La tienda de los horrores – Un paseo por las nubes

De cagada sin paliativos puede calificarse este horrendo bodrio perpetrado por el actor y director mexicano Alfonso Arau para la industria de Hollywood en 1995. Arau, tras el éxito internacional de Como agua para chocolate (1992), probó suerte con un reparto internacional de grandes figuras y el soporte de la 20th Century Fox con un remake de una película italiana de 1942, a la que reduce a la mera condición de culebrón pasado de moda, caramelizado y almibarado hasta la diabetes.

Las coordenadas narrativas son convencionales para este tipo de productos sentimentaloides: una joven (Aitana Sánchez-Gijón) que vuelve a su casa embarazada y avergonzada de su condición de futura madre soltera recibe la inesperada ayuda de un licenciado del ejército (Keanu Reeves) recién llegado del frente y cuya vida carece de futuro y de alicentes, que acepta hacerse pasar por su marido. Así, la chica puede presentarse ante su familia, anclada en las tradiciones y la moral religiosa católica propia de los mexicanos (según la película), sin temor a que se sientan agraviados y sin sentir vergüenza. Pero claro, ella es tan mona y él tan apuesto y bienintencionado, que lo que era un apaño temporal empieza a convertirse en encandilamiento mutuo, momento en el cual, como en todo culebrón de tercera categoría, empiezan a surgir los problemas que convierten ese amor en imposible… Una birria, vamos.

La música de Maurice Jarre y algunos bellísimos exteriores con fotografía de Emmanuel Lubezki no sirven para mitigar el hastío que provoca esta colección de lugares comunes pretenciosamente románticos. Uno a uno se van cumpliendo todos los tópicos esperables dadas las circunstancias, sin escatimar lágrimas, obstáculos para el amor, enfrentamientos familiares al respecto, y un final agridulce que, no obstante, deja la puerta abierta a la felicidad made in Hollywood. El entorno rural de la historia, presidida por los viñedos que explota la familia, da pie igualmente a una importante colección de absurdos, el mayor de los cuales es el “momento aleteo”, con la familia y los peones de la finca (de cuyas condiciones de vida míseras apenas se dice nada y que no son más que floreros oportunos en este cuento de hadas vinícola), provistos de alas cual mariposones humanos, recorriendo los viñedos de punta a punta en plan duendes del bosque para, con la brisa levantada con su batir de brazos, mantener la temperatura de las viñas y de las uvas… Eso, por no hablar de la fiesta de la vendimia que se montan, que deja bien claro que ninguno de ellos conoce Cariñena.

Pero hay dos detalles todavía más hirientes: uno, el hecho de que un mexicano como Alfonso Arau consienta, utilice y multiplique la colección de tópicos negativos atribuidos a los mexicanos por los gringos, tanto en el aspecto folclórico como en el religioso y cultural, Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Un paseo por las nubes”

Cine en serie – Casino Royale

PÓKER DE FOTOGRAMAS (VII)

Y James Bond resucitó. Tras languidecer varios años en continuas secuelas que, desde los tiempos inmemoriales de Sean Connery como agente 007 y el humor y la fina ironía autoparódica de Roger Moore, hacían perder fuelle y gracia a cada nueva entrega, Martin Campbell, realizador británico responsable en los noventa del primer intento (frustrado) de resurrección del personaje (Goldeneye, 1995), dio en el clavo con más pericia que verdadero talento en la, por fin, vuelta de Casino Royale a la matriz de la franquicia original de la saga 007 tras la cuestión de derechos que permitió la existencia de esa rareza coral de reparto inigualable filmada en 1967 al margen y como parodia del Bond oficial.

En 2006 se recuperó por tanto el espíritu de las obras de Ian Fleming con este retroceso a los primeros tiempos de James Bond (Daniel Craig) como agente doble cero y su primera misión en busca del banquero del terrorismo internacional, un individuo llamado Le Chiffre (Mads Mikkelsen), al cual debe derrotar en una multimillonaria partida de poker a celebrar en el Gran Casino de Montenegro, a fin de hacerlo depender de la voluntad de los servicios secretos británicos y poder sonsacarle así toda la información posible. Bond es asistido por una agente del tesoro, Vesper (Eva Green), con la que, además de compartir trampas y peligros, termina compartiendo cama. Como siempre, pero de manera distinta: porque es la primera vez que Bond se compromete verdaderamente con una mujer, hasta el punto de que algunos de los sucesos que rodean a ese compromiso cambiarán su existencia para siempre.

Por encima de la película en conjunto, magnífico vehículo para la acción y la violencia pero narración imperfecta, en algunos puntos incluso ridícula (determinadas frases de guión, las maniobras auto-reanimatorias de Bond gracias a un marciano botiquín de primeros auxilios incluido como gadget en su flamante coche, el retrato de Montenegro como una especie de Costa Azul en la que todo el mundo habla francés y los coches de lujo se dan la mano con los edificios señoriales y de solera), destacan ciertos aspectos sueltos que, unidos, no logran convertir la cinta en algo verdaderamente apreciable por más que sí suponga revitalizar una saga que daba síntomas, no ya de agotamiento, sino de muerte cerebral. En primer lugar, la figura de Daniel Craig. Su contratación como Bond supone una declaración de intenciones: la vuelta al 007 original, al literario, al personaje que, más allá de las banalidades del lujo y del glamour (sea lo que sea eso) es tosco, violento, salvaje e indisciplinado. El físico rompedor de Craig en este aspecto, sus rasgos fuera del canon habitual del galán y su brutal presencia, conducen a otra forma de entender a Bond inexplorada hasta ahora en el cine más allá de momentos puntuales que salpican la saga. Ello no deja de causar una sensación algo extraña, ya que asistimos con la estética y las técnicas más recientes al nacimiento de un personaje y a algunas de sus claves más reconocibles (cómo llega a hacerse con su famoso Aston Martin o el surgimiento de su gusto por el Martini con vodka mezclado, no agitado) al que hemos acompañado en una veintena larga de títulos y cuyas características ya conocíamos, al menos en parte, aunque alejado en algunos aspectos del Bond literario, y a la vez a la puesta al día formal de una saga que abarca cinco décadas diferentes.

Otro aspecto destacable es el cuerpo central y el clímax de la película. Lejos de encontrarse en las habituales escenas de acción, riesgo, persecuciones, tiroteos y destrucción del personaje negativo, aunque estos aspectos sigan muy presentes, hay que añadir el contenido emocional de la historia de amor (más allá del sexo) y, sobre todo, el hecho de situar las claves de la trama en una gran apuesta de dinero al poker narrada al estilo clásico, con sus lugares comunes (meticulosa y bellamente filmados) ligados a la tensión entre jugadores, la figura de los mirones, los nervios y la tensión palpables, los destinos dependientes de un giro del destino en forma de carta, la pérdida o ganancia de auténticas fortunas en un breve instante y, por encima de todo, del concepto de farol. Continuar leyendo “Cine en serie – Casino Royale”

Diálogos de celuloide – La cena

MAITRE: Disculpen, ustedes que son personas instruidas, ¿me permiten una pregunta un poco impertinente?

MAESTRO: …

MAITRE: ¿Por qué los jóvenes me tocan las pelotas? ¿Será la edad?

MAESTRO: ¿Cree usted que nosotros no les tocamos las pelotas a los jóvenes?

MAITRE: Ya, pero las suyas son más resistentes.

MAESTRO: Ah.

PROFESOR: Será la edad, pero a mí me tocan las pelotas todos, jóvenes y viejos.

MAESTRO: No, yo no. Yo me conformo con tocarle las pelotas a los demás.

PROFESOR: Tampoco eso está mal.

La cena. Ettore Scola (1998).