Gozosa anarquía: El conflicto de los Marx (Animal crackers, Victor Heerman, 1930)

La segunda película de los hermanos Marx define ya a la perfección la pureza de su estilo: libertad absoluta, anarquía total. Contratados por la Paramount tras sus éxitos en Broadway, alternando sus actuaciones en las tablas neoyorquinas con la filmación de secuencias en Astoria, sucursal en la Costa Este del estudio de Adolph Zukor, fue durante estos años cuando los famosos hermanos encontraron y perfilaron su registro cinematográfico, la comedia situacional. Huyendo de los argumentos construidos sobre la convención del principio, nudo y desenlace, sus películas durante este periodo poseen una línea dramática mínima que se sustenta en un planteamiento básico, introducir a los hermanos en un entorno determinado (un hotel, la universidad, la alta sociedad, etc.) y dejarlos interactuar a su aire con los personajes secundarios, estos sí definidos de manera convencional, para que terminen por volverlos locos y lograr así el efecto humorístico deseado. Esta fórmula, que alcanzó su mejor momento en este título antes de eclosionar en esa obra maestra que es Sopa de ganso (Duck soup, Leo McCarey, 1933), última de sus películas para la Paramount debido a absurdas desavenencias que los hermanos lamentarían posteriormente no haber resuelto, se diluyó con su paso a la MGM de Louis B. Mayer e Irving Thalberg (gracias a la amistad íntima de Chico Marx con este último) y la reelaboración de sus películas como comedias de personajes, débiles tramas amorosas de melosa pareja protagonista en las que los Marx ofician de celestinos y benefactores de los babosetes enamorados, pese a lo cual su serie de títulos para la Metro contiene algunos de sus momentos más memorables.

De ellos atesora un buen puñado esta película de 1930: canciones (Hello, I must be going!), personajes (el capitán Spaulding que interpreta Groucho, la inolvidable señora Rittenhouse de Margaret Dumont), diálogos (“es usted la mujer más bella que he visto en mi vida… lo cual no dice mucho en mi favor”), situaciones (la narración que hace el capitán de sus viajes por África, la desternillante partida de cartas, la carta que el capitán dicta a su secretario, al que da vida Zeppo Marx, el descubrimiento por Chico y Harpo de la verdadera identidad del afamado crítico de arte Roscoe Chandler: Abby ‘el pescadero’…) y caos, mucho caos (que Harpo, por ejemplo, termine calzando los tacones de su compañera de juego, o que la baraja no parezca contener otra cosa que ases de pic). Curiosamente, cuando se pretende que la película transcurra por cauces narrativos más contenidos y canónicos (todo lo que rodea el misterio del robo del cuadro) es cuando decae, y necesita que los hermanos se suelten la melena para que la historia recobre el tono y remonte en el consabido y esperado final armonioso. Y es que el absurdo y el humor surrealista, fuera de la comedia tradicional de gags y diálogos, son el mejor terreno para un humor que en sí mismo constituye una revolución irreverente.

Porque la comicidad de los Marx, más que en las ironías, las carcajadas y las payasadas, descansa en la subversión. Una subversión, además, que escapa a todo control convencional, a toda noción de lo conveniente o de lo políticamente correcto, al encasillamiento de cualquier valor “cultural”. Continuar leyendo “Gozosa anarquía: El conflicto de los Marx (Animal crackers, Victor Heerman, 1930)”

Diálogos de celuloide: El conflicto de los Marx (Animal crackers, Victor Heerman, 1930)

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-¿Es usted uno de los músicos? ¿No estaban citados para mañana?
-No podía venir mañana, era demasiado pronto.
-Tiene suerte de que no haya venido ayer.
-Estábamos ocupados, pero cobramos lo mismo.
-Hmm, esto es mejor que explorar. ¿Cuánto cobran a la hora?
-Bah, por tocar cobramos 10 dólares a la hora.
-Bah, entiendo. Y ¿cuánto cobra por no tocar?
-12 dólares a la hora.
-Pues yo me apunto a eso.
-Ahora, por ensayar hacemos un precio especial: 15 dólares a la hora.
-¿Al contado?
-No, en el acto.
-¿Y cuánto cobran por no ensayar?
-No podría calcularlo. Verá, si no ensayamos, no actuamos, y si no actuamos, perdemos dinero.
-¿Cuánto quiere por rodar por un precipicio?
-Justo una indemnización. ¡Ja, ja, ja!
-Bien, cáigase alguna vez.
-Cloaca.
-La hemos limpiado muy bien.
-Bueno, veamos cómo estábamos.
-Pies planos.
-Ayer no vinimos, ¿recuerda? Ayer no vinimos.
-Sí, lo recuerdo.
-Son 300 dólares.
-Ayer no vinieron, son 300 dólares.
-Sí, son 300 dólares.
-Bueno, eso es razonable, lo acepto.
-Hoy hemos venido, son…
-Nos debe usted 100.
-Me parece que voy a perder en el trato. Mañana nos vamos, eso puede valer…
-Un millón de dólares.
-Sí, por mi parte está bien, pero tengo un socio.

(guión de Morrie Ryskind)

Mis escenas favoritas – Un día en las carreras (A day at the races, Sam Wood, 1937)

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Groucho, en su salsa: una morena, una rubia y pista para menear el esqueleto. Uno de los más hilarantes momentos de una de sus últimas grandes comedias.

Música para una banda sonora vital – Una noche en la ópera

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Aunque desafina como una hiena y tiene menos voz que un avestruz con la cabeza enterrada, resulta mucho más amable escuchar I pagliacci, magistral pieza de Ruggero Leoncavallo, tarareado en boca de Groucho Marx por los pasillos del transatlántico de Una noche en la ópera (A night in the opera, Sam Wood, 1935), que observar a Al Capone-Robert De Niro contemplando una representación de la misma composición desde su lujoso palco de la Ópera de Chicago mientras ríe y llora a la vez ante la noticia del pasaporte de plomo que le han dado a Sean Connery en Los intocables de Eliot Ness (The untouchables, Brian De Palma, 1987). En todo caso, obra superlativa.

Y de propina, otro fragmento maravilloso que aparece en la cinta de los Marx, un inolvidable momento de Il Trovatore, de Giuseppe Verdi, ópera cuyo libreto está inspirado en una leyenda asociada a la Torre del Trovador del Palacio de la Aljafería de Zaragoza.

Vidas de película – Dorothy Dandridge

Dorothy Dandridge es otra de las momentáneamente célebres estrellas de Hollywood que quisieron pasar a la otra vida antes de hora. Su lugar en la historia del cine lo tiene garantizado por ser la primera intérprete negra nominada al Oscar a la mejor actriz principal, lo que ocurrió por Carmen Jones (Otto Preminger, 1954), cinta musical que adaptaba la obra de Prosper Merimée a un entorno sureño y militar de los Estados Unidos, y cuyo reparto, al modo de los montajes shakespearianos de ambiente caribeño del Mercury Theatre de Orson Welles, estaba formado íntegramente por actores y actrices negros. La misma fórmula, con el mismo director, y con la misma protagonista, se emplearía en 1959 para Porgy y Bess.

Sin embargo, pudo verse cantar y bailar a Dorothy Dandridge mucho antes en la gran pantalla, aunque de forma anónima y un tanto escondida, nada menos que en el extenso número musical que Harpo Marx comparte con un buen puñado de cantantes, bailarines y figurantes negros de todas las edades en la fenomenal Un día en las carreras (A day at the races, Sam Wood, 1937).

Nacida en Cleveland en 1923, comenzó a cantar y bailar junto a su hermana Vivian hasta que alcanzó cierta notoriedad al aparecer en una de las películas de la serie de Tarzán que interpretó Lex Barker, Tarzán en peligro (Tarzan’s peril, Byron Haskin, 1951). Después de la exitosa dupla de películas con Otto Preminger, aparecería en el melodrama interracial Una isla al sol (Island in the sun, Robert Rossen, 1957), junto a James Mason, Joan Fontaine, Stephen Boyd o Joan Collins.

La fama y el trabajo se fueron tan fácilmente como habían llegado, y su carrera sufrió un parón irreversible y definitivo a comienzos de la década de los 60. Sumida en una depresión y enganchada al alcohol, comenzó a cantar y bailar en locales nocturnos. Finalmente, se suicidó mediante una sobredosis de barbitúricos en septiembre de 1965, a los 41 años, en plena ebullición por los derechos civiles, un camino que ella había contribuido notablemente a abrir. Había estado casada dos veces, pero en el momento de su muerte estaba sola y abandonada por el Hollywood donde fue una estrella durante apenas cuatro años.

Diálogos de celuloide – Un día en las carreras

DOCTOR HACKENBUSH: ¿Ya has olvidado aquellas noches en la Riviera cuando los dos contemplábamos el cielo? Éramos jóvenes, alegres, inocentes. La noche en que bebí champaña en tu zapato – dos litros. Hubiera cabido más, pero llevabas plantillas. ¡Oh, Hildegarde! No es que me importe, pero, ¿dónde está tu marido?.

MRS. UPJOHN: ¡Ha muerto!

DOCTOR HACKENBUSH: Seguro que sólo es una excusa.

MRS. UPJOHN: Estuve con él hasta el final.

DOCTOR HACKENBUSH: No me extraña que falleciera.

MRS. UPJOHN.:Lo estreché entre mis brazos y lo besé.

DOCTOR HACKENBUSH: Entonces fue un asesinato. ¿Te casarías conmigo? ¿Te dejó mucho dinero? Responde primero a lo segundo.

MRS. UPJOHN: ¡Me dejó toda su fortuna!

DOCTOR HACKENBUSH: ¿No comprendes lo que intento decirte? Te amo. Pensarás que soy un sentimental, pero ¿te importaría darme un mechón de tu cabello?

MRS. UPJOHN: ¿Un mechón de mi cabello?

DOCTOR HACKENBUSH: Y no te quejes. Te iba a pedir toda la peluca. Cásate conmigo y tendremos nuestra propia familia.

MRS. UPJOHN.: Oh, sería maravilloso. Y dime, cariño, ¿tendríamos una bonita casa?

DOCTOR HACKENBUSH: Pues claro. No estarás pensando en mudarte…

MRS. UPJOHN: Temo que después de llevar algún tiempo casados, encuentres una mujer hermosa y te olvides de mí.

DOCTOR HACKENBUSH: No te olvidaré. Te escribiré todas las semanas.

A day at the races. Sam Wood (1937).

Diálogos de celuloide – Plumas de caballo

¿Tiene usted alguna experiencia como raptor?

Pues claro. ¿Sabe lo que hago cuando rapto a alguien? Primero le llamo por teléfono y luego le mando a mi chófer.

Ah, tiene usted chófer. ¿Qué marca de coche tiene?

No tengo coche, sólo tengo chófer.

A lo mejor es una tontería pero, si tiene chófer, ¿no sería lo normal tener coche?

Ya tuve uno, pero sale demasiado caro tener coche y chófer, así que vendí el coche.

Pues ya ve si soy ingenuo: yo hubiera conservado el coche y hubiera vendido al chófer.

Eso es imposible. El chófer tiene que llevarme al trabajo por las mañanas.

Pero si no tiene coche, ¿cómo le lleva al trabajo?

No tiene que llevarme al trabajo. Estoy en paro.

Escúcheme, voy a proponerle una cosa. ¿Cuánto quiere por hacer de blanco en un tiro al blanco?

Horse feathers. Norman Z. McLeod (1932).