Alfred Hitchcock presenta: Náufragos (1944)

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Como parte de la sociedad norteamericana y occidental, Hollywood contribuyó directamente al esfuerzo de guerra, bien enrolándose en las mismas filas de los distintos ejércitos aliados participantes, bien con producciones destinadas al mantenimiento de la moral de los combatientes o de la sociedad civil, así como en la difusión propagandística del papel de los Estados Unidos y sus aliados en la Segunda Guerra Mundial a través de gran cantidad de documentales y de producciones de ficción enmarcados en pleno conflicto. Si directores como Frank Capra o John Ford, entre otros (William Wyler, John Sturges…), filmaron directamente episodios bélicos desde el mismo teatro de operaciones o desde el interior de las filas norteamericanas para mostrar su trabajo y su dedicación al público, otros como Alfred Hitchcock, británico afincado en América que deseaba hacer algo para destacar el papel de los británicos de Hollywood entre quienes dedicaban dinero, tiempo y medios a apoyar la causa aliada, dirigieron un incontable número de trabajos de ficción destinados a difundir o a ejemplificar entre el público el heroico comportamiento de los soldados aliados, los mensajes propagandísticos deliberadamente diseñados por el gobierno o, en menor proporción, discursos antibelicistas y apaciguadores. Hitchcock dirigió los cortometrajes Bon voyage (1944), la historia de un piloto británico derribado en Francia y apresado por los alemanes que consigue fugarse y llegar a su país gracias a la Resistencia, y Aventura malgache (1944), que estudia la duplicidad del caso francés a través de la historia de un patriota francés de Madagascar que revela secretos a su amante, que es colaboradora del gobierno proalemán de Vichy. La gran obra de Hitchcock dentro de esta corriente es su magistral Náufragos (Lifeboat, 1944), todo un prodigio.

La película comienza por un punto de lo más álgido: la chimenea de un barco de gran tonelaje que queda sumergida bajo las aguas acompañada de la atronadora música de Hugo Friedhofer. Inmediatamente después, entre las brumas provocadas por la humareda de las explosiones y la neblina propia de las primeras horas, asistimos al espectáculo de la superviviencia, de cómo quienes han tenido la suerte de escapar del hundimiento van reencontrándose a bordo de un maltrecho bote en el que se disponen a aguardar un incierto rescate mientras revelan al espectador las razones de su mala fortuna: un submarino alemán ha torpedeado el barco en el que viajaban desde Estados Unidos al Reino Unido, pero el naufragio se ha llevado a las dos naves por delante. En el grupo, un poquito de todo: Connie Porter (la gran Tallulah Bankhead, toda una leyenda sexual del Hollywood dorado, inagotable en sus actividades de tocador, tanto con hombre como, según dicen, como con mujeres, incluso mezclados), la frívola, lenguaraz y sarcástica cronista que espera sacar todo el provecho posible de la guerra para escribir sus historias; Kovac (John Hodiak), el maquinista profesional, un americano de origen checo que se ha forjado a sí mismo desde la miseria de la inmigración; el multimillonario Charles Rittenhouse (Henry Hull), entre cuyos negocios está la construcción de material bélico; la dulce Alice (Mary Anderson), enfermera militar; el campechano Gus (William Bendix), profesional de los concursos de baile junto a su novia que trabajaba como empleado del barco y que cambió su apellido original -Schmidt- por Smith; Stanley Garett (el actor, director y guionista Hume Cronyn), un poco hombre para todo, ingenuo y bonachón, navegante más o menos aficionado; el camarero George ‘Joe’ Spencer (Canada Lee); Mrs. Higgins (Heather Angel), que llega al bote rescatada junto con su bebé cogido en brazos… y un invitado inesperado: Willy (Walter Slezak), uno de los marineros del submarino alemán hundido junto con el barco…

En Hitchcock nunca es nada de lo que parece a simple vista, y con un grupo de personas encerradas, paradójicamente, en mar abierto, esta verdad es más visible que nunca. La película combina el absorbente drama de su situación (la supervivencia directa: víveres, agua, navegación hacia las Bermudas, el lugar que suponen más cercano de entre los territorios aliados -pertenecía por entonces al Imperio Británico) con un apasionante estudio de personajes (las grandezas, miedos y miserias de cada uno de ellos: así descubriremos el verdadero origen social de Connie, la verdadera personalidad de Willy, la fragilidad emocional de Alice, la frustración de Gus, el pasado como ratero de George, la pasión callada de Stanley, el trágico desenlace de Mrs. Higgins, el rencor contra todos y todo de Kovac, la conciencia de clase de Rittenhouse…) que pone de manifiesto sus contradicciones, debilidades y grandezas, y, por supuesto, con una intriga típicamente hitchcockiana magníficamente presentada desde sus detalles más nimios (la extraordinariamente ingeniosa forma en la que el director resuelve la difícil cuestión de su habitual cameo, con una sorda y sangrante broma hacia sí mismo además) hasta la fenomenal forma de tratar la cuestión principal de la trama: ¿debe consentir la tripulación del bote que el alemán, el único que sabe algo de navegación, rumbos, corrientes, orientación en el mar, etc., etc., dirija la singladura con el peligro de poder llevarles hacia la dirección contraria del territorio aliado? ¿Es tan buena gente como parece u oculta algo? ¿Qué le hace mirar de vez en cuando algo que lleva en el bolsillo? Continuar leyendo “Alfred Hitchcock presenta: Náufragos (1944)”

Alfred Hitchcock presenta – Sospecha

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Retomamos un imprescindible rincón de esta escalera con esta obra maestra integral dirigida por Alfred Hitchcock en 1941, segunda de sus producciones norteamericanas para la factoría Selznick (con el que no tardaría en partir peras por sus continuas y autoritarias injerencias en sus proyectos), si bien esta vez, como los futbolistas, cedido a la RKO, aunque Hitchcock siempre afirmaría el carácter británico de la cinta tanto por la forma de rodar, el equipo profesional y técnico utilizado y la nacionalidad de casi todos los intérpretes. Película que le valió el premio Oscar a la mejor actriz a Joan Fontaine por delante de la Ingrid Bergman de Casablanca, camuflada entre otras más reconocidas, y a menudo no mejores, del realizador británico, sin embargo ha propiciado un buen puñado de fotogramas memorables e imprescindibles para cualquier catálogo de la Historia del cine, como el que recoge la fotografía superior. En pocos casos resulta tan apropiada la atribución del adjetivo magistral como en esta magnífica joya que no destaca únicamente por poseer un guión milimétrico, una fotografía espléndida, una música sensacional o unas interpretaciones pluscuamperfectas por parte de todo el elenco, el principal y el de reparto, sino también por la manera de narrar visual y textualmente de un director que era un auténtico genio como pocos.

La historia es conocida: Johnnie (Cary Grant), un atractivo vividor, seductor nato, cuyo carisma y encanto es capaz de abrirle cualquier puerta, se encuentra por casualidad en un compartimento de un tren con Lina (Joan Fontaine), la hija treintañera de un matrimonio acomodado de la burguesía rural británica. El caradura de Johnnie se ha metido en un vagón de primera clase a pesar de que su billete es de tercera, y sólo el oportuno hallazgo de un sello de correos en el bolso de la joven con el que poder pagar la diferencia de importe le libra de cargar con la pertinente multa o su expulsión del tren. Lina se siente atraída por él de inmediato, a pesar de que enseguida lo toma por lo que es, un tramposo con estilo y atractivo que no deja por un minuto de comportarse como un niño grande. Por eso interpreta que las señales que la avisan de que Johnnie está interesado por ella no son más que otra de sus trampas o bien un mero divertimento para ridiculizarla. Nunca ha tenido suerte con los hombres y lo último que podría pensar es que un hombre a todas luces mujeriego se interesaría sinceramente por ella. Sin embargo, la insistencia de él y unas palabras del padre de la joven (Sir Cedric Hardwicke, que repetiría con Hitchcock en La soga, de 1948) hacia su mujer en las que se muestra escéptico ante las posibilidades de que Lina un día llegue a casarse y la califica de solterona sin remedio, la predisponen a seguirle la corriente a Johnnie y a vivir con él un corto romance que acaba en un matrimonio rápido. Tras la boda, Johnnie no da muestras de haber madurado y sigue viviendo su vida al día, sin un centavo en el bolsillo a pesar de que siempre habla de trabajar, ganarse la vida o montar negocios con su amigo Beaky (Nigel Bruce). Muy al contrario, parece dedicarse a dilapidar la fortuna familiar y la dote de la boda, incluso vendiendo parte del mobiliario de la casa para apostar a los caballos. Éstas y otras señales la hacen pensar que tanto su matrimonio como la amistad con Beaky son fruto de un calculado interés de Johnnie por hacerse con dinero rápido y mantener su tren de vida sin necesidad de trabajar. Tras esta idea no tarda en surgir otra: que Johnnie tiene intención de matarla para quedarse con toda su fortuna.
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