en trascendencia, en recuerdos gratos e imborrables, en asunción de la película como parte de la propia experiencia, del propio currículum emocional.

A través de la maravillosa fotografía de Lutz Reitemeier, nos trasladamos a la Mongolia más profunda, a un territorio hostil, un incómodo océano de páramos desolados, de naturaleza en bruto, en el que transcurre la vida de algunas comunidades nómadas que todavía conservan buena parte de sus culturas y ritos ancestrales en un mundo que con cuentagotas les va proporcionando su cuota de modernidad. En este salvaje entorno, Tuya, interpretada por Yu Nan, mujer de belleza extraña y serena bajo la que se adivina un torrente de fuerza vital contenido a duras penas por su lugar en el mundo, el de la mujer rodeada de hombres y comprimida por una cultura machista, fenomenalmente personificada en una actriz soberbia en su papel, lucha contra los rigores naturales de su geografía y contra las convenciones que limitan sus facultades como individuo autónomo, a la vez que, a través del pastoreo de sus ovejas, intenta sacar adelante a sus hijos y a su marido tullido, impedido para trabajar. A pesar de que el Gobierno intenta incorporar a estos nómadas a la sociedad moderna a través de incentivos económicos, Tuya se resiste a abandonar su forma de vida y el espacio que comparte con su familia. Sin embargo, tanto trabajo a cuestas terminan repercutiendo sobre su salud y enferma. El problema es grave: sin ella, los niños y Bater, su marido, están perdidos. Sólo cuenta con la ayuda de un vecino cuya mujer le ha abandonado y cuyo sueño máximo es poder comprarse un camión. En estas circunstancias, sólo hay una salida para Tuya: aún joven, hermosa y fuerte para trabajar, debe divorciarse de Bater y casarse con otro hombre que pueda mantenerla a ella y a los niños. Deseada hace tiempo por muchos de los hombres de los alrededores, e incluso habiendo llegado el rumor a la ciudad, a antiguos compañeros de estudios que la quisieron y a los que no correspondió, son muchos los pretendientes que se acercan a la estepa para pedirla en matrimonio. Pero Tuya no acepta a ninguno. Ni uno solo de sus pretendientes acepta la única condición que ella pone para entregarse: que su nuevo marido se haga cargo de los niños, pero también de Bater. Continuar leyendo “Humanismo hecho cine: La boda de Tuya”