Música para una banda sonora vital: John Milner (1997)

Tema de Loquillo y Trogloditas, en la versión de su álbum en directo Compañeros de viaje (1997), en recuerdo de John Milner, el inolvidable personaje de Paul Le Mat en American Graffiti (1973), la que hoy sigue siendo la mejor película de George Lucas. Ese joven fortachón y guaperas pero de buenas intenciones y mirada inocente, un chaval que jugaba a ser mayor interprando el rol de toda una época y que iba a protagonizar el final de las leyendas…

La tienda de los horrores – Howard, un nuevo héroe

A petición popular de Francisco Machuca.

Pues sí. Aquí tenemos a una buena moza a punto de consumar con un pato. Nada más lejos de la realidad, porque Howard, un nuevo héroe (Howard the duck, Willard Huyck, 1986) viene de la factoría George Lucas, y ya sabemos lo que eso significa: cine familiar convenientemente azucarado, almibarado y completamente desprovisto de cualquier controversia intelectual, sentimental o sexual. Tal es así, que Lucas y su director de turno, el tal Willard Huyck, irrelevante y convenientemente olvidado, tomaron el tebeo de la compañía Marvel y al personaje de Steve Gerber en los que se inspira la película y los vaciaron de cualquier pretensión trascendente o inteligente, y también de contenido sexual (si es que Marvel llega a tener de todas esas cosas), para configurar una comedia familiar blanca, con la ¿atractiva? novedad de un pato como protagonista principal. Pero ojo, no un pato cualquiera que cocinar a la naranja, sino un pato extraterrestre que se conduce con irreverancia dentro de los viejos clichés cómicos del “pez fuera del agua”. O, en este caso, del pato fuera del estanque. Lo que no es moco de pavo; perdón, de pato.

Así que, aquí tenemos a Howard, un pato intergaláctico que llega a La Tierra por un error de laboratorio de su planeta de origen -ya sabemos que en los planetas remotos y desconocidos hay patos y que además se les ponen nombres anglosajones-, una pifia con un láser (igual lo que querían era asarlo a la parrilla) para luchar contra el doctor Jenin (caramba, su nombre es más raro que el de un pato venido de otro universo), que cuando elabora un complejo experimento para intentar devolver a Howard a su mundo queda atrapado por la energía maléfica del invento y se convierte en el Señor de las Tinieblas, el malo maloso. Eso sí, mientras tanto el pato no pierde el tiempo e intenta zumbarse a Beverly, la cantante de rock que le acoge en su casa. Porque, ¿quién no acogería en su casa a un pato interplanetario llegado de otra galaxia que habla inglés y que tiene un nombre inglés, y se lo llevaría a la cama para centrifugarle las plumas? La premisa de la película termina ahí. Bueno, y la película, aunque dure 111 interminables minutos de estupideces encadenadas.

Lo verdaderamente bochornoso de este asunto es su origen, nada menos que LucasFilm, la empresa de George Lucas vendida recientemente a Disney (otros que tal bailan), y su conclusión, nada menos que el nacimiento de Píxar (otros que, más allá de aciertos ocasionales, se las traen también). Algo bueno, no obstante, surgió del pato galáctico: George Lucas rozó la ruina, y gracias a eso dejó de embarcarse en proyectos similares. Contra lo que suele pensarse, la carrera mercadotécnica de George Lucas, una vez que abandonó su empeño de juventud de ser director de cine y se concentró en explotar comercialmente el legado de su primera trilogía de Star Wars a base de muñequitos y dibujos animados, no ha sido ni mucho menos un éxito. La primera piedra de toque, su primera comprobación de que no podía echarse a dormir y a cobrar en dólares mientras viviera, vino con el fracaso de recaudación de la última entrega de la saga de Han Solo, Leia, Luke, Yoda, Vader y compañía. Menos valorada por la crítica que sus dos entregas anteriores, el público tampoco respondió en la abrumadora mayoría en que lo hizo en los casos antecedentes, y la enorme inversión en el cierre de la historia, unida a la poca repercusión en la taquilla, supuso un relativo fiasco económico. Además de ello, había que añadir el multimillonario divorcio de Lucas por esas fechas, que lo dejó tieso como la mojama. Lo del divorcio se explica: como George Lucas diseñó los Ewoks de su última película mirándose al espejo, su esposa, al verlos en la pantalla, se dio cuenta realmente de con lo que se había casado, y naturalmente, se divorció.

Y ahí tenemos a George, que ha sobrevivido gracias al consumismo y al márketing del público menos preparado, porque como gestor comercial es un desastre (la ruina de su rancho Skywalker, que debía ser un lugar de promoción, estudio y gestación de nuevos cineastas de su cuerda, así lo prueba), buscando un proyecto para recuperar sus millonarias pérdidas. ¿Y cuál es? Pues el pato, ni más ni menos. Total, ¿qué supone invertir 34 millones de dólares de 1986 en una película de un pato follador extraterrestre? Una minucia para Lucas, genio de las finanzas. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Howard, un nuevo héroe”

La tienda de los horrores – Sobrevalorados

En esta secuencia de la fenomenal Manhattan (Woody Allen, 1979), Isaac (Allen), Mary (Diane Keaton), Yale (Michael Murphy) y Tracy (Mariel Hemingway) hablan de, entre otras muchas cosas, su particular lista de personajes sobrevalorados de la cultura de todos los tiempos y de la vida en general, entre los que incluyen ilustres nombres como Gustav Mahler o James Joyce.

Esto de la sobrevaloración tiene su aquel. No es un fenómeno nuevo, ni mucho menos. Pero en la sociedad actual, acosada más que nunca por el marketing y la publicidad, cuya única finalidad no es la defensa de la calidad de un producto ni la mejora del bienestar o de la felicidad de los seres humanos y de un próspero aumento de sus condiciones de vida, o una contribución a la cultura o a la creación y mantenimiento de un sistema de creencias, valores y concepciones, sino la venta a toda costa del producto y el incremento de los márgenes de beneficio de empresas, compañías y fortunas particulares que ya tienen el riñón bastante bien cubierto, lo de la sobrevaloración ha llegado a ser incluso por sí misma un hecho cultural en el que no hay límite ético alguno, cancha abierta para la manipulación, el fraude y el provecho económico con escaso mérito o incluso sin él.

En España, es algo tan cotidiano y habitual que no pocas figuras del cine, la música y el artisteo en general se ganan la vida más que bien gracias más a la publicidad y al uso que de su imagen hacen los medios de comunicación que por la calidad última de los trabajos que perpetran, hasta el punto de que son absorbidos por la cultura mediática oficial como tótems de lo bueno, de lo mejor, de las esencias patrias deseables. Tal es así, que en la música española llamada popular, por ejemplo, son mayoritarios, por no decir que tienen el monopolio casi casi en exclusiva (Alejandro Sanz, Miguel Bosé, la familia Flores, Estopa o adquisiciones trasatlánticas como Shakira o Paulina Rubio, puaj!!!, y un larguísimo etcétera). Y en el cine también hay unos cuantos.

A nuestro juicio, esto de la sobrevaloración se da de dos maneras: 1) aquellos mediocres cuyos trabajos van en general de lo discreto a lo lamentable pero que, no se sabe por qué pero quizá por eso mismo son absorbidos por la cultura “oficial”, que los mima, los acoge, los subvenciona, les da incluso trabajo (TVE, la de carreras y cuentas corrientes que ha salvado…), los promociona gratuitamente con el dinero de todos y los erige en bandera de un modelo de cultura, de pensamiento, de trabajo o de estética deseables, no se sabe por qué o para quién, o aquellos que, tampoco se sabe por qué pero quizá a causa de todo lo expuesto, gozan del favor del público mayoritario, generalmente el menos reflexivo o exigente, gracias a la influencia de medios de comunicación de masas que simplemente repiten eslóganes, lugares comunes o se hacen eco de las notas de prensa de las agencias de publicidad, o también gracias a la “facilidad”, pobreza o calidad pedestre, asumible y cutre de lo que ofrecen. Y 2) Aquellos elevados por el esnobismo cultural más exacerbado a la categoría de inmortales en el Olimpo de la trascendencia, aunque nadie sea capaz de aguantar sus películas o terminar sus libros, por causa de quienes, en el ánimo de parecer distintos a sus semejantes, oponen lo culto a lo popular para distinguirse, significarse, separarse de la masa, alimentar su ego, su autoestima, su necesidad de sentirse mejores, por encima de sus semejantes, del “populacho”. Es decir, el “efecto gafapasta”.

Para nosotros, lo culto y lo popular no son opuestos, sino solo matices, apellidos de un mismo fenómeno. Nos da igual Tarkovski que Groucho Marx, Alfred Hitchcock que Leslie Nielsen siempre que lo que ofrezcan sea producto del trabajo, de las ideas, del mérito, de una elaboración profesional con ánimo de aportar, de crecer, de mejorar, de avanzar. Todo esto sea dicho como pretexto, sin salir del cine, o saliendo de él, qué más da, para proponer nuestra particular lista -meramente orientativa, sin ánimo de compendio- de SOBREVALORADOS, a la que todos los escalones están invitados a proponer nuevos nombres para su inclusión permanente y vergonzosa en la galería de fotos de nuestra tienda de los horrores. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Sobrevalorados”

Cine en fotos: miscelánea

Probablemente, Sir Alec se estaba cachondeando del corte de pelo a lo “galleta Príncipe” de Luke… La Fuerza, desde luego, no le acompañó…

Por fin queda claro por qué la mayoría de las películas del Hollywood de hoy son tan malas…

Obsérvese el careto de Joe Pesci en tan “entrañable” momento…

Una dama entre vaqueros que no es Maureen O’Hara…

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Cine en fotos – Kurosawa hasta en la sopa…

Akira Kurosawa es uno de los cineastas que más influyó en la generación de directores norteamericanos de los setenta, justo cuando en su propio país sufría una marginación como creador que le llevó a un doloroso intento de suicidio. Sin embargo, la fuerza de su legado era tal que, además de ganar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1975 con la soviética Dersu Uzala (de esa época proviene la fotografía superior junto al cineasta ruso Andrei Tarkovsky), contó con la ayuda de directores norteamericanos como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, George Lucas o Steven Spielberg para, entre otras, poner en pie, ya muy anciano y casi ciego, una de sus más grandes obras maestras, Kagemusha (1980).

Por aparecer, y aunque el propio autor no termine de creérselo, Kurosawa aparece infiltrado hasta entre las páginas irlandesas de La mirada del bosque, de Chesús Yuste.

Billy Wilder en pie de guerra: Cinco tumbas a El Cairo

Antes de El-Alamein, nunca vencimos; después de El-Alamein, nunca fuimos vencidos (Winston Churchill).

En un desierto velado de sueños, teñido de magia onírica por la fotografía de John F. Seitz, un escenario idóneo para ricas caravanas de mercaderes o apto para hallar algún idílico oasis abarrotado de jaimas, un tanque británico anda a la deriva a través de las dunas, alzándose perezoso hasta las cumbres y hundiéndose terco en las profundidades para remontar de nuevo hacia la luz para caminar en circulos marcados por el fuego y la muerte. Los cadáveres de sus ocupantes son mudos fantasmas de una guerra que se libra ya a decenas de kilómetros de allí, testigos de su sacrificio anónimo y estéril, mientras el Afrika Korps de Rommel amenaza con internarse en Egipto y acabar con el frente mediterráneo que amenaza la ocupación nazi de Grecia. Entre los cadáveres, de pronto, unos miembros en movimiento, y un oficial herido (Franchot Tone, discreto actor de una carrera de más de treinta años, con títulos como Tres lanceros bengalíes, Rebelión a bordo o Tempestad sobre Washington) que, desolado ante la contemplación de sus camaradas muertos, lucha por salir del interior del vehículo hasta que cae accidentalmente y se enfrenta a una muerte segura bajo el sol inclemente del desierto. Tras su agonía de kilómetros a pie sin víveres ni agua, cuando ya cree que su vida va a terminar en medio de ninguna parte, encuentra un espejismo: un edificio medio derruido abandonado a su suerte en medio del desierto. Pero lo que cree espejismo no es tal, sino el último vestigio de civilización en un lugar devastado por el clima y la guerra, un resto de un pasado de esplendor gracias a la circulación de turistas pudientes que acudían a Egipto para visitar las antiguas ruinas de los faraones. El único hotel abierto en el desierto es su salvación. O el inicio de una aventura insospechada…

Con este fulgurante comienzo, el gran Billy Wilder nos sumerge en su única película bélica propiamente dicha, aunque, en puridad, más bien destaca por la intriga, el suspense y la lucha psicológica en una atmósfera de guerra que por las tangenciales, escasas y siempre evocadas a distancia, escenas de combate. Con esta, su tercera película, Wilder, ayudado por su coguionista de la época, Charles Brackett, contribuye al esfuerzo propagandístico de guerra (estamos en 1943) con un episodio de espionaje, acción, romance y tensión que tiene como escenario el frente del Norte de África previo a la gran batalla de El-Alamein entre Montgomery y Rommel que dictó sentencia en cuanto a la guerra en el continente y que propició el principio del fin del conflicto con la liberación del África francesa ocupada, el desembarco de Sicilia y el hostigamiento constante a las tropas alemanas en Creta y el resto de Grecia. Continuar leyendo “Billy Wilder en pie de guerra: Cinco tumbas a El Cairo”

Mis escenas favoritas – Metropolis

Sublime momento de una de las mejores películas de todos los tiempos, Metropolis (1927), dirigida por Fritz Lang, recientemente restaurada y proyectada en la vía pública en pleno centro de Berlín, que nos traslada a una gran ciudad del siglo XXI en la que los obreros con concentrados en los subterráneos donde viven y trabajan con la prohibición de salir al mundo exterior (trama plagiada hasta la saciedad por todos aquellos directores que juegan a la ciencia ficción, empezando por George Lucas); llamados a la rebelión por un robot, amenazan con destruir la ciudad si los jóvenes Freder y María no logran despertar sus sentimientos de solidaridad y amor fraterno.

Buque insignia de la famosa productora alemana UFA y extraordinario fracaso de taquilla, esta parábola apocalíptica de una sociedad futura despertó la admiración del incipiente partido nazi (viendo el contenido de la trama no es de extrañar que quisieran apropiarse la parte del mensaje que, presuntamente, encajaba con su “ideario”), ante cuyo éxito electoral Lang optó por huir de Alemania la misma noche, según se dice, en que Goebbels lo citó en su despacho para ofrecerle la dirección de la cinematografía del Reich.