Mis escenas favoritas: Tristana (Luis Buñuel, 1970)

El gran cine es aquel por el que nunca pasa el tiempo, el que siempre nos lleva a arquear una ceja, da igual el número de veces que hayamos visto una película, una secuencia, o escuchemos una frase o un diálogo. Buñuel siempre remueve la conciencia y los sentimientos. Por algo es el más grande.

Y otra de propina:

 

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Música para una banda sonora vital – Django (Sergio Corbucci, 1966)

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El auténtico, el genuino Django, es hispano-italiano, y su autoría se debe a los hermanos Corbucci, Sergio y Bruno, el alma de spaghetti western en dura competencia con el mismísimo Sergio Leone. Protagonizada por Franco Nero, el éxito de esta película, prohibida en el Reino Unido por su carácter ultraviolento (de ella, ni más ni menos, extrajo Quentin Tarantino, además de una película del doble de duración que su inspiración, la famosa secuencia de Reservoir dogs donde le rebanan la oreja a un policía), dio origen a una saga en la que el personaje del pistolero que arrastra un ataúd y acaba con todo lo que se mueve fue interpretado por varios actores después de que Nero se hartara del papel y buscara abrir nuevos caminos en su carrera (con Luis Buñuel, por ejemplo, en Tristana, cuatro años más tarde). Entre ellos, el “mítico” Terence Hill, con el que la serie, cada vez más autoparódica, no tardaría en convertirse en otro tipo de saga muy distinta cuando coincidió en pantalla con Bud Spencer.

Tarantino también fusiló, literalmente, su música, obra de Luis Enrique Bacalov. Como homenaje, claro.

Diálogos de celuloide – Tristana

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Pobres trabajadores. ¡Cornudos y apaleados! El trabajo es una maldición, Saturno. ¡Abajo el trabajo que se hace para ganarse la vida! Ese trabajo no dignifica, como dicen, no sirve más que para llenarles la panza a los cerdos que nos explotan. Por el contrario, el trabajo que se hace por gusto, por vocación, ennoblece al hombre. Todo el mundo tendría que poder trabajar así. Mírame a mí: yo no trabajo. Y, ya lo ves, vivo, vivo mal, pero vivo sin trabajar.

Tristana. Luis Buñuel (1970).

La tienda de los horrores – Fuerza 10 de Navarone

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Pues eso, que la moda de los remakes, las adaptaciones de adaptaciones, la recuperación forzada y contra toda lógica de éxitos del pasado en busca de rentabilidad económica ante nuevas generaciones de espectadores por lo común ignorantes del cine anterior a su propia consciencia, no es de ahora ni mucho menos. En 1978, un tiempo en el que el cine bélico andaba de capa caída (decadencia que este esperpento, lejos de mitigar, contribuyó a acrecentar), Guy Hamilton, famoso por haberse hecho cargo de algunas de las entregas más célebres de la saga James Bond 007 (Goldfinger, Diamantes para la eternidad, El hombre de la pistola de oro) se empeñó en recuperar los personajes Mallory y Miller del clásico de 1961 Los cañones de Navarone (de J. Lee Thompson, otro que también se las trae, como ya vimos y volveremos a ver no dentro de mucho…), interpretados en su día por Gregory Peck y David Niven, y colocarlos en otro frente de la Segunda Guerra Mundial. Talluditos ya los intérpretes originales, echó mano de Robert Shaw y Edward Fox respectivamente (que no eran precisamente unos jovenzanos), acompañados para la ocasión ante las ausencias de Anthony Quinn e Irene Papas por un Harrison Ford que comenzaba a explotar (bastante mal) su recién adquirida fama a raíz de La guerra de las galaxias como nueva incorporación al asunto, y Franco Nero, Richard Kiel y Barbara Bach, como dirían en el Un, dos, tres…, en la parte negativa.

La cosa esta vez nos lleva al frente yugoslavo de la Segunda Guerra Mundial. La delirante trama no tiene desperdicio: el alto mando en Londres concibe una rocambolesca operación secreta (tan secreta que quienes han de intervenir en ella tienen, ojo al dato, que robar a su propio ejército el avión en el que deben trasladarse, momento de estupidez supina que eclosiona en una lucha entre el comando angloestadounidense y la policía militar americana en la misma pista de despegue…) que tiene como fin la voladura de un puente que aísle a la resistencia yugoslava (comunista, para más señas) de los nazis y sus aliados, los partisanos croatas (católicos que, en connivencia con los nazis, cometieron gran cantidad de crímenes de guerra), a fin de que puedan reorganizarse y lanzar un contraataque letal que expulse a los alemanes de Yugoslavia. Sin embargo, como la operación es secretísima, esto no es más que un pretexto: la idea de fondo es la eliminación de un infiltrado nazi entre la dirección de la resistencia yugoslava: uno de sus líderes de más prestigio es sin embargo un doble agente que da información a los nazis y logra abortar todas las operaciones encaminadas a expulsar a los alemanes del país (alemanes que, dicho sea de paso, son retratados como acreedores de una incompetencia y estupidez tan enorme en sus tareas por eliminar al comando que no es posible entender cómo habrían podido conquistar toda Europa si la realidad hubiese sido así). Ése es el motivo por el que los retirados Mallory y Miller son reclutados a la fuerza para participar en el ajo: el infiltrado es un viejo conocido de su misión en Navarone, y son ellos los únicos capaces de identificarlo y eliminarlo. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Fuerza 10 de Navarone”