Mis escenas favoritas: Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984)

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Y así seguimos, más preocupados por las victorias que por las paces, y aguardando que llegue por fin ese verano…

 

Ecos de Goya en el cine: La caza, de Carlos Saura (1966)

El visionado de esta excepcional película de Carlos Saura, otro aragonés (oscense con vinculaciones murcianas, para más señas) universal, siempre retrotrae a quien escribe a esa pintura de otro ilustre paisano, el maestro Francisco de Goya, en la que dos tipos en apariencia de extracción rural, enterrados en arena hasta las rodillas, se enfrentan garrote en mano a vida o muerte en Duelo a garrotazos. Esa imagen aparentemente inocente, gratuita, banal, expresa de plano la esencia de la historia de España desde el momento -1808- en que en este país empieza a existir algo parecido a la conciencia política, jurídica, social, colectivas, el año en que podemos empezar a hablar de sociedad pensante, no de vasallos o de súbditos, el momento en que el ciudadano vislumbra la posibilidad de alcanzar algún día cercano la mayoría de edad, sin tutelas, patronazgos ni paternalismos de curas corruptos o nobles analfabetos y ladrones, y España se da cuenta de que en pleno siglo XIX vive todavía, de facto, en pleno medievo (como escribe Buñuel -otro aragonés eterno- en sus memorias: en Calanda la Edad Media llegó hasta 1900). En ese momento, y ya a tiro limpio fratricida, comienza a plasmarse históricamente el drama de las dos Españas -o más-, que no ha dejado de representarse, en distintos grados de violencia, rencor e intolerancia, hasta los mismos titulares de la prensa de hoy. Los privilegiados se resisten a abandonar sus privilegios, desean a toda costa, y no pocas veces a golpe de cañón, mantener su posición de señor feudal, tanto en el plano material como el espiritual y el intelectual. El resto del país, la gran mayoría -aunque una vez tras otra debe contemplar como parte de esa gran mayoría se pasa a las filas de los señores feudales, con pretextos tan absurdos como el miedo, la patria o la bandera- , luchan, a veces con el mismo grado de encono, violencia y crimen, para abrir el marco de ese club de bendecidos por la fortuna lo justo para que les deje penetrar a ellos individualmente, y si puede ser a nadie más, pasando, una vez admitidos, a defender la exclusividad de su nuevo estatus frente a sus antiguos aliados, sus compañeros naturales, que se asoman defraudados al abismo del desengaño, del desencanto, de eso tan hispánico -y tan aragonés- que es el abandono. Esa naturaleza íntima de esta sociedad en algunos aspectos enferma, inculta, incluso miserable a veces, cainita, devoradora de sí misma, Saturno devorando a sus propios hijos, cansada -como dice el propio Saura (comentario dedicado a mi amigo Paco Machuca, que lo recuerda a menudo): España es muy cansada-, retrasada en lo político, lo jurídico, lo social y lo cultural, ensimismada en el espejismo que suponían hasta hace nada sus repentinas, abundantes y engañosas comodidades materiales, hoy en riesgo, y en la actual propaganda de los progresos y los triunfos deportivos, esa sociedad en la que los destellos de honradez, excelencia y maestría nunca se producen “gracias a” sino siempre “a pesar de”, es captada de nuevo por Carlos Saura en su película debut de 1965, La caza, en la que, como fue habitual en el primer cine de este aragonés, se exploran los efectos que la memoria histórica reciente -eso que nunca quieren recordar los que verían sus vergüenzas puestas al aire-  y especialmente los ecos de la guerra civil y del enfrentamiento a muerte entre iguales, a garrotazo limpio y semienterrados en la arena -o más bien, en nuestro caso, en puro fango-, perviven en los seres humanos que vivieron, padecieron, o viven y padecen, o vivimos y padecemos, el resultado de aquellos malos tiempos.

Pero Saura no lo hace desde el panfleto o el discurso dogmático, sino desde una sutil y asfixiante escalada de odio y violencia surgida de una aparente nadería: un grupo de yuppies modernos tipo años sesenta, de esos que viven esa primera borrachera de prosperidad, que pronto se verá que es falsa, surgida del fin de la autarquía franquista y del desembarco turístico, dedican un día de ocio y descanso a acudir a un coto de caza para matar conejos (Hispania: tierra de conejos). Son José (Ismael Merlo), Paco (Alfredo Mayo, toda una institución en el cine franquista), José María Prada (Luis), tres antiguos amigos, y Quique (Emilio Gutiérrez Caba -no perderse sus mini-shorts…-), el joven cuñado de Paco, el único que, por edad, no vivió la guerra civil. Pronto captamos el constraste entre el país pasado y el presente: su entorno desolado, desértico (la película se rodó en la provincia de Toledo), salpicado aquí y allá a los lados de la estrecha y mal asfaltada carretera o de las empedradas pistas rurales por parideras, chozas y humildes viviendas de labriegos y pastores, choca con los diálogos y la vida de la que hablan los cuatro protagonistas, exploradores modernos en un mundo que, oficialmente, tal como se vendía desde el poder, ya no existía. El choque, el cambio, es también personal y moral: mientras ese mundo permanece anclado en la Edad Media, José, por ejemplo, está separado de su mujer desde que tiene una amante -Maribel, mucho más joven que él-, separado en un mundo que hace de la moral católica ley escrita. Lo mismo le ocurre a Luis, separado también de su mujer, aunque en este caso por sus propias rarezas, su carácter hosco, su afición a la bebida. En Luis se da además un inesperado vínculo con la modernidad: su afición a las novelas de ciencia ficción. Paco, en cambio, vive para el dinero, para hacer fortuna. Su prosperidad económica, su crecimiento constante, es el vehículo de Paco para dar la espalda a ese mundo pasado que ha abrazado  al sumergirse tras haber aceptado la oferta de José, con el que se encontró casualmente tras haberse perdido la pista durante algún tiempo -cada uno volcado en sus ambiciones personales, olvidando Paco que un día José le salvó de la ruina gracias a un empleo de camionero en su empresa- , y que sabe que tras esa invitación no hay sino un proyecto de saldar su deuda pendiente, o lo que es lo mismo, el deseo de José de que Paco le preste dinero para sanear su fábrica y soportar los altos costes de su adulterio. La amoralidad de Paco no tiene límites: pronto adivinamos que su matrimonio con la hermana de Quique, un mozo de buena familia, no es más que una forma de emparentar con el dinero. La vinculación de Quique con la modernidad viene de cuna y se plasma en sus artilugios y aparatos tecnológicos: que si la radio para escuchar música -canciones risibles, banales, adolescentes, tontitas, de aquellos años-, que si la cámara de fotos para tomar instantáneas, que si la pistola Lüger que guarda su padre -vinculación con el Régimen sutil y magistralmente establecida mediante un símbolo tanto de la violencia como de la antigua amistad entre Franco y Hitler, convenientemente disipada por la propaganda oficial con el paso de los años-, que si un ansia desmesurada por pegar tiros de escopeta…

Mientras tanto, el entorno, esa zona rural de Toledo, esas chozas y caseríos viejos situados en medio de un pedregal, son el pasado, la ruina, la memoria de un país viejo y exhausto que es un inmenso terreno baldío solo apto para el crecimiento de siervos -Juan, el guarda del coto, interpretado por Fernando Sánchez Polack, el hermano de Tip, y su hija Carmen, enseguida deseada por Quique) y para el divertimento de esos ociosos urbanos que en cuanto obtengan lo que quieren, divertirse criminalmente a costa de los conejos, volverán a la ciudad, a ese país virtual que creen que es el auténtico. Su Land Rover -el mejor todo-terreno concebido por ser humano, un todo-terreno de verdad para ensuciarse, pringarse, sumergirse a gusto en la tierra, nada que ver con esos cochecitos de ruedas altas y gruesas diseñados para que los pijos de ciudad farden en los semáforos mientras se hurgan en la nariz y escuchan graznar a Shakira por la emisora de radio cutre del momento- es una especie de nave perdida en un mar de piedras, sol inclemente y montículos de matojos y arena.  Continuar leyendo “Ecos de Goya en el cine: La caza, de Carlos Saura (1966)”

La tienda de los horrores – Las 13 rosas

Poniendo por delante nuestro reconocimiento a las víctimas del episodio que narra la película y nuestro agradecimiento a quienes investigan y difunden atrocidades semejantes que nos permitan no olvidar lo que ha sido la historia de este país, Las 13 rosas, dirigida por Emilio Martínez-Lázaro en 2007, es uno de los grandes fiascos del cine español reciente, uno de esos filmes más populacheros que sólidos de los que “justifican” cierta mala fama del cine español vinculada al sempiterno recurso de contarnos “una de la guerra civil”. Plena de decisiones erróneas, de equivocaciones tanto en la forma como en el fondo, para salir a flote la película apela incesantemente a los buenos sentimientos del espectador, a su querencia lacrimógena, como única vía de mantener el interés y la fuerza de una fábula sentimental y un poco tonta muy por debajo de la crudeza y el dramatismo de los acontecimientos reales en los que se inspira. La cinta cuenta la historia de unas jóvenes madrileñas detenidas al poco de finalizar la guerra y que, acusadas injustamente de querer refundar las Juventudes Socialistas en la clandestinidad del Madrid ocupado y de un presunto y delirante complot para asesinar a Franco, sufrieron torturas y malos tratos en los interrogatorios y fueron encarceladas como paso previo a su fusilamiento en el verano de 1939.

La película, por desgracia, no les hace ninguna justicia a las víctimas. Con corrección en la puesta en escena y en la ambientación, si bien con un poquito de tendencia a usar computadora allí donde no tendría por qué hacer falta (esa Cibeles tapiada de videojuego…), el primer problema del filme es el guión, obra de Ignacio Martínez de Pisón, un defecto amplificado por el montaje, que a buen seguro dejó material decisivo fuera del largo metraje final de dos horas y cuarto. En primer lugar, la necesaria conservación de los aspectos más conocidos del caso obliga a partir de trece víctimas, lo cual implica, bien que no pueda contarse apenas nada de cada una, con lo que el espectador ha de sentirse por fuerza distanciado, sin capacidad de identificarse o empatizar con el personaje en cuestión, bien el abandono de la historia de la mayor parte de ellas o su caracterización con trazos gruesos e imprecisos en favor del desarrollo más pormenorizado de sólo un puñado de ellas que habrán de ser el vehículo por el que el público entre en la historia. Eso es lo que sucede en la película, a lo que hay que añadir los personajes secundarios y los antagonistas de las jóvenes, que obviamente también requieren su protagonismo. Precisamente, a causa de ello, nos encontramos con la paradoja de que, más allá de cuatro tomas generales, al espectador no se le ofrece ninguna visión de conjunto de las jóvenes, no distinguen apenas sus rasgos, historias y personalidades (excepto las dos o tres protagonistas del grupo y dos o tres secundarias extraídas de ellas), que se confundan unas con otras o que directamente no se reconozcan, mientras que algunos secundarios gozan de más minutos en pantalla, más protagonismo incluso, que la mayor parte de las “homenajeadas”. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Las 13 rosas”

Ecos del 20-N: Espérame en el cielo

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España ostenta el triste récord, junto a un muy escaso número de otros países, de haber permitido que su dictador más criminal de entre todos los que le ha tocado en suerte padecer muriera “cómodamente” en su cama al final de su vida, una vida cuyo único mérito consiste en haberse erigido en pianista habitual de los burdeles de Melilla mientras sus compañeros de armas “consumían” los servicios del local, “mercancía” a la que Francisco Franco era bastante indiferente. El resto de su vida, como la de cualquier militar dictador, es un catálogo de crímenes, asesinatos, matanzas, represión y torturas que, con todas las bendiciones de la Iglesia por la que tanto hizo y que tantas veces hizo el saludo fascista en su honor, lejos de transportarle al cielo del título de la película le habrán valido el billete directo en clase prefente al más cruel de los infiernos, si es que tal cosa existe como lugar físico (si no habría que inventarlo para individuos repugnantes como él). Astuto pero no muy inteligente, malicioso y maquinador pero más bien tirando a lerdo, es decir, poseedor de todas las cualidades con las que quienes sufren complejos de inferioridad consiguen trepar a costa del sufrimiento ajeno a altas cotas de éxito o poder en detrimento de la verdadera inteligencia, Franco es la más vergonzosa mancha de la Historia de España, no sólo porque el país consintiera que su vida transcurriera plácidamente como dictador hasta el fin de sus días en lo que es un bochornoso retrato de lo que supone la sociedad española frente a otras, a muchas de los cuales no vacilamos en mirar por encima del hombro dándonoslas de modernos, europeos y capitales para la cultura y la historia occidentales, sino porque buena parte de la moderna sociedad de hoy se considera heredera o tributaria de su era del crimen, la justifica, ampara o le quita hierro, cuando no la ensalza públicamente a la menor ocasión o la declara una época de “extraordinaria placidez”, como dijo el representante de cierto partido democrático en el Parlamento Europeo.

En lo que somos maestros, desde luego, es en la guasa. Si incluso para tener dictadores escogemos a un señor bajito y barrigón, feo, afeminado, inculto y con delirios de grandeza (en eso sólo Italia nos supera con Mussolini, aunque, evidentemente, ellos tuvieron la autoestima suficiente como para colgarlo en cuanto pudieron), no es de extrañar que la parte medianamente inteligente y digna del país (incluida la derecha inteligente y digna, que la hay, aunque lleve años oculta bajo la capa de caspa y regresión mental a la era de las cavernas que vomitan sus dirigentes y sus medios afines) se tome a chacota a semejante personaje en cuanto tiene ocasión. Si en la extraña pero recomendable Madregilda de Francisco Regueiro tenemos a un Franco infantiloide, inmaduro y bobo, en esta película de Antonio Mercero, famoso director de series de televisión de éxito y de películas flojas con tendencia al sentimentalismo entre las que destaca el telefilme La cabina, del que ya se habló aquí, se recurre al tan manido mito del doble, subsección estadistas (desde El Gran Dictador a Presidente por accidente o Dave, presidente por un día) para chotearse de los personajes que fomentaban y controlaban la atmósfera de miedo de la posguerra española.

Paulino (el actor argentino Pepe Soriano) es dueño de una ortopedia. Su vida es la del español medio de los años cincuenta (del que, sin ser partidario de la dictadura, no había sido ya asesinado o del que no estaba en la cárcel, claro), tomando la cuestión política como un gran vacío que ignorar e intentando compensar la falta de libertad con todos los momentos de diversión que pudiera regalarse. En uno de éstos, mientras realiza una performance entre la concurrencia de un puticlub que frecuenta (Rascayú, cuando mueras que harás tú, canción prohibida por entonces que no es de Paco Clavel y que le cantaban en voz baja a Paquito quienes esperaban ansiosos que la palmara), es secuestrado por unos individuos que resultan ser de “la secreta” y que lo conducen a unos calabozos en los sótanos de El Pardo (jamás congenió tan bien el nombre de un palacio con el de su inquilino principal). Su delito: su parecido físico con el dictador. Su condena: convertirse en su doble para evitar atentados a la persona del (patético) Generalísimo. Mientras su mujer (espléndida Chus Lampreave) y sus amigos, que lo creen muerto, intentan contactar con él en unas delirantes sesiones de espiritismo (entretenimiento muy de moda por entonces), Paulino forma parte de la operación Jano y, a las órdenes de un instructor de la Falange (magnífico José Sazatornil, premio Goya al actor de reparto por este papel en la edición de 1988), tan amenazador como paródico (de nombre Sinsoles, no hace falta decir mucho más), es adiestrado constantemente para emular voz y ademanes de Franco, sin resignarse a poder escapar de su inesperado destino. Continuar leyendo “Ecos del 20-N: Espérame en el cielo”

Drama sentimental en la Transición: Asignatura pendiente

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Personalmente uno está muy cansado de que José Luis Garci, uno de los mejores directores de cine de España, un cineasta como la copa de un pino, un experto de primera clase, un apasionado, un estudioso y un aficionado de primera categoría, sea objeto de bromas manidas, chistes fáciles, tópicos absurdos y demás verborrea pretendidamente humorística. Más si cabe, cuando a la par un montón de indocumentados y los medios de comunicación informativo-propagandísticos alaban sin pensárselo dos veces a directorcillos recién salidos de la escuela (los más grandes jamás fueron a escuela de cine alguna, pero eran tremendamente cultos y poseían formación amplia y variada; no se trata de descalificar a los estudiantes de las escuelas de cine, al contrario, son el futuro y la esperanza del medio; se trata de sugerir que con la formación teórica y técnica no es suficiente, que hay que mirar más allá, sacar el ojo del visor), que no han demostrado nada y cuya fama se está labrando a golpe de imitación del cine made in Hollywood, mientras que los cineastas de verdad, los que atesoran kilates de experiencia y de buen hacer, mendigan por un productor que financie nuevos proyectos o rumian su retiro en silencio y olvidados por todos. Este repulsivo panorama pretende hacer leña y objeto de mofa a quienes, como Garci, todavía se empeñan por rodar cine y no se dejan arrastrar por las modas hollywoodienses (al menos no por las actuales) ni por la estética del videoclip para contarnos en plan castizo las mismas historias de terror previsible o las mismas comedias de adultos que se comportan como niños que los americanos llevan contándonos tres décadas. Nos guste más o menos su obra, el cine español tiene categoría y reconocimiento mundiales gracias a cineastas como Garci, Borau, Saura, Erice y muchos otros, mientras que los Bayona, Balagueró y compañía pueden suponer éxito, pero nada más (y nada menos).

Y el debut de Garci, uno de esos “westerns de sentimientos” de los que habla a menudo, fue esta película de 1977 que debería ser de visionado obligatorio para todos aquellos inconscientes que, como un servidor, nacieron durante aquellos años, sobre todo para los que piensan que la vida empezó con Naranjito y que la comida y las comodidades caen del cielo. En su primera película, Garci nos revela ya cuáles son sus gustos, sus manías y sus temas favoritos: la nostalgia y la memoria sentimental, la música y el cine de otro tiempo como puerta de entrada a los recuerdos, a las oportunidades perdidas, a los azares que nos sonrieron o nos dieron la espalda, como individuos y también, en este caso, como país y como pueblo. A través del idilio adúltero de José (José Sacristán) y Elena (Fiorella Faltoyano) no sólo nos introduce en el drama de una pareja de enamorados que se conocieron a destiempo, sino que nos pone en bandeja una lección de historia, nos sumerge en nuestro pasado más reciente y nos ofrece un canto a la esperanza de un futuro que por aquel entonces (y me atrevo a decir, tampoco ahora) estaba tan claro. De este modo, la asignatura pendiente del título no se refiere sólo a una pareja que aprovecha la edad adulta para dar rienda suelta a su reprimido amor adolescente, sino que nos recuerda la necesidad de un país al completo por superar sus prejuicios, sus malos hábitos, los defectos que lo llevaron a la casi total autodestrucción a través del peor pecado: la guerra civil.

Corre el año 1977 y junto con los constantes rumores de involucionismo por parte de los militares y la derecha más reaccionaria convive la esperanza puesta en las inminentes primeras elecciones democráticas desde la Segunda República. El clima en las calles está agitado, los coches de propaganda electoral circulan constantemente lanzando octavillas, con las banderas de los partidos y los altavoces coreando eslóganes y canciones (lamentables, dicho sea de paso). En una de esas calles de un Madrid convulso que intentaba salir de las tinieblas, José para su SEAT cuando ve a Elena, su antiguo amor de adolescencia, convertida en una mujer madura. La reconoce y se detiene en doble fila a saludarla: el puente hacia el pasado se convierte además en una opción de futuro. La nostalgia, los recuerdos del amor inocente de paseos por la carretera, de atardeceres en la sierra y de verbenas en las fiestas del pueblo, de besos y caricias reprimidos, invitan a aprovechar la incipiente bocanada de libertad para recuperar aquellos días e intentar sacar a la luz todo lo que se quedó en el tintero del amor y del sexo, sobre todo del sexo. Así, José y Elena inician una nueva vida juntos, una relación adúltera en la que buscan recuperar el tiempo perdido, las sensaciones olvidadas o aún no descubiertas. Continuar leyendo “Drama sentimental en la Transición: Asignatura pendiente”

‘Julio César’: Shakespeare, Mankiewicz y Brando

Cuando Julio César, según la tragedia de William Shakespeare pero en circunstancias muy similares a las leyendas que el pueblo de Roma contó durante siglos, acudía al Circo Máximo para los festejos durante los cuales le sería ofrecida la corona de rey, un viejo y ciego augur le gritó desde el público: ¡¡¡ GUÁRDATE DE LOS IDUS DE MARZO !!! El anciano se refería, según la cronología actual, al periodo que comprendían los días 13 al 15 del mes, en este caso marzo del año 44 antes de nuestra era, y César, que despreciaba tanto a sus rivales de entonces que incluso infravaloraba las amenazas que pudieran surgirle de ellos, respondió que ya estaban en los Idus y que nada le había ocurrido. “Sí, pero los Idus aún no han terminado”, añadió el ciego. Y como todos sabemos, acertó.

El extraordinario director, guionista y productor Joseph Leo Mankiewicz adaptó en 1953 la magistral tragedia compuesta por William Shakespeare y realizó una magnífica película en la que se dan la mano la Historia, la leyenda, la mejor Literatura y un conjunto de interpretaciones soberbias, excelentes, inigualables, que sin duda merecerían ser objeto de análisis minucioso en cualquier escuela de arte dramático. Shakespeare y Mankiewicz tienen, en primer lugar, el enorme acierto de situar la trama en el momento más preciso. Ni la película hace un panegírico de la figura de César, uno de los personajes más importantes de la Historia de la Humanidad (inventor entre otras cosas de la burocracia, en especial de la parlamentaria y presupuestaria), gran político, filósofo, militar, humanista y literato, generoso con sus amigos y más aún con sus enemigos, ni se pierde en innecesarios epílogos que recojan los avatares del Segundo Triunvirato y las luchas entre Octavio y Marco Antonio. La película comienza precisamente en los festejos en los que César, sabio manipulador de las masas, rechazará por tres veces la corona de rey que le ofrezca el Senado, obligado a ello por un pueblo que adora al dictador (surgido de una familia de la aristocracia agraria, pero pobre como casi todos ellos) y que es escéptica frente a los aristócratas y burgueses del Senado. La película nos muestra el complot para libertar a Roma del tirano, la gestación de la conjura, con Casio a la cabeza, y las dudas de Bruto, que finalmente se entregará en cuerpo y alma por el futuro de Roma. Avanza con el asesinato de César y por los acontecimientos posteriores que sacudieron a la capital del mundo, desde la gestación del Segundo Triunvirato (el Primero lo formaron César, Craso y Pompeyo) por Marco Antonio, Lépido y Octavio (magistral también la escena en la cual los tres se reúnen en la mesa de César ante su silla vacía para elaborar el reparto de poder en la futura Roma, y Brando, al final de ella, tras haber despachado al anciano Lépido y al enfermizo, aunque inteligentísimo y prudente, Octavio -fue de hecho quien terminaría años más tarde quedándose con todo en una maniobra maestra- se deja caer en la silla del dictador, marcada con el águila que Octavio convertirá en imperial bajo el nombre de Augusto), hasta el ostracismo de los asesinos, su rebelión militar en el oriente del imperio, su derrota definitiva en Filipos ante Marco Antonio y Octavio y la muerte de los conjurados.
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Cine en serie – Raza

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MALDITO CINE (V)

Esta película absolutamente demencial es una excepción en esta sección. En principio, en “Maldito Cine” hablamos de excelentes películas puestas al servicio de tesis ideológicas horrendas. Raza sólo cumple la segunda de las premisas, la tesis horrible, porque de calidad anda más bien justita, incluso para una cinematografía tan en ciernes como la española de los años cuarenta. Por ello, debería ser más bien objeto de La tienda de los horrores, pero no sería justo para las películas que ya están allí compartir espacio con este engendro, destinado a mostrar el espíritu abnegado y valeroso que sería propio del ser español y que coincidiría completamente con el ideario nacional-católico del régimen puesto en pie tras la guerra civil, y cuya única virtud es la fiel ambientación (no es de extrañar, habiendo terminado la guerra apenas dos años antes) en la que, cosa inusitada en la dictadura, los simbolos, uniformes, carteles e idearios republicanos son expuestos abiertamente.
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