Diálogos de celuloide: La última noche de Boris Grushenko (Love and Death, Woody Allen, 1975)

“Amar es sufrir, para evitar el sufrimiento, se debe no amar. Pero entonces se sufre por no amar. Luego, amar es sufrir, y no amar es sufrir. Sufrir es sufrir. Ser feliz es amar. Ser feliz es, por tanto, sufrir. Así, para no ser feliz, se debe amar, o amar para sufrir, o sufrir de demasiada felicidad. Espero que estéis tomando nota».

(guion de Woody Allen)

Diálogos de celuloide: La última noche de Boris Grushenko (Love and Death, Woody Allen, 1975)

Natasha: Es una situación muy complicada, prima Sonja. Yo estoy enamorada de Alexei. Y Alexei quiere a Alicia. Alicia es la amante de Lev. Lev ama a Tatiana. Tatiana ama a Simkin. Simkin me quiere a mí. Y yo quiero a Simkin, pero de un modo distinto a Alexei. Alexei quiere a Tatiana como a una hermana. La hermana de Tatiana quiere a Trigorian como a un hermano. El hermano de Trigorian es el amante de mi hermana, que le gusta físicamente, pero no espiritualmente.

Sonja: Natasha, se está haciendo tarde».

(guion de Woody Allen)

Diálogos de celuloide: Gritos y susurros (Viskningar och rop, Ingmar Bergman, 1972)

-¡Ven aquí! Ven. ¿Ves tu imagen en el espejo? Eres bella. Tal vez más bella que hace unos años. Pero algo ha cambiado y quiero que lo veas. De tus ojos se desprende una mirada calculadora. Antes mirabas abierta y directamente, sin disimulo. En tu boca se percibe una mueca de desagrado. Antes tu sonrisa era dulce. Tu piel ahora es más pálida, por eso te maquillas. Ahora, cuatro pliegues atraviesan tu hermosa y despejada frente, que no puedes distinguir con esta luz, pero que se manifiestan claramente a la luz del día. ¿Conoces el origen de esos pliegues?

-No.

-Los provoca tu indiferencia, Marie. Y la línea perfecta de tu mandíbula ya no está tan dibujada por tu abulia y tu dejadez. ¿Y sabes a qué se debe? A que no ríes con tanta frecuencia. ¿lo ves? ¿Te das cuenta, Marie? Debajo de tus ojos, esas arrugas finas e imperceptibles de sufrimiento y desengaño.

-¿De verdad ves todas esas cosas en mi cara?

-Sí, lo veo de cerca cuando me besas.

-Creí que eras tú el que me besaba a mí. Y sé muy bien lo que ves en mí.

-¿El qué?

-Te ves a ti mismo. Somos tan parecidos tú y yo…

-¿Es decir, orgullosos, fríos, con un fuerte sentimiento de culpabilidad?

(guion de Ingmar Bergman)

Diálogos de celuloide: Sopa de ganso (Duck Soup, Leo McCarey, 1933)

-¿Se da cuenta de que nuestro ejército se enfrenta a una derrota? ¿Qué piensa hacer?

-Ya lo he hecho.

-¿Qué es lo que ha hecho?

-Me he pasado al otro bando.

-Conque al otro bando, ¿eh? ¿Entonces qué hace aquí?

-Bueno, es que aquí la comida es mejor.

(guion de Bert Kalmar y Harry Ruby)

(más citas de esta película aquí)

Diálogos de celuloide: La heredera (The Heiress, William Wyler, 1949)

– Él espera que tú lo mantengas con tu dinero.
– Él no espera nada, padre. No me quiere por eso.
– ¿No? ¿Por qué entonces? ¿Por tu gracia? ¿Por tu atractivo? ¿Por tu mente rápida? ¿Por tu sutil ingenio?
– Él me admira.
– Catherine, llevo meses intentando no ser cruel contigo pero ya es hora de que comprendas la verdad. ¿Cuántas chicas se habrían casado con él en la ciudad?
– Pero me prefiere a mí.
– Oh sí, claro, estoy convencido de ello. Hay cien mujeres mas guapas. ¡Mil mujeres más inteligentes, pero tú tienes una virtud que la supera a todas!
– ¿Cuál… cuál es, padre?
– ¡Tu dinero!
– Padre…
– ¡No tienes nada más!
– Me estás diciendo unas cosas terribles…
– No espero que me creas, desde luego. Llevamos toda la vida juntos y no te he visto aprender nada. Con una sola excepción, hija mía, que bordas muy bien. Lo reconozco.

(guion de Augustus y Ruth Goetz a partir de la novela de Henry James y de su adaptación teatral)

Diálogos de celuloide: La gran belleza (La grande bellezza, Paolo Sorrentino, 2013)

La Gran Belleza

– Bien, veo que no me rebatís más.

– Estaba bebiendo.

– No te rebatimos porque te queremos. No queremos dejarte en ridículo. Pero todo este orgullo, esta ostentación de tu «yo, yo», esos juicios cortados con hacha esconden fragilidad y disgusto. Esconden mentiras. Nosotros te conocemos, te queremos. Conocemos también nuestras mentiras, pero por eso, a diferencia de ti, hablamos de cosas banales, de tonterías y de inmundicias. No tenemos intención de medirnos con nuestra mezquindad.

– ¿Pero de qué mentiras hablas? Todo lo que he dicho es verdad. Es como es, en lo que creo.

– Por favor, soy un caballero, no destruyas mi única certeza.

– No, no. Ahora me dices cuáles son mis mentiras y mis fragilidades. Soy una mujer con pelotas. Vamos, habla.

– Ante una mujer de pelotas cedería cualquier caballero. Stefania, tú lo has querido. En orden aleatorio: tu vocación civil en la Universidad no la recuerda nadie, sin embargo muchos recuerdan otra vocación, una vocación que se consumía en los baños de la Universidad. Escribiste la historia del Partido porque eras amante del líder y tus 11 novelas publicadas por una pequeña editorial suscrita al Partido, analizadas en pequeños periódicos cercanos al Partido, son novelas irrelevantes, lo dice todo el mundo, eso no quita que mi novelita juvenil fuera irrelevante, tienes razón. Tu historia con Eusebio… ¿Cuál? Eusebio está enamorado de Giordano, lo sabe todo el mundo, hace años que comen en Arnalda, en el Panteón, bajo el perchero como dos enamorados bajo un roble, todos lo saben pero fingen como si no. La educación de tus hijos que llevas minuto a minuto: trabajas toda la semana en la televisión, sales todas las noches, incluso los lunes, cuando no salen ni los camellos a vender droga. No estás con tus hijos ni en las largas vacaciones que te concedes. Además precisando, tienes un mayordomo, un camarero, un cocinero, un chófer que lleva a los niños al colegio y tres niñeras. ¿Cómo y cuándo se manifiesta tu sacrificio? Estas son tus mentiras y tu fragilidad. Stefania, madre y mujer, tienes 53 años y una vida devastada, como todos nosotros. Así que en lugar de darnos clases de ética y mirarnos con antipatía, deberías mirarnos con afecto. Estamos todos al borde de la desesperación, no tenemos más remedio que mirarnos a la cara, hacernos compañía y tomarnos el pelo. ¿O no?

(guion de Umberto Contarello y Paolo Sorrentino)

Mis escenas favoritas: La última noche de Boris Grushenko (Love and Death, Woody Allen, 1975)

En la Rusia de principios del siglo XIX, Boris Grushenko vive obsesionado con la muerte y con su prima Sonia, aunque ella prefiere a Iván, uno de los hermanos de Boris. Pero Iván se casa, y Sonia, por despecho, contrae matrimonio con un rico comerciante de pescado. Obligado por su familia, Boris se alista en el ejército para luchar contra Napoleón e, inexplicablemente, se convierte en un héroe de guerra. A pesar de ser un pacifista convencido, la casualidad querrá que llegue a tener en sus manos el destino de Europa. Woody Allen parodia su propio gusto por la novela rusa decimonónica, en particular a Tolstói y Dostoyevski, en esta ácida comedia ambientada en los tiempos de las guerras napoleónicas y la invasión de Rusia por la Grande Armée.

Diálogos de celuloide: Fraude (F. for Fake, Orson Welles, 1973)

Ha estado aquí durante siglos [la catedral de Chartres]. Quizá la mayor obra del hombre en todo el mundo occidental, y no tiene ninguna firma. ¡Chartres! Una celebración de la gloria de Dios y de la dignidad del hombre. Todo lo que queda -parecen pensar la mayoría de los artistas de hoy- es el hombre. Desnudo, pobre, retorcido tubérculo. No hay celebraciones. El nuestro, nos dicen los científicos, es un universo desechable. Es posible que sea esta gloria anónima de entre todas las demás cosas, este rico bosque de piedra, este canto épico, este gozo, este grandioso salmo de afirmación, lo que elijamos cuando nuestras ciudades sean solo polvo; para que permanezca intacto, para indicar dónde estuvimos, para dar testimonio de cuanto logramos. Nuestras obras en piedra, en pintura, en papel se conservan. Alguna de ellas desde hace algunas décadas, o un milenio, o dos. Pero todo debe caer en la guerra o destruirse en la ceniza última y universal: los triunfos y los fraudes, los tesoros y las falsificaciones. Es ley de vida, todos moriremos. «Tened buen corazón», claman los artistas muertos desde el vivo pasado. Nuestros cantos serán completamente silenciados pero ¿qué importa? ¡Seguid cantando!

(guion de Orson Welles y Oja Kodar)

Diálogos de celuloide: M, el vampiro de Düsseldorf (M, Fritz Lang, 1931)

Foto de Peter Lorre - M, El vampiro de Düsseldorf : Foto Peter ...

HANS BECKERT: ¡Qué queréis que haga…! ¿Qué puedo hacer yo…? ¿Es que no creéis que es terrible lo que llevo dentro…? ¡Este fuego, esa voz, esta tortura…! Tengo que circular por las calles huyendo constantemente… Hay alguien que me persigue… ¡Y soy yo mismo…! ¡Me persigo… en silencio! Pero yo le oigo.. ¡¡Sí!! A veces me parece… que yo mismo corro detrás de mí y quiero escapar de mí mismo… ¡pero no puedo… no puedo escapar! He de continuar mi camino porque si no me alcanzará… ¡Tengo que correr… correr por las calles sin fin…! ¡Y quiero… quiero escapar…! Y detrás de mí corren los fantasmas de las criaturas… nunca se apartan de mí… nunca… Siempre están ahí… ¡Siempre! ¡Siempre! ¡Siempre! Solo tengo una solución: ¡¡¡matar!!!… Y ya no me doy cuenta de nada más… Luego sale la noticia en todos los periódicos… y leo, y leo el suceso… y me pregunto al leerlo: ¿He hecho yo eso? ¡Y no puedo recordarlo…! ¡Vosotros no podéis comprender lo que significa llevar en el interior dos voces como yo llevo, gritando… gritándome constantemente. ¡No lo hagas! ¡Mata! ¡No lo hagas! ¡Mata! Y las voces siguen enloqueciéndome… ¡Y no quiero impedirlo… pero no puedo evitarlo…! ¡¡No puedo…!! ¡¡No puedo…!! ¡¡No puedo…!!

(guión de Thea von Harbou y Fritz Lang)

Diálogos de celuloide: Primera plana (The Front Page, Billy Wilder, 1974)

Resultado de imagen de The front page 1974

Sheriff: Le presento al doctor Eggelhofer. Le hará un reconocimiento.

Earl Williams: Ah, hola, doctor.

Doctor Eggelhofer: Buenas noches. Siéntese, por favor.

Earl Williams: ¿Va a clavarme alfileres y a golpearme la rodilla con un martillito?

Doctor Eggelhofer: Esos métodos están anticuados. Me limitaré a hacerle unas cuantas preguntas.

Earl Williams:  Gracias.

Doctor Eggelhofer: Señor Williams, ¿sabe usted lo que le va a suceder mañana?

Earl Williams: Que van a ahorcarme.

Doctor Eggelhofer: ¿Y qué impresión le causa?

Earl Williams: Pues… A decir verdad, me alegraré de salir de esa celda… Hay mucha corriente.

Sheriff: Ya se lo dije. Está completamente cuerdo.

Doctor Eggelhofer: Dice aquí que su profesión es la de panadero.

Earl Williams: Sí señor, soy panadero especializado. Sé hacer rosquillas, bizcochos y bollitos. Estuve trabajando cinco años en la misma casa y, de pronto, un día me despidieron.

Doctor Eggelhofer: ¿Por qué motivo?

Earl Williams: Puse proclamas en los pasteles sorpresa.

Doctor Eggelhofer:: ¿Qué decían?

Earl Williams: «Libertad a Sacco y Vanzetti».

Sheriff: Muy astutos estos bolcheviques.

Earl Williams: ¿Quién es bolchevique?

Doctor Eggelhofer: Según esto, había sido detenido en 1925 por posesión ilegal de explosivos.

Earl Williams: ¡Oh sí! No sé qué opinará de Wall Street, pero le envié por correo al banquero Morgan una caja de zapatos con una bomba de relojería, y me la devolvieron por falta de franqueo. Levantó todo el techo de mi casa de huéspedes.

Sheriff: ¡Que vuelvan a la tierra de donde proceden!

Earl Williams: Yo soy de Fargo, Dakota del Norte.

Doctor Eggelhofer: Dígame, señor Williams: ¿tuvo usted una niñez desgraciada?

Earl Williams: Pues no, tuve una niñez perfectamente normal.

Doctor Eggelhofer: Ya, deseaba matar a su padre y dormir con su madre…

Earl Williams: Si va a empezar a decir guarradas…

Doctor Eggelhofer: Cuando cursaba estudios de enseñanza media, ¿solía usted masturbarse?

Earl Williams: No señor, no me gustan esas cosas. Me respeto a mí mismo y respeto a los demás. Quiero a mis semejantes, quiero a todo el mundo.

Sheriff: Por lo visto, aquel policía se suicidó.

Doctor Eggelhofer: Volvamos a la masturbación. ¿Le pilló su padre alguna vez en el acto?

Earl Williams: Oh, mi padre nunca estaba en casa. Era revisor de los ferrocarriles Chicago-Noroeste.

Doctor Eggelhofer: ¡¡Muy significativo!! Su padre llevaba uniforme, igual que aquel policía, y cuando él desenfundó la pistola, símbolo fálico inequívoco, usted creyó que era su padre y que iba a utilizarla para atacar a su madre…

Earl Williams: ¡¡¡¡Está loco…!!!!!

(guión de I. A. L. Diamond y Billy Wilder a partir de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur)