Música para una banda sonora vital: Missouri (The Missouri Breaks, Arthur Penn, 1976)

Missouri (The Missouri Breaks, Arthur Penn, 1976) ha terminado siendo considerado un western de culto, no tanto por su perfección formal ni por la historia en sí, algo tópica (unos rancheros acomodados contratan a un asesino a sueldo para que elimine al pretendiente de su hija, un antiguo ladrón de ganado reconvertido en granjero), como por la célebre y extravagante caracterización que Marlon Brando hace de su personaje, el pistolero (llega a travestirse, por ejemplo, y algunos de sus diálogos y varias de sus escenas son, tal vez involuntariamente, descacharrantes), y por lo complicado y caótico que fue el rodaje, con un Brando y un Jack Nicholson pasadísimos, incapaces de memorizar sus frases, de actuar con coherencia y solidez, absolutamente idos, anárquicos, ingobernables, impredecibles. Una juerga.

Se trata, sin embargo, de una película estimulante, que, entre otros alicientes, cuenta con la música de John Williams justo antes de zambullirse en épicas espaciales. A la partitura compuesta por Williams pertenece este Love theme.

Diálogos de celuloide: París, Texas (Wim Wenders, 1984).

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Yo… yo solía darte largos discursos después de que te fuiste. Yo solía hablar contigo todo el tiempo, a pesar de que estaba sola. Caminé durante meses, hablándote. Ahora no sé qué decir. Era más fácil cuando solo te imaginaba. Incluso te imaginé hablándome de nuevo. Solíamos tener largas conversaciones, los dos solos. Era casi como si estuvieras allí. Podía escucharte, podía verte, olerte. Podía escuchar tu voz. A veces, tu voz me despertaba. Me despertó en medio de la noche, como si estuvieras en la habitación conmigo. Entonces… poco a poco se desvaneció. No pude imaginarte más. Traté de hablarte en voz alta como solía hacerlo, pero no había nadie allí. No podía oírte. Entonces… todo se puso de cabeza. Todo se detuvo. Tú solo… desapareciste. Y ahora estoy trabajando aquí. Escucho tu voz todo el tiempo. Cada hombre tiene tu voz.

Guion de Sam Shepard.

¿Distopía o premonición?: 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981)

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Si nos olvidamos de la datación del futuro próximo que John Carpenter y su coguionista Nick Castle imaginaron para esta historia, 1997, nos encontramos ante un panorama para nada descabellado pero bastante desolador: Estados Unidos se ha enzarzado en una guerra a escala mundial con Rusia y China, en la que el componente nuclear supone un peligro para toda la humanidad. La sociedad norteamericana ha visto cómo la criminalidad ha aumentado un cuatrocientos por ciento, y la ciudad de Nueva York se ha convertido en una prisión de máxima seguridad rodeada de un muro custodiado por fuerzas policiales armadas hasta los dientes, dentro de la cual los recluidos se autogestionan en un ambiente sin gobierno, repleto de violencia, donde impera la ley del más fuerte. En este contexto, mientras se dirige a una importante conferencia con sus adversarios en la guerra, el avión del presidente de los Estados Unidos es secuestrado por un grupo terrorista y estrellado en la ciudad de Nueva York. Protegido en su cápsula de seguridad (que ya es protegerse), sobrevive al choque con una cartera que contiene importantes documentos secretos y una cassette con información sobre la fisión nuclear. Sin embargo, tener al presidente del país perdido en una prisión urbana genera una crisis para cuya resolución de recurre a un antiguo y díscolo marine convertido en convicto, y que debe introducirse en la ciudad para rescatar al presidente.

Más allá de los detalles concretos, la elección de un presidente lo bastante tonto para sobrevolar una zona de conflicto y permitir que se secuestre su avión, o la conversión, en cierto modo, de una sociedad de libertades como la americana en una prisión tutelada (por no mencionar el hecho concreto de que un avión choque contra un edificio de Nueva York, o la explícita alusión a un aterrizaje en lo alto de las Torres Gemelas), aunque esta lectura deba mantenerse en el terreno de lo virtual, colocan esta distopía de Carpenter en un futuro ya superado en lo cronológico pero en nada descartable a ciencia cierta. Aparte de lo débil de esta premisa argumental, lo cierto es que el director crea con un material repleto de carencias una interesante cinta de aventuras situada en un marco de lo más atractivo, y supera las evidentes limitaciones presupuestarias y la escasa entidad del guión con algunas notas visuales de interés (además de alguna chapuza en los efectos especiales) y unos personajes solventes interpretados con solvencia.

La película se ve lastrada por un inconveniente fundamental: Carpenter no puede aprovechar los espacios naturales de Nueva York para recrear su fantasía apocalíptica. Encerrado, pues, en su estudio, la trama se sitúa en interiores, en exteriores urbanos reconstruidos en decorados que huyen de cualquier huella reconocible de la ciudad, y en recreaciones, a base de efectos especiales, del perfil de la ciudad y del mar a su alrededor. La forzosa renuncia a la espectacularidad convierte por tanto la película en una cinta de personajes: Plissken (Kurt Russell), héroe a su pesar, no solo debe rescatar al presidente en el tiempo récord de 24 horas (el tiempo que tiene de hacer acto de presencia en su conferencia y de evitar así que sus adversarios se levanten de la mesa), sino que debe hacerlo para sobrevivir: para comprometerle en su misión le han inyectado una dosis letal de una bacteria que hará sus efectos pasado ese tiempo y cuyo antídoto solo le facilitarán a su regreso, de modo que si intenta evadirse o abstraerse de su cometido, morirá. Por otro lado, Hauk (Lee Van Cleef) es un jefe de policía que vulnera la ley sin vacilar, saltándose los derechos de un detenido, para conseguir un fin que él entiende superior,  y para el que se pone en las manos de un delincuente condenado que, precisamente, tenía como destino esa prisión. Continuar leyendo “¿Distopía o premonición?: 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981)”

Música para una banda sonora vital – Mixteca (Harry Dean Stanton, 1984)

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Harry Dean Stanton, uno de los secundarios más característicos del cine norteamericano de las últimas décadas (su filmografía es realmente espectacular, como lo es también la calidad de sus trabajos: alguien debería escribir un largo artículo, o tal vez un libro entero, sobre él), se arranca en español, acompañado de Ry Cooder en la guitarra, con la canción Mixteca, interpretada dentro de la música de la película de Wim Wenders París, Texas (1984).

Zumo de melancolía, del que se bebe a solas, rodeado de cascos vacíos…

Mis escenas favoritas – La leyenda del indomable (Cool Hand Luke, Stuart Rosenberg, 1967

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Y Dios creó a… ¡¡Genoveva!! Grandioso momento de esta mítica cinta de Stuart Rosenberg que consagró fugazmente a Joy Harmon como sex-symbol.

En la versión original, es bautizada como Lucille… ¿De dónde se sacaría el director de doblaje español la asignación del nombre para la versión en castellano?

Música para una banda sonora vital – Siete psicópatas (Seven psychopaths, Martin McDonagh, 2012)

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Una versión de The first cut is the deepest, de Cat Stevens (o de Yusuf Islam, como se hace llamar desde su ya lejana conversión a la religión de Mahoma), es el leitmotiv musical principal de esta irregular, desigual e indefinida mezcla de astracanada, comedia negra, thriller, cine de acción y relato sobre el crimen organizado con reparto estelar (Colin Farrell, Sam Rockwell, Christopher Walken, Woody Harrelson, Tom Waits, Harry Dean Stanton, entre otros…) que naufraga en su conjunción de excesivos componentes que no terminan de ensamblarse en un todo con sentido.

Una de las mayores y mejores sorpresas es este tema de Yusuf-Cat Stevens, que traemos aquí en su versión original.

Jarabe de plomo: Dillinger (John Milius, 1973)

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Cuando el controvertido John Milius, acusado reiteradamente de conservador, de ultraderechista, de fascista y amante de la violencia gratuita entre otros excesos, se propuso llevar a la pantalla las andanzas del famoso atracador de bancos (que no mafioso: en cuanto en una película se ve a un tipo que tira de metralleta Thompson en los años 20 en seguida se piensa que la cosa va de la Mafia) John Dillinger, tuvo sin embargo una idea clara: a diferencia del torpe de Michael Mann y de su aburrida, desmesuradamente larga y fallona Enemigos públicos (Public enemies, 2009), sabía que necesitaba como protagonista a un tipo que por apareciencia, carácter y ciertos rasgos físicos tuviera una semejanza general con el famoso ladrón, y no un niño bonito acostumbrado a hacer payasadas en producciones de Disney. De modo que escogió a Warren Oates, elevado a los altares del cine de acción merced al buen hacer de Sam Peckinpah, como protagonista de una historia que es algo más que un simple biopic, que, en cierta forma refleja un periodo sociológico de la sociedad estadounidense en la que se mezclaban herencias del pasado con nuevos fenómenos derivados del salto a la modernidad y a la sociedad de consumo.

Porque los años 30 en Estados Unidos es la época de la Gran Depresión, de los negocios arruinados, las fortunas desvanecidas, las grandes mansiones abandonadas, las colas del paro kilométricas, el racionamiento, el vagabundeo y la emigración. Pero también, durante un periodo mucho más breve del que a menudo pensamos, apenas dos o tres años en la primera mitad de la década, se concentró una extraordinaria eclosión de violencia, de robos con fuerza, de asesinatos (aunque sólo se pudo constatar que Dillinger matara a una única persona, un policía durante un atraco, y más a causa del caótico fragor del tiroteo que por intención real de asesinar), por parte de bandas de asaltantes de bancos que, gracias al inmenso poder de las nuevas armas a las que a menudo las policías locales y estatales no tenían acceso (pistolas automáticas, ametralladoras, recortadas de gran calibre o incluso explosivos…), extendieron su dominio por amplias zonas del centro y el Medio Oeste de los Estados Unidos (Missouri, Arkansas, Mississippi, Iowa, Tennessee, Kentucky, Kansas, Ohio, Illinois, Indiana, Oklahoma, Louisiana, Texas…). Este periodo, habitualmente visitado por el cine, encuentra nombres míticos como Bonnie y Clyde, historia llevada al cine por Arthur Penn, o la gran cinta de Joseph H. Lewis El demonio de las armas (Gun crazy, 1950). La principal causa de este fenómeno hay que buscarla en la feroz crisis económica derivada del crack de 1929, pero hay otros ingredientes muy interesantes que contribuyen a dibujar un panorama propicio para este tipo de delincuencia organizada y, a menudo, desquiciada.

Para empezar, la red económica norteamericana. Antes de las medidas dinamizadoras tomadas por la administración del presidente Roosevelt, por ejemplo, en buena parte del país se mantenía la estructura de bancos heredada de los tiempos de la conquista del Oeste: cada localidad con su oficina bancaria a pequeña escala, a menudo un negocio familiar o perteneciente a un reducido grupo de socios, todos locales, o mantenido de generación en generación, subsistiendo gracias al negocio del préstamo con interés o a los créditos agrícolas, y asociándose para las grandes operaciones, si había lugar, con entidades mayores de alguno de los centros financieros de un estado o del país. Esto multiplicaba los caladeros de dinero fácil para las bandas de atracadores, y las posibilidades de salpicar una variada geografía con esporádicos golpes de mano para conseguir un buen puñado de dólares frescos. Por otro lado, en estos territorios subsistía en buena medida una mentalidad propia del Oeste. Las fuerzas del orden todavía conservaban los esquemas operativos de la persecución del crimen propios de aquella época, en actitudes (reunión de partidas de persecución, la figura del sheriff como cabeza de la ley en cada pueblo o ciudad pequeña) y en medios (revólveres y rifles como medios de protección, cárceles de pueblo, largos traslados para llevar a los presos hasta el comisario federal o al juez del distrito…). Este planteamiento obsoleto de la imposición de la ley chocaba con los tiempos modernos, pero además, el clima de depresión socioeconómica había traído aparejados otros condicionantes: la miseria de buena parte de la población hacía que, como en la época actual en España, se fuera más indulgente con quienes, aunque fuera violentamente, hacían daño a las entidades que, según su entender, habían provocado sus penurias y dificultades. Por otro, la actividad de los nacientes medios de comunicación a gran escala servía como amplificador publicitario de las acciones de estos grupos violentos, muchos de ellos considerados héroes por una población constantemente agraviada por los poderes económicos a los que los atracadores hostigaban continuamente, muy a menudo con éxito. De hecho, el propio Dillinger fue jaleado por prensa y público en su famosa detención, de la que hay reportajes en película y fotografía, y en la que incluso se permitió el lujo de responder a la prensa mientras pasaba el brazo sobre el hombro del fiscal, el hombre que se supone iba a acusarle en el juicio y encerrarle de por vida. Naturalmente, Dillinger se fugó de la cárcel, noticia que fue recibida con alivio y agrado por parte de las mismas gentes sencillas que décadas atrás aplaudían los asaltos de la banda de Jesse James.

Consciente de que era una batalla mediática además de casi bélica, el director de la recién instaurada policía federal, el FBI, el que después sería un poderosísimo factor en la política norteamericana (no siempre, mejor dicho, casi nunca, para bien), J. Edgar Hoover, solicitó al gobierno la implantación de varias medidas, entre ellas, que sus agentes pudieran ir armados (hasta entonces era prácticamente un cuerpo de oficinistas), Continuar leyendo “Jarabe de plomo: Dillinger (John Milius, 1973)”

Otro Marlowe es posible: Adiós, muñeca (Farewell, my lovely, 1975)

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En los años setenta, Robert Mitchum contribuyó a actualizar el cine negro al protagonizar distintas revisiones que se filmaron de las obras de Raymond Chandler. Si en 1978 dio vida a Philip Marlowe en la nueva versión que de El sueño eterno (The big sleep, Howard Hawks, 1946) dirigió Michael Winner, titulada en España Detective privado y que, siendo más exacta como adaptación que la obra de Hawks, se atrevía, de forma un tanto exótica, a trasladar la acción a Inglaterra, tres años antes, en 1975, Mitchum encarnó al famoso detective en otra de las grandes historias de Chandler, Adiós, muñeca (Farewell, my lovely), ya filmada en 1945 por Edward Dmytryk con el título Historia de un detective (Murder, my sweet).

La película, dirigida por el oscuro Dick Richards, sin duda el mejor título de su no demasiado prolífica ni interesante filmografía, contiene todos los elementos, formales y narrativos, típicos del cine negro y de las novelas de Chandler. Marlowe (Mitchum), rememora en un largo flashback la situación que le ha llevado a aguardar en una habitación de hotel al teniente Nulty (John Ireland), y que tiene que ver con dos casos que, como casi siempre, se han solapado de manera extraña hasta coincidir en un punto crítico. En primer lugar, Moose Malloy (el enorme, físicamente hablando, Jack O’Halloran), un ex convicto por atraco que acaba de salir a la calle, le contrata para que encuentre a su antigua chica, Velma, una bailarina de clubes de mala muerte de la que hace seis largos años que no tiene noticia y de la que sigue enamoriscado como un niño. La cosa no parece tan sencilla como un simple caso de desaparición porque, por un lado, Moose tiene la mano demasiado larga y amenaza con liquidar a todo el que pueda dar noticias de Velma, y por otro, algún grupo organizado de matones parece no tener mucho interés en que Marlowe progrese en sus investigaciones en el turbio mundo de los clubes nocturnos, que le ponen en contacto con una antigua propietaria borracha (Sylvia Miles, nominada al Oscar) y un antiguo músico del club de Velma. El otro caso le cae encima a Marlowe cuando cree tener resuelto el primero (ha encontrado a Velma ingresada en un manicomio, ya sin recuperación posible) de la mano de Lindsay Marriott (John O’Leary), un afeminado de perfumes muy intensos que lo recluta para que le sirva de acompañante en el pago de un rescate por la devolución de un valiosísimo collar de jade que le han robado a una buena amiga suya, Helen Grayle (Charlotte Rampling), esposa de un anciano juez muy importante en California y amiga de Laird Brunette (Anthony Zerbe), conocido hampón del lugar. Para complicar más las cosas, la búsqueda de Velma se reactiva, y Marlowe se ve envuelto en un difícil episodio con la brutal dueña de uno de los más afamados burdeles de Los Ángeles, una madame lesbiana con varios esbirros a su servicio, entre ellos un bisoño Jonnie (no menos bisoño Sylvester Stallone).

La película transita por los derroteros esperados: asuntos turbios, personajes ambiguos, ambientes sórdidos, locales de dudosa reputación, policías corruptos (Rolfe, interpretado por Harry Dean Stanton), dobles juegos, identidades disfrazadas, sobornos, asesinatos y una ciudad de cine y crimen a la que llegan como ecos lejanos las noticias sobre las evoluciones de los frentes de la Segunda Guerra Mundial.  Formalmente, la película no arriesga. De factura clásica, solvente y al mismo tiempo más explícita que su precedesora, por ejemplo, en el tratamiento de la violencia y del sexo, abunda en secuencias nocturnas y también en el empleo de músicas asociadas al género (predominantemente jazz, con la partitura de David Shire). Los recursos técnicos y narrativos empleados, como el doble flashback (es decir, un pasado contado a su vez desde la evocación de una situación pretérita) o su señalamiento, las imágenes onduladas que sirven de transición para los sucesivos saltos en el tiempo, van en consonancia, así como la meticulosa ambientación (vehículos, despachos, utensilios, objetos, armas, etc.). Pero la gran virtud de la película, y de cualquier adaptación de las obras de Chandler que se haga con el respeto debido a su autor, radica en Marlowe, en su magnetismo personal, sarcástico, violento y brutal según el caso, y en su maravillosa personalidad, su capacidad para la ironía, las réplicas agudas, los diálogos punzantes, su forma de utilizar el humor para sobrellevar el desagradable entorno en el que suele tener lugar su trabajo. Mitchum está espléndido Continuar leyendo “Otro Marlowe es posible: Adiós, muñeca (Farewell, my lovely, 1975)”

Mis escenas favoritas – Pat Garrett & Billy the Kid

Sublime momento el colofón a este tiroteo del fenomenal western de Sam Peckinpah Pat Garrett y Billy the Kid (1973), en el que las miradas, las lágrimas y las medias sonrisas de ternura y emoción de Slim Pickens y Katy Jurado lo dicen absolutamente todo sobre lo que significa una muerte, quizá esperada, en un ambiente hostil en el que sólo se han tenido el uno al otro, su amor y su cariño, para sobrevivir, mientras suena Knocking on heaven’s door, de Bob Dylan. Un momento sobrecogedor que nos habla como pocos sobre el romanticismo en el western, sobre la poética de la muerte.