Música para una banda sonora vital: Mucho ruido y pocas nueces (Much Ado About Nothing, Kenneth Branagh, 1993)

Sigh No More Ladies es la hermosa canción que de inmediato se asocia a esta excelente adaptación de la comedia amorosa de William Shakespeare, de la época en que Kenneth Branagh emulaba a Laurence Olivier en sus aproximaciones a la obra del dramaturgo inglés, sin duda la mejor etapa de su carrera como actor-director. La historia es conocida: el príncipe don Pedro de Aragón (Denzel Washington) regresa victorioso de una batalla, acompañado de su hermano bastardo Juan (Keanu Reeves), de Benedicto (Kenneth Branagh) y de Claudio (Robert Sean Leonard), un joven florentino que ha sido colmado de honores por el gran valor mostrado en el combate. Para reponerse de los esfuerzos bélicos, son recibidos con gran agasajo por el caballero Leonato, que vive con su hija Hero (Kate Beckinsale) y su sobrina Beatriz (Emma Thompson) en una paradisíaca villa de la campiña siciliana (Mesina), entonces parte de la Corona de Aragón. La música de la película está compuesta por Patrick Doyle.

Música para una banda sonora vital: Frankenstein de Mary Shelley (Mary Shelley’s Frankenstein, Kenneth Branagh, 1994)

Patrick Doyle es el compositor de la música de esta película de Kenneth Branagh, el más ambicioso proyecto cinematográfico para trasladar a la pantalla la inmortal novela de Mary Shelley en sus auténticas dimensiones, alejada de la iconografía y de los clichés del terror gótico impuestos por la versión de James Whale de 1931 y de sus sucesivas adaptaciones. La ambición alcanza la pura vanidad y pretenciosidad en el caso particular de Branagh, que prácticamente construye la película como un monumento a sí mismo, a su presencia en pantalla y a sus parlamentos de corte shakesperiano. La cinta recibió más palos que una estera, no todos injustos, en buena parte desde sectores que desconocen en su totalidad la novela de Mary Shelley y las circunstancias y los contextos en los que se creó y solo saben del monstruo lo que han visto en las películas.

Woody Allen sin Woody Allen: En lo más crudo del crudo invierno

invierno

No era de extrañar la gran solvencia con la que un fondón Kenneth Branagh hizo de trasunto de Woody Allen en su magnífica Celebrity (1998); ya tres años antes, el director británico se había imbuido del universo cómico woodyalleniano para abordar una pequeña producción situada finalmente entre la grandilocuente y fastuosa (y fallida) Frankenstein de Mary Shelley (1994) y la espectacular, majestuosa, monumental, Hamlet (1996), En lo más crudo del crudo invierno, una película que constituye probablemente la mejor imitación, al menos desde cierta perspectiva, del trabajo de Woody Allen dentro de la interminable legión de imitadores suyos que en el mundo han sido (empezando por Todd Solondz y terminando por Neil LaBute). La película, al mismo tiempo deudora de este tributo inconfeso hacia la obra del autor neoyorquino y de la obsesión casi laurenceoliveriana u orsonwellesiana (la cosa va de palabros raros) de Branagh por la obra de Willliam Shakespeare, posee a partes iguales elementos de uno y otro, algo a priori disparatado pero en ningún modo gratuito (sabido es el gusto de Allen por el cine de Welles y Bergman, ambos herederos en su forma de narrar de la manera shakespeariana – uno más – de montar sus trágicos dramas y de dotar de psicología a sus personajes, e incluso en el caso del director sueco, también a la hora de construir alguna de sus comedias, como por ejemplo, Sonrisas de una noche de verano, readaptada a su vez en 1982 por el propio Allen en la película de cuyo guión hemos extraído un diálogo de inminente publicación), como se va descubriendo con el avance de los minutos.

Tras unos créditos iniciales en blanco sobre fondo negro con un estilo y una música que podrían pertenecer a cualquier película de Woody Allen, nos encontramos en la Inglaterra de los 90: plena crisis económica (para variar) y un actor (Richard Briers), una antigua promesa convertida en celebridad y ahora venida a menos, que pretende sacarse la espinita de representar y dirigir por fin un montaje teatral de Hamlet. Desaconsejada por su agente (una Joan Collins plastificada, recauchutada y/o momificada que no se sabe qué pinta aquí, nuevo nexo con Woody Allen y sus trabajos con, por ejemplo, el plastificado, recauchutado y momificado George Hamilton), que le impulsa a buscar trabajos más comerciales, artísticamente irrelevantes pero muy rentables económicamente, acepta los planes de su hermana para representar la obra en la antigua iglesia de su pueblo, un edificio precisado de restauración sobre el que los buitres del mercado inmobiliario han puesto los ojos para cobrarse ciertas deudas. De este modo, en plena Navidad, se pretende apelar a la generosidad de los vecinos para recaudar fondos y salvar el edificio. Para ello, crea una compañía nueva formada por actores amateurs, para cuya elección realiza un casting que termina resultando delirante por una confusión idiomática en el anuncio publicado en el periódico (un tipo que se presenta para interpretar los personajes femeninos, una «vieja gloria» soberbia y altanera que se las da de importante mientras reza por lo bajini para que le den trabajo, una chica que pretende convencer al director de que es válida para Hamlet interpretando Heart of glass, de Blondie, un individuo que ve en la obra de shakespeare la clave para entender incluso la geología, un alcohólico que huye de su padre, una excéntrica diseñadora de escenografías y vestuarios que está como una chota…). Ése es sólo el primer capítulo de una serie de inconvenientes que continúa con el hecho de que la antigua iglesia a salvar no es la que él recordaba, una preciosa capilla de piedra rodeada de una hermosa pradera verde, sino una ruinosa iglesia de ladrillo que no le gusta a nadie. Y desde ahí, la catástrofe que constantemente amenaza con acabar con el proyecto, no sólo por el lento avance en la preparación de la obra, sino por el inevitable enfrentamiento o enamoramiento de algunos de los miembros de la compañía. Continuar leyendo «Woody Allen sin Woody Allen: En lo más crudo del crudo invierno»