Infierno Hollywood – Barton Fink (Joel Coen, 1991)

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Brillante y sarcástica, surrealista y tenebrosa, mordaz y descacharrante, tan crítica e irreverente con el Hollywood dorado como perdidamente enamorada de él, Barton Fink (1991) es otra de las joyas cinematográficas de ese par de hermanos llamados Joel y Ethan Coen: todo en la película respira cine, en el fondo y en la forma; su argumento late al ritmo de una impagable galería de personajes surgidos de su excéntrica y sugerente factoría creativa.

La acción transcurre en 1941. Barton Fink (John Turturro, premiado en Cannes por su interpretación), la nueva promesa del teatro americano, un autor que busca conectar el teatro con la realidad social de América, es contratado después de las excelentes críticas de su última obra neoyorquina para escribir películas en los estudios Capitol, dirigidos por el magnate Jack Lipnick (Michael Lerner, nominado al Óscar a la mejor interpretación de reparto), hombre enérgico, priosionero de su hiperactividad tanto como de su verborrea y su retórica. Recién aterrizado en Hollywood, se aloja en el hotel Earle, un edificio antiguo y decadente que lo mantiene alejado de los lujos y las tentaciones de la vida social del cine y en el que espera encontrar la concentración necesaria para trabajar. El poco interesante panorama laboral (el objeto de su contrato es la escritura de películas del subgénero de lucha libre para el actor Wallace Beery) y su desencanto vital (no tardamos en descubrir que es un hombre volcado en su profesión, esto es, apartado de las mujeres y con las únicas amistades que le procura su actividad teatral) le provocan un bloqueo creativo y una agobiante soledad sólo rota por las efusiones románticas de sus vecinos de habitación, las manchas de humedad de paredes y techo, el retrato de una mujer en traje de baño observando el mar que cuelga de su habitación y, sobre todo, el ruido proveniente de la habitación de al lado. Sus quejas le permiten conocer a Charlie (John Goodman, inmenso en todos los sentidos), un vendedor de seguros que resulta ser la única compañía cálida que Barton encuentra en su aventura californiana.

Los Coen reflejan esa edad dorada de Hollywood a través de su prisma distorsionado, del continuo cruce entre el asombro, el humor y el patetismo. De entrada, tenemos al celebrado autor del Este reclutado por los grandes estudios, personificado tanto en el propio Fink, digamos el “antes” (con una estética próxima a la estrella del cine mudo Harold Lloyd), y en el escritor W. P. Mayhew (John Mahoney), el “después”, una de esas glorias de las letras americanas consumidas por el alcohol y la demencia y que atesoran una personalidad al tiempo fascinante, frágil e irritante, en la línea de los Faulkner, Scott Fitzgerald y compañía, un tipo cuyas últimas y exitosas obras las ha terminado escribiendo su mujer (Judy Davis). Por otro lado, Lipnick ejerce de productor total a lo Thalberg, Selznick, Zanuck o Goldwyn, Continuar leyendo “Infierno Hollywood – Barton Fink (Joel Coen, 1991)”

Sherlock Jr. (El moderno Sherlock Holmes), de Buster Keaton

Para estas vacaciones nada mejor que deleitarse con uno de los más celebrados clásicos del cine mudo y uno de los mejores trabajos de quizá el mayor y más aclamado genio de la comedia de ese periodo (con permiso de Charles Chaplin y Harold Lloyd): Buster Keaton. En 1924 dirigió y protagonizó junto a Kathryn McGuire, Joe Keaton y Ward Crane esta joya de la comedia repleta de gags memorables que cuenta la historia de un proyeccionista de cine, un joven soñador que anhela convertirse en detective y que mágicamente se ve metido en una película en la que debe salvar la vida de la chica (¿le suena a alguien alguna trama parecida?).

Un lujo de obra maestra (atención a la escena del billar y al largo periplo en moto) de acción milimétricamente precisa para disfrutar en sus íntegros cuarenta y cinco minutos y para preguntarse, por ejemplo, dónde quedan los comediantes de hoy (Ben Stiller, Adam Sandler, Steve Martin y demás patulea) al lado de genios del arte con mayúsculas como Buster Keaton.

CineCuentos – El Buen Pastor

North Bedford Drive. Cinco de la tarde. El taxi se acerca al número 505. El sol de California y los corridos mexicanos que saturan el aire sofocante me trasladan por un momento mucho más al sur, o a un pasado en el que las lujosas avenidas de Beverly Hills, con sus abigarradas mansiones, sus escaparates protegidos por alarmas y sus palmeras milimétricamente alineadas no eran más que resecas llanuras robadas a los indios por los españoles y vueltas a robar por los yanquis a los mexicanos para su América de privilegiados.

505. Iglesia del Buen Pastor. Nada que ver con las bellas misiones españolas del área de San Francisco, una vulgar imitación del estilo hispánico colonial hecha de ladrillo pero sin armonía ni gracia alguna, como casi todo lo que lo que se intenta emular en esta tierra, reino de la improvisación, de lo inmediato, de lo perecedero, de lo olvidable. Enfrente del templo pienso en no hace tanto tiempo, cuando a los cómicos muertos se les negaba la sepultura en suelo santo, como a los infieles o a los suicidas. “Infiel o suicida”, hermosos cumplidos con los que la Iglesia ha obsequiado a los cómicos durante siglos, una Iglesia paleta e inculta que reniega de su propia creación, la comedia y el drama al servicio de la representación de dogmas con los que adoctrinar a sus rebaños. Si para ella todos somos hijos de Dios, los cómicos son los hijos repudiados de la Iglesia.

“Con perricas, chifletes”, decimos en Aragón. O como dicen los árabes, de forma mucho más poética,”al perro que tiene dinero, se le llama Señor Perro”. Mientras en muchos lugares del planeta los cómicos seguían siendo marginados, en Hollywood se les levantaba un templo para sus bautizos, sus matrimonios, sus funerales. Da igual que bautizaran hijos “ilegítimos”, que sus rápidos matrimonios fueran vertiginosos divorcios, que sus funerales una redención puramente formal de una vida rica en pecados. Para el Buen Pastor eso no importa mientras se pague el oficio. También se deja usar como plató si se paga por ello. Paradoja: en una película que se titula Ha nacido una estrella se usa el Buen Pastor como escenario para un funeral.

Rodolfo Valentino o Bing Crosby venían a escuchar misa y a comulgar aquí cada domingo después de pecar cada sábado. Elizabeth Taylor se casó ante su altar una de sus ocho veces, Continuar leyendo “CineCuentos – El Buen Pastor”