Falsas apariencias (del libro 39estaciones, Eclipsados, 2011)

Falsas apariencias

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Al público no hay que dárselo todo masticado como si fuera tonto. A diferencia de otros directores que dicen que dos y dos son cuatro, Lubitsch dice dos y dos… y eso es todo. El público saca sus propias conclusiones.

Billy Wilder

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Quizá fuera el sargento J.J. Sefton el personaje masculino preferido por Billy Wilder de entre todos los que creó para el Séptimo Arte, con permiso, por supuesto, de C.C. Baxter, aunque bien pueden ser considerados parientes no precisamente lejanos, sin que las siglas tengan que ver en ello: los dos comparten una amoralidad superficial bajo la que ocultan una personalidad muy distinta. De eso precisamente trata el cine de Billy Wilder, de las apariencias y de la hipocresía. En sus películas todo el mundo finge o desea ser otra cosa, se disfraza, a veces en sentido literal, ya sea para hacer el mal, ya para protegerse de un mundo cínico y hostil. Por ello, Sefton, Baxter, el Walter Neff y la Phyllis Dietrichson de Perdición (Double indemnity, 1944), el Don Birnam de Días sin huella (The lost weekend, 1945), el trío protagonista de Sabrina (1954), la bella Ariane (1957), el Nestor Patou de Irma la dulce (Irma la douce, 1963), la prostituta Polly de Bésame, tonto (Kiss me, stupid, 1964), la extraña pareja de Aquí un amigo (Buddy, Buddy, 1981), incluso el Sherlock Holmes de Robert Stephens y en general todos los personajes relevantes escritos por Billy Wilder junto a Charles Brackett, Raymond Chandler, I.A.L. Diamond o cualquier otro colaborador no son sino caras distintas de un mismo personaje extraído directamente de la vida y de la natural tendencia de los seres humanos a aparentar, por capricho, vicio o necesidad, lo que no son. Quizá la única excepción sea Charles Tatum en El gran carnaval (Ace in the hole, 1951): engaña y manipula a cuantos se encuentran a su alrededor, pero no oculta su naturaleza vil, mezquina, ambiciosa, cruel y despreciable. Quizá por ello, aunque sea considerada hoy como la más brillante y ácida (por vigente) reflexión acerca del periodismo sensacionalista y de la irracionalidad de las masas sedientas de carnaza volcadas hoy en la televisión, la cinta no triunfó en su tiempo. El público reconocía –y se reconocía en- el egoísmo y la ruindad de Kirk Douglas; lo que no entendía era que no lo camuflara, que no simulara ser alguien respetable, digno y decente como en teoría son los “caballeros de la prensa”. Wilder y su circunstancial coguionista del momento, Edwin Blum, fueron muy conscientes del problema al diseñar al sargento Sefton, principal puntal de su siguiente película, Stalag 17 (1953), horriblemente titulada en España Traidor en el infierno, y evitaron caer en el mismo error.

Sefton –interpretado por William Holden, premiado con un Óscar por su interpretación, imprevisible éxito de un actor rescatado años atrás por Wilder para dar vida al advenedizo Joe Gillis de esa obra maestra sobre apariencias e hipocresías llamada El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) cuando estaba a punto de tirar la toalla en su propósito de dedicarse a la actuación- es uno de los aviadores americanos retenidos en un campo de prisioneros alemán durante el último año de la Segunda Guerra Mundial. Aunque la película en sí –como ocurre con otra cinta de Wilder ambientada en el conflicto igualmente construida sobre simulaciones, Cinco tumbas a El Cairo (Five graves to Cairo, 1943), que dibuja con cuatro decenios de antelación una parte importante de los esquemas de Indiana Jones- parece avanzar los elementos de lo que más tarde serán La gran evasión (The great escape, John Sturges, 1962) y la teleserie Los héroes de Hogan (Hogan’s heroes, 1965), Sefton es más bien la fuente de inspiración directa de otro personaje de Holden, Shears, el americano internado en el campo de trabajo japonés de El puente sobre el río Kwai (The brige on the river Kwai, David Lean, 1957), cínico, egoísta, desencantado, ajeno a toda noción de patriotismo, sin vocación alguna de héroe y muy lejos de cumplir la menor de sus obligaciones como soldado exceptuando la única que le interesa: sobrevivir en las mejores condiciones posibles hasta que llegue el fin de la guerra. En consecuencia, Sefton se ha buscado la vida para labrarse una posición relativamente cómoda dentro del campo, comercia tanto con los guardianes alemanes como con sus compañeros prisioneros, hace de corredor de apuestas, organiza partidas de cartas, incluso destila licor de mondas de patata para organizar un bar y consigue un catalejo con el que poder cobrar por cada mirada a las duchas del barracón del campo femenino. Sefton bien podría constituirse en ejemplo de cómo el capitalismo es capaz de abrirse paso en cualquier situación sin necesidad de mutar sus valores. La moneda de cambio en la que cobra sus servicios a sus compañeros prisioneros, los cigarrillos, es el precio que paga a los alemanes por los productos que le consiguen, huevos, chocolate, cigarros puros e incluso alguna que otra visita al barracón de las prisioneras rusas. Sus preciadas ganancias, los múltiples cartones de cigarrillos que posee, varias botellas de vino, algunas joyas, varios pares de medias de seda, incluso relojes y cámaras fotográficas entre muchas otras cosas, las guarda en un arcón al que sólo tienen acceso él o su asistente, Cookie (Gil Stratton), la voz en off que relata la historia contada a modo de flashback. Continuar leyendo “Falsas apariencias (del libro 39estaciones, Eclipsados, 2011)”

Tradición y futuro del western: Río Bravo (Howard Hawks, 1959)

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A Howard Hawks y a John Wayne no les había gustado nada Solo ante el peligro (High Noon, Fred Zinnemann, 1952). No sólo por su evidente condición de alegato contra la caza de brujas emprendida por el Comité de Actividades Antiamericanas, una labor inquisitorial con la que ambos no estaban en excesivo desacuerdo; para cineasta y estrella la película de Zinnemann cometía un pecado mayor que el de erigirse en altavoz de la discrepancia, en signo de debilidad, en paños calientes frente a la persecución del comunismo en Estados Unidos en plena Guerra Fría, cuando más contundente e inequívoco había que ser frente al poderoso adversario soviético: la película que protagonizaban Gary Cooper y Grace Kelly contravenía abiertamente las reglas básicas del western y, por extensión, de lo que debía ser el alma de América. Un sheriff no podía ser un “llorón”, un tipo errabundo, dubitativo y pusilánime que buscaba, imploraba, suplicaba la ayuda de tenderos, granjeros, camareros y barberos para cumplir con su trabajo, con su obligación de defender la ley y el orden, con el mandato de convertirse en héroe. Se imponía un acto de desagravio, una recuperación de los valores clásicos del Oeste que un director extranjero había vulnerado, además con subrepticias motivaciones políticas. Río Bravo (1959) es, además de la respuesta americana a la película de Zinnemann, un compendio del universo del western, del ya existente y progresivamente agotado y del que estaba por venir. La película, además de abrir la “trilogía” (en cuanto a temática y similitudes de escenario, personajes y situaciones) que completarían El Dorado (1966) y Río Lobo (1970), sería el tercero de los “ríos” dirigidos por Hawks, que incluye, además de los mencionados, Río Rojo (Red River, 1948) (en España son cuatro, si sumamos la traducción de The big sky (1952), titulada por estos lares Río de sangre).

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La película es a un tiempo canónica y atípica, pero en cualquier caso magistral. El sheriff John T. Chance (John Wayne) es sin duda un tipo íntegro, un profesional de una pieza cuyo código moral coincide a pies juntillas con la ley que ha jurado defender. Cuando encarcela por asesinato al hermano (Claude Akins) de un poderoso terrateniente (John Russell, futuro villano en algún que otro western de Clint Eastwood), este ocupa el pueblo con sus pistoleros poniendo prácticamente sitio a la oficina del sheriff, que es también la cárcel. Frente a él, Chance sólo puede oponer la ayuda de sus ayudantes, un anciano cojo (Walter Brennan) y un borracho (Dean Martin). Finalmente, cuando los esbirros del villano acaben con su patrón (Ward Bond), a ellos se unirá un muchacho (el cantante Ricky Nelson y su tupé), excelente pistolero con ambas manos, y entre los cuatro deberán hacer frente a los hombres enviados contra ellos. Precisamente aquí está la contestación a la película de Zinnemann: un anciano inválido, un borracho y un muchacho son las únicas personas que en Solo ante el peligro ofrecen su ayuda al sheriff Will Kane que interpreta Gary Cooper.

La película de Hawks expresa su canon cinematográfico a la perfección. El guion de Leigh Brackett y Jules Furthman no se somete a reglas demasiado estrictas más allá de utilizar el esqueleto de planteamiento, nudo y desenlace. Al contrario, anticipa ya la libertad total a este respecto que supondrá Hatari! (1962): coloca a los personajes en una situación límite y se dedica a desarrollar la historia a partir de las maneras en que sus personalidades chocan: la ancianidad, la embriaguez, la inexperiencia y el orgullo, la templanza y la resignación, el amor, el desencanto, la incertidumbre del futuro, la creación de una nación desde la nada. De este modo, la historia está hecha, pero Hawks y compañía todavía introducen dos elementos más: en primer lugar, la chica (Angie Dickinson), para nada el habitual personaje femenino del western (se trata de una mujer autosuficiente, jugadora profesional, que sabe arreglárselas sobradamente en un mundo predominantemente masculino); por otro lado, el ingrediente racial, la ubicación física de la ciudad en las proximidades de México, la presencia hispana, la herencia cultural y social de un territorio que hasta 1821 fue español y hasta 1848 mexicano.  Continuar leyendo “Tradición y futuro del western: Río Bravo (Howard Hawks, 1959)”

Cine en fotos – Sam Shepard

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Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por entre las tomateras. Riendo con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Yo no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo y montado encima del diente roto que estaba a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.

25/4/81

Homestead Valley, Ca.

De Crónicas de motel, de Sam Shepard (Anagrama, 1985).

Vidas de película – Dan Duryea

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Dan Duryea, uno de los más míticos villanos del cine clásico y, por tanto, de toda la historia del cine, nació el 23 de enero de 1907 en la ciudad de Nueva York, y llegó al cine de la mano de Samuel Goldwyn quien, después de verlo sobre los escenarios de Broadway en la no menos mítica obra La loba, en 1941 se lo llevó a Hollywood para incluirlo en el reparto de la versión cinematográfica dirigida por William Wyler, con Bette Davis como protagonista.

De la mano de Goldwyn, su nómina de títulos durante los años 40 es abundante y absolutamente impresionante, ya sea en comedias como Bola de fuego (Ball of fire, Howard Hawks, 1941), en la que interpreta al gángster que hace de contrapunto, o en El orgullo de los Yanquis (The pride of the Yankees, Sam Wood, 1942), un biopic en el mundo del béisbol junto a Gary Cooper, ya en bélicos como Sahara (Zoltan Korda, 1943), junto a Humphrey Bogart, pero también, y sobre todo, en el cine negro, con títulos como Ángel negro (Black angel, Roy William Neill, 1946) o El abrazo de la muerte (Criss Cross, Robert Siodmak, 1949), pero especialmente su tripleta de títulos para Fritz Lang, El ministerio del miedo (Ministry of fear, 1944), basada en una obra de Grahame Greene, y las sublimes La mujer del cuadro (The woman in the window, 1945) y Perversidad (Scarlet Street, 1945). En los años cuarenta sale cada año por tres, cuatro o hasta cinco películas.

En los años cincuenta se incorporó al western, con cintas como Filón de plata (Silver lode, Allan Dwan, 1954) o la protagonizada por James Stewart Winchester 73, dirigida por Anthony Mann en 1950, con quien ya trabajara en El gran Flamarion (The great Flamarion, 1945), repitiendo con ambos en la cinta de aventuras Bahía negra (Thunder bay, 1953). Su último gran papel, antes de morir de cáncer en 1968, también junto a Stewart, fue El vuelo del Fénix (The flight of the Phoenix, Robert Aldrich, 1965). El gran villano, traicionero, mujeriego y amoral, vivió más de 30 años casado con su novia de toda la vida, Helen Bryan.

Vidas de película – Akim Tamiroff

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Raramente suelen encontrarse imágenes del verdadero rostro de Akim Tamiroff, sin los aditamentos y particularísimas caracterizaciones, a veces realmente camaleónicas, con las que solía aparecer tradicionalmente en pantalla y que a menudo alteraban sustancialmente sus rasgos.

Nacido en Tbilisi, la capital de Georgia, por entonces ya dentro del imperio ruso, en 1899, estudió teatro con el mismísimo Stanislavsky antes de dar el salto a Estados Unidos y llegar a Hollywood ya a una edad considerable, la década de los años treinta. En esta primera época destaca su aparición en títulos como Tres lanceros bengalíes (The lives of a Bengal lancer, Henry Hathaway, 1935), con Gary Cooper y Franchot Tone, Deseo (Desire, Frank Borzage), 1936, de nuevo con Cooper y Marlene Dietrich, o El general murió al amanecer (The general died at dawn, Lewis Milestone, 1936), una vez más con Cooper y Madeleine Carroll. Su papel en esta película le valió una nominación al Oscar.

Su segunda nominación se produjo en los años cuarenta, por enésima vez al acompañar a Gary Cooper, y con Ingrid Bergman como improbable joven española en ¿Por quién doblan las campanas? (For whom the bells tolls?, Sam Wood, 1943). En esta década son importantes sus trabajos para Preston Sturges, como El gran McGinty (1940) y El milagro de Morgan Creek (1944), o para Billy Wilder, en Cinco tumbas a El Cairo (Five graves to Cairo, 1943), junto a Franchot Tone, Anne Baxter y Erich von Stroheim.

Pero sus interpretaciones más memorables tienen lugar junto a Orson Welles, codirector de Cagliostro (1949), basada en la obra de Alejandro Dumas, y también en Mr. Arkadin (1955) y, muy especialmente, en Sed de mal (Touch of evil, 1958) y El proceso (The trial, 1962), o su inacabada Don Quijote, en la cual interpretaba a Sancho Panza.

No termina en Welles la carrera de Tamiroff, que en los años cincuenta y sesenta apareció en filmes tan importantes como Anastasia (Anatole Litvak, 1956), Topkapi (Jules Dassin, 1964) o Lemmy contra Alphaville (Alphaville, Jean-Luc Godard, 1965).

Akim Tamiroff, casado una única vez con la actriz Tamara Shayne, falleció en 1972.

Un western (más bien southeastern…) de Raoul Walsh: Tambores lejanos

Raoul Walsh es uno de los grandes maestros del cine de acción y aventuras del periodo clásico de Hollywood. Miembro junto a John Ford, André de Toth, Fritz Lang y Nicholas Ray del llamado “club del parche”, comparte con Ford algunos de sus rasgos creativos y narrativos más importantes (Walsh es autor de excelentes westerns como Murieron con las botas puestas, 1941) además de su origen irlandés (en el caso de Walsh, además, mezclado con algo de sangre española) y la pertenencia a una familia involucrada secularmente en la oposición a la ocupación inglesa de la isla verde. Maestro del western, del cine de gangsters, del bélico, de la acción, de la aventura, también era un genio revistiendo los argumentos de algunas de sus películas de género de las notas características de cualquiera de los otros en los que era un experto a fin de obtener una película nueva en la forma pero auténticamente un remake en el fondo. Si en 1949 Walsh convirtió la estupenda El último refugio (1941) en el western Juntos hasta la muerte, superior incluso a su modelo original, en 1951 tomó su obra maestra bélica Objetivo: Birmania (1945) como fuente poco disimulada para Tambores lejanos, western atípico no por sus notas características sino por su demarcación geográfica, ya que no transcurre en el Oeste americano sino en el Sudeste, en los pantanos de la Florida de 1840.

A mediados del siglo XVIII la tribu de los semínolas, o seminolas, se separó de la nación creek para constituir una tribu independiente. Desde entonces guerrearon tanto contra los españoles como contra las tribus vecinas a fin de conseguir un territorio propio. Cuando los Estados Unidos consiguieron su independencia (1783), de inmediato pusieron sus ojos el sur, los dominios españoles de Florida, especialmente tras la fallida invasión de Canadá y la derrota ante los británicos en 1812-14, que ocuparon Washington e incendiaron el Capitolio. Tomando como excusa (los Estados Unidos, siempre preocupados porque sus guerras de invasión y conquista parezcan justas y defensivas, buscan en cada ocasión excusas que justifiquen publicitariamente el envío de tropas y su muerte en combate, además de las acciones contra el enemigo, al que le pretenden negar cualquier legitimidad como tal) la acogida que los indios seminolas daban a los esclavos negros huidos de los Estados Unidos en territorio español (de hecho hay toda una rama de la tribu seminola desde entonces denominada “seminolas negros”), los norteamericanos comenzaron un acoso sistemático y una intensa hostilidad creciente contra la presencia española en Florida que terminó con la venta, a precio de ganga, de la colonia por parte del Gobierno español a los Estados Unidos (1819). La nueva autoridad colonial impuso a los indios seminolas la obligación de trasladarse al territorio de Oklahoma. Algunos aceptaron; otros se rebelaron y lucharon en una guerra de siete años contra las tropas norteamericanas que concluyó en 1841 con la derrota seminola y casi su exterminio total de la península de Florida. Hoy su población se ha recuperado hasta los niveles del siglo XVIII y se reparte por Oklahoma y Florida, mientras que los seminolas negros están presentes tanto en Texas y México como en las islas Bahamas (no saben nada los seminolas estos…).

Valga el párrafo anterior como contextualización porque poco o nada de esto cuenta el guión de Martin Rackin y Niven Busch en esta estupenda película de aventuras de Raoul Walsh, que además de presentar una historia de incursión militar en terreno enemigo permite reflexionar acerca de las relaciones entre el hombre y la naturaleza. Contada a modo de flashback desde el punto de vista del teniente Tufts (Richard Webb), oficial de la marina cuya misión es proveer y hacer llegar al ejército que combate en la jungla una embarcación adecuada para la navegación de una compañía de soldados por los lagos interiores de la península, el auténtico vehículo de la trama es el capitán Quincy Wyatt (Gary Cooper), un militar norteamericano que vive lejos de la civilización, adaptado a la perfección a la vida en la naturaleza de Florida, y que mantiene excelentes relaciones con los indios creek y con los seminolas; su difunta esposa era una de ellos, y su hijo, todavía un niño pequeño, es por tanto mestizo. El capitán Wyatt debe dirigir una compañía de soldados hasta una antigua fortaleza española que sirve de base a los traficantes de armamento que hacen llegar fusiles, munición, pólvora y explosivos a los indios. Una vez tomada la fortaleza, debe volver a la base, pero su retorno se complica por la rápida persecución de una numerosa partida de seminolas y también porque su marcha se ve ralentizada por la necesidad de llevar consigo un grupo de rehenes rescatados del fuerte, entre ellos Judy Beckett (Mari Aldon), una joven de aires aristocráticos que estaba prisionera de los seminolas.

Walsh imprime a los ciento un minutos de duración de la película un ritmo narrativo vigoroso, vibrante, amplificado por la grandiosa partitura de Max Steiner, Continuar leyendo “Un western (más bien southeastern…) de Raoul Walsh: Tambores lejanos”

Western aventurero de Henry Hathaway: El jardín del diablo

Las mujeres hermosas hablan la misma lengua en todo el mundo.

¿Y las feas?

No las escucho.

Fiske (Richard Widmark) en El jardín del diablo

Cuando uno tiene la suerte de disfrutar de El jardín del diablo (Garden of Evil, Henry Hathaway, 1954) no puede evitar llegar a la conclusión de que, con los años, el cine de aventuras ha empequeñecido tanto como las pantallas en las que se proyecta actualmente. No hay duda de que habrá quien califique esta película de pequeña, de western rutinario, artesanal, normalmente los mismos que pierden el culo por la última bobada de superhéroes de cómic que llegue a la cartelera. Y sin embargo, este western de aventuras dirigido por Henry Hathaway, uno de los más importantes y más cualificados directores todo-terreno (abominamos de la definición de “artesanos”) de la época dorada del Hollywood clásico, poseedor de una filmografía enorme, repleta de títulos fenomenales y que, especialmente en el western, era considerado (quizá junto a Howard Hawks o Anthony Mann) como la mejor alternativa a John Ford, es una película vibrante, vigorosa, absorbente y no carente de peculiaridades psicológicas y temáticas que la dotan de algo más que acción y aventura. La premisa no puede ser más convencional, la coincidencia de un grupo de personas de caracteres diversos en una misión común a realizar en un entorno exótico presidido por la amenaza de indios hostiles; la ejecución no puede ser más excelente.

Un barco de vapor se acerca a Puerto Miguel, un pequeño pueblo de la costa mexicana, para reparar una avería. Tres de los pasajeros que viajan en el barco camino de un yacimiento de oro (se supone que californiano, estamos por tanto en 1848-1850), Hooker (Gary Cooper), un pistolero de enigmático pasado, Fiske (Richard Widmark), un jugador que huele el dinero fácil, y Daly (Cameron Mitchell), un entusiasta convencido del gran porvenir que le espera, desembarcan para estirar las piernas y tomar unas copas de mezcal. A la cantina del pueblo (tras un par de canciones en español de Rita Moreno) llega una mujer blanca, Leah Fuller (Susan Hayward, luciendo falda-pantalón y cartuchera al cinto), en busca de ayuda para rescatar a su marido, sepultado por un corrimiento de tierras en la mina de oro que poseen en territorio apache, en unas tierras sagradas que llaman El jardín del diablo. Cada uno, por unas razones distintas que no ocultan una razón común a los tres, decide acompañar a la mujer en el rescate de su marido, acompañados por un lugareño, Vicente (Víctor Manuel Mendoza), a diferencia de sus compañeros, más interesado en el oro que en la mujer.

Una vez planteada la trama, la historia consta de tres segmentos: la ida, la estancia y la vuelta. El camino a la mina son los minutos de la cinta más ligados a la aventura. Un viaje a través de unos bellísimos parajes mexicanos, fotografiados maravillosamente en Technicolor por Milton Krasner, que hace resaltar la grandiosidad interminable de las montañas, los bosques y las llanuras para potenciar la sensación de exposición del pequeño grupo a los rigores y los riesgos del trayecto, en especial ese tránsito a caballo por una estrecha cornisa montañosa abierta a un profundo abismo que supone el único acceso al territorio indio (y la célebre secuencia del salto a caballo del único tramo de esa cornisa que se ha hundido). Durante esta fase de la película, el guión de Frank Fenton y la pericia en la dirección de Hathaway no sólo avanzan buena parte de las situaciones y peligros que van a tener lugar en el metraje posterior, sino que caracterizan a la perfección a los personajes gracias a su distinta actitud ante los avatares del camino. Así, vemos a Vicente marcando la ruta para recordarla, supuestamente con ansias de repetir la expedición con algo más que unas alforjas para acercarse a la mina; sabemos que Daly desea a Leah, y también que Hooker, fuera lo que fuera en el pasado, es un tipo íntegro y legal, que corrige a Daly en sus excesos con una buena paliza pasada por las brasas. Por último, Fiske inicia una relación curiosa con Hooker, de comprensión mutua y de rebelión ante su, según él, manía de dirigir el grupo (de la que se extraen datos que pueden explicar al espectador el posible pasado del personaje).

Tanto en este pasaje como en el capítulo central, la llegada a la mina y el hallazgo del marido, el factor dramático predominante consiste en la rivalidad masculina por la mujer, y también en la utilización por parte de ella de todas las armas femeninas a su alcance con tal de conseguir sus fines; Continuar leyendo “Western aventurero de Henry Hathaway: El jardín del diablo”